Eterno
Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.
Acerca de
La existencia es una constante guerra: el caos contra el orden, la luz contra la oscuridad, el bien contra el mal... lo efimero contra lo eterno.

Contenido (c) 2004 Francisco Ruiz.

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Sindicación
 
De profesión, costurero.
Viejas glorias.

Me gustaba más cuando me llamaban reanimador. Pero, por desgracia, ahora mismo mis labores están más cerca de la costura que de cualquier otra cosa: recoger de su tumba los escasos restos de William Hope Hodgson –he de recordar que murió despedazado por una bomba en la Gran Guerra– y zurcirlos con algunas partes anónimas más. Todo ello para que un par de pedantes usen al escritor en su taller literario. Herbert West, ¡qué bajo has caído! Si al menos no me hubieran robado la patente del sistema de reanimación...
 
Huecos en la estantería.
Libros que son vidas.

Me sorprendió ver ese hueco en la estantería. Acerqué la escalerilla y subí hasta situarme a la altura del vacío. Viendo los libros que le rodeaban, todos de William Hope Hodgson, no me costó mucho adivinar el título del volumen: se trataba de una edición primeriza de ‘La nave abandonada’. Contemplé con extrañeza esa ausencia. Ese era el libro favorito del abuelo. Él lo podía declamar de memoria, por lo que no lo solía sacar del estante.
Pero no estaba.
De repente, en una balda cercana, otro libro empezó a desvanecerse. Pude leer su título antes de que desapareciera: ‘El horror de Dunwich’. Sentí cómo algo se rompía dentro de mí, algo cercano y en extremo doloroso.
Cuando mi hermana entró en la biblioteca la noticia no me tomó por sorpresa: el abuelo había muerto. Salí de la enorme habitación. Todas sus estanterías estaban ahora vacías.

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El libro.
Lecturas peligrosas.

El anciano sonrió y extrajo un libro de su bolsillo. Empezó a leer. El mundo adquirió solidez: la silla donde estaba sentado, la cama de sábanas recién cambiadas, las paredes de pintura blanca, los instrumentos insertados en ellas. Sonrió sorprendido.
Siguió leyendo y se descubrió vestido con un pijama, calzando unas zapatillas de gamuza. La sorpresa adquirió matices afilados, hirientes.
Cuando leyó su nombre escrito en el libro recordó. Al recordar las lágrimas empaparon su rostro, marcado por la comprensión.

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Diapasón.
Sándwich de edades.

Un anciano de pie entre dos chicas jóvenes.
Las miradas se cruzan: la de él, tiempo, hastío y fatalismo; las de ellas, brevedad, energía e ilusión. La chica de la derecha alza la mano izquierda. La moza de la izquierda alza su diestra. Él toma ambas con sus manos. Algo indefinido fluye: otoño, experiencia o dolor; primaveras, inexperiencia o alegría. La carne cambia. El anciano río fluye sobre sí mismo hacia su manantial, las flores se marchitan hasta resecarse.
Un joven de pie entre dos ancianas.
Ojos que se buscan: los de él brillan con el fuego cálido del orgullo; los de ellas con resplandor gélido, rancio. Dos garras de piel apergaminada se alzan flanqueando al chico. Él las envuelve con sus manos pletóricas. Un brillo surge de las palmas en contacto: alegorías escritas en telarañas; lienzos pintados con colores de amanecer. Materia que se transforma. La primavera salta sobre el verano buscando el invierno, de los dos capullos de polvo surgen sendas mariposas radiantes.
Un anciano de pie entre dos chicas jóvenes.

