Eterno
Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.
Acerca de
La existencia es una constante guerra: el caos contra el orden, la luz contra la oscuridad, el bien contra el mal... lo efimero contra lo eterno.

Contenido (c) 2004 Francisco Ruiz.

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Sindicación
 
Ojos de ángel.
Desencadenante.

–Es usted... un ángel –dijo la mujer. En ese momento no supe si preguntaba o afirmaba, si sus palabras denotaban agradecimiento o sólo constataban algo que ella daba por hecho. No hice caso y empecé a caminar: si mi trabajo peca de algo es de rutina, pero aun con todo lo hago mejor que puedo. Debo comportarme de manera imparcial, insensible.
La guié a través del pasillo en tinieblas. Los fluorescentes, cubiertos con el tiempo por una importante pátina de polvo, sudor y grasa, lanzaban una luz tímida y en cierta medida enfermiza, demasiado tenue. Como resultado de esa deficiencia (lo había denunciado numerosas veces, siempre con el mismo resultado), el en principio rutilante pasadizo se tornaba algo oscuro, muy poco acogedor. En algunos lugares casi parecía una boca de lobo.
–Sí, de verdad: un ángel.
No respondí. Nunca lo hago. Sólo espero a que los acontecimientos sigan su curso, evitando vincularme.
–De verdad –insistió–. Y sus ojos... sus ojos también son de ángel.
Lo admito, flaqueé. Sin dejar de caminar bajé la mirada hacia la mujer. De complexión gruesa, su gordura se veía resaltada más aún a causa de su baja estatura. Contemplé su faz oronda. Estaba emocionada, al borde del llanto; un llanto que (lo veía muy claro) surgía de la alegría.
A esta alturas de mi profesión, todo esto me cansaba: demasiadas veces lo había visto, demasiadas veces había escuchado esas palabras de agradecimiento. Palabras que luego se convertían en... Aparté de mi mente esos recuerdos.
Seguí avanzando por el pasillo.
–Gracias.
Aquello era demasiado. Me detuve. Los vuelos de mi túnica ondearon durante un instante, como si hicieran un remedo de despedida a la mujer. Ésta también se detuvo y, desconcertada, buscó en mi rostro una explicación.
–¿Ocurre algo, mi ángel?
Aquella familiaridad me enfermaba: me recordaba demasiado a otra anterior. Pero de aquella hacía ya tanto tiempo... Sin embargo el dolor aún estaba ahí, lacerante y próximo. Recordé el desierto, el oasis, el niño; mis lágrimas, sus palabras de consuelo. Y el horror en sus ojos cuando, al final, comprendió. Aquella vez creí que mi corazón se rompería para siempre, que se tornaría de piedra. Pero no. Aquella mujer, no se porqué, me había resucitado aquella sensación de cariño.
No podía permitírmelo de nuevo. Continué caminando. El ascensor ya no quedaba muy lejos.
–Pero, ¿qué pasa? ¿No vas a decir nada?
‘El silencio es un escudo para el corazón’, pensé.
Cuando alcanzamos las puertas de metal suspiré aliviada. Acerqué la mano al pulsador: dedos jóvenes, sin manchas ni arrugas, culminados por uñas largas y afiladas, pintadas de negro. Negras como mi túnica, como mi pelo, como mis ojos. ¿Cómo mi alma?
Apreté el botón. Las puertas se abrieron al instante. Con un gesto invité a la mujer a entrar en la cabina. Se detuvo y me contempló dubitativa:
–Debo entrar... ¿sola?
Asentí en silencio. La mujer accedió al ascensor, no sin cierto temor. Percibí hilos brillantes surgiendo de sus ojos. Al fin había empezado a llorar.
–Gracias, gracias, muchas gracias.
No dije nada. No debía decir nada. Mi puesto estaba fuera, en el pasillo; el suyo dentro de la cabina. Pulsé el botón del ascensor que indicaba que la carga estaba ya lista. Las puertas empezaron a deslizarse, cerrándose. La mujer esbozó una sonrisa y agitó la mano derecha en una mezcla de saludo, de despedida y, lo sabía, de agradecimiento. Los tres cortes en su muñeca aún sangraban.
Un sonido metálico indicó que las puertas estaban cerradas y aseguradas. Mi trabajo con ella había concluido. Giré sobre mis talones y volví a las tinieblas grises del pasillo. No quería escuchar nada, no deseaba saber el destino de la mujer (aullidos de dolor o cánticos de gloria). No era de mi incumbencia. Al fin y al cabo, yo sólo debía llevarlos hasta la cabina del ascensor.

[Siguiente ataque.]
 
El sobre negro.
(Escaramuza previa.)


El día era gris y anodino. Llovía con gran intensidad. Yo estaba de regreso del trabajo. De repente surgió un individuo, doblando una esquina, y se dirigió corriendo hacia mí. Sin decir nada, sin detenerse siquiera, me depositó algo en la mano. Me quede allí, completamente desconcertado bajo la lluvia, sin saber qué hacer ni qué decir.

Se trata de un sobre, de papel negro como la pez. Lo estudié mientras mi mente navegada en un mar de dudas. En su reverso tenía un extraño sello grabado en lacre sangriento.

Iba a tirarlo a una papelera, asqueado, cuando me sorprendió el ver mi nombre escrito sobre el lacre. La grafía era estilizada y anticuada, tinta blanca sobre papel negro. Parecía increíble. Anonadado, le di la vuelta, curioso por saber a quien iba dirigida ‘mi’ carta negra. Un nombre, unos apellidos. Nada más: ni dirección, ni ciudad, ni país...

Alcé la mirada hacia el hombre que me había entregado el sobre, pero ya se perdía entre la multitud. Aun así, y de manera fugaz, pude apreciar sus ropas: sucias y harapientas, de vagabundo. Por un instante puede verle los pies: corría descalzo. Y gritaba. Su voz quedaba apagada por la distancia, pero juraría que estaba gritando con alocada fiereza. Por desgracia la densa manta de agua, compinchada con la distancia, apagaba su voz.

Volví a fijarme en el sobre, y descubrí con sorpresa que había cambiado. Mi nombre estaba ahora en el lugar del destinatario. Un nuevo nombre aparecía escrito como remitente con esa misma extraña y arcaica letra. Una persona que he de encontrar, como sea.

Yo sigo corriendo, con mi cordura abandonada miles de kilómetros atrás. Algún día el nombre del remitente se fundirá con una cara y por fin podré descansar. O maldecir, o morir o...

No he abierto el sobre: el lacre sólo podrá ser quebrado por el último, sea quien sea.

Al fin y al cabo él inició esta locura.

[Siguiente ataque.]