Anhelos.
Ramas
Escúchame, querido amigo. ¿Existe algo más impresionante que un árbol en gravedad cero? Tiende sus ramas a lo largo de cientos de kilómetros hacia el remoto sol, ávido de su luz.
Pues sí, lo hay: el patetismo que oculta su gesto. Anhela algo que jamás obtendrá, algo que, de alcanzarlo, significará su fin.
Y sin embargo persiste en su intento.
¿Comprendes ahora mi amor por ella?
Escúchame, querido amigo. ¿Existe algo más impresionante que un árbol en gravedad cero? Tiende sus ramas a lo largo de cientos de kilómetros hacia el remoto sol, ávido de su luz.
Pues sí, lo hay: el patetismo que oculta su gesto. Anhela algo que jamás obtendrá, algo que, de alcanzarlo, significará su fin.
Y sin embargo persiste en su intento.
¿Comprendes ahora mi amor por ella?
Palabras desde el corazón.
Corazones ocultos
Tras diez horas la cabeza perforadora estaba por fin dentro corazón del cometa. Consulté el reloj: sólo restaban treinta minutos para la colisión. La Tierra dependía de que colocara bien la carga. Alcé la mirada y busqué el planeta azul, pero las brumas de los vapores en ebullición me lo impidieron.
Por primera vez en demasiado tiempo me sentí aliviado. Estaba solo. Esa intensa soledad me causó un placer casi insondable. Libre. Los recuerdos de mis compañeros caídos, de las penalidades sufridas hasta llegar aquí, se desdibujaron: yo existía, y todo lo demás se reducía a un mal sueño.
Solo. Libre.
Sonreí.
Me acomodé ante la consola de mandos, lo mejor que pude dentro de la diminuta cabina. Las cifras bailaban con encantadora lentitud. Sobre mí la Tierra ya empezaba a dominar el cielo, enorme tras el telón de las brumas. Y no te vi por ningún sitio. Ni a ti ni al dolor que me habías causado. Sonreí con fiereza. Disfrutaba.
El reloj digital decía que en veinte minutos la Tierra sufriría la peor colisión astronómica de su historia. Saltó una alarma de proximidad. Irritado ente la intromisión, la apagué con un gesto mecánico. Me preparé a ser testigo de excepción de tu muerte. El resto de la humanidad no significaba nada: me sentía satisfecho al saber que tú, mi niña, dejarías de existir.
Enredé en un monitor auxiliar, buscando una emisora de televisión. Sintonicé la CNN y vi el resplandeciente caballo que cabalgaba. Deseaba tener un paquete de palomitas a mano. Pena que no hubiera una cámara enfocando tu rostro.
Tras diez horas la cabeza perforadora estaba por fin dentro corazón del cometa. Consulté el reloj: sólo restaban treinta minutos para la colisión. La Tierra dependía de que colocara bien la carga. Alcé la mirada y busqué el planeta azul, pero las brumas de los vapores en ebullición me lo impidieron.
Por primera vez en demasiado tiempo me sentí aliviado. Estaba solo. Esa intensa soledad me causó un placer casi insondable. Libre. Los recuerdos de mis compañeros caídos, de las penalidades sufridas hasta llegar aquí, se desdibujaron: yo existía, y todo lo demás se reducía a un mal sueño.
Solo. Libre.
Sonreí.
Me acomodé ante la consola de mandos, lo mejor que pude dentro de la diminuta cabina. Las cifras bailaban con encantadora lentitud. Sobre mí la Tierra ya empezaba a dominar el cielo, enorme tras el telón de las brumas. Y no te vi por ningún sitio. Ni a ti ni al dolor que me habías causado. Sonreí con fiereza. Disfrutaba.
El reloj digital decía que en veinte minutos la Tierra sufriría la peor colisión astronómica de su historia. Saltó una alarma de proximidad. Irritado ente la intromisión, la apagué con un gesto mecánico. Me preparé a ser testigo de excepción de tu muerte. El resto de la humanidad no significaba nada: me sentía satisfecho al saber que tú, mi niña, dejarías de existir.
Enredé en un monitor auxiliar, buscando una emisora de televisión. Sintonicé la CNN y vi el resplandeciente caballo que cabalgaba. Deseaba tener un paquete de palomitas a mano. Pena que no hubiera una cámara enfocando tu rostro.
Cambio de nombres.
La importancia de llamarse Paco
Fran se convirtió en Paco-Man e inició su carrera como devorador de espectros. Luis se quemó en el trabajo y se convirtió en Zippo-Man, el bonzo eterno. Andrés, muerto de hambre, optó por llamarse Chope-Man y se comió a si mismo (de él sólo quedó una pequeña cuerdecita).
Yo, asqueado de una vida mediocre, nada más quería desaparecer. Decidí simplemente borrar mi nombre. El tiro me salió por la culata y, sin desearlo, me vi convertido en Folio-Man, aquel donde todos escriben.
Luego llegó un degenerado, convirtió la ‘i’ en ‘l’ y así estoy ahora, como astro del porno, feliz.
Fran se convirtió en Paco-Man e inició su carrera como devorador de espectros. Luis se quemó en el trabajo y se convirtió en Zippo-Man, el bonzo eterno. Andrés, muerto de hambre, optó por llamarse Chope-Man y se comió a si mismo (de él sólo quedó una pequeña cuerdecita).
Yo, asqueado de una vida mediocre, nada más quería desaparecer. Decidí simplemente borrar mi nombre. El tiro me salió por la culata y, sin desearlo, me vi convertido en Folio-Man, aquel donde todos escriben.
Luego llegó un degenerado, convirtió la ‘i’ en ‘l’ y así estoy ahora, como astro del porno, feliz.
Sorpresa al hijo.
Preguntas, siempre preguntas
Al regresar lo olí, intenso y punzante, entre dulce y agrio. Las jambas de la puerta yacían en el suelo, arrancadas de sus goznes. A través del umbral mancillado se vertía un resplandor danzarín de llamas. Lejos, en la cima de la colina donde se debería alzar la nueva ciudad, un colosal y horrible árbol negro hundía sus raíces en la tierra, tornándola cenizas estériles.
–No pudimos resistir, Señor –la figura yaciente, patética, anciana y escuálida, volvía a vestir el color del martirio. Le faltaba la mano derecha, aquella con la que antes sostuviera las llaves–. Lo intentamos, pero su ausencia hizo el Trino menos poderoso. Y ellos… ellos tenían un nuevo aliado. Portaba una horrible luz blanca, una luz de abismo que sumergía en la Desesperación a todo aquel que bañaba.
Yo callé sin saber qué decir. Contemplé consternado, cariacontecido, los rescoldos aún candentes de mi hogar.
–No tuvimos ninguna opción –gimoteó el portero–. El aliado y su luz no nos dieron oportunidad.
A mis espaldas se alzó un murmullo que al poco se convirtió en un coro de llantos y quejidos. No me atreví a volver la cabeza y contemplar sus rostros desencajados por el terror: les había fallado, a todos ellos. Mi regreso triunfal se había convertido en pírrica victoria. ¿Cómo les podía explicar a los elegidos, a los justos, que su merecido Paraíso ya no existía? Sentí cómo en el pecho se me abría una herida milenios atrás cerrada.
“Y Jesús lloró”, Juan 11, 35.
(Escrito escuchando Stench of Paradise Burning, de Disincarnate.)
Al regresar lo olí, intenso y punzante, entre dulce y agrio. Las jambas de la puerta yacían en el suelo, arrancadas de sus goznes. A través del umbral mancillado se vertía un resplandor danzarín de llamas. Lejos, en la cima de la colina donde se debería alzar la nueva ciudad, un colosal y horrible árbol negro hundía sus raíces en la tierra, tornándola cenizas estériles.
–No pudimos resistir, Señor –la figura yaciente, patética, anciana y escuálida, volvía a vestir el color del martirio. Le faltaba la mano derecha, aquella con la que antes sostuviera las llaves–. Lo intentamos, pero su ausencia hizo el Trino menos poderoso. Y ellos… ellos tenían un nuevo aliado. Portaba una horrible luz blanca, una luz de abismo que sumergía en la Desesperación a todo aquel que bañaba.
Yo callé sin saber qué decir. Contemplé consternado, cariacontecido, los rescoldos aún candentes de mi hogar.
–No tuvimos ninguna opción –gimoteó el portero–. El aliado y su luz no nos dieron oportunidad.
A mis espaldas se alzó un murmullo que al poco se convirtió en un coro de llantos y quejidos. No me atreví a volver la cabeza y contemplar sus rostros desencajados por el terror: les había fallado, a todos ellos. Mi regreso triunfal se había convertido en pírrica victoria. ¿Cómo les podía explicar a los elegidos, a los justos, que su merecido Paraíso ya no existía? Sentí cómo en el pecho se me abría una herida milenios atrás cerrada.
“Y Jesús lloró”, Juan 11, 35.
(Escrito escuchando Stench of Paradise Burning, de Disincarnate.)
La voz de su creador.
Preguntas y respuestas
–¿Y esto es todo?
–No –le respondió aquella desconocida voz. Le había acompañado desde que tenía memoria, acompañándole en la oscuridad–. Has estado en el cielo: ahora te toca conocer el infierno.
Y el feto sufrió por primera la herida de la luz.
–¿Y esto es todo?
–No –le respondió aquella desconocida voz. Le había acompañado desde que tenía memoria, acompañándole en la oscuridad–. Has estado en el cielo: ahora te toca conocer el infierno.
Y el feto sufrió por primera la herida de la luz.