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Hellraiser.
Noches intensas

Salí del local completamente borracho.
A nadie que me conozca le extrañará escuchar algo así. Lo admito, soy un alcohólico. Pero no lo puedo remediar: la cerveza y el Stolichnaya me pierden. Aun con todo, trato de controlarme: jamás he sufrido un delirium tremens, ni he necesitado asistencia más allá de un café con sal o de que me metieran la cabeza bajo una fuente.
Y esta noche no había bebido más de lo normal.
Era la fiesta de inauguración del pub. Quince días antes me habían dado un flyer a la puerta de la Excalibur. En él, con letras rojas sobre fondo negro, se podía leer ‘Hellraiser. Death metal y Brutal. Ven el domingo a tu infierno personal’. Ni lo dudé: debía presentarme allí el día de la inauguración.
El domingo veintitrés de mayo –hoy, ayer, ya no sé ni en que tiempo vivo– estaba allí. El fin de semana se había convertido en un calvario, todo a causa de la boda del subnormal monárquico con la trepa de rostro afilado. Quisieras o no, el enlace te perseguía allá por donde fueras.
Necesita liberar adrenalina y aquel local en los bajos de Opañel parecía el medio ideal para ello. Entré en su oscuridad a las nueve, y lo que escuché me agradó mucho: Pestilence, Hypocrisy, Death, Morbid Angel, Deicide, Obituary, Cannibal Corpse... Los temas se sucedían uno tras otro desgarrando los tímpanos, obligando a los parroquianos a agitar la melena, cada cual al ritmo de su instrumento favorito. Yo, en una esquina oscura de la barra, tamborileaba excitado con la mano derecha siguiendo el bajo, mientras con la otra sostenía la enorme jarra de cerveza. Al lado había otras tres, ya vacías. La noche acababa de empezar: a las cervezas, algo más tarde, seguirían las copas de vodka.
Y mientras, atronadora, mi música favorita. Disfrutaba como una enano. Parte de mi contento se debía a la camarera del local, una apabullante belleza de ojos grises, pelo lacio azabache y cuerpo escultural. De vez en cuando me regalaba sonrisas llenas de dientes, tan blancos que casi deslumbraban. Aquella sonrisa me sorbía el cerebro casi tanto como sus hechizadores ojos de granito. No podía hacer otra cosa que pedir y pedir más bebida, todo con tal que no se alejara de mí.
El alcohol empezó a hacer efecto en mi cuerpo, distorsionando la vista. Las luces rojas del pub creaban extraños efectos sobre los pósters de la pared, sobre la gente, sobre la barra. Todo parecía adquirir un aspecto más satánico aún. Incluso la música parecía oscilar, del rasgar de guitarras al sisear de látigos, de los gruñidos a los aullidos. Todo cambiaba, menos aquella fascinante mezcla de blanca cal viva y gris roca.
Pero, como siempre, en un momento dado mi cuerpo dijo que ya no podía más. Me abalancé dando tumbos hacia el servicio y vomité. Notaba el sudor frío empapando mi camiseta (‘Yo tampoco fui invitado a la boda real, pero la pagué de mi bolsillo’, rezaba bajo el dibujo de un bufón). Cuando regresé a la barra (apartando de mi camino a los demonios y a los trasgos, saltando sobre simas de lava y esquivando máquinas de tortura) allí estaban de nuevo, el marfil y el granito, la mayor belleza que jamás hubiera visto. Pedí la cuenta con un gesto desmañado.
–No hace falta que pagues, el jefe me dice que te invita.
Yo sólo supe sonreír como un tonto.
–Siempre tendrás aquí un lugar –continuó diciendo la diablesa.
Acto seguido llenó una nueva jarra y me la ofreció. Yo la rechacé con la torpe vehemencia del borracho.
–Bueno, ya volverás luego a por ella. Estáte seguro de ello. Al fin y al cabo, éste es el mejor sitio del infierno, hecho a tu medida.
No comprendí lo que quería decirme. Sólo sabía que debía ir a casa, tomar una pastilla para el terrible dolor de cabeza y tumbarme en la cama. El lunes se iba a convertir, sin duda alguna, una pesadilla de resaca y cansancio.
Me dirigí hacia la salida. En los altavoces resonaba el guarro sonido del Black Metal de Venom. Junto a la puerta había colgado un póster con Pinhead sosteniendo un cubo de Le Marchand. Hellraiser de nuevo. Juraría que la sonrisa de Doug Bradley se amplió cuando pasé ante él. Empujé la puerta y salí al exterior, una cuba andante.
Jamás me esperé ver aquello al otro lado. Los bajos habían desaparecido. Ya no estaba en un barrio proletario del sur de Madrid. Muy al contrario, ante mí se alzaba un horizonte de descomunales montañas de rojo iridiscente, sobre cuyas laderas fluían ríos de lava. A mi derecha, a escasos metros, se abría una sima de la que surgían vapores sulfurosos. El olor a huevos podridos me golpeó en las fosas nasales. Sobre el cielo, rojo sangre, pendían sendos soles gemelos, girando uno en torno al otro, ébano y plata.
Una voz a mi espalda me susurró cantarina:
–¿Ves? Te dije que este es el mejor sitio de todo el infierno. Entra y tómate otra cerveza. Como dice la canción, ‘Fight Fire with Fire’.
Yo no pude sino apostrofar:
–‘Ending is near’.
¿Escuché un coro de carcajadas desde las alturas? No tuve tiempo para pensar en ello: la diablesa de marfil y granito me tomó de la mano, guiándome de nuevo a las brumas del Hellraiser. Los Grave sonaban a todo volumen: ‘You will never see... heaven!’

