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Eterno
Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.
Acerca de
La existencia es una constante guerra: el caos contra el orden, la luz contra la oscuridad, el bien contra el mal... lo efimero contra lo eterno.

Contenido (c) 2004 Francisco Ruiz.

Para reeditar cualquier material contacta con Francisco Ruiz a través de http://txisko.com.
Sindicación
 
Cerrado...
Hola a todos.

Por asuntos personales me siento obligado a cerrar (en principio de manera temporal) esto del blog Eterno. Me hubiera gustado que de verdad fuera eso, eterno, pero la vida es así y ahora me veo forzado a dejarlo. Lamento mucho la tardanza dar la noticia, pero al fin he de admitir que no puedo seguir.

Lo siento.

Espero que hayais disfrutado de estos momentos que os di en colaboración con mi amigo Santiago Eximeno. Ojala volvamos a encontrarnos en este mismo sitio, a poder ser en breve... pero no por ahora.

Un saludo a todos,

Francisco Ruiz, aka Txisko,.
 
Herencia.
Temores materno filiales.

Tras despertar de la anestesia de la cesárea, la mujer miró con terror a su hijo recién nacido. Durante el sueño había tenido una visión: la criatura le había arrebatado un pedazo de alma, y por ello no podría entrar en el Reino de los Cielos. Toda su vida posterior transcurrió atenaza por ese temor, mientras contemplaba los progresos de su hijo, en extremo despierto y vivaz. Cuando al fin sintió la caricia de la muerte gimió, sumida en la desesperación más absoluta. Pero ese terror acabo de forma abrupta, cuando fue lanzada a la más absoluta vacuidad. El niño no le había quitado parte del alma: se la había robado entera.
 
Despertar.
Del duermiente.

Todos aguardaban en torno al durmiente. Él, con sus sueños y fantasías, había creado aquel mundo y a cuantos lo habitaban. De la misma manera surgieron de su imaginación las palabras con las que la bruja que habitaba en la montaña de una sola ladera profetizó aquel día: el cónclave, el despertar y la pregunta.
Así, el congreso oscuro se había reunido alrededor del soñador, esperando que terminara su sueño y se les uniera en la vigilia de pesadilla. El grupo estaba formado por un par de miembros de cada raza: allí, en la enorme sala que albergaba el lecho del soñador, había vampiros, trasgos, fantasmas, espectros, orcos, mutantes, todos los monstruos imaginables, todos hijos de la mente del durmiente.
Le conocían desde miles de años atrás. Se trataba de una criatura pequeña y de aspecto delicado, piel blanquecina y ojos bailarines bajo los párpados cerrados. Él les había creado, conformando ese universo de pesadilla en el que vivían, se arrastraban, lloraban, padecían, gemían y sufrían. Les había sumergido en un mundo que odiaban, un país sin fronteras que temían, que detestaban.
Pero, según la profecía, hoy despertaría. Hoy podrían preguntarle el porqué, cuál era la razón, el sentido de su existencia.
El momento llegó. Los ojos del durmiente se abrieron poco a poco, temerosos de la luz. Una mano de piel pálida se alzó protectora, cubriéndolos. El hombre se incorporó con lentitud. Sus movimientos parecían se correspondían, en efecto, con alguien que hubiera dormido durante miles de años. Al cabo de unos instantes de indecisión apartó la mano de sus ojos y miró con atención cuanto le rodeaba: las criaturas de la noche, los terrores infantiles, las fantasías del demente, las miedos del solitario, todos aguardaban en silencio. Ninguno se atrevía a formular la pregunta, acongojados ante la presencia de su creador, de su dios. Los labios del soñador se abrieron, dispuestos a hablar. La tensión se podía palpar en el aire, densa y untosa.
–Pienso, luego existo –dijo el soñador. Ninguno de los presentes comprendía el sentido de esas tres palabras. Sólo sabían que algo dentro del mundo de fantasía se rompía, algo se había clavado en el corazón de todo, un cáncer había sembrado la semilla en la esencia oscura de su realidad.
–Uno y uno son dos.
Un nuevo zarpazo se dejó sentir en el mundo de tinieblas. Por primera vez los terrores del subconsciente, las pesadillas de la mitología, descubrían el autentico significado del temor, de la muerte.
–La energía nunca se destruye, sólo se transforma.
El soñador prosiguió pronunciando principios ineludibles de verdad. Él era la punta de lanza de la ciencia, dispuesta a exorcizar los horrores que durante milenios atemorizaron al Hombre, esclavizándolo a su subconsciente.
–Dios no existe. Y el demonio tampoco: son criaturas de fantasía.
La última palabra resonó en la sala como un insulto, como el restallar de un látigo en la carne abierta: en Fantasía descubrieron el significado de la Nada y del Olvido.
 
