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Eterno
Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.
Acerca de
La existencia es una constante guerra: el caos contra el orden, la luz contra la oscuridad, el bien contra el mal... lo efimero contra lo eterno.

Contenido (c) 2004 Francisco Ruiz.

Para reeditar cualquier material contacta con Francisco Ruiz a través de http://txisko.com.
Sindicación
 
Despertares.
Princesas de cuento de hadas.

La princesa abrió los ojos con lentitud, sufriendo el ataque furioso de la luz que entraba por el ventanal.
–Despertad, amada mía.
Quien hablaba era un joven de rostro aristocrático, ojos color aguamarina y pelo pajizo. Vestía ropas ampulosas, tejidas con sedas exóticas y bordadas en oro. Un collar del mismo metal pendía de su cuello. El medallón tenía grabado un escudo de armas.
–Bienvenida de nuevo al mundo de los vivos.
La voz, dulce y reposada, tenía una dicción perfecta, educada.
La princesa desplazó la mirada a su alcoba. Todo estaba allí, en los mismos sitios que recordaba: los adornos exagerados, los muebles fastuosos, las telas recargadas. La habitación de una princesa heredera de un enorme imperio.
Todo estaba allí, sí, en igual posición, pero una gruesa pátina de polvo cubría muebles, suelo, cortinas. Todo aparecía deslucido y viejo.
–Querida, ¿querida? ¿Os encontráis bien, majestad?
Ella se volvió hacia el rostro solícito. Perfecto, sin marca alguna. Incluso parecía maquillado.
La princesa tendió de nuevo la cabeza sobre las sábanas acartonadas por el tiempo y cerró de nuevo los ojos.
–Señora, ¡mi señora! ¿Qué ocurre? ¿Estáis cansada?
La voz, incluso en aquel indudable momento de tensión, no perdía la compostura, sonando perfectamente modulada. La princesa quería que se callara, que la dejara volver al sueño, a sus fantasías. Quizá así, cerrando los ojos e invocando al dios de los sueños, volviera a su humilde cabaña en las montañas, donde la esperaba el recio pastor. Apretó los párpados, invocando el silencio y la oscuridad, invocando una vida sencilla y tranquila. Anhelando el paraíso que un beso le había arrebatado.
 
Los que danzan en el caos.
Flautistas.

Escuché sus flautas interpretar ritmos sin sentido alguno. Me llevé las manos a los oídos, tratando de evitar esas melodías capaces de arrebatar la cordura a los incautos que las oyen. Pero, tentado por la curiosidad, no cerré los ojos. Les vi: bailaban retorciéndose como serpientes, girando ciegos alrededor de un remolino de tonos apagados y mohosos.
Al despertar recordaba todo con una intensidad casi dolorosa. En mis sueños había imaginado ver a Los que danzan en el caos. Con la sensación de angustia aún en mi interior contemplé el libro tendido en la cama: Los mitos de Cthulhu. Sin duda su lectura me había afectado más de lo que yo me esperaba. Consulté el reloj y vi que apenas quedaba un cuarto de hora para que sonara. No merecía pena volver a acostarme, así que me levanté y fui a la cocina. El trabajo no entiende de pesadillas. Poco a poco, tras el desayuno y el viaje hacia el observatorio, la sensación oprimente se fue disipando.
Ya en la sala de ordenadores, conectado a los demás observatorios del mundo, revisé las últimas fotos recibidas por Eddie, nuestro ordenador central. Una de ellas me llamó la atención: se trataba de una débil emisión captada por uno de los novedosos T.C.P.E., telescopios de campo profundo extremo. Éstos tenían por misión otear distancias casi imposibles, fuentes de energía tan distantes que su luz era coetánea al origen del universo. La imagen en cuestión, cercana al espectro de los rayos X, era de mala calidad, con un aspecto brumoso y sufría una fuerte falta de definición. Leí los datos de la emisión. Todo un récord: veinte mil millones de años. Desplegué en la pantalla la leyenda de colores y, en efecto, todos estaban muy próximos a la alta radiacción, a los rayos X. En concreto, en una sección cercana al centro de la foto se distinguía una fuente a todas luces poderosa.
Ordené a Eddie que procesara los datos. Algo me decía que podía estar tras el rastro de un agujero negro primigenio, algo antiguo e importante de verdad.
Mientras el potente ordenador procesaba los datos brutos, me entretuve enredando en la imagen original. Apliqué filtros, eliminé secuencias de distorsión. Y poco a poco empecé a adivinar algo. sorprendido, activé la matriz tridimensional: la imagen tomó volumen ante la pantalla. Para mi horror, allí estaban. Incluso los escuché. Sí, digo bien, no sólo los vi, sino que pude oírlos. Melodías no hechas para oídos mortales, surgiendo de formas inenarrables que danzan en torno a un horror estúpido y brutal.
Volví a activar la consola de control de Eddie y mande imprimir el resumen detallado de los datos, junto con la extrapolación que de ellos había hecho. Salté hacia la impresora y casi arranqué la hoja de la bandeja. Comprobé frenético las lecturas, los datos asociados. Y me desmayé, aterrorizado al descubrir lo que estos significaban. Entre los folios que vomitaba la impresora uno de ellos, una nueva imagen arrancada de la ristra de información que Eddie aún digería, me había provocado un horror más que absoluto: en la fotografía se apreciaba, surgiendo de un torbellino de caos (la fuente de alta radiación que antes había notado), una masa informe, colosal y oscura; una masa que –las lecturas no dejaban lugar a duda– no mostraba un desplazamiento al rojo, sino todo lo contrario.
Se acercaba, el cruel mensajero de Azathoth se acercaba a la Tierra.
 
La madre que alimenta.
Pezones.

Oscuridad hendida por un tenue hilo de luz amarillenta.
Un bebé enganchado al pezón de su madre, mamando indefenso. Ojos ciegos, irritados y secos de llorar. Leche que cambia de sabor, de color.
La piel de la madre, fría como la tierra en la que yace. Y sin embargo, se mueve. Se mueve, tiembla, animada por afilados taladros de marfil, coronados por resplandecientes ojos malignos.
Ratas que devoran la mujer muerta. Ratas que se mueven curiosas en torno a la desvalida criatura.
La caricia de unos bigotes, el tacto de un pelamen lustroso y cálido. Un erecto pedazo de carne, palpitante de vida. Él lo huele, lo palpa con sus manitas. Lleva la boca hacia ese regalo inesperado. Chupa y sonríe.
Una madre nueva que se alimenta de la madre vieja, unidas por el hambre de un hijo. Hambre saciada.
Por ahora.
Un macho repudiado de repente, un hambre de venganza no satisfecha.
Un bebé enganchado al pezón de su madre, mamando indefenso. Carne para el macho, para el padre.
Hambre.
 
Experiencias extremas.
Manos sucias.

–Joder, tío: ha sido lo más, lo más –me dijo Luis una mañana. Estaba pálido, ojeroso, al tiempo que hiperactivo.
–¿El qué?
–Ven y te lo enseñaré.
Montamos en su coche. Las calles se sucedieron una tras otra hasta llegar a la periferia. Y de ahí al cementerio. Aparcó en la entrada. Yo no comprendía nada.
–¿Qué hacemos aquí?
– Experiencias extremas. Lo sabes.
–Pero, ¿aquí?
Como respuesta Luis sólo alzó sus manos ante mis ojos. Entonces me percaté de que las tenía sucias, negras, y las uñas desgarradas y rotas. Aún tenía restos de sangre coagulada en los dedos.
–No me jodas que te has enterrado vivo y has salido así, con las manos.
Él asintió en silencio. Empezamos a caminar entre las tumbas.
–Sí. Conseguí que el enterrador, viejo amigo mío, me devolviera un favor y... ya sabes –dijo guiñándome un ojo.
Me detuve anonadado. Luis siguió unos pasos y, al percatarse de que me había parado, se volvió para mirarme.
–Estás completamente colgado. Y todo eso por un subidón de adrenalina. Enterrarse vivo, por dios.
–No, si la subida de verdad no me la ha dado el escapar del ataud. Lo que me ha puesto los pelos de punta y el corazón a cien –en sus labios se dibujó una sonrisa sin alegría alguna, sino cargada de algo que sólo puedo definir como placer morboso, enfermizo– han sido las voces que, desde dentro, me susurraban que me quedara.
 
Monedas por caridad.
Óbolos.

–Una monedita por caridad –dijo el mendigo. Harapiento, con la piel llena de ampollas, pústulas y heridas, yacía tendido en el suelo. Desde allí me observaba con gesto implorante.
–Tome –y le lancé una moneda de cincuenta céntimos.
Él la miró eufórico. La cara, la cruz. Alzó la cabeza, sus ojos buscando los míos.
–Gracias. Lo logré –murmuró, e introdujo la moneda en una extraña hucha con forma de barca. Ante mis ojos la barca se transformó en una pequeña moneda de plata, de aspecto antiguo. El pedigüeño se la introdujo en la boca y cerró los ojos empapados. Una lágrima se deslizó por su rostro hasta llegar a una gran ampolla en su cuello. Estalló. El pus manó denso sobre la piel, lanzando una fina vaharada: parecía quemar como si se tratara de ácido.
Salté hacia atrás horrorizado al ver la virulenta descomposición del mendigo. En unos pocos instantes todo lo que quedaba de él se reducía a un charco de limo blancuzco y burbujeante, que enseguida se evaporó.
Huí del lugar, pero aquellos ojos me perseguían, brillando llenos de gozo mientras el pus corrosivo devoraba la carne.
 
Dios ha muerto.
De los vivos. De los muertos.

–Dios ha muerto –sollocé cuando se hicieron las tinieblas. Mi cuerpo se retorció en una agonía que iba más allá de lo físico.
–Sí –murmuraron las sombras; notaba sus sonrisas afiladas–, y tú le has matado. Es tu hora –apostillaron al empujarme, ansiosas por devorar mi alma. No pude escuchar el chasquido del cuello al rompérseme: en mis oídos aún resonaba el tintineo de las treinta monedas con las que compraron mi traición.
 
Salvación.
Paz en la tierra

–Debo salvarles.
Su voz siempre estaba dotada de una determinación y potencia supremas, pero en esta ocasión la energía que emanaba me aplastó. Cuando el silenció regresó sentí la mirada de los querubines atravesándome, revelando mi inquietud. Los confidentes serafines flamearon con un destello demasiado similar a la ira. La voz melodiosa de un trono me invitó a salir del salón. Obedecí sumiso, cauterizando la herida de mis dudas con el fuego de la fe.
–Debo salvarles –insistió detrás mío el Glorioso–. Al precio que sea.
Si hubiera tenido ojos, hubiera llorado; si hubiera tenido corazón, se me hubiera partido. Sin embargo salí para dar órdenes a las huestes que aguardaban fuera. Cumplía mi obligación como fiel dominación: ejecutar Su Voluntad.
 
La sirena y la ciudad.
La belleza y la muerte

La encontraron tendida en la playa, su hermoso cuerpo exánime resplandeciendo a la luz del amanecer. Tenía un cabello largo y fino, tejido con las mismísimas hebras del sol. La piel de su rostro, de su torso, de sus brazos, toda ella pálida y tersa, brillaba perlada de pequeños pero fulgurantes destellos de arena. Su parte inferior, sorprendente al mismo tiempo que no exenta de belleza, parecía de pez. Parecía, mas sin serlo de verdad. En efecto, sorprendían y desconcertaban aquellas dos extremidades palmeadas cubiertas de esmeralda y lapislázuli.
La noticia se propagó: una sirena había aparecido muerta en la mediterránea ribera. Los pescadores de los alrededores acudieron a ver la maravilla abandonada.
Un día, al poco tiempo, un nombre empezó a saltar de boca en boca: Parténope. Nadie pudo aclarar el origen del mismo: quizá el mismo dios del mar se lo había susurrado a algún peregrino en sueños; o tal vez alguien lo hubiera escuchado susurrado junto con el rumor de las olas; o a lo mejor estaba escrito en la arena junto a su bello cadáver. Pero el nombre perduró como realidad auténtica, asignado a la bella muerta: Parténope.
La gente peregrinó para contemplar su cuerpo maravilloso, acampando a su lado. Algunos dijeron que se debía erigir una tumba de sólida roca para perpetuar su recuerdo, otros hablaron de construir una urna de cristal de roca desde la que contemplar por siempre su belleza. Al fin optaron por alzar sobre sus huesos un templo de líneas estilizadas; un monumento que tratara de igualar, si no su hermosura, sí su delicadeza. Los artesanos trabajaban en el edificio al mismo tiempo que las multitudes llegaban sin pausa. Las tiendas dieron paso a las chabolas, los cobertizos a las cabañas, y éstas a las casas que luego se hicieron palacios. Una telaraña de calles bulliciosas circundó el corazón silencioso de Parténope, y la ciudad creció arropada por su memoria. Un recuerdo que aún persiste, pero escondido tras otro nombre: Nápoles.
 
Siguiendo el curso.
El curso de los acontecimientos

Montamos en las canoas, dispuestos a pasar una apacible tarde en el río. Íbamos dos parejas en dos embarcaciones.
La bruma llegó sin avisar, ocultando al sol. Proseguimos río abajo.
Las aguas se embravecieron. Consultamos los planos: para nuestra sorpresa, en ellos no se describía nada similar. No pudimos dar con la orilla, tragada en la niebla. El temor anidó entre nosotros.
Al cabo de un tiempo descubrimos con enorme incredulidad que las aguas fluían pendiente arriba. No supimos que pensar.
El sol se ocultó, devorado por el horizonte invisible. Una nueva presencia lo sustituyó, un bramido sordo y grave resonando ante nosotros. Temimos una catarata.
La inclinación de las aguas que subíamos superaba los cuarenta grados. La bruma se hizo niebla; el bramido ganó intensidad; el cauce se volvió casi innavegable. Atamos las canoas una a la otra para no perdernos.
Entre gritos desesperados e inútiles manos auxiliadoras caí al agua. Les perdí, engullidos en la niebla. Sus llamadas quedaban apagadas por la cada vez más cercana cascada.
Al final llegó ésta, con su enorme caída hacia arriba. No pude evitarla y acabé engullido por su salvaje ansia.
Sorprendentemente sobreviví a la experiencia. Magullado pero sano, aún bajo el manto de húmeda oscuridad, nadé alejándome del leviatán.
Entonces los escuché: susurros sibilinos sobre las aguas, acompañados de sonido apagado de remos. Por un instante creí que se trataba de mis amigos, pero un impulso me hizo sumergirme, bucear, huir de aquellas voces, no atender a su llamada.
Aún lo hago, esquivando esas insistentes presencias que temo afrontar. Mi cuerpo ha cambiado, adaptándose al medio acuático. Ya no necesito alimentarme: me nutro de nostalgia, de los recuerdos. Éstos me poseen cuando, al abrirse la niebla, al despejarse las nubes, puedo contemplar sobre allí abajo los bosques, las montañas, los ríos, los mares...
De nuevo las voces. He de huir.
 
Un accidente tras otro accidente.
Principiantes y émulos

Estuvo toda la mañana irritable, agitado, incluso ansioso, algo extraño en alguien como él, casi por norma sosegado. De repente, tras el mediodía, su comportamiento sufrió un cambio drástico: parecía apático, desganado, incluso adormecido. Le pregunté si se sentía bien, ya que su rostro estaba lívido. Él negó con la cabeza:
–Ha debido ser algo de la cena, no te preocupes. Nada importante.
No quise insistir, así que regresé a mi laboratorio, el de hematología. Tras el accidente aéreo de anteayer estabamos saturados de trabajo: no resulta fácil ni grato identificar a personas teniendo como única referencia un pedazo de su carne. Fran trabajaba secuenciando tejidos. En la cámara frigorífica de su laboratorio se acumulaban pequeñas muestras de carne que horas antes pertenecían a madres, padres, hijas hijos. Personas sintientes y con vidas. Ahora anónimos pedazos de materia en descomposición.
Como todas las tardes, le busqué antes de salir para casa. El laboratorio estaba vacío. Sin embargo la centrifugadora pitaba avisando de que las muestra estaba ya lista. Me acerqué extrañada para apagarla cuando lo encontré desmayado en el suelo, cianótico y empapado en sudor. Sus manos estaban frías, muy frías. Cogí el teléfono y solicité ayuda. Mientras, adelantándome para ayudar, tomé una muestra de su sangre.
Ha pasado una hora desde eso. Ya dispongo de los resultados: Fran sufre un shock séptico. Septicemia, envenenamiento de la sangre. Me dicen que no tiene ninguna herida en su cuerpo. Sin embargo la bacteria ha debido entrar en su cuerpo de alguna manera. Sólo se me ocurre una forma, pero me parece inverosimil. Me gustaría pensar que el resultado está mal, un accidente (el mío) tras otro accidente (el del avión). Desde que nos llegaron los restos trabajamos bajo presión, horrorizados ante el desastre. Pero lo he revisado y no cabe duda: septicemia.
Recuerdo sus palabras (‘ha debido ser algo de la cena, no te preocupes’) y al hacerlo la piel se me pone de gallina. Él tiene acceso a los restos de los cadáveres del accidente. Llevaba semanas hablando de Jean–Bedel Bokassa, de Idi Amin Dada y de Atila, entre otros (Magallanes y Cook incluidos).
Y la septicemia se contagia comiendo carne cruda.
 
Las estacas a veces fallan.
Y más clásicos.

La chica cayó al suelo desfallecida por el dolor. Su rostro adquirió un aspecto lívido que contrastaba con el vívido color sangre que manaba de su oído derecho. En él tenía clavada una estaca, ya inútil. La pequeña oruga había vencido: una vez esquivada la punta de la púa, su camino directo al cerebro ya no tendría freno alguno. Las mandíbulas royeron, y royeron y royeron.
 
Colmillos.
Y vamos de clásicos.

Los servicios del 666 siempre habían tenido fama como lugares concurridos y promiscuos. Pero en aquel momento, con la sesión ya cerca de su finalización, sólo había tres siniestros se atusaban el maquillaje ante el espejo. Uno de ellos no pudo evitar reparar en los colmillos de su compañero.
–Joer, tío, cómo molan esos piños.
El otro sonrió, luciendo aún más su par de postizos.
–Ya. Me han costado una pasta pero han quedado de veras guays.
El tercero, en la esquina del espejo, los contemplaba con ese rictus entre asqueado y cansado tan típico en los góticos muy goticosos. Indiferente, continuó aplicándose una capa de polvos blancos.
La luz se fue por un instante. El primer siniestro profirió un juramento:
–¡Mierda! A ver si pone bombillas mejores el subnormal este de Miguel.
Justo al acabar de decir esto regresó la iluminación.
–Lo que te decía, los encargué a un dentista de Barcelona y...
De nuevo las tinieblas se adueñaron del lugar.
–¡Ostias! –gritó el de los colmillos.
–Me cago en dios, ¡joder! –exclamó el que se los envidiaba.
–Callad –dijo alguien a su derecha– y dejad de comportaros como críos –la luz volvió dando cuerpo a la voz: el chico de la mirada depresiva. Ya había concluido con su labor de maquillado: rostro cadavérico, pómulos resaltados con sombra gris, ojos de lentillas blancas y enmarcados en rojo sangre.
Los otros dos le miraron de arriba abajo: se trataba de un nuevo, un no habitual del local. Osea, nadie. Iban a replicarle con la típica frase de rechazo cuando la voz del nuevo volvió a sonar:
–Habláis de colmillos como si supierais lo que de verdad son. Mirad.
El chico sonrió. Los otros estudiaron la dentadura: nada había fuera de lo normal en ella. La luz parpadeó de nuevo, y al volver el chico seguía sonriendo. Pero algo había cambiado en sus dientes: ahora todos parecían más largos, más afilados, incluso brillantes. Otra vez se hizo la oscuridad. Pero no del todo: una media luna, tumbada y cuajada de punzantes triángulos, resplandeció en la noche del servicio. La luna se dividió en dos mitades y dijo:
–¿Os gustan? Todos vuestros –y los dos grupos de triángulos se dividieron para formar una plétora de incisivas agujas, cada una de la cuales voló buscando un pedazo de carne que horadar.

[Siguiente ataque.]
 
Desde dentro.
Muñecas... agujas...

Sus ojos me contemplaban con una expresión no del todo vacía. Dosificar la anestesia constituía todo un arte: permitir que el sufrimiento del individuo se reduzca al mínimo, pero al mismo tiempo sin convertirle en un vegetal, sin apagar su inteligencia, su consciencia.
Llevé la linterna a su ojo derecho: las pupilas reaccionaron y ella apartó la mirada. Perfecto, el sujeto respondía.
Repasé por un instante la sencilla mesa de mezclas: con sus cuatro pistas resultaba perfecto para la grabación. Las palancas de los canales estaban situadas a un nivel medio, con el master un poco más bajo por eso de reducir el ruido de fondo. De la mesa surgían cuatro cables para sendos micrófonos de ventosa: uno adherido a la garganta de la mujer; otro a su pecho, sobre su corazón; los dos últimos estaban colocados sobre su vientre hinchado.
Me coloqué los cascos, dispuesto a escuchar la música.
Realicé unas últimas verificaciones en el sistema dosificador de anestesia: los diales seguían tal y como los había dejado. La disolución consistía en un compuesto de rápida absorción, suministrado a través de varias vías.
Todo estaba listo.
Acerqué el carro con el autoclave a la camilla donde reposaba la sujeto. Dentro de él esperaban mis instrumentos. Abrí la portecilla: allí estaban, resplandecientes, ansiosos. Extraje el primero de ellos, una aguja de titanio quirúrgico de medio metro de largo y menos de un milímetro de grosor.
Acerqué la punta al vientre. Un apagado suspiro sonó en los auriculares: la mujer, que aun en las brumas de la anestesia se deba cuenta de lo que ocurría.
La aguja penetró en la carne. Un leve quejido. Realicé el movimiento con extrema lentitud. El tamborileo del corazón ganó ritmo en los cascos, y el mío intentó seguir sus pasos.
Los sonidos, en ellos estaba la clave. Pronto, muy pronto, escucharía lo que anhelaba.
La aguja se iba adentrando con lentitud en la carne.
Sí, al fin lo escuchaba: un agudo gemido, ahogado y desde dentro. Sentí cómo una humedad densa y cálida empapaba mi calzoncillo. La mujer sollozaba.
Extraje un poco la aguja y la clavé de nuevo, con más vehemencia.
Sus gritos. Mi orgasmo.

[Siguiente ataque.]