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Matanza lupina
Quien teme al lobo feroz, lobo feroz, lobo feroz...

El ataque del lobo nos sorprendió dormidos. En escasos minutos mató a unas cuantas, dejó heridas a muchas otras y esparció el terror entre todas las demás. Tobi y yo poco pudimos hacer: se trataba de una bestia descomunal, de aterradores ojos rojos. Ante ella mi cayado y las mandíbulas de Tobi, mi viejo perro pastor, poco podían hacer.
Cuando se alejo, ya saciados su furia y su hambre, tuve que sacrificar a las reses moribundas. A las que sufrían heridas más leves intenté curarlas.
Pasaron los días y mis cuidados no hacían efecto: las ovejas morían una tras otra. Al final, de todas las atacadas por el lobo, nada más sobrevivió una.
La misma que, con la luna llena siguiente, se abalanzó sobre mí poseída por una rabia antinatural.

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Trivialidades de cuero y hueso.
Un paraguas muy especial

Se veían a diario en la parada del bus, de vuelta a casa. Durante días ella le estuvo observando con evidente interés. Una tarde lluviosa se atrevió a pedirle cobijo bajo el paraguas. Él lo consintió y así estuvieron, los dos bajo la tela (demasiado apretados para los gustos de él), hablando trivialidades:
–Me encanta esa talla del mango. Una cabeza de un lobo, ¿de hueso, no?
–Así es: lo he hecho yo mismo.
Los ojos de ella, cálidos rescoldos de negro azabache, brillaron de excitación:
–Además de guapo, hábil...
El chico no supo qué responder. El autobús había llegado; subieron. Ya en los asientos (sin pedirle permiso, la chica se había sentado al lado) ella, todo curiosidad, no dejó de preguntar. El origen del mango de hueso del paraguas, el de cabeza de lobo, el portafolio de cuero, pálido y lustroso; incluso el monedero, de igual material. Él, presa de un ataque de timidez, abrumado, respondía con poco más que monosílabos.
–Entonces te gusta trabajar con ese tipo de cosas: cuero, hueso... Trabajos manuales –susurró con una sonrisa pícara.
–Sí. Intento emular al maestro.
–¿Maestro? ¿Vas a clase?
Él clavó los ojos en el suelo sucio de barro. No respondió.
Al fin el autocar se detuvo y bajaron. No hizo falta palabras: en los ojos de ambos se veía la pasión, el deseo. Caminaron por las calles del pueblo, convertidas casi en torrenteras. La casa de él estaba un poco alejada del núcleo urbano. La lluvia arreciaba, y ella se pegó a él como una lapa. Caminaron bajo el paraguas de mango de hueso.
Llegaron su propiedad: una casa vetusta, en no muy buen estado. Adyacente a ella, un garaje de aspecto destartalado. Ante la sorpresa de la chica, caminaron hacia este último. Extrajo las llaves del bolsillo y abrió la portezuela. Dentro había densas tinieblas. El sonido de la lluvia parecía atronador bajo el techo de uralita.
–Entra, entra –dijo al tiempo que cerraba el paraguas. La cabeza de lobo parecía brillar a causa de las gotas de lluvia.
Ella obedeció con la incomprensión en sus ojos.
–Ahora sí puedo hablarte de mi maestro –al decir estas palabras activó el interruptor de la luz. La bombilla grasienta iluminó unos enormes garfios de carnicero colgando del techo y, en un panel lateral, un juego completo de taxidermista–. Se llamaba Edward Gein, y quiero mostrarte sus métodos.

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Umbrella
Infección

umbrella
1 noun paraguas m.
2 noun figurative (protection) manto, protección f: (patronage) patrocinio.
n umbrella stand paragüero . || umbrella organization organismo madre.

Resulta irónico ver cómo las últimas palabras se ajustan a la realidad actual. Ellos, un (e/ho)rror surgido de la Organización, recorren ahora las calles y habitan las casas, nuevos dueños del mundo. Vectores de un infeccioso hambre sin límite. Por desgracia, para nosotros los vivos, no existe ya una aplicación de la segunda definición.

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Palabra del Dios.
Te alabamos, Señor.

Él había dicho: ‘tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros’. También había apostillado: ‘bebed todos de este cáliz, pues ésta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’.
Del momento en que pronunció esas palabras a ahora han transcurrido más de dos mil años. Yo le adoro, le amo. Él constituye mi guía, mi auxilio, mi esperanza. Pero no puedo seguir sus órdenes: ya no está aquí, entre nosotros. Y sin embargo ‘su Palabra es Ley’.
Entonces, ¿porqué me castigan por comer la carne y beber la sangre de sus representantes?
 
Justicia divina.
La maté porque era mía.

El cayado hendió el aire una y otra vez, impactando en la cabeza con brutalidad. Los sesos saltaron por lo aires, salpicando con su espesa humedad el rostro de José. La sangre fluyó, cubriendo con un velo oscuro los ojos de Isabel, que ya perdían el brillo de la vida.
Al fin, agotado, José dejó de golpear. Se sentía feliz: la sangre había limpiado la mancha que mancillaba el honor de la familia. Paralizado bajo el umbral de la puerta, Zacarías le observaba con seriedad: José, el marido de la prima de su mujer, había realizado una labor que a él, como afrentado, le correspondía. Pero, dado que se trataba de justicia divina, esperaba la indulgencia del Señor.
Ahora debían deshacerse de los cuerpos de las dos adúlteras. Una sonrisa cruzó el rostro de José al recordar la historia de Jezabel. Se lo comentó a Zacarías, el cual estuvo de acuerdo. Tomando cada uno los cuerpos de sus respectivas mujeres, salieron al campo. Allí aguardaron a que los perros devoraran sus cadáveres, Zacarías ante Isabel, José ante María.

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Soplaré, soplaré, y la puerta derribaré.
Puro cuento.

–Joder, hermanos, ya está aquí otra vez el pesado de Lobo –dijo Menor.
–Bah, pasa de él. No comprendo cómo no se cansa ya de intentarlo –respondió Mediano.
–Ese mamón es más pesado que una vaca en brazos –se quejó Mayor–. Menor, anda, pásame el periódico.
Menor le tendió el diario. Siguiendo su costumbre, Mayor lo abrió justo por las páginas de sociedad. Mientras tanto, Mediano había tomado de su estuche el violín y se disponía a practicar un poco con lo último de Vanessa Miau.
Menor seguía en la ventana. Con la sorpresa dibujada en el rostro exclamó:
–Eh, chicos, que hoy no viene solo. Le acompaña un tío gordo muy raro.
–Bah, passsa de él –replicó Mediano empezando una canción.
Mayor seguía absorto en el periódico.
–Pues la verdad es que ese gordo es muy extraño: piel violeta, ropa como de explorador, con ese ridículo gorro. Hermanos, ¿existen cerdos violetas?
–Estás tonto, Menor. Passssssa de ese idiota de Lobo, líate un peta y únete a mí con la flauta.
De repente un rugido atronador sacudió las paredes. Los cristales de las ventanas saltaron hechos añicos, al tiempo que los muros empezaban a agrietarse. En ese preciso momento Mayor veía con horror una foto cuyo pie rezaba así: Lobo inaugura una empresa de derribos junto a su nuevo socio, Pepe Pótamo.

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Accidente.
Cristales rotos con la cara.