Diferente.
El amanecer marca destinos.

Cuando nací mi madre me puso por nombre Livia. Livia, con uve, no Lidia.
A lo largo de los años mi madre me repetía: ‘tú serás alguien grande. Ahora lo especial parece estar sólo en tu nombre, pero con el tiempo harás algo grande, muy grande’. Yo escuchaba su cantinela, en cierta medida me la creí. Cosas de hijas y madres.
Un día algo sucedió: un vampiro me mordió, haciéndome de su estirpe. Cambié de vida, de hábitos, pero seguía siendo Livia. Mi madre me lo había dicho: estaba destinada a hacer algo único, a romper esquemas. Hasta que llegara ese momento debería seguir malviviendo en la noche, huyendo, desangrando perros y vagabundos. Y siempre evitando a los cazadores de vampiros. Una noche me atraparon y, como diversión, me dejaron atada en una azotea esperando que surgiera el sol.
Por primera vez en años vi ese globo ardiente, enorme y abrumador. Y sobreviví. Sus rayos no me afectaban; muy al contrario, me fortalecían. Los cazadores, sorprendidos, intentaron matarme. Pero yo había cambiado: era diferente.
Había llegado mi tiempo. Recordé eso que tantas veces había repetido:
–Me llamo Livia, con uve, como Tito Livio.
Un plan surgió en mi mente: emular al antiguo general romano y arrasar Jerusalén, exiliar a los judíos. Solo que ‘mis judíos’ eran los vivos, y ‘mi Jerusalén’ todo el mundo.
 
Salto a través de ventana.
Hermanos.

No lo soportaba más, mi vida se había convertido en un infierno, así que un día me armé de valor y salté.
La caída se me hizo eterna, quizá a causa del terror que me poseyó, quizá debido a una reacción animal del cerebro al darse cuenta del irremisible final. El aire golpeaba mi cara haciéndome llorar. Extrañas formas y colores danzaron ante mis ojos, convirtiendo la visión en algo cercano a una pesadilla. Por fortuna, al cabo de un diminuto eón todo eso acabó.
Entonces llegó el dolor. Se supone que el choque contra el asfalto desde una altura de diez pisos, aterrizando casi de cabeza, implica una muerte instantánea. Mentira. No existe mayor tortura que sentir cómo todos tus huesos se pulverizan, mientras tus nervios gritan poseídos por una agonía para la que no hay palabras. El tiempo se expande, solazándose en el sufrimiento. La sangre escapa de sus senderos de carne, tratando de huir de ese horror, pero en su ciega evasión no hace otra cosa que provocar aún más dolor.
Pero sabía que esto acabaría: el dolor de la muerte es algo de carácter efímero.
En efecto, tras una eternidad el suplicio concluyó y yo me encontré en una enorme caverna. Su techo se sostenía sobre columnas de roja negra, y estaba iluminada por los fuegos de miles de torrentes de lava. Gritos de dolor hendían el aire cargado de la pestilencia del azufre. El infierno existía.
–No vale.
La voz surgió ante mí. De repente los vi: cinco criaturas (sólo podía llamarlas así, dado su desmesurado grado de deformidad) sentadas ante una mesa de refulgente rojo. Cada una de ellas sostenía un letrero en el que se veía un número. Tres, dos, tres, cuatro, uno.
–Suspenso –dijo la misma voz. Se trataba del ser situado en el centro–. Deberá repetir, a ver si ahora lo hace mejor. Ala, arriba de nuevo y aplíquese.
Sin saber cómo en un abrir y cerrar de ojos me encontré de nuevo vivo, ante la ventana. Iba a saltar, lo sabía; iba revivir el dolor, ese dolor inaudito, indescriptible, insoportable. Me abalancé contra la ventana y dejé atrás la seguridad del suelo. El suplicio volvió a empezar, intensificado por el horror que suponía el saber qué iba a ocurrir.
Debía hacerlo bien, superarme, y así pasar el examen. Agité los brazos, gemí, me retorcí. Entonces, en medio de ese calvario, surgió la duda: ¿qué era para ellos ‘hacerlo bien’, ‘aplicarse’?
 
Competición.
Hermanos.

Yo siempre consideré que el hecho de ser gemelos nos unía más que nos separaba, pero para ti todo se reducía a una competición: necesitabas destacar, ser el mejor, único y diferente. En todo intentabas ganarme, luchabas incluso por lo más ridículo. Casi desde la cuna, durante años te vi pelear por alcanzar esa diferenciación.
Pero perdías, siempre perdías. Quizá se debiera a que yo me lo tomaba con calma, sin presiones, pero siempre acababa sobre ti.
Eso te destrozaba.
Apesadumbrado vi cómo, años tras año, te sumergías en ese pozo del que jamás saliste. La envidia llevó rencor y éste, al final (me duele admitirlo), al odio. Hermano, me odiabas. Y todo porque, sin pretenderlo, yo ganaba.
Empezaste a tratar de hacerme daño, por el simple hecho de verme sufrir. Y lo lograste, sí, pero en el fondo sabías que cuando me hacías daño te lo hacías a ti. Al fin y al cabo la relación entre gemelos va más allá del mero parecido. Perdías, en el fondo volvías a perder.
Hoy has realizado ese último acto de venganza, de odio. De has suicidado: ya no somos esa pareja de iguales, me has dejado sólo. ¿De verdad creías que ibas a conseguir ganarme en esto también, el primero en llegar a esa región inexplorada? No, no podía permitirlo: llegado a este punto me he dado cuenta de que esa competición me da energías para seguir adelante. Tú me has hecho así de fuerte, tu afán de competición me ha convertido en lo que soy.
Supongo que ahora comprenderás que me esforzara en revivirte. Estudié el vudú y lo logré, hermano: aquí estas de nuevo.
Yo gano de nuevo, y tu pierdes. ¿Cuál es tu siguiente movimiento?
 
La caída de la hoja.
Caídas.

Siempre me ha gustado el otoño: su melancolía, su tristeza, su mezcla de tonos ocres… algo en él se me clava en el alma. En otoño paseo, disfrutando de los parques solitarios en los que los amantes ya no retozan en su pasión veraniega. Mis pies pisan por senderos alfombrados de las hijas de los árboles, cadáveres defenestrados de balcones de madera quebradiza.
En otoño te conocí. Y al cruzarse nuestros caminos me encontré inmerso en una primavera perenne… hasta que te fuiste.
Ahora mi otoño ha regresado, más melancólico que nunca, más triste que nunca, tiñendo con sus tonos ocres el sucio óleo de mi vida. Ya no paseo por parques solitarios sino que busco la aglomeración opresiva de la masa, el ruidoso viento de la multitud.
Y espero la caída de la hoja.
El tiempo pasa: los días caen mustios, uno tras otro, en un devenir carente de sentido. Ocres, marrones; secos, estériles.
Aquí está, ya ha ocurrido: el viento al fin ha roto el pedúnculo y la hoja cae. El vacío se abre, el suelo se acerca, y con ello el destino final, el golpe que convertirá al alma etérea de la hoja en una inmundicia más, una anónima refugiada del suelo.
La caída: lenta, inmersa en luz amarillenta, observada por centenares de ojos (atónitos, morbosos, acusadores, sensibles, ciegos, duros, asustados). Los faros crecen, sumergiendo mi cuerpo mustio en su luz de topo mecánico. No escucho los gritos, ni el crujido de las ruedas del metro al despedazarme. Las hojas muertas, caídas, sólo escuchan la canción triste del otoño, mi amado otoño.
 
H I
Tiempo sin fin.

Otoño eterno,
Amarga vida sin fin:
Pobre inmortal.
 
Tormento
Los placeres de la carne... ajena.

Allí yacía, tendida sobre la camilla, amordazada y atada con tensas ligaduras de cuero, temblando de pies a cabeza. Sus ojos relampagueaban, desesperados, mientras con las manos trataba de detener el tormento, mas los correajes se lo impedían. Me aparté un poco de la camilla para poder observar su figura desnuda, en la que poco a poco el sudor hacía acto de presencia. Sí, lo estaba logrando: gracias a ella me acercaba a mi meta de obtener una auténtica obra maestra del suplicio, una nueva vuelta de tuerca al sadismo, una cima de la lascivia y la maldad.

Desvié la mirada de sus pechos, turgentes y de pezones erectos, a su rostro. Compungidos y llorosos, los témpanos de sus ojos imploraban un fin para la tortura. Sus ojos, oscuros y de grandes pupilas marrones en las que vetas de verdor refulgían como fuegos estáticos; en ellos paseaba el horror como un temible señor.

Rodeé la camilla hasta situarme justo tras su cabeza, fuera de su vista. Gimió desesperada, incapaz de hablar: el bozal se lo impedía. Cabeceó buscándome con la mirada. Dejé que lo hiciera durante unos largos segundos, consciente de que allí donde estaba no podría localizarme. Sonreí ante su desesperación. Su sufrimiento me satisfacía más que ninguna otra vez. La había tomado por sorpresa y su desconcierto, añadido a la agonía que la falta de control sobre la situación, me excitaba como nunca antes.

De manera casi física noté como algo se desgarraba dentro de ella: la tensión la estaba venciendo. El llanto, que hasta entonces había reprimido con éxito, al fin surgió de sus ojos. Me acerqué de nuevo para que pudiera verme:

–No me he ido, no. Estoy aquí, contigo –la susurré al oído.

Como respuesta, ella profirió un gemido asfixiado. Sonreí de nuevo, y mi sonrisa hizo que sus ojos se desorbitaran. Yo gozaba, ella no, y eso me hacía disfrutar aun más. Mi rostro casi resplandecía de satisfacción. Su llanto intensificó. Yo disfrutaba como jamás antes. Decidí apretar aun más las clavijas: acerqué con lentitud mi mano hacia sus nalgas. Entre mis dedos, ansioso, brillaba el filo del estilete. Atisbé su mirada, alocada. Sonreí una vez más. Alargué la tortura ralentizado el movimiento: los músculos de sus piernas se contraían nerviosos, haciendo danzar las cicatrices que recorrían su piel. Las cintas de cuero le impedían retorcerse. El filo se aproximó más a su piel. El sudor ya la cubría por completo, deslizándose en finos hilos hacia la superficie de la camilla. La hoja no estaba a más de un centímetro de su piel cuando… la retiré.

Mi sonrisa se tornó carcajada; su gemido llanto. Los temblores de ella dieron paso a convulsiones de avidez. Mientras, yo me retorcía, saboreando esa gloriosa mezcla de placer extremo y maldad absoluta. Al cabo de unos segundos, cuando pude tomar aliento, exclame:

–No, querida, esta vez no habrá más. Padece por una vez de una manera diferente.

Le quité el bozal y abandoné raudo el cuarto. Incluso una vez cerrada la puerta aún resonaban a mis espaldas sus gritos, implorando una tortura que por mi parte hoy no llegaría. Qué placer el no darle agua al sediento, o al que anhela dolor negarle su calvario privado…

Nota: publicado originalmente en Calle 13.
 
Accidente II
Cenizas a las cenizas.

Tras el frenazo hubo un golpe brutal en la parte trasera del camión. Al asomar la cabeza confirme mis temores: un coche se había incrustado contra las varas que trasportaba. Empecé a sollozar: por favor, que no haya ocurrido, que no haya ocurrido.
Bajé de la cabina y corrí hasta el auto. En efecto, tal y como me temía, dos de las varas de hierro se habían soltado y atravesaban el habitáculo de lado a lado.
–No lo pude evitar –les grité preso de los nervios–. El jabalí salió de repente al asfalto y, con esta noche tan cerrada, no le vi hasta que estuvo encima. Frené de forma inconsciente. ¿Puedo…?
La pregunta quedó en el aire: en el asiento del conductor sólo estaba la vara, atravesando por completo el respaldo. Nada más. En el puesto del copiloto se debatía una mujer tratando de liberarse de la otra vara, que parecía haberla rozado el pecho enganchándola de la ropa, pero sin más complicaciones. Miré desconcertado el asiento vacío, el de la copiloto y de nuevo al puesto del conductor. Entonces reparé en el polvo que formaba un extraño montoncito: sobre la tapicería, en el suelo, incluso algo en el volante. Muy fino, grisáceo… ceniza.
–¿Qué demonios…?
Todo se redujo a un siseo similar al que provoca un gato histérico, una sombra brumosa saltando desde el asiento del copiloto y dos agujas perforando mi cuello. Luego placer seguido de vacuidad y, al final, negrura
 
Escalera de fuego.
Camino del descenso.

Todos alzamos la mirada: la señal divina quebrantaba la oscuridad de la noche. Llevábamos siglos esperando la Escalera de Fuego. Su resplandor surgía de las alturas del cielo y descendía, recta y delgada, hasta lamer el horizonte. Ella nos llevaría de nuevo con los dioses, al hogar perdido.
Desmantelamos el poblado e iniciamos la peregrinación. La alegría del encuentro con los dioses espoleaba nuestros pasos. Los días se sucedieron uno tras otro, siempre presididos por la imponente presencia de la escalera. A medida que avanzábamos el calor se hacía más intenso.
–Se trata del fuego divino, purificador y sagrado –clamaba el sacerdote–. No temáis.
Así hicimos. No detuvimos nuestro caminar, ni siquiera cuando la plaga hizo acto de presencia.
–Es una prueba. Los dioses nos están poniendo a prueba. Persistid.
Pero el propio sacerdote ya mostraba las huellas del mal: su piel supuraba, su pelo se caía, al igual que los dientes.
–Seguid –y con esa palabra nos abandonó. Enterramos su cadáver y no cejamos. La columna de fuego estaba ya casi sobre nosotros. El calor se volvía casi intolerable pero no cejamos. La recompensa de los dioses estaba tan cercana…

El gráfico del planeta mostraba un tono amarillo brillante.
–Señor, el nivel de radiación es tal que, con los rudimentarios medios que disponen, no alcanzará niveles tolerables en por lo menos dos milenios.
El capitán estudió la pantalla y asintió.
–Perfecto. Que los motores dejen de apuntar a la atmósfera. Sitúen la nave en posición de salida: abandonemos este planeta de mierda. Según los archivos, aún deben quedar dos planetas rebeldes por encontrar y esterilizar.
 
Devoradores de almas.
Hambre.

Se dice que cuando un caníbal devora el corazón de un enemigo, con él se adueña de su alma. Lo malo es comprobarlo despertándose encerrado dentro de su cabeza.
 
Respuesta.
Cámaras.

feedback
1 noun TECHNICAL retroalimentación f, retroacción f.
2 noun figurative reacción f, respuesta, impresión f.

Cierro los ojos al mismo tiempo que inserto la clavija del jack en su ranura. Empiezo a meditar, tratando de enfocar mi mente en un punto indefinido, más allá de la lente de la cámara. Palpando la superficie de la mesa de mezclas, busco el control del volumen del master. En silbido apagado pero agudo surge de los altavoces, subiendo poco a poco en su tono agudo.
Espero. El tiempo pasa. Yo sigo con los ojos cerrados, pensando en eso que está más allá de la cámara. Más allá de la lente. De todo. De la propia vida.
De repente el silbido cambia, se vuelve entrecortado. Siento una caricia helada recorriendo mi espina dorsal. El terror echa su aliento gélido en mi nuca.
Abro los ojos y contemplo el monitor, a mi izquierda. En él, ocupando una de las esquinas, mi propio rostro. Detrás hay otra pantalla, enorme, que ocupa toda la pared, y que aparece captada en su totalidad en el monitor. En esa pantalla, a través de un proceso de feedback, se recoge mi rostro otra vez, más pequeño. Y otra vez. Y otra. Y otra.
De los altavoces empieza a surgir un apagado murmullo. Subo el volumen, pero resulta ininteligible.
Tengo configurado el circuito cerrado para que aparezcan veinte pequeñas pantallas, una dentro de otra. Veinte rostros, a cuál más diminuto. En las pruebas siempre aparecía solo, como se dice ‘yo conmigo mismo’.
Sólo que ahora no. En la más pequeña de las pantallas hay algo oscuro. Parpadeo. Ahora está también en la segunda más pequeña. Un nuevo parpadeo y esa sombra ha avanzado dos pantallas más.
Funciona, mi sistema funciona.
Ya está en la décima pantalla. Los rasgos aún no se pueden apreciar, envueltos en un velo de negrura.
Desconecto la cámara, apago los altavoces: el silbido cesa y el murmullo se extingue.
Le he traído. ¿A quién? No lo sé, pero sin duda esa presencia no podía estar allí. Y sin embargo lo estaba.
Me levanto de la silla… y veo que no puedo. Algo me impide levantarme. Ni siquiera puedo mover la cabeza.
La cámara. Me mira. Su ojo ciego me apresa. Y entonces lo veo, en el reflejo de la lente: mi rostro repitiéndose diez veces. Parpadeo: una de las imágenes desaparece. Quedan nueve. Ahora ocho…
La oscuridad se acerca. Y el murmullo, dentro de mis oídos, incomprensible.
Siete, seis, cinco.
Cada vez restan menos reflejos. Y más de ese rostro envuelto en tinieblas, sin rasgos.
Y sigo sin poder moverme. Ni un centímetro. Paralizado por la oscuridad de la lente.
Cuatro, tres, dos.
El rostro oscuro ya tiene casi el mismo tamaño que yo.
Uno.
El murmullo desaparece y escucho la respuesta. La respuesta a mi llamada.
Cero.
Quiero gritar, pero no puedo.
 
Murmullos de felicidad.
Ojos.

–1984.
–¿Qué?
–El libro de Orwell, ¿recuerdas?
–Ah, sí. Pero calla y sonríe, no nos vaya a descubrir.
Nos separamos. Cada uno continuó su camino, esforzándose en brillar lleno de alegría, de contento, de felicidad.
Lo logré. El destello a mi espalda, acompañado de ese crujido tan característico, me dijo que sin embargo Julio no lo había conseguido.
Afilé la sonrisa sin atreverme a alzar la mirada. Allí arriba el ojo colosal permanecía tranquilo, velando por la felicidad. El ojo que todo lo ve, aposentado en su trono dorado en la cima de Nueva Jerusalén.
 
Moretones.
Golpes.

Le pegaba todos los días. Con la mano abierta, con el puño cerrado. Patadas y puntapies también. Todo valía con tal de causar daño.
Así desde el día en que se encontraron. Llegó con una aura de luz a su alrededor, como si se tratara de un ángel del señor. Un ángel que golpada con fuerza de martillo.
Su cuerpo magullado daba fe de ello, convertido en todo un ejemplo de martirio. Calvario silencioso ya que no se atrevía a replicar, a quejarse, a rebelarse. Cada vez que miraba sus moretones, cada vez que acariciaba su carne dolorida, pensaba en vengarse. Vengarse por el maltrato del ángel, de la criatura divina.
Pero siempre, al aflorar esos sentimientos, acaecía el milagro: las formas moradas, amarillas y negras bailaban en su piel y dibujaban aquellas tres lapidarias palabras. La sonrisa beatífica del ángel las confirmaba como orden superior: ‘Calla y sufre’.
 
Cicatrices.
Las marcas del dolor.

A lo largo de la vida uno se acostumbra a ver cicatrices en prácticamente todas partes. La más obvia, la más cercana y dolorosa, es la de la carne, la de la piel. Luego, si se fija uno un poco más, las descubre en la corteza de los árboles o en la tierra. Incluso en el cielo en forma de frentes y tormentas. Incluso en el espacio.
Todas cambian y mutan, evolucionando con el tiempo. Unas con mayor lentitud, como en el caso de los árboles; otras con velocidad pasmosa, como en la atmósfera. Pero siempre están ahí. Uno debe acostumbrase a su presencia, a vivir con ellas.
Las marcas que dejan las heridas de la vida nunca desaparecen.
Como el dolor de los recuerdos: se atenúan, pierden color, pero jamás se van. Las cicatrices de la mente.
¿Pero de verdad permanecen por siempre?
Mentira –las mentiras son costurones que afectan a la carne de la realidad–.
El dolor de los recuerdos se puede eliminar a través de otra cicatriz.
La observo, larga y pálida en mi frente. Lo llaman automutilación, pero para mí significa libertad. No me importa saber que he perdido mucho más que lo que me atormentaba. Al fin y al cabo no se puede echar de menos lo que no se conoce. Me suplicaron que no lo hiciera, que podría superar el sufrimiento, que éste pasaría y se desvanecería. Pero no podía, no deseaba arriesgarme. Pagué al neurocirujano y él realizó la lobotomía que me hizo esa cicatriz, la operación que me convirtió en dos gemelos opuestos encerrados en una única cabeza. La operación que, tratando de eliminar las cicatrices el dolor, conjuró el tormento de la guerra. Ella creará más heridas.
Y más cicatrices.
 
Anhelos.
Ramas

Escúchame, querido amigo. ¿Existe algo más impresionante que un árbol en gravedad cero? Tiende sus ramas a lo largo de cientos de kilómetros hacia el remoto sol, ávido de su luz.
Pues sí, lo hay: el patetismo que oculta su gesto. Anhela algo que jamás obtendrá, algo que, de alcanzarlo, significará su fin.
Y sin embargo persiste en su intento.
¿Comprendes ahora mi amor por ella?
 
Palabras desde el corazón.
Corazones ocultos

Tras diez horas la cabeza perforadora estaba por fin dentro corazón del cometa. Consulté el reloj: sólo restaban treinta minutos para la colisión. La Tierra dependía de que colocara bien la carga. Alcé la mirada y busqué el planeta azul, pero las brumas de los vapores en ebullición me lo impidieron.
Por primera vez en demasiado tiempo me sentí aliviado. Estaba solo. Esa intensa soledad me causó un placer casi insondable. Libre. Los recuerdos de mis compañeros caídos, de las penalidades sufridas hasta llegar aquí, se desdibujaron: yo existía, y todo lo demás se reducía a un mal sueño.
Solo. Libre.
Sonreí.
Me acomodé ante la consola de mandos, lo mejor que pude dentro de la diminuta cabina. Las cifras bailaban con encantadora lentitud. Sobre mí la Tierra ya empezaba a dominar el cielo, enorme tras el telón de las brumas. Y no te vi por ningún sitio. Ni a ti ni al dolor que me habías causado. Sonreí con fiereza. Disfrutaba.
El reloj digital decía que en veinte minutos la Tierra sufriría la peor colisión astronómica de su historia. Saltó una alarma de proximidad. Irritado ente la intromisión, la apagué con un gesto mecánico. Me preparé a ser testigo de excepción de tu muerte. El resto de la humanidad no significaba nada: me sentía satisfecho al saber que tú, mi niña, dejarías de existir.
Enredé en un monitor auxiliar, buscando una emisora de televisión. Sintonicé la CNN y vi el resplandeciente caballo que cabalgaba. Deseaba tener un paquete de palomitas a mano. Pena que no hubiera una cámara enfocando tu rostro.
 
Cambio de nombres.
La importancia de llamarse Paco

Fran se convirtió en Paco-Man e inició su carrera como devorador de espectros. Luis se quemó en el trabajo y se convirtió en Zippo-Man, el bonzo eterno. Andrés, muerto de hambre, optó por llamarse Chope-Man y se comió a si mismo (de él sólo quedó una pequeña cuerdecita).
Yo, asqueado de una vida mediocre, nada más quería desaparecer. Decidí simplemente borrar mi nombre. El tiro me salió por la culata y, sin desearlo, me vi convertido en Folio-Man, aquel donde todos escriben.
Luego llegó un degenerado, convirtió la ‘i’ en ‘l’ y así estoy ahora, como astro del porno, feliz.
 
Sorpresa al hijo.
Preguntas, siempre preguntas

Al regresar lo olí, intenso y punzante, entre dulce y agrio. Las jambas de la puerta yacían en el suelo, arrancadas de sus goznes. A través del umbral mancillado se vertía un resplandor danzarín de llamas. Lejos, en la cima de la colina donde se debería alzar la nueva ciudad, un colosal y horrible árbol negro hundía sus raíces en la tierra, tornándola cenizas estériles.
–No pudimos resistir, Señor –la figura yaciente, patética, anciana y escuálida, volvía a vestir el color del martirio. Le faltaba la mano derecha, aquella con la que antes sostuviera las llaves–. Lo intentamos, pero su ausencia hizo el Trino menos poderoso. Y ellos… ellos tenían un nuevo aliado. Portaba una horrible luz blanca, una luz de abismo que sumergía en la Desesperación a todo aquel que bañaba.
Yo callé sin saber qué decir. Contemplé consternado, cariacontecido, los rescoldos aún candentes de mi hogar.
–No tuvimos ninguna opción –gimoteó el portero–. El aliado y su luz no nos dieron oportunidad.
A mis espaldas se alzó un murmullo que al poco se convirtió en un coro de llantos y quejidos. No me atreví a volver la cabeza y contemplar sus rostros desencajados por el terror: les había fallado, a todos ellos. Mi regreso triunfal se había convertido en pírrica victoria. ¿Cómo les podía explicar a los elegidos, a los justos, que su merecido Paraíso ya no existía? Sentí cómo en el pecho se me abría una herida milenios atrás cerrada.

“Y Jesús lloró”, Juan 11, 35.

(Escrito escuchando Stench of Paradise Burning, de Disincarnate.)