Competición.
Hermanos.
Yo siempre consideré que el hecho de ser gemelos nos unía más que nos separaba, pero para ti todo se reducía a una competición: necesitabas destacar, ser el mejor, único y diferente. En todo intentabas ganarme, luchabas incluso por lo más ridículo. Casi desde la cuna, durante años te vi pelear por alcanzar esa diferenciación.
Pero perdías, siempre perdías. Quizá se debiera a que yo me lo tomaba con calma, sin presiones, pero siempre acababa sobre ti.
Eso te destrozaba.
Apesadumbrado vi cómo, años tras año, te sumergías en ese pozo del que jamás saliste. La envidia llevó rencor y éste, al final (me duele admitirlo), al odio. Hermano, me odiabas. Y todo porque, sin pretenderlo, yo ganaba.
Empezaste a tratar de hacerme daño, por el simple hecho de verme sufrir. Y lo lograste, sí, pero en el fondo sabías que cuando me hacías daño te lo hacías a ti. Al fin y al cabo la relación entre gemelos va más allá del mero parecido. Perdías, en el fondo volvías a perder.
Hoy has realizado ese último acto de venganza, de odio. De has suicidado: ya no somos esa pareja de iguales, me has dejado sólo. ¿De verdad creías que ibas a conseguir ganarme en esto también, el primero en llegar a esa región inexplorada? No, no podía permitirlo: llegado a este punto me he dado cuenta de que esa competición me da energías para seguir adelante. Tú me has hecho así de fuerte, tu afán de competición me ha convertido en lo que soy.
Supongo que ahora comprenderás que me esforzara en revivirte. Estudié el vudú y lo logré, hermano: aquí estas de nuevo.
Yo gano de nuevo, y tu pierdes. ¿Cuál es tu siguiente movimiento?
Yo siempre consideré que el hecho de ser gemelos nos unía más que nos separaba, pero para ti todo se reducía a una competición: necesitabas destacar, ser el mejor, único y diferente. En todo intentabas ganarme, luchabas incluso por lo más ridículo. Casi desde la cuna, durante años te vi pelear por alcanzar esa diferenciación.
Pero perdías, siempre perdías. Quizá se debiera a que yo me lo tomaba con calma, sin presiones, pero siempre acababa sobre ti.
Eso te destrozaba.
Apesadumbrado vi cómo, años tras año, te sumergías en ese pozo del que jamás saliste. La envidia llevó rencor y éste, al final (me duele admitirlo), al odio. Hermano, me odiabas. Y todo porque, sin pretenderlo, yo ganaba.
Empezaste a tratar de hacerme daño, por el simple hecho de verme sufrir. Y lo lograste, sí, pero en el fondo sabías que cuando me hacías daño te lo hacías a ti. Al fin y al cabo la relación entre gemelos va más allá del mero parecido. Perdías, en el fondo volvías a perder.
Hoy has realizado ese último acto de venganza, de odio. De has suicidado: ya no somos esa pareja de iguales, me has dejado sólo. ¿De verdad creías que ibas a conseguir ganarme en esto también, el primero en llegar a esa región inexplorada? No, no podía permitirlo: llegado a este punto me he dado cuenta de que esa competición me da energías para seguir adelante. Tú me has hecho así de fuerte, tu afán de competición me ha convertido en lo que soy.
Supongo que ahora comprenderás que me esforzara en revivirte. Estudié el vudú y lo logré, hermano: aquí estas de nuevo.
Yo gano de nuevo, y tu pierdes. ¿Cuál es tu siguiente movimiento?
La caída de la hoja.
Caídas.
Siempre me ha gustado el otoño: su melancolía, su tristeza, su mezcla de tonos ocres… algo en él se me clava en el alma. En otoño paseo, disfrutando de los parques solitarios en los que los amantes ya no retozan en su pasión veraniega. Mis pies pisan por senderos alfombrados de las hijas de los árboles, cadáveres defenestrados de balcones de madera quebradiza.
En otoño te conocí. Y al cruzarse nuestros caminos me encontré inmerso en una primavera perenne… hasta que te fuiste.
Ahora mi otoño ha regresado, más melancólico que nunca, más triste que nunca, tiñendo con sus tonos ocres el sucio óleo de mi vida. Ya no paseo por parques solitarios sino que busco la aglomeración opresiva de la masa, el ruidoso viento de la multitud.
Y espero la caída de la hoja.
El tiempo pasa: los días caen mustios, uno tras otro, en un devenir carente de sentido. Ocres, marrones; secos, estériles.
Aquí está, ya ha ocurrido: el viento al fin ha roto el pedúnculo y la hoja cae. El vacío se abre, el suelo se acerca, y con ello el destino final, el golpe que convertirá al alma etérea de la hoja en una inmundicia más, una anónima refugiada del suelo.
La caída: lenta, inmersa en luz amarillenta, observada por centenares de ojos (atónitos, morbosos, acusadores, sensibles, ciegos, duros, asustados). Los faros crecen, sumergiendo mi cuerpo mustio en su luz de topo mecánico. No escucho los gritos, ni el crujido de las ruedas del metro al despedazarme. Las hojas muertas, caídas, sólo escuchan la canción triste del otoño, mi amado otoño.
Siempre me ha gustado el otoño: su melancolía, su tristeza, su mezcla de tonos ocres… algo en él se me clava en el alma. En otoño paseo, disfrutando de los parques solitarios en los que los amantes ya no retozan en su pasión veraniega. Mis pies pisan por senderos alfombrados de las hijas de los árboles, cadáveres defenestrados de balcones de madera quebradiza.
En otoño te conocí. Y al cruzarse nuestros caminos me encontré inmerso en una primavera perenne… hasta que te fuiste.
Ahora mi otoño ha regresado, más melancólico que nunca, más triste que nunca, tiñendo con sus tonos ocres el sucio óleo de mi vida. Ya no paseo por parques solitarios sino que busco la aglomeración opresiva de la masa, el ruidoso viento de la multitud.
Y espero la caída de la hoja.
El tiempo pasa: los días caen mustios, uno tras otro, en un devenir carente de sentido. Ocres, marrones; secos, estériles.
Aquí está, ya ha ocurrido: el viento al fin ha roto el pedúnculo y la hoja cae. El vacío se abre, el suelo se acerca, y con ello el destino final, el golpe que convertirá al alma etérea de la hoja en una inmundicia más, una anónima refugiada del suelo.
La caída: lenta, inmersa en luz amarillenta, observada por centenares de ojos (atónitos, morbosos, acusadores, sensibles, ciegos, duros, asustados). Los faros crecen, sumergiendo mi cuerpo mustio en su luz de topo mecánico. No escucho los gritos, ni el crujido de las ruedas del metro al despedazarme. Las hojas muertas, caídas, sólo escuchan la canción triste del otoño, mi amado otoño.
Tormento
Los placeres de la carne... ajena.
Allí yacía, tendida sobre la camilla, amordazada y atada con tensas ligaduras de cuero, temblando de pies a cabeza. Sus ojos relampagueaban, desesperados, mientras con las manos trataba de detener el tormento, mas los correajes se lo impedían. Me aparté un poco de la camilla para poder observar su figura desnuda, en la que poco a poco el sudor hacía acto de presencia. Sí, lo estaba logrando: gracias a ella me acercaba a mi meta de obtener una auténtica obra maestra del suplicio, una nueva vuelta de tuerca al sadismo, una cima de la lascivia y la maldad.
Desvié la mirada de sus pechos, turgentes y de pezones erectos, a su rostro. Compungidos y llorosos, los témpanos de sus ojos imploraban un fin para la tortura. Sus ojos, oscuros y de grandes pupilas marrones en las que vetas de verdor refulgían como fuegos estáticos; en ellos paseaba el horror como un temible señor.
Rodeé la camilla hasta situarme justo tras su cabeza, fuera de su vista. Gimió desesperada, incapaz de hablar: el bozal se lo impedía. Cabeceó buscándome con la mirada. Dejé que lo hiciera durante unos largos segundos, consciente de que allí donde estaba no podría localizarme. Sonreí ante su desesperación. Su sufrimiento me satisfacía más que ninguna otra vez. La había tomado por sorpresa y su desconcierto, añadido a la agonía que la falta de control sobre la situación, me excitaba como nunca antes.
De manera casi física noté como algo se desgarraba dentro de ella: la tensión la estaba venciendo. El llanto, que hasta entonces había reprimido con éxito, al fin surgió de sus ojos. Me acerqué de nuevo para que pudiera verme:
–No me he ido, no. Estoy aquí, contigo –la susurré al oído.
Como respuesta, ella profirió un gemido asfixiado. Sonreí de nuevo, y mi sonrisa hizo que sus ojos se desorbitaran. Yo gozaba, ella no, y eso me hacía disfrutar aun más. Mi rostro casi resplandecía de satisfacción. Su llanto intensificó. Yo disfrutaba como jamás antes. Decidí apretar aun más las clavijas: acerqué con lentitud mi mano hacia sus nalgas. Entre mis dedos, ansioso, brillaba el filo del estilete. Atisbé su mirada, alocada. Sonreí una vez más. Alargué la tortura ralentizado el movimiento: los músculos de sus piernas se contraían nerviosos, haciendo danzar las cicatrices que recorrían su piel. Las cintas de cuero le impedían retorcerse. El filo se aproximó más a su piel. El sudor ya la cubría por completo, deslizándose en finos hilos hacia la superficie de la camilla. La hoja no estaba a más de un centímetro de su piel cuando… la retiré.
Mi sonrisa se tornó carcajada; su gemido llanto. Los temblores de ella dieron paso a convulsiones de avidez. Mientras, yo me retorcía, saboreando esa gloriosa mezcla de placer extremo y maldad absoluta. Al cabo de unos segundos, cuando pude tomar aliento, exclame:
–No, querida, esta vez no habrá más. Padece por una vez de una manera diferente.
Le quité el bozal y abandoné raudo el cuarto. Incluso una vez cerrada la puerta aún resonaban a mis espaldas sus gritos, implorando una tortura que por mi parte hoy no llegaría. Qué placer el no darle agua al sediento, o al que anhela dolor negarle su calvario privado…
Nota: publicado originalmente en Calle 13.
Allí yacía, tendida sobre la camilla, amordazada y atada con tensas ligaduras de cuero, temblando de pies a cabeza. Sus ojos relampagueaban, desesperados, mientras con las manos trataba de detener el tormento, mas los correajes se lo impedían. Me aparté un poco de la camilla para poder observar su figura desnuda, en la que poco a poco el sudor hacía acto de presencia. Sí, lo estaba logrando: gracias a ella me acercaba a mi meta de obtener una auténtica obra maestra del suplicio, una nueva vuelta de tuerca al sadismo, una cima de la lascivia y la maldad.
Desvié la mirada de sus pechos, turgentes y de pezones erectos, a su rostro. Compungidos y llorosos, los témpanos de sus ojos imploraban un fin para la tortura. Sus ojos, oscuros y de grandes pupilas marrones en las que vetas de verdor refulgían como fuegos estáticos; en ellos paseaba el horror como un temible señor.
Rodeé la camilla hasta situarme justo tras su cabeza, fuera de su vista. Gimió desesperada, incapaz de hablar: el bozal se lo impedía. Cabeceó buscándome con la mirada. Dejé que lo hiciera durante unos largos segundos, consciente de que allí donde estaba no podría localizarme. Sonreí ante su desesperación. Su sufrimiento me satisfacía más que ninguna otra vez. La había tomado por sorpresa y su desconcierto, añadido a la agonía que la falta de control sobre la situación, me excitaba como nunca antes.
De manera casi física noté como algo se desgarraba dentro de ella: la tensión la estaba venciendo. El llanto, que hasta entonces había reprimido con éxito, al fin surgió de sus ojos. Me acerqué de nuevo para que pudiera verme:
–No me he ido, no. Estoy aquí, contigo –la susurré al oído.
Como respuesta, ella profirió un gemido asfixiado. Sonreí de nuevo, y mi sonrisa hizo que sus ojos se desorbitaran. Yo gozaba, ella no, y eso me hacía disfrutar aun más. Mi rostro casi resplandecía de satisfacción. Su llanto intensificó. Yo disfrutaba como jamás antes. Decidí apretar aun más las clavijas: acerqué con lentitud mi mano hacia sus nalgas. Entre mis dedos, ansioso, brillaba el filo del estilete. Atisbé su mirada, alocada. Sonreí una vez más. Alargué la tortura ralentizado el movimiento: los músculos de sus piernas se contraían nerviosos, haciendo danzar las cicatrices que recorrían su piel. Las cintas de cuero le impedían retorcerse. El filo se aproximó más a su piel. El sudor ya la cubría por completo, deslizándose en finos hilos hacia la superficie de la camilla. La hoja no estaba a más de un centímetro de su piel cuando… la retiré.
Mi sonrisa se tornó carcajada; su gemido llanto. Los temblores de ella dieron paso a convulsiones de avidez. Mientras, yo me retorcía, saboreando esa gloriosa mezcla de placer extremo y maldad absoluta. Al cabo de unos segundos, cuando pude tomar aliento, exclame:
–No, querida, esta vez no habrá más. Padece por una vez de una manera diferente.
Le quité el bozal y abandoné raudo el cuarto. Incluso una vez cerrada la puerta aún resonaban a mis espaldas sus gritos, implorando una tortura que por mi parte hoy no llegaría. Qué placer el no darle agua al sediento, o al que anhela dolor negarle su calvario privado…
Nota: publicado originalmente en Calle 13.
Accidente II
Cenizas a las cenizas.
Tras el frenazo hubo un golpe brutal en la parte trasera del camión. Al asomar la cabeza confirme mis temores: un coche se había incrustado contra las varas que trasportaba. Empecé a sollozar: por favor, que no haya ocurrido, que no haya ocurrido.
Bajé de la cabina y corrí hasta el auto. En efecto, tal y como me temía, dos de las varas de hierro se habían soltado y atravesaban el habitáculo de lado a lado.
–No lo pude evitar –les grité preso de los nervios–. El jabalí salió de repente al asfalto y, con esta noche tan cerrada, no le vi hasta que estuvo encima. Frené de forma inconsciente. ¿Puedo…?
La pregunta quedó en el aire: en el asiento del conductor sólo estaba la vara, atravesando por completo el respaldo. Nada más. En el puesto del copiloto se debatía una mujer tratando de liberarse de la otra vara, que parecía haberla rozado el pecho enganchándola de la ropa, pero sin más complicaciones. Miré desconcertado el asiento vacío, el de la copiloto y de nuevo al puesto del conductor. Entonces reparé en el polvo que formaba un extraño montoncito: sobre la tapicería, en el suelo, incluso algo en el volante. Muy fino, grisáceo… ceniza.
–¿Qué demonios…?
Todo se redujo a un siseo similar al que provoca un gato histérico, una sombra brumosa saltando desde el asiento del copiloto y dos agujas perforando mi cuello. Luego placer seguido de vacuidad y, al final, negrura
Tras el frenazo hubo un golpe brutal en la parte trasera del camión. Al asomar la cabeza confirme mis temores: un coche se había incrustado contra las varas que trasportaba. Empecé a sollozar: por favor, que no haya ocurrido, que no haya ocurrido.
Bajé de la cabina y corrí hasta el auto. En efecto, tal y como me temía, dos de las varas de hierro se habían soltado y atravesaban el habitáculo de lado a lado.
–No lo pude evitar –les grité preso de los nervios–. El jabalí salió de repente al asfalto y, con esta noche tan cerrada, no le vi hasta que estuvo encima. Frené de forma inconsciente. ¿Puedo…?
La pregunta quedó en el aire: en el asiento del conductor sólo estaba la vara, atravesando por completo el respaldo. Nada más. En el puesto del copiloto se debatía una mujer tratando de liberarse de la otra vara, que parecía haberla rozado el pecho enganchándola de la ropa, pero sin más complicaciones. Miré desconcertado el asiento vacío, el de la copiloto y de nuevo al puesto del conductor. Entonces reparé en el polvo que formaba un extraño montoncito: sobre la tapicería, en el suelo, incluso algo en el volante. Muy fino, grisáceo… ceniza.
–¿Qué demonios…?
Todo se redujo a un siseo similar al que provoca un gato histérico, una sombra brumosa saltando desde el asiento del copiloto y dos agujas perforando mi cuello. Luego placer seguido de vacuidad y, al final, negrura





