Herencia.
Temores materno filiales.
Tras despertar de la anestesia de la cesárea, la mujer miró con terror a su hijo recién nacido. Durante el sueño había tenido una visión: la criatura le había arrebatado un pedazo de alma, y por ello no podría entrar en el Reino de los Cielos. Toda su vida posterior transcurrió atenaza por ese temor, mientras contemplaba los progresos de su hijo, en extremo despierto y vivaz. Cuando al fin sintió la caricia de la muerte gimió, sumida en la desesperación más absoluta. Pero ese terror acabo de forma abrupta, cuando fue lanzada a la más absoluta vacuidad. El niño no le había quitado parte del alma: se la había robado entera.
Tras despertar de la anestesia de la cesárea, la mujer miró con terror a su hijo recién nacido. Durante el sueño había tenido una visión: la criatura le había arrebatado un pedazo de alma, y por ello no podría entrar en el Reino de los Cielos. Toda su vida posterior transcurrió atenaza por ese temor, mientras contemplaba los progresos de su hijo, en extremo despierto y vivaz. Cuando al fin sintió la caricia de la muerte gimió, sumida en la desesperación más absoluta. Pero ese terror acabo de forma abrupta, cuando fue lanzada a la más absoluta vacuidad. El niño no le había quitado parte del alma: se la había robado entera.
Despertar.
Del duermiente.
Todos aguardaban en torno al durmiente. Él, con sus sueños y fantasías, había creado aquel mundo y a cuantos lo habitaban. De la misma manera surgieron de su imaginación las palabras con las que la bruja que habitaba en la montaña de una sola ladera profetizó aquel día: el cónclave, el despertar y la pregunta.
Así, el congreso oscuro se había reunido alrededor del soñador, esperando que terminara su sueño y se les uniera en la vigilia de pesadilla. El grupo estaba formado por un par de miembros de cada raza: allí, en la enorme sala que albergaba el lecho del soñador, había vampiros, trasgos, fantasmas, espectros, orcos, mutantes, todos los monstruos imaginables, todos hijos de la mente del durmiente.
Le conocían desde miles de años atrás. Se trataba de una criatura pequeña y de aspecto delicado, piel blanquecina y ojos bailarines bajo los párpados cerrados. Él les había creado, conformando ese universo de pesadilla en el que vivían, se arrastraban, lloraban, padecían, gemían y sufrían. Les había sumergido en un mundo que odiaban, un país sin fronteras que temían, que detestaban.
Pero, según la profecía, hoy despertaría. Hoy podrían preguntarle el porqué, cuál era la razón, el sentido de su existencia.
El momento llegó. Los ojos del durmiente se abrieron poco a poco, temerosos de la luz. Una mano de piel pálida se alzó protectora, cubriéndolos. El hombre se incorporó con lentitud. Sus movimientos parecían se correspondían, en efecto, con alguien que hubiera dormido durante miles de años. Al cabo de unos instantes de indecisión apartó la mano de sus ojos y miró con atención cuanto le rodeaba: las criaturas de la noche, los terrores infantiles, las fantasías del demente, las miedos del solitario, todos aguardaban en silencio. Ninguno se atrevía a formular la pregunta, acongojados ante la presencia de su creador, de su dios. Los labios del soñador se abrieron, dispuestos a hablar. La tensión se podía palpar en el aire, densa y untosa.
–Pienso, luego existo –dijo el soñador. Ninguno de los presentes comprendía el sentido de esas tres palabras. Sólo sabían que algo dentro del mundo de fantasía se rompía, algo se había clavado en el corazón de todo, un cáncer había sembrado la semilla en la esencia oscura de su realidad.
–Uno y uno son dos.
Un nuevo zarpazo se dejó sentir en el mundo de tinieblas. Por primera vez los terrores del subconsciente, las pesadillas de la mitología, descubrían el autentico significado del temor, de la muerte.
–La energía nunca se destruye, sólo se transforma.
El soñador prosiguió pronunciando principios ineludibles de verdad. Él era la punta de lanza de la ciencia, dispuesta a exorcizar los horrores que durante milenios atemorizaron al Hombre, esclavizándolo a su subconsciente.
–Dios no existe. Y el demonio tampoco: son criaturas de fantasía.
La última palabra resonó en la sala como un insulto, como el restallar de un látigo en la carne abierta: en Fantasía descubrieron el significado de la Nada y del Olvido.
Todos aguardaban en torno al durmiente. Él, con sus sueños y fantasías, había creado aquel mundo y a cuantos lo habitaban. De la misma manera surgieron de su imaginación las palabras con las que la bruja que habitaba en la montaña de una sola ladera profetizó aquel día: el cónclave, el despertar y la pregunta.
Así, el congreso oscuro se había reunido alrededor del soñador, esperando que terminara su sueño y se les uniera en la vigilia de pesadilla. El grupo estaba formado por un par de miembros de cada raza: allí, en la enorme sala que albergaba el lecho del soñador, había vampiros, trasgos, fantasmas, espectros, orcos, mutantes, todos los monstruos imaginables, todos hijos de la mente del durmiente.
Le conocían desde miles de años atrás. Se trataba de una criatura pequeña y de aspecto delicado, piel blanquecina y ojos bailarines bajo los párpados cerrados. Él les había creado, conformando ese universo de pesadilla en el que vivían, se arrastraban, lloraban, padecían, gemían y sufrían. Les había sumergido en un mundo que odiaban, un país sin fronteras que temían, que detestaban.
Pero, según la profecía, hoy despertaría. Hoy podrían preguntarle el porqué, cuál era la razón, el sentido de su existencia.
El momento llegó. Los ojos del durmiente se abrieron poco a poco, temerosos de la luz. Una mano de piel pálida se alzó protectora, cubriéndolos. El hombre se incorporó con lentitud. Sus movimientos parecían se correspondían, en efecto, con alguien que hubiera dormido durante miles de años. Al cabo de unos instantes de indecisión apartó la mano de sus ojos y miró con atención cuanto le rodeaba: las criaturas de la noche, los terrores infantiles, las fantasías del demente, las miedos del solitario, todos aguardaban en silencio. Ninguno se atrevía a formular la pregunta, acongojados ante la presencia de su creador, de su dios. Los labios del soñador se abrieron, dispuestos a hablar. La tensión se podía palpar en el aire, densa y untosa.
–Pienso, luego existo –dijo el soñador. Ninguno de los presentes comprendía el sentido de esas tres palabras. Sólo sabían que algo dentro del mundo de fantasía se rompía, algo se había clavado en el corazón de todo, un cáncer había sembrado la semilla en la esencia oscura de su realidad.
–Uno y uno son dos.
Un nuevo zarpazo se dejó sentir en el mundo de tinieblas. Por primera vez los terrores del subconsciente, las pesadillas de la mitología, descubrían el autentico significado del temor, de la muerte.
–La energía nunca se destruye, sólo se transforma.
El soñador prosiguió pronunciando principios ineludibles de verdad. Él era la punta de lanza de la ciencia, dispuesta a exorcizar los horrores que durante milenios atemorizaron al Hombre, esclavizándolo a su subconsciente.
–Dios no existe. Y el demonio tampoco: son criaturas de fantasía.
La última palabra resonó en la sala como un insulto, como el restallar de un látigo en la carne abierta: en Fantasía descubrieron el significado de la Nada y del Olvido.
Diferente.
El amanecer marca destinos.
Cuando nací mi madre me puso por nombre Livia. Livia, con uve, no Lidia.
A lo largo de los años mi madre me repetía: ‘tú serás alguien grande. Ahora lo especial parece estar sólo en tu nombre, pero con el tiempo harás algo grande, muy grande’. Yo escuchaba su cantinela, en cierta medida me la creí. Cosas de hijas y madres.
Un día algo sucedió: un vampiro me mordió, haciéndome de su estirpe. Cambié de vida, de hábitos, pero seguía siendo Livia. Mi madre me lo había dicho: estaba destinada a hacer algo único, a romper esquemas. Hasta que llegara ese momento debería seguir malviviendo en la noche, huyendo, desangrando perros y vagabundos. Y siempre evitando a los cazadores de vampiros. Una noche me atraparon y, como diversión, me dejaron atada en una azotea esperando que surgiera el sol.
Por primera vez en años vi ese globo ardiente, enorme y abrumador. Y sobreviví. Sus rayos no me afectaban; muy al contrario, me fortalecían. Los cazadores, sorprendidos, intentaron matarme. Pero yo había cambiado: era diferente.
Había llegado mi tiempo. Recordé eso que tantas veces había repetido:
–Me llamo Livia, con uve, como Tito Livio.
Un plan surgió en mi mente: emular al antiguo general romano y arrasar Jerusalén, exiliar a los judíos. Solo que ‘mis judíos’ eran los vivos, y ‘mi Jerusalén’ todo el mundo.
Cuando nací mi madre me puso por nombre Livia. Livia, con uve, no Lidia.
A lo largo de los años mi madre me repetía: ‘tú serás alguien grande. Ahora lo especial parece estar sólo en tu nombre, pero con el tiempo harás algo grande, muy grande’. Yo escuchaba su cantinela, en cierta medida me la creí. Cosas de hijas y madres.
Un día algo sucedió: un vampiro me mordió, haciéndome de su estirpe. Cambié de vida, de hábitos, pero seguía siendo Livia. Mi madre me lo había dicho: estaba destinada a hacer algo único, a romper esquemas. Hasta que llegara ese momento debería seguir malviviendo en la noche, huyendo, desangrando perros y vagabundos. Y siempre evitando a los cazadores de vampiros. Una noche me atraparon y, como diversión, me dejaron atada en una azotea esperando que surgiera el sol.
Por primera vez en años vi ese globo ardiente, enorme y abrumador. Y sobreviví. Sus rayos no me afectaban; muy al contrario, me fortalecían. Los cazadores, sorprendidos, intentaron matarme. Pero yo había cambiado: era diferente.
Había llegado mi tiempo. Recordé eso que tantas veces había repetido:
–Me llamo Livia, con uve, como Tito Livio.
Un plan surgió en mi mente: emular al antiguo general romano y arrasar Jerusalén, exiliar a los judíos. Solo que ‘mis judíos’ eran los vivos, y ‘mi Jerusalén’ todo el mundo.
Salto a través de ventana.
Hermanos.
No lo soportaba más, mi vida se había convertido en un infierno, así que un día me armé de valor y salté.
La caída se me hizo eterna, quizá a causa del terror que me poseyó, quizá debido a una reacción animal del cerebro al darse cuenta del irremisible final. El aire golpeaba mi cara haciéndome llorar. Extrañas formas y colores danzaron ante mis ojos, convirtiendo la visión en algo cercano a una pesadilla. Por fortuna, al cabo de un diminuto eón todo eso acabó.
Entonces llegó el dolor. Se supone que el choque contra el asfalto desde una altura de diez pisos, aterrizando casi de cabeza, implica una muerte instantánea. Mentira. No existe mayor tortura que sentir cómo todos tus huesos se pulverizan, mientras tus nervios gritan poseídos por una agonía para la que no hay palabras. El tiempo se expande, solazándose en el sufrimiento. La sangre escapa de sus senderos de carne, tratando de huir de ese horror, pero en su ciega evasión no hace otra cosa que provocar aún más dolor.
Pero sabía que esto acabaría: el dolor de la muerte es algo de carácter efímero.
En efecto, tras una eternidad el suplicio concluyó y yo me encontré en una enorme caverna. Su techo se sostenía sobre columnas de roja negra, y estaba iluminada por los fuegos de miles de torrentes de lava. Gritos de dolor hendían el aire cargado de la pestilencia del azufre. El infierno existía.
–No vale.
La voz surgió ante mí. De repente los vi: cinco criaturas (sólo podía llamarlas así, dado su desmesurado grado de deformidad) sentadas ante una mesa de refulgente rojo. Cada una de ellas sostenía un letrero en el que se veía un número. Tres, dos, tres, cuatro, uno.
–Suspenso –dijo la misma voz. Se trataba del ser situado en el centro–. Deberá repetir, a ver si ahora lo hace mejor. Ala, arriba de nuevo y aplíquese.
Sin saber cómo en un abrir y cerrar de ojos me encontré de nuevo vivo, ante la ventana. Iba a saltar, lo sabía; iba revivir el dolor, ese dolor inaudito, indescriptible, insoportable. Me abalancé contra la ventana y dejé atrás la seguridad del suelo. El suplicio volvió a empezar, intensificado por el horror que suponía el saber qué iba a ocurrir.
Debía hacerlo bien, superarme, y así pasar el examen. Agité los brazos, gemí, me retorcí. Entonces, en medio de ese calvario, surgió la duda: ¿qué era para ellos ‘hacerlo bien’, ‘aplicarse’?
No lo soportaba más, mi vida se había convertido en un infierno, así que un día me armé de valor y salté.
La caída se me hizo eterna, quizá a causa del terror que me poseyó, quizá debido a una reacción animal del cerebro al darse cuenta del irremisible final. El aire golpeaba mi cara haciéndome llorar. Extrañas formas y colores danzaron ante mis ojos, