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Eterno
Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.
Acerca de
La existencia es una constante guerra: el caos contra el orden, la luz contra la oscuridad, el bien contra el mal... lo efimero contra lo eterno.

Contenido (c) 2004 Francisco Ruiz.

Para reeditar cualquier material contacta con Francisco Ruiz a través de http://txisko.com.
Sindicación
 
Vacaciones
...y que a veces se consigue

Oficiales: del 23 de julio al 1 de Agosto.
Microrrelatísticas: ¿del 23 de julio al 17 de Agosto?

El auténtico terror, lejos de cualquier tipo de minirrelato, puede empezar el día 2 de Agosto...
 
Despedida
Tiempo deseado por todos...

Tómalo como unas largas vacaciones, dijo el alma al cuerpo tras el silencio del corazón.

Nota: originalmente publicado en el ezine Efimero #3
 
Claroscuro.
Carne en la fotocopiadora

En una de esas tardes tontas, en las que no hay trabajo pero estas obligado a estar siete horas dentro de la oficina, empezamos a hacernos fotocopias. Empezó A. con lo típico: introdujo bajo la tapa de la máquina su mano izquierda, al tiempo que con la derecha pulsaba el botón de ‘una copia’. Una vez acabó le tomó el turno M. con la suya, mucho más delgada y estilizada.
Como niños, ilusionados y risueños, observamos los resultados: las hojas mostraban un mar de tinta negra que acosaba la pálida forma de la carne, arremetiendo con olas de oscuridad los delgados cabos de los dedos.
Llegó mi turno: inserté la siniestra y tras apretar el botón dejé que el cálido haz de luz la bañara. La hoja impresa cayó en la bandeja. B. me siguió, colocando su delicada extremidad sobre el cristal ya caliente. Pulsó el botón de fotocopiado y el riel de luz empezó a avanzar. De repente B. profirió un grito. Sus piernas temblaron, de repente sin fuerza. Con la mano libre, la derecha, se apoyó en el panel de la fotocopiadora. Mientras extraía con dolor la mano de debajo de la tapa, sin querer pulsó de nuevo el botón de copia.
Todos contemplamos horrorizados la herida: la faltaba media mano, tres dedos arrancados y el resto colgando de los tendones.
Una nueva hoja cayó a la bandeja de fotocopias.
No sé porqué, me acerqué y la observé. La fotocopia, realizada una vez B. ya extrajo los restos de la mano, mostraba el negro uniforme y vacío típico de una fotocopia vacía. Acerqué un poco más la mirada al papel, inquieto. Entonces lo vi, una especie de estela, oscura y difusa, pero inconfundible: similar a la que deja un pez en el agua. De forma triangular, el vértice principal buscaba una de las esquinas de la imagen, como si deseara salir de cuadro.
B. se había desmayado. A. llamaba en ese momento a una ambulancia, al tiempo que M. hurgaba presa del pánico en el botiquín. Yo no podía dejar de estudiar las fotocopias. Sabía que en ellas encontraría algo, una explicación a lo ocurrido.
Pasé a la fotocopia anterior, la segunda. En ella se veía la mano de B. Una extraña aberración del cristal deformaba la imagen de los dedos, una distorsión dotada de un extraño patrón de formas afiladas. Algo en la copia me hacía pensar que ‘eso’, fuera lo que fuese, surgía de la oscuridad, lanzándose con avidez a la carne.
La tercera hoja mostraba mi mano. La estudié con igual detenimiento, temeroso de encontrar algo similar a lo de las primera foto. Y lo hallé, sí: la estela avanzaba directa hacia mis dedos.
Recordé que había comparado la oscuridad del negro con un mar. Al parecer ese mar no estaba deshabitado, sino que sus aguas de claroscuro ocultaban temibles predadores.
Cuando los sanitarios entraron en el cuarto ninguno supimos qué decir. Yo agarraba las tres hojas casi con desesperación, al tiempo que juraba que no volvería a acercarme a una fotocopiadora por el resto de mi vida.
 
Corazón de fotocopiadora.
Oficinas

Fotocopiar es mi principal tarea. La gente de la oficina me da los textos, los libros, las hojas, y yo los copio. Sencillo, maquinal. Como yo.
Pero un día la fotocopiadora se rompió. Allí estaba ella, en su esquina, abandonada. Como yo: en mi solitaria mesa, sin nadie que me hablara.
Al cabo de los días escuché un rumor: por fin llegaría un técnico a repararla.
Lo que sucedió entonces ya me lo imaginaba. No lloré siquiera. Los dos hombres me agarraron y me embalaron, precintándome como listo para el reciclaje.
Tampoco podía quejarme, a causa de la cinta aislante con que me taparon boca y ojos. La misma que mucho antes de yacer en el almacén ya me había asfixiado.
 
Medidas drásticas.
Hambre.

–Diciembre de 2004: ante el sistema de veto, usado por algunas superpotencias en el consejo de la O.N.U. desde inicios de la institución, se opta por crear el llamado ‘voto preferencial’ para el uso de los países subdesarrollados. Este voto, en caso de un 95% de acuerdo entre ellos, les permite convertir en preferente una decisión, anulando los posible vetos.
–Marzo de 2006: pese a las protestas de EE.UU. y del bloque de la Comunidad Europea, encabezadas por el presidente estadounidense Jhon Kerry, se declara el hambre como enfermedad endémica de África y Asia. Tal medida, gracias al voto preferencial, convierte a los países de esas zonas en miembros con poder de decisión ante cuestiones alimentarias.
–Junio de 2006: el sistema de voto preferencial obliga a Europa y a Norteamérica a exportar un 20% de sus cereales y hortalizas a las zonas de hambre. No obtienen ninguna retribución por ello, así como tampoco el montante de las exportaciones se añade a la deuda de esos países.
–Abril de 2007: el problema del hambre no parece tener solución. La denominación como endémico pesa casi como una maldición gitana. Ante la superpoblación de África y Asia, ninguna de las medidas tomadas por la O.N.U. se revela eficaz. Europa y Norteamérica, subyugados a los nuevos decretos de la O.N.U. que les obligan a potenciar su sector primario en perjuicio del terciario (pujante en medio oriente), son decretados los nuevos graneros del mundo.
–Mayo de 2008: la orientalización del anteriormente llamado Primer Mundo se hace cada vez más patente: el cristianismo retrocede ante el Islam en una guerra santa silenciosa e incruenta. El sudeste asiático hace una llamamiento desesperado: no hay suficiente grano para los varios miles de millones de habitantes.
–24 de Junio de 2008: fallece en Roma Juan Pablo II, tras un mes de agonía.
–1 de Julio de 2008: una fumata blanca anuncia la elección de Desmond Tutu. Se trata del primer Papa negro de la historia. Declina cambiar de nombre, iniciando su pontificado como Desmond I. Su primer objetivo: intentar que la Fe regrese a los corazones.
–11 de Septiembre de 2008: en un comunicado a las cadenas de televisión, el dirigente de la organización terrorista Al Quaeda, Osama Ben Laden, declara la paz a Occidente tras cuatro años de guerra. ‘No merece la pena morder la mano que te alimenta. Menos aún, puntualiza el líder con tono irónico, cuando de esa mano sólo queda un muñón’.
–Octubre de 2008: la China neo–socialista se une a la República Popular de Indonesia, exigiendo mayores cantidades de alimentos. Al mismo tiempo se aprueban programas de esterilización selectiva; la pena de muerte se añade a la lista de medidas de control de población.
–21 de Noviembre de 2008: nace el humano diez mil millones. El Granero Europeo anuncia el proyecto de drenaje del mar Mediterráneo para convertirlo en zona de cultivo. El proyecto ya se demostró viable con el ejemplo del mar Caspio.
–8 de Diciembre de 2008: en una sesión urgente, y ante las furibundas protestas de Los Graneros del Norte, se decide por mayoría restringir las libertades de los ciudadanos de Los Graneros. La Carta de derechos humanos se restringe a los súbditos de los Países Preferenciales. La O.N.U. deja de existir como tal, convirtiéndose en P.P.U. (Países Preferenciales Unidos). La primera medida de la P.P.U. consiste en decretar jornadas mínimas de doce horas de trabajo en los campos de Los Graneros. La segunda medida, expulsar de su seno a Los Graneros, dejándolos sin voz ni voto en la política mundial.
–24 de Diciembre de 2008: la esclavitud se legaliza en Los Graneros. Todo ciudadano de los mismos, asignado a labores de granja, pasa a ingresar en el registro de esclavos.
–1 de Enero de 2010: la Maldición del Hambre persiste. En sesión plenaria extraordinaria, la P.P.U. toma una medida drástica: el canibalismo queda catalogado como acto punible con la muerte. Al mismo tiempo se retira el atributo de ser humano a los esclavos de Los Graneros.
–2 de Enero de 2010: al grito de ‘Hagan sitio, hagan sitio’, empieza la primera migración de ciudadanos de los P.P. hacia Los Graneros. Se inicia el deporte de La Caza.
 
Resucitado.
Procesos y experimentos

Introdujimos la solución en el acelerador y nos dispusimos a contemplar el proceso. El enorme panel de diales, indicadores y luces ocultaba al otro lado un piscina especial, de unos tres metros cúbicos de capacidad.
Ante el aparato habíamos colocado dos filas de sillas. El presidente de la república estaba sentado a mi izquierda (un individuo moreno y de dura mirada, del que se decía que su aspecto de capo mafioso no era simple coincidencia), mientras que a mi diestra aguardaba inquieto el nuncio papal, transpirando como un cerdo en su san Martín, preso de los nervios y la tensión. Se había invitado al propio Papa, pero el Vaticano había argumentado razones de seguridad para declinar la presencia del sumo pontífice en el laboratorio. El resto de las sillas las ocupaban distintas autoridades, tanto eclesiásticas como laicas, italianas y extranjeras.
Todas ellas habían acudido solícitas a presenciar el acontecimiento: la clonación de Jesucristo.
Más allá de la mampara de metal que encerraba la matriz se estaba representando el acto principal de esta obra de teatro. Los fluidos proteicos reaccionaban entre sí, acelerados por los complejos enzimáticos (en el proceso que había supervisado con sujetos menos insignes miles de veces). Mientras todo esto ocurría repasé los pasos que nos habían llevado a este momento histórico. El descubrimiento fortuito en los fondos vaticanos de un paño blanco de lino, manchado de sangre y tejido según un estilo típico de las palestina romana del siglo I a. C.; el que las manchas de sangre permitieran adivinar un rostro torturado; la datación del tejido mediante carbono 14 en la primera mitad del siglo I d. C.; la milagrosa obtención de largas secuencias de A.D.N.
Se desencadenó la euforia, la locura, el fanatismo. Se anunció a bombo y platillo que ‘Cristo ya estaba secuenciado’. La posibilidad estaba ahí, sin duda: la ciencia podía clonar a un hombre cualquiera a partir de un número mínimo de genes. Los huecos se extrapolaban de bancos de datos raciales. El que el individuo objeto de la clonación se tratara de un ajusticiado en la Palestina del siglo I d. C., sometido a brutales torturas (a tenor de lo que se mostraba en la tela, entre las heridas más llamativas destacaban las provocadas por una especie de casco, un yelmo que por las huellas tanto de sangre como de desgarrones en el tejido estaba erizado de espinas), consistía en una trivialidad ante la seguridad del proceso.
Los indicadores marcaban que la generación del cuerpo progresaba sin ningún incidente. El nerviosismo se marcaba en los rostros de todos, ateos o creyentes. A mi derecha el presidente de la república se revolvía, ahora tan sudoroso como el nuncio papal, e incluso más pálido que éste.
–¿Se encuentra bien, señor Rossi?
Él respondió con un movimiento de cabeza afirmativo, sus ojos clavados en los aparatos:
–Sí, no se preocupe, Juan –la falsa familiaridad me inquietó, pero supe ocultarlo–. Sólo son los nervios de ver al Salvador redivivo.
A mi izquierda el enviado del Vaticano ni siquiera parpadeaba.
En un momento dado los diales alcanzaron la posición final. El proceso había concluido, y al parecer con éxito. Di orden de proceder a apagar la maquinaria. Los fluidos de la matriz artificial salieron poco a poco a través de una serie de tubos transparentes, hechos así con el efecto de sorprender al observador y dar a la máquina un aspecto más artificioso. Me comunicaron que ya se habían quitado los cierres de seguridad.
Indiqué con una señal a la pequeña guardia de soldados, armados con subfusiles y situados en nuestros flancos, que se prepararan para una eventual intervención. Aquella medida había sido protestada por el pontificado, pero la presidencia me apoyó, consciente de que podíamos estar jugando con imponderables: no se sabía con certeza las consecuencias de resucitar al supuesto hijo de Dios. Los chasquidos de las armas, listas para disparar, resonaron en el bunker.
Indiqué que se abriera el contenedor. Los pistones hidráulicos aliviaron su presión sobre la matriz y poco a poco ésta empezó a abrirse. A través de la creciente rendija se escaparon los últimos restos de líquido amniótico, rico en proteínas constructoras. El seno de la matriz aparecía ante nuestros ojos, sumido en las neblinas químicas del proceso.
No lo había hecho por completo cuando resonó una voz, rotunda y solemne:
–¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?
No procedía de dentro de la máquina. Tampoco de los altavoces que había en las esquinas. De hecho, parecía surgir de dentro de mi cabeza. La voz me hizo llorar, provocándome una sensación de desamparo y de pequeñez indescriptibles. Otra voz, también sosegada pero llena de cariño y condescendencia, dijo:
–No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.
Sentí en mi interior que algo no iba nada bien. La inquietud se convirtió en terror al contemplar el monstruo que surgió de dentro de la máquina, una deforme criatura portando en sus garras un enorme volumen encuadernado en cuero. Resplandecía casi cegador, pero sobre su cierre pude distinguir siete sellos.
Recordé el Apocalipsis de San Juan, la segunda llegada del Cordero. Y con ella el fin del mundo.
A mi orden desesperada el sonido de las armas retumbó en el sótano. Pero los disparos no afectaron al Cordero inmolado, aquel engendro que tenía siete cuernos y siete ojos, los cuales eran los siete espíritus de Dios enviados por toda la Tierra. Abrió el primer sello y se desató la primera Calamidad en el mundo.

‘Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer.’
Apocalipsis 6, 1–2.
 
Masa crítica.
Amores dementes

–¿Y dice usted que nada era antes igual?
–Le juro que no.
El inspector miró sorprendido al extraño individuo al que interrogaba, de ropa de aspecto monótono, vulgar y de tonos apagados. El tipo carecía de gusto alguno a la hora de vestir, pero al fin y al cabo eso no le incumbía. Anotó con su piruleta el informe en la servilleta del bar y luego la tiró al suelo. Algún insecto secretario ya se encargaría de llevarlo hasta la central. Realizó el gesto de consunción en el aire para atar al destino con el papel y lo olvidó.
–Y dice que ese edificio –dijo señalando a una descomunal mole de granito de aspecto cúbico, cada uno de sus lados tendría casi un kilómetro de largo. Sus caras grises estaban salpicadas por miles de ventanas enrejadas– del que le hemos sacado hace unas horas era un ‘manicomio’ –el agente no podía asimilar la palabra: le parecía demasiado coherente. Cuerda–. A ver si lo he entendido bien: habla de un lugar ¡donde se encerraba a los locos!
Con un gesto sin gracia, maquinal, el hombre ordenado asintió. El agente, tratando de sobreponerse al sentimiento de aversión que le empezaba a dominar, profirió una aullido lobuno y pateó el suelo, al tiempo que de su boca rezumaba baba.
–Esto no tiene sentido –decía con voz ausente el hombre–. Construimos el mayor manicomio del mundo, alojamos en él a más de medio millón de dementes y, a la mañana siguiente, todo el mundo ha cambiado... ¿Qué ha pasado?
El inspector dejó de levitar y descendió al suelo. Al contacto con sus pies las baldosas (blancas y negras, con aspecto de ajedrez) de repente empezaron a burbujear. De una de ellas surgió un diminuto esbirro del lodo. La criatura trató de subir por su pierna, hambrienta, pero el agente lo disolvió con una maldición.
–Dice usted que juntaron a muchos ‘chavetas’, y luego cuando amaneció se encontró ‘aquí’ –el policía agarró con las manos la realidad y la hizo girar ante los desorbitados ojos del hombre –. ¡Pero si siempre ha sido así, hombre!
El individuo coherente no sabía qué pensar. Sin embargo una idea le rondaba la cabeza: de alguna manera, imposible y extraña, el enorme conjunto de locos juntos, esa descomunal aglomeración de mentes disturbadas, habían deformado el espacio–tiempo, convirtiendo la realidad en eso. ¿Habrían creado una bomba mental, y el conjunto de locos actuó como masa crítica? Le parecía imposible, pero sólo se le ocurría eso como explicación. Pero, aún con todo ¿porqué él había ‘sobrevivido’ y el resto de los demás habían desaparecido?
Contempló al extraño agente, de ropa de colorido imposible y ademanes de loco. Uno más entre todos lo que su alrededor caminaban, volaban, nadaban por la tierra o, sencillamente, se evaporaban ante sus ojos. Todos locos, todos en actitudes y posturas incongruentes, pero cuerdos en un mundo demente.
Todos menos él. ¿Porqué?
–¿Está usted seguro, insiste en que el mundo antes no era así?
El policía sí que tenía algo en común con los de su mundo: la sordera y la insistencia.
–Sí, por favor. Se lo juro por mis muertos.
–Mejor no hables en vano, Jorgito.
La voz surgió a sus espaldas, y había algo en ella terriblemente familiar. Pero no podía ser cierto. Imposible. Con temor se giró. A sus espaldas había una hilera de cadáveres redivivos, criaturas surgidas de la tumba y convocados por el juramento que acababa de realizar.
Al frente de ellos, su madre.
Jorge observó el cuerpo de carnes resecas, carcomido por los gusanos y el tiempo. La observó y, antes de que se justificara ante ella temeroso, sintió como se convertía en un nuevo miembro de ese mundo. Una serpiente alada surgió de su cabeza y voló libre hacia el ondulado horizonte, al tiempo que trinaba repetitiva: ‘tú eres del detonante, Jorge, tú eres el detonante, Jorge, tú eres el detonante, Jorge…’.
Jorge no sintió lástima alguna al ver partir su cordura. Al contrario, se lanzó a los brazos pútridos de su madre. En sus ojos brillaban lágrimas de alegría, que hidrataron la piel acartonada.