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en portada se ven los textos subidos en el mes en curso
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los textos no necesariamente fueron dibujados en la fecha que figura de publicado, es sólo el sistema este que hace eso...
 
I - 2: ETERREÁGONIS (en La Tierra de la Agonía Perpetua)
leer parte 1...

Capítulo I
Parte 2

unca más volvimos a ver la luz, no como hasta entonces, ninguno de nosotros –de aquellos nosotros- ni siquiera yo, es que... y acá estoy tratando de contarles esta historia, que es muy parecida a otras. Todas han sucedido y todas son ciertas.

Alguien me tironeaba del brazo para sacarme del auto por la ventanilla, Marta y los chicos ya estaban sobre la improvisada balsa. Con restos de tablas y una puerta echaron a flotar lo que sería bautizado “El Afindes”, y ellos nos rescataron a mí y a mi familia. Pero al Gordo no, el auto se hundió luego de que finalmente me subieran a la balsa, el agua para entonces ya había llegado a los techos de las casas y la ciudad se sumergía lentamente bajo el río –todo era río- y la llovizna. Pablo tenía unos 30 años y fue quien tiró a flotar la puerta de madera invitando a los demás a unirse, Gustavo quien me rescató de la trampa en que se había convertido el auto de Carlos. Elena, la novia de Pablo, nos acercó unas toallas y unas sábanas para cubrir a los chicos. Elena y Pablo eran artesanos y músicos de paso en la ciudad, aunque en ese momento ya no había más ciudad y de lo que quedaba todos nos veíamos obligados a estar de paso. Me estaba recuperando cuando Gustavo gritó “giren, giren!”, la balsa iba derecho a estrellarse contra el segundo piso de un edificio. Guillermo y Pancho con los improvisados remos se fueron sobre un costado de la balsa haciéndola girar levemente. Era extraña la situación... bueno, sí, todo era muy extraño y no podía pensar en lo que estaba pasando en general, pero ver a esas personas –desconocidas para mí, y desconocidas entre ellas, sabría después- actuando como experimentados tripulantes de tempestades, esa escena, me obligaba a incorporarme y colaborar en algo. No alcancé a ponerme de pie cuando ese dolor de nuevo en la cabeza me tiró al piso. Marta dejó a los chicos y se acercó a mí hablándome al oído, en voz baja: “Martín, ¿estás bien? ¿de nuevo el dolor?”, me preguntó y ella también actuaba extraño, como si le hubiese contado de la jaqueca, como si fuese normal lo que estaba sucediendo. “Sí...”. “Vení, recostáte acá un rato”, me dijo dulce, y me dormí apoyándome en su falda, era lo que necesitaba.

“Carlos!!” grité, su recuerdo me despertó y todos se dieron vuelta hacia mí. Bajo el techo que habían armado con toldos en la balsa me habían dejado descansar. Marta y los chicos, junto a los otros estaban comiendo en la punta de la balsa (no era proa ni popa, no había alcanzado para tanto la repentina improvisadora experiencia que todos parecíamos tener). Y Carlos también, entre ellos, comiendo.

-- Por fin te despertaste, dormilón.
-- ¿Carlos?
-- ¿A quién esperabas, bella durmiente, a tu príncipe? – y acompañaron las risas de los demás.
-- ¿Estás bien, Martín? – se acercó Marta ayudándome a levantarme.
Habrán notado mi cara de mareo y desconcierto porque Guillermo se acercó a ayudarme y abrieron la ronda convidándome un pan con picadillo.
-- Es lo que guardaste en el bolso, en casa -- me explicó Marta y entonces todos comenzaron a explicarme.
-- Dicen que la represa se rompió, por eso ya no se ven ni los cables de la luz, sólo los pisos más altos de algunos edificios –- comenzó Guillermo ante el silencio de todos. –- Y encima la lluvia, toda la ciudad está bajo agua. Vamos hacia allá, varios botes y balsas como la nuestra están yendo para allá, debe ser hacia el norte, aunque sin brújula y sin sol es difícil saberlo.
¿Preguntar por Carlos o por la noche?. “Y vos Carlos, ¿cuándo saliste del auto?”
-- El río me salvó. No se bien, pero cuando me di cuenta estaba nadando hacia esta balsa, donde justo estaban ustedes.
-- ¿Están bien chicos?
-- Sí, papá – dijeron los dos. Y se los veía bien, estaban tranquilos ya, se les había pasado el susto del principio entretenidos con la travesía que estaban viviendo.
-- Me llamo Pablo y ella es mi novia Elena –- comenzaron a presentarse. Además de Guillermo y Gustavo, también estaba a bordo de esa embarcación alla eternauta, la hija de Guillermo, Silvina, una nena de ocho años.
-- Y el viejo de allá es Pancho – señaló Gustavo hacia un costado de la balsa.
-- No me llamo Pancho – contestó molesto sin molestarse en darse vuelta para verme ni sacar las piernas del agua.
-- Él vende panchos en la peatonal, ¿lo ubicás?
El tipo parecía de más de 60 años y se mostraba molesto con todo y con todos, aunque no dudaba a la hora de hacerse responsable de algunas tareas en la balsa, si se tratara de la supervivencia del grupo.
-- No le hagás caso –- bajó la voz Pablo. -– Desde que subió está así, y como no habla ni quiere decirnos su nombre Gustavo le puso Pancho.
-- Preguntá por la noche en el día, ¿o eso a vos tampoco te llama la atención? –- increpó Pancho siempre dándonos la espalda –- O sobre esta llovizna, dale, ¿o vos también querés olvidar?
Miré a Marta, ya no recordaba lo que no debía olvidar, si es que había sucedido algo, pero qué. Marta bajó la vista hacia los gurises, Carlos me miró a mí buscando alguna respuesta, y fue Guillermo el que intentó darla.

Guillermo era delegado gremial en su trabajo, y en la tragedia, en esa tragedia que estábamos viviendo había perdido a su mujer salvando a su hija. Carlos también perdió a su familia –y nunca más sabría nada de ellos-, mi intención era buscar a la mía en su auto cuando estaba inconsciente para luego ir por la de él, pero nunca llegamos. De Gustavo nunca supe más que su nombre, no tuve tiempo de conocerlo, y de Pablo y Elena, sólo que eran artesanos en tránsito.

-- El viejo habla de la luz en el cielo, fue como una explosión enorme. ¿Ustedes no la vieron?
-- No, en el cielo no vimos nada...
-- Estábamos pescando en un bote en el río cuando...
-- Algo le pegó en la cabeza a Carlos, era un pedazo de metal, creo...
-- Hubo una explosión enorme en el cielo, y empezó a oscurecer –- retomó el relato Guillermo. –- Y luego comenzó a caer esta lluvia y a salir agua por todos las alcantarillas y las rejillas y de los pozos, y a inundarse toda la ciudad. Eso. No hay más, en pocas horas todo se inundó.
-- La explosión fue un ruido muy grande, que hizo temblar todo –- agregó Marta.
-- No, nosotros no... como una ola se levantó frente al bote y se nos dio vuelta, como un torbellino de agua o algo así.
-- ¿Y la oscuridad? –- preguntó Carlos.
-- No es noche en lo que estamos –- interrumpió el viejo siempre de frente al agua, de espaldas a nosotros. –- La ausencia de luz en el cielo se debe a que el sol se ha apagado, y la claridad que nos deja vernos es el tiempo que demora en llegar a nosotros la luz almacenada en la luna –- sentenció y nadie quiso contradecirlo, aunque su explicación era tan poco posible como todo lo que estaba sucediendo. Quería preguntarle por la llovizna, algo había dicho, y porqué el río inundó la ciudad, y por el olvido, pero el silencio de todos también le pedía silencio a él y a mí, así que guardé las dudas.
Estuvimos algún instante sin hablar y comiendo con la vista baja, dejando a nuestras cabezas jugar con lo que estábamos viviendo y que no entendíamos. Salvo Cristian, Elita y Silvina, que se habían ido a jugar un poco más allá en la balsa, cuando Guillermo comenzó a hablar.

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ETERREÁGONIS (en La Tierra de la Agonía Perpetua) I - 1
Capítulo I
Parte 1

Quizás ahora sí, como redención o –mejor- como una forma de expulsar culpas. Ahora sí, estuvo repetidamente a punta de lengua esta historia –en mejores formas, vale decirlo, en plumas mejor entintadas- pero no se quiso, y este parece ser el momento en que se (me) decide salirse, y aquí va, entonces, pues. En algún fogón ensayé algunos versos, eran otros tiempos (hace poco pero otros... ya entenderán), y luego tuve que finalizar el relato abruptamente porque el fuego parecía apagarse o cambiaba de color, y no es buen lugar para quedarse a oscuras esos sitios donde nos gustan hacer fogones. En fin, es tan poco el tiempo pero abruma mucho, parece ayer cuando esto comenzó a comenzarse, y fue ayer nomás, o anteayer, que al caso vale lo mismo, porque los días dejaron de contarse desde entonces...

Era feriado, con el Carlos nos habíamos aprontado para ir a pescar. Dos o tres veces había ido yo a pescar, con mi abuelo y mi padre cuando chico, y después ya no. El Gordo Carlos, que seguía viviendo terco cerca del río venía de familia de pescadores y sí, conocía al río y el río lo conocía a él. Detuvo su auto frente a mi casa sin apagar el motor, un beso a la bruja, un saludo a los gurises, y salimos rápido confirmando que estuvieran las lombrices y el vino. Hasta ahí es claro el recuerdo, luego todo parece como en un sueño, sin un hilo conductor, cosas que suceden aquí y allá, y todo eso que ya sabemos que pasa en los sueños, así como surrealista que le dicen, ¿no?.

No pronosticaba nada fuera de lo normal para esa altura del año la televisión, aunque pocas veces a pronosticado alguna noticia improbable. Y ahí estábamos, río adentro, haciendo como que pescábamos porque en realidad hablábamos más que los peces que se acercaban al bote, y hablábamos de nada y de todo al mismo tiempo, tampoco había un hilo conductor en nuestra conversación, o por lo menos no un hilo demasiado grueso. Algo pasó pero no nos dimos cuenta, el Gordo recordaba después que había visto saltar un pez raro en el agua, yo no y quizás él tampoco y sólo era su imaginación tratando de darle algún guión para que no fuera sólo yo el narrador. La cosa es que como un metal le cayó a Carlos en la cabeza y lo desmayó, y rebotó al agua el objeto y se hundió. Carlos se desplomó sobre la conservadora de telgopor y la aplastó derramando el vino. “¡Qué mierda...!?”, me fui sobre él mirando al cielo, no había nada allá arriba, “Carlos!”, estaba totalmente inconsciente, como muerto, no reaccionaba a nada, quise darlo vuelta, acostarlo boca arriba y el bote tambaleó. Pero no era por su peso o el movimiento dentro, era afuera la cosa, en el río, bajo el agua. “La puta madre...”, apenas me salió decir asombrado y como pidiendo auxilio también, el río se levantaba, ahí, al lado nuestro, como una ola, como una pared, como... no se cómo, el río se levantaba, el bote se estaba por dar vuelta y el Gordo ahí desmayado y “la puta madre!”, de nuevo, ahora pidiendo auxilio, sí, y ordenándole al Gordo que se levante y más asustado que asombrado. El bote se nos da vuelta, apenas puedo escupir un poco del agua que tragué cuando ya no veo nada, sólo agua por todos lados, ni Carlos ni el bote ni la orilla ni el cielo, sólo agua, entonces intento nadar hacia algún lado en cualquier dirección, un par de brazadas desesperadas y de repente todo se calma y me encuentro cerca de la orilla, el bote tumbado flotando por ahí y las cañas de pescar y la conservadora naufragando, y me parece que Carlos allá, en la orilla, pero ya es de noche.

En la ciudad se había cortado la luz, la gente estaba en las calles, agitada, y lloviznaba, esa llovizna que luego se nos haría natural. Los gurises lloraban y Marta, la bruja, tenía una expresión desencajada.

-- Fue un ruido horrible ¿qué pasó?
-- ¿Los gurises?...
-- Se asustaron, decime Martín ¿qué pasó?
-- No se, no se!, Carlos está en el auto, está desmayado el Gordo y... vamos!...
-- ¿A dónde, Martín?... ¿Qué te pasó? ¿Qué es eso?
-- ¿Dónde, qué?!

No sabíamos, ni yo ni ella, lo que estábamos haciendo, mucho menos lo que estaba sucediendo. Marta intentaba tranquilizar a Cristian y Adela, y yo juntaba cosas en un bolso: algunas ropas, nuestras y de los gurises, velas, fósforos, una cuerda, un cuaderno que teníamos por las dudas, por si había que anotar algo, un par de lapiceras, creo que una roja y otra azul, los documentos, plata que guardábamos en el cajón de las medias, el costurerito de Marta también puse en el bolso, agarré unas latas de picadillo y algo de pan que había quedado, un cuchillo y otras cosas más. No se para qué, ahora me miro en aquella escena y me veo actuando como un diestro boy scout, pero sólo había visto algunas películas en “Sábados de Super Acción” y nada más. Ahora veo también, que fue todo en vano, si hubiera sabido lo que estaba pasando o lo que se venía...

“¿Qué te pasó? ¿Qué es eso?”, me dijo alejándose. Su cara se transformó y le tapó los ojos a Elita en sus brazos –la llamábamos así por Cristian, tenía cuatro años cuando nació su hermana y le resultaba difícil “Adelita”, siempre a los chicos las cosas más simples les resulta difícil. “Martín, por Dios!. En tu hombro” Y lo toqué y lo sentí y me empezó a doler, como una sanguijuela de treinta centímetros en mi espalda cerca del hombro (Un shupange, se llamaría. ¿Desde cuándo estaba allí, alimentándose de mi sangre?). “Agh, la reput...!”, lo quise desprender y sentí que se aferraba más clavándome algo, y no recuerdo nada más. No se si me desmayé o qué, no se.

Me falta el aire otra vez, agua en mis pulmones otra vez, abro los ojos y el agua nos está tapando. Marta conduce, el Gordo sigue desvanecido en el asiento del acompañante, atrás junto a mí Cristian intenta callar los llantos de Adela. Y el agua que ingresa al auto. “Martín ¿qué hacemos?”. Una imagen que no imaginé nunca: el agua mojaba toda la ciudad a una altura de cincuenta centímetros, los árboles parecían en otoño, era de noche pero no estaba oscuro, los faroles de la calle rotos y las casas deshabitadas, abiertas y rotas las puertas y las ventanas como si en muchos años nadie hubiera vivido en esta ciudad, las paredes, todas las paredes resquebrajadas, una brisa como en remolino de a ratos y la llovizna constante. La gente en la calle caminando con los pantalones arremangados, algunos subidos a los árboles desnudos, asustados en los techos de las casas, otros en botes cargados de muebles escapando, y un murmullo aturdidor. Una imagen que no imaginé nunca, y sin embargo me parecía tan familiar. Me duele la cabeza y no se qué hacer, ¿qué estaba pasando?. Hace apenas unos instantes –creo recordar- estábamos pescando y ahora... pero ¿porqué es de noche?.

(continúa: parte 2...)
 
panamargo
no se que pueda ser,
si una curva del tiempo
o un hueco en el corazón
atento

diputados argentinos aprobaron el tratado con australia que permite el ingreso de residuos radiactivos.

el saliente gobierno uruguayo se apresta a aprobar la instalación de la mayor planta de celulosa sobre el río uruguay.

a todo trapo. necesidad y urgencia. necesidad de plata y urgencia agonizante.

la eficacia de los inoperantes...¿será que es tiempo de bisagras?.

el apuro de finlandeses y batllistas parece originarse en las dudas de si el nuevo tiempo uruguayo puede de verdad remontar la historia. ahora o quizá nunca.

el oportunismo de los legisladores argentinos parece aprovechar la mata navideña para la gambeta de la felonía. ahora o quizá nunca.

las transnacionales y el norte contento.

el agua, el aire, la tierra y las generaciones del sur valen muy poco.

si algo une ambas noticias es el cáncer a cambio de millones.

millones de falacias, de papel pintado, de asientos contables sin destino.

en el ta-te-tí de los bloques del modelo agónico, el casillero latinoamericano, el despoblado continente de los grandes ríos y las pampas es el repositorio de sus desatinos.

ta-te-tí, muerte para tí.

ta-te-tí, libre mercado sí.

si las aguas y tierras de europa se sanan sacando sus plantas, allá están, generosas, abiertas, baratas, forestables, clorables, las del río de la plata.

si los más prominentes científicos del norte no se animan a abrir los reactores, -porque saben-, allá está la excelencia argentina, -que saben- pero tienen hambre.

total igual, su expectativa de vida no es tanta.

si los pueblos del norte lo saben y exigen y se cumple la ley, en el sur los medios hablarán de que boca es campeón y la constitución que prohibe no importa, si total nadie cumple ni paga, salvo menem que puede volver.

qué idiota me siento sintiendo la mirada indulgente del que sabe vivir este tiempo.

me derrapa la alparga intentando deslizar como cuña aquel tiempo.

en que un pelo de amor más que yunta de bueyes tiraba.

en éste que unos cuantos millones -de falacias, de números fatuos-, tira más que el oncológico futuro de nosotros, nuestros hijos y los hijos de los hijos.

arrugo en el bolsillo de atrás el papelito en que durante tanto tiempo caligrafié la palabra pacifismo.

y me arrebujo en tu hombro, almado de espuma, indignado, a esperar el dosmilcinco.

sabiendo que habrá que empezar, más de atrás, más de abajo, y por tanto. con más convicción, con más enjundia.

con más necesidad y urgencia.

a doblar el tiempo o que se quiebre.

por la vida.

desde las cuchillas del sureste entrerriano
república occidental del uruguay
ejército alpargatista de liberación nacional
subcomandado insolvente
flaco

contramano22@yahoo.com.ar
 
sexysteriqueos, baby
Me gusta jugar a pelear, hacerte enojar
me hacés creer todo un campeón y me dejás ganar
enojitos de virgen y ese rol de pendeja enamorada
te queda tan bien excitar
decís que te gusta que te diga lo que no debés escuchar
hacés decirme cosas que suenan mal
y a vos te gusta.
 
(A...)
no quiero nombrar su nombre, no! (es todo mi tesoro...)
Partusa de carroñas de fauna indefensa
degustan el plato principal con aderezo de inocencia
un nuevo script de pura vieja tecno-barata de TV
lucen feo el antifaz, sirenas new age, bien estéticas!
remodelan su encanto y se morfan todo.
Así de triste está este infierno aquí hoy
ronda de obituarios en un café.
Y ella no,
allá el paraíso no cobra entrada.

quemás poco, pero quemás igual, y duele!
relatos del trasfondo del tiempo vienen
la simpleza será belleza, y será nuevo, observá!
Y en ella el paraíso no cobra entrada
 
“¿Volvés mañana?”
La eternidad es ese instante fugaz
                                   que se escapa
                                   se nos escapa.
El miedo es zonzo y Cronos se burla del tiempo.
La eternidad es presente
               es futuro presente
               todos los futuros
                   la felicidad
en ese instante fugaz.
El futuro tiene muy poco de eterno,
es que el futuro es pasado
                                   por vivir
                                   repetir.
Y la eternidad es ese instante hoy,
porque quizás no exista el mañana.
“¿Volvés mañana?”, preguntás
y te respondo: -Sí.
 
Declaración Solar en un día de lluvia
Lluvia ácida en la ciudad. Pero no química o radiactiva, tampoco cítrica. Una lluvia que como lágrimas, transparentes y sigilosas, burla tus sentidos de alerta y se acomoda, lentamente e irritándote la paciencia, en las heridas producidas por el combate de todos los días.
Ácida en ese sentido. Un ácido que corroe las armaduras de nuestras almas sólo para recordarnos lo frágil que somos y que en cualquier momento, en el instante menos pensado, el viento puede soplar aún más fuerte y no tendremos de dónde sujetarnos. Lluvia ácida que se inmiscuye en nuestra piel y nos hace llorar de dolor, pero no de un dolor físico.

Llueve torrencialmente en la ciudad. Las cosas han empeorado desde nuestro último contacto. (¿Nuestro último contacto? ¿Cuándo fue? Tanta internet, tanta represión mental, tanta televisión, globalización, realidad virtual, tanto miedo y paranoia nos han alejado demasiado ¿Dónde vives ahora? ¿Acá enfrente? Prometo un día escaparle a estas rejas, a esta jaula de normativas y convenciones, a esta prisión de comportamientos y morales; escaparme y rescatarte, y fugarnos, y mientras huyamos dejaremos atrás sonar el celular con su desértica comunicación. Escaparemos, no huiremos, no (mi miedo aún no es temor, no huiré, me enfrentaré de ser necesario), nos fugaremos, la fuga tiene ese sabor de bandidos y marginales que perdimos o canjeamos al abandonar nuestra adolescencia. Nos fugaremos. Y cuando no haya señales que respetar, te haré el amor, como antes, como siempre. Tus gemidos serán un grito ensordecedor en esta desértica prisión repleta de desesperados espectros incomunicados con su corazón. Tus gemidos, tu grito los despertará. Juntos acabaremos con esta prisión. Y luego te haré el amor.)

Las cosas han empeorado, sí. Llueve más fuerte y más ácido en la ciudad. Pero no andamos construyendo paraguas tecno-teóricos-antiácido o pilotos ultrarresistentes, no. Sólo esquivamos, con gran destreza y coraje, esas finísimas gotas enemigas. Y es esa destreza lo que embronca a El Vigilante. Y es esa destreza lo que nos mantiene vivos. Seguiremos desafiando las leyes de la gravedad. No evolucionaremos darwinianamente. Sólo nuestros sueños crecerán. Nuestros sueños harán salir el sol. Una muestra de destreza o un rayo de sol, de eso se trata etamograma.
 
etamograma...
apenas sueños y visiones, algunos probables y otros no tanto... una historia siempre contada y siempre vivida, de nuevo contada, etamograma: la leyenda del Churrasco Cimarrón

...la historia de un pedazo de carne muerta
que aún frita
se niega a ser devorada...