Regresé al mundo retorciéndome de dolor. Eso me decía que, al menos, había sobrevivido al accidente. Pero, ¿a qué precio? ¿Dónde estaban Pedro y Lucía? Traté de girarme y mirar hacia el asiento del copiloto. Unos agudos pinchazos en el pecho me quitaron esa idea: el volante se me había incrustado en el pecho. Por el dolor, debía tener todas las costillas rotas. Volví un poco la cabeza –las vértebras crujieron como piedra sobre arena– y por el rabillo del ojo distinguí el bulto de Pedro. El cinturón de seguridad había fallado y su rostro había golpeado contra el cristal, con tal fuerza que la cabeza quedó incrustada en el parabrisas.
Dios mío, ¿qué había hecho? ¡Lucía! ¡La silla, la silla debía haberla salvado!
En el coche reinaba un silencio demasiado intenso. Por favor, que sólo esté desmayada, supliqué en silencio. Debía liberarme del volante, ir al asiento de atrás.
¿Nadie acudía en nuestra ayuda? Por muy regional que fuera la carretera, alguien debería pasar. Estábamos en Cantabria, en la zona alta de Liébana, no en el Sahara...
La luz del mediodía entraba en el habitáculo tamizada por la telaraña púrpura de la luna frontal.
Entonces lo escuché: alguien trataba de abrir la puerta de atrás. Murmullos apagados. Di las gracias a dios. Por fin llegaba la ayuda. No podía moverme, pero sí escuchar: roce de ropa sobre la tela de los asientos traseros. El coche se movió un poco bajo el peso del recién llegado. Traté de hablar, pero el simple acto de tomar aire se revelaba como una tortura insoportable.
–Lucía –mi susurro, estoy seguro, resultó inaudible.
Los movimientos en la parte de atrás cesaron. La forma pasó junto a mi ventana y se detuvo. Parecía esperar a que yo la mirase. Así hice. Se trataba de dos niños. No tendrían más de cinco años, e iban vestidos con ropas de temporadas pasadas, sucias y desgastadas. Sus rostros también tenían ese aspecto demacrado, sucio. Uno de los niños, de mirada aviesa y piel tan oscura que casi parecía negra, sostenía a Lucía en sus brazos, dormida –por favor, que de verdad esté dormida–. Sonreí agradecida. Ellos buscarían a la policía, a las ambulancias. El chico que sostenía a Lucía correspondió a mi sonrisa: la suya llena de dientes, triangulares, afilados, montados unos sobre otros, ávidos de...
No sé como pude hacerlo, pero grité. Ante mi grito el otro niño –contrapunto albino a la oscuridad de su compañero– también sonrió, revelando otras dos hileras de dientes. Ambos miraron a Lucía y partieron soltando apagadas carcajadas, no sin antes decirme:
–Tranquila: luego, cuando estés menos caliente, ya iremos a por ti.

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Debajo de tu cama.
Encima, debajo. ¿Alrededor, alrededor?

Siempre lo hemos hecho encima, sobre las sábanas. Y siempre practicando el misionero (según tú, la única postura decente). Para más inri, con la luz apagada: no puedo comprender ese obsesivo pudor tuyo ante mí, tu marido.
Yo intento innovar, experimentar. Tú respondes a mis sugerencias con un gesto de asco y me llamas degenerado. Yo, como un tonto, agacho la cabeza y me trago el orgullo.
Hasta hoy. Al fin he logrado que transijas. Mucho ha costado; demasiado, a mi entender. Pero bueno. Hoy vamos a intentarlo debajo de la cama. Y como sé que te parece una manera animal, dejaré sobre el colchón tu cabeza, para que no vea lo que hago con el resto de ti.

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La caja china.
Advertencias desoídas.

En cuanto la vi en el escaparate me enamore: de grabados profundos –formas oscuras de color rojo sangre–, lacada y brillante, una preciosa caja china. Perfecta para presidir mi nueva vitrina. El dependiente, un apergaminado chino de ojos casi ciegos, no regateó al estilo usual. Sólo acepto mi dinero y dijo:
–Jamás la abra, y menos aún mire en su interior.
Yo me limité a pagar y regresar a casa, el hogar de un humilde empleado de correos amante de las antigüedades orientales. Mi corazón les pertenecía: esas bellezas, frágiles y delicadas, le daban sentido a mi vida. Coloqué la caja junto a un precioso jarrón Twang, de delicada porcelana. Me senté en el sofá y dejé pasar las horas contemplando mi nueva y magnífica adquisición.
No sé por qué pero seguí el consejo del anciano y no la abrí. Permaneció en la vitrina, entre las demás antigüedades, durante días, semanas, meses… Al fin se cumplió un año desde su adquisición. Estaba tan preciosa como siempre y sus destellos rojizos, antes que perderse, parecían haber ganado fuerza. No pude resistir la tentación y la abrí.
Lo siguiente que recuerdo es la cara, imposiblemente enorme, del anciano sobre mí.
–Se lo advertí. ‘No la abra’, le dije –murmuró el viejo desde las alturas. De alguna extraña manera, sus ojos ciegos perecían fijos en mí–. Pero no, prefirió tentar a los dioses.
No comprendía nada. ¿Qué había sucedido?
Mis dudas se resolvieron pronto, muy pronto: justo cuando el anciano cerró sobre mí la tapa, todavía dotada de un resplandor leve bermellón.
Una vez sumido en las tinieblas rojizas mis dudas se disiparon, sí. Pero para ser sustituidas por el terror en forma de respiración profunda sonando a mis espaldas.

