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Eterno
Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.
Acerca de
La existencia es una constante guerra: el caos contra el orden, la luz contra la oscuridad, el bien contra el mal... lo efimero contra lo eterno.

Contenido (c) 2004 Francisco Ruiz.

Para reeditar cualquier material contacta con Francisco Ruiz a través de http://txisko.com.
Sindicación
 
Escalera de fuego.
Camino del descenso.

Todos alzamos la mirada: la señal divina quebrantaba la oscuridad de la noche. Llevábamos siglos esperando la Escalera de Fuego. Su resplandor surgía de las alturas del cielo y descendía, recta y delgada, hasta lamer el horizonte. Ella nos llevaría de nuevo con los dioses, al hogar perdido.
Desmantelamos el poblado e iniciamos la peregrinación. La alegría del encuentro con los dioses espoleaba nuestros pasos. Los días se sucedieron uno tras otro, siempre presididos por la imponente presencia de la escalera. A medida que avanzábamos el calor se hacía más intenso.
–Se trata del fuego divino, purificador y sagrado –clamaba el sacerdote–. No temáis.
Así hicimos. No detuvimos nuestro caminar, ni siquiera cuando la plaga hizo acto de presencia.
–Es una prueba. Los dioses nos están poniendo a prueba. Persistid.
Pero el propio sacerdote ya mostraba las huellas del mal: su piel supuraba, su pelo se caía, al igual que los dientes.
–Seguid –y con esa palabra nos abandonó. Enterramos su cadáver y no cejamos. La columna de fuego estaba ya casi sobre nosotros. El calor se volvía casi intolerable pero no cejamos. La recompensa de los dioses estaba tan cercana…

El gráfico del planeta mostraba un tono amarillo brillante.
–Señor, el nivel de radiación es tal que, con los rudimentarios medios que disponen, no alcanzará niveles tolerables en por lo menos dos milenios.
El capitán estudió la pantalla y asintió.
–Perfecto. Que los motores dejen de apuntar a la atmósfera. Sitúen la nave en posición de salida: abandonemos este planeta de mierda. Según los archivos, aún deben quedar dos planetas rebeldes por encontrar y esterilizar.
 
Devoradores de almas.
Hambre.

Se dice que cuando un caníbal devora el corazón de un enemigo, con él se adueña de su alma. Lo malo es comprobarlo despertándose encerrado dentro de su cabeza.
 
Respuesta.
Cámaras.

feedback
1 noun TECHNICAL retroalimentación f, retroacción f.
2 noun figurative reacción f, respuesta, impresión f.

Cierro los ojos al mismo tiempo que inserto la clavija del jack en su ranura. Empiezo a meditar, tratando de enfocar mi mente en un punto indefinido, más allá de la lente de la cámara. Palpando la superficie de la mesa de mezclas, busco el control del volumen del master. En silbido apagado pero agudo surge de los altavoces, subiendo poco a poco en su tono agudo.
Espero. El tiempo pasa. Yo sigo con los ojos cerrados, pensando en eso que está más allá de la cámara. Más allá de la lente. De todo. De la propia vida.
De repente el silbido cambia, se vuelve entrecortado. Siento una caricia helada recorriendo mi espina dorsal. El terror echa su aliento gélido en mi nuca.
Abro los ojos y contemplo el monitor, a mi izquierda. En él, ocupando una de las esquinas, mi propio rostro. Detrás hay otra pantalla, enorme, que ocupa toda la pared, y que aparece captada en su totalidad en el monitor. En esa pantalla, a través de un proceso de feedback, se recoge mi rostro otra vez, más pequeño. Y otra vez. Y otra. Y otra.
De los altavoces empieza a surgir un apagado murmullo. Subo el volumen, pero resulta ininteligible.
Tengo configurado el circuito cerrado para que aparezcan veinte pequeñas pantallas, una dentro de otra. Veinte rostros, a cuál más diminuto. En las pruebas siempre aparecía solo, como se dice ‘yo conmigo mismo’.
Sólo que ahora no. En la más pequeña de las pantallas hay algo oscuro. Parpadeo. Ahora está también en la segunda más pequeña. Un nuevo parpadeo y esa sombra ha avanzado dos pantallas más.
Funciona, mi sistema funciona.
Ya está en la décima pantalla. Los rasgos aún no se pueden apreciar, envueltos en un velo de negrura.
Desconecto la cámara, apago los altavoces: el silbido cesa y el murmullo se extingue.
Le he traído. ¿A quién? No lo sé, pero sin duda esa presencia no podía estar allí. Y sin embargo lo estaba.
Me levanto de la silla… y veo que no puedo. Algo me impide levantarme. Ni siquiera puedo mover la cabeza.
La cámara. Me mira. Su ojo ciego me apresa. Y entonces lo veo, en el reflejo de la lente: mi rostro repitiéndose diez veces. Parpadeo: una de las imágenes desaparece. Quedan nueve. Ahora ocho…
La oscuridad se acerca. Y el murmullo, dentro de mis oídos, incomprensible.
Siete, seis, cinco.
Cada vez restan menos reflejos. Y más de ese rostro envuelto en tinieblas, sin rasgos.
Y sigo sin poder moverme. Ni un centímetro. Paralizado por la oscuridad de la lente.
Cuatro, tres, dos.
El rostro oscuro ya tiene casi el mismo tamaño que yo.
Uno.
El murmullo desaparece y escucho la respuesta. La respuesta a mi llamada.
Cero.
Quiero gritar, pero no puedo.
 
Murmullos de felicidad.
Ojos.

–1984.
–¿Qué?
–El libro de Orwell, ¿recuerdas?
–Ah, sí. Pero calla y sonríe, no nos vaya a descubrir.
Nos separamos. Cada uno continuó su camino, esforzándose en brillar lleno de alegría, de contento, de felicidad.
Lo logré. El destello a mi espalda, acompañado de ese crujido tan característico, me dijo que sin embargo Julio no lo había conseguido.
Afilé la sonrisa sin atreverme a alzar la mirada. Allí arriba el ojo colosal permanecía tranquilo, velando por la felicidad. El ojo que todo lo ve, aposentado en su trono dorado en la cima de Nueva Jerusalén.
 
Moretones.
Golpes.

Le pegaba todos los días. Con la mano abierta, con el puño cerrado. Patadas y puntapies también. Todo valía con tal de causar daño.
Así desde el día en que se encontraron. Llegó con una aura de luz a su alrededor, como si se tratara de un ángel del señor. Un ángel que golpada con fuerza de martillo.
Su cuerpo magullado daba fe de ello, convertido en todo un ejemplo de martirio. Calvario silencioso ya que no se atrevía a replicar, a quejarse, a rebelarse. Cada vez que miraba sus moretones, cada vez que acariciaba su carne dolorida, pensaba en vengarse. Vengarse por el maltrato del ángel, de la criatura divina.
Pero siempre, al aflorar esos sentimientos, acaecía el milagro: las formas moradas, amarillas y negras bailaban en su piel y dibujaban aquellas tres lapidarias palabras. La sonrisa beatífica del ángel las confirmaba como orden superior: ‘Calla y sufre’.
 
Cicatrices.
Las marcas del dolor.

A lo largo de la vida uno se acostumbra a ver cicatrices en prácticamente todas partes. La más obvia, la más cercana y dolorosa, es la de la carne, la de la piel. Luego, si se fija uno un poco más, las descubre en la corteza de los árboles o en la tierra. Incluso en el cielo en forma de frentes y tormentas. Incluso en el espacio.
Todas cambian y mutan, evolucionando con el tiempo. Unas con mayor lentitud, como en el caso de los árboles; otras con velocidad pasmosa, como en la atmósfera. Pero siempre están ahí. Uno debe acostumbrase a su presencia, a vivir con ellas.
Las marcas que dejan las heridas de la vida nunca desaparecen.
Como el dolor de los recuerdos: se atenúan, pierden color, pero jamás se van. Las cicatrices de la mente.
¿Pero de verdad permanecen por siempre?
Mentira –las mentiras son costurones que afectan a la carne de la realidad–.
El dolor de los recuerdos se puede eliminar a través de otra cicatriz.
La observo, larga y pálida en mi frente. Lo llaman automutilación, pero para mí significa libertad. No me importa saber que he perdido mucho más que lo que me atormentaba. Al fin y al cabo no se puede echar de menos lo que no se conoce. Me suplicaron que no lo hiciera, que podría superar el sufrimiento, que éste pasaría y se desvanecería. Pero no podía, no deseaba arriesgarme. Pagué al neurocirujano y él realizó la lobotomía que me hizo esa cicatriz, la operación que me convirtió en dos gemelos opuestos encerrados en una única cabeza. La operación que, tratando de eliminar las cicatrices el dolor, conjuró el tormento de la guerra. Ella creará más heridas.
Y más cicatrices.