[Siguiente ataque.]
 
Trono vacío, jarro lleno.
Lluvia, marfil y desesperación.

La lluvia golpeaba con sorda insistencia los ventanales del salón del trono. Yo estaba de pie ante la enorme silla, toda ella tallada de una sola pieza de marfil. Lo contemplaba meditabundo, temeroso, y mientras recordaba algo por completo distinto: un jarro de cristal verde.
El trono está vacío. Shi–Ling, jefe del clan hasta ayer, nos había abandonando de improviso, dejándonos solos ante un incierto destino. Yo, Ming–Lao, como hermano suyo de sangre, debía ocupar su puesto y liderar a nuestra gente.
(El vidrio del frasco no resplandecía la primera vez que lo vi.)
Shi–Ling, además de dirigente eficaz, era un mago poderoso, respetado y admirado dentro de nuestras fronteras, temido fuera de ellas.
(¿Cómo no me informé? Anoche, rondando la media noche, le visité. Estaba en su gabinete, rodeado de matraces, libros y velas de llamas danzarinas. En la mesa, ante Shi, el jarro resplandecía con un brillo cálido. No comprendí. Entonces.)
Por fin me atreví y tomé asiento en el trono. El solio pálido de Shi–Ling, el catafalco cadavérico de Ming–Lao. ¿Cómo dirigiría un pueblo sin alma? Contemplé los rostros laxos, hieráticos, de mis cortesanos: criaturas patéticas cuyos espíritus ahora se retorcían dentro de un tarro de brillante cristal verde. ¿Porqué no tomó también mi alma en vez de dejarme aquí, rodeado de cadáveres vivientes?
Lloré. ¿Acaso podía hacer otra cosa? Rodeado de cientos de personas, no hay palabras de consuelo para mí. Permanecen ahí, parados como piezas de un juego grotesco, cada cual detenida en su casilla. Aguardan mis ordenes, pero la única palabra que yo deseo pronunciar es ‘abandono’. Mas sólo puedo seguir llorando.

[Siguiente ataque.]
 
Toon–o bueno, toon–o muerto.
Violencia animada.

Agazapado tras el murete cargué de nuevo el arma. Las palabras brotaron en el aire, onomatopéyicas: clack–clack. Apunté y disparé. Bang. La bala no acertó a quien yo quería, un inquieto individuo huidizo. En su lugar, una embarazada que en ese momento corría a su lado con gesto de pánico se llevó la mano al vientre. Éste, orondo y negro, sangró un humor gris oscuro. Deseé al menos haber matado al condenado feto de toon–o. Proferí una carcajada y con un segundo tiro le volé los sesos (chof) a esa desgraciada: así no tendría posibilidad alguna de parir más escoria negra.
Deposité por un instante el arma sobre el tórrido cemento. Un poco de descanso no me vendría mal. Me sentía contento, tanto que no pude evitar cantar un poco. Cu–cux, cu–cux, cu–cux. Algunos de mis hermanos de klan se me unieron: los escuchaba trinar desde las otras azoteas. Cómo disfrutaba siempre de los días de caza al negro. Disfrutaba y, al mismo tiempo, vengaba las muertes de mis camaradas, los caídos en el día de la caza al blanco.
Pero bueno, cosas de ser un dibujo animado en un mundo B/N asolado por una guerra civil. Al menos esto era mucho más divertido que esas partidas de ajedrez, aunque aquí los blancos no partiéramos con ventaja.

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La intensidad del excavador.
Renacer.

Pianissimo: buscar entre la tierra; excavar; husmear.
Pianissimo: avanzar; deglutir y filtrar terrones; defecar.
Fortepiano–piano: aroma; carne pútrida; cerca. Hambre.
Piano: tragar tierra, horadar; recortar distancias.
Crescendo–mezzo piano: alimento; muy cercano. Hambre.
Sforzando–mezzo forte: contacto realizado; carne fresca, sabrosa. Saciar hambre.
Diminuendo poco a poco–piano: morder, deglutir, digerir. Carne fresca, sabor extraño.
Súbito–forte: movimiento demasiado próximo. Hambre; no dejar de comer.
Diminuendo–mezzo forte: peligro inexistente, mariposa emerge de cadáver. Criatura inferior, despreciable.
Mezzo forte: Hambre; desgarrar, tragar. Sabor extraño, seco, aspero.
Diminuendo–piano: hambre casi saciada. Desconcierto. Comida con sabor a ceniza. ¿Quemada?
Súbito–forte: sorpresa, calor, dolor.
Súbito–fortissimo: llamas, fuego. Dentro, fuera, alrededor. Todo arde.
Sforzando–fortissimo fff: quemándose, dolor, sufrimiento insoportable. La ceniza incandescente se vuelve carne.
Fortissimo fff: sorpresa, altura, vuelo, aire. La carne se torna fuego, llamas vivas, elementales.
Súbito diminuendo–piano: agonía de un excavador/euforia flamígera.
Silencio: muerte del excavador/graznido victorioso del renacido.

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Tierra húmeda en mi cara.
Tierra removida.

La azada subió y al instante siguiente bajó, roturando la tierra. Algunos guijarros pequeños de tierra, húmedos hasta casi parecer pegajosos, saltaron a mi cara. Me los quité con la manga, aprovechando el movimiento para secarme el sudor. Aunque el cielo estaba encapotado, durante todo el día había sentido una sensación asfixiante, casi insoportable.
Meneé un poco el mango de la azada; debía descompactar los terrones, airearlos. Observé el pequeño orificio: un gusano (desnudo, desvalido, desamparado) se retorcía descabezado, buscando su otro pedazo. En su insignificancia no sabía que el filo de mi azada, más que causarle daño, le había convertido en padre, en creador. Un filo, algo asociado a la muerte, creando vida. El pensamiento danzó por un momento en mi mente, incongruente y extraño.
Volví a alzar el apero; un nuevo pedazo de la arcillosa tierra de mi huerto se separó de los demás. Iba a levantar de nuevo la azada cuando sentí un agudo pinchado en el costado. Llevaba toda una mañana abriendo la tierra y el esfuerzo, junto con la edad, empezaba a cobrarme una factura en los riñones.
Miré cómo la lombriz se retorcía entre los terrones. Un nuevo padre, un nuevo hijo.
Las campanas repicaron allá abajo, en el valle. Una vez –con lentitud–, dos –con mucha lentitud–, tres –con una lentitud demasiado familiar–.
La lombriz. ¿Dónde estaría su hijo? Hurgué entre los terrones. Sí, allí estaba el vástago. Sé de sobra que no se trata en verdad de un hijo, sino de un simple proceso de reproducción por escisión. Al cabo de unos días las heridas de ambos, ‘padre’ e ‘hijo’, se cerrarán, los dos crecerán hasta recuperar el tamaño original y sugerirán horadando la tierra. Si alguna vez se encuentran no se reconocerán, sino que lucharán por el territorio.
Envidiaba al gusano: vida sencilla, sin vínculos ni responsabilidades.
El repique de campanas cesó. Ahora la comitiva saldría de la iglesia, todos de luto y en silencio, e iniciarían el ascenso de la ladera. En menos de media hora estaría ante las puertas de mi casa. Lo había vivido durante años, siempre igual.
Como ayer.
Azada arriba, azada abajo; tierra roturada. Y cuando no se trataba de una azada, lo era un pico y una pala. Y en vez de una huerta, una tumba.
El trabajo me llamaba. Dejé la azada apoyada en la valla y caminé hacia la puerta del campo santo. Atravesé el arco de piedra, con su calavera grabada en lo alto. Al empujar la jamba de hierro forjado, con algunas manchas de herrumbre, ésta profirió un gemido artrítico. Avancé entre las tumbas. Allí estaba la nueva, la que Yago llenaría en unos minutos. Y junto a ella la de Oscar, con la tierra aún suelta.
Pensé en el gusano, y por segunda vez lo envidié. ¿Porqué yo no podía dar vida a un hijo con el filo de mi azada? Mejor aún, ¿porqué ese filo mágico que daba vida no me devolvía a Oscar, en vez de sólo servir para enterrarlo?
Sin atreverme a mirar la tumba de mi único hijo, procedí a ultimar la nueva.
El pico subió y al instante siguiente bajó, roturando la tierra. Algunos guijarros pequeños de tierra, húmedos hasta casi parecer pegajosos, saltaron a mi cara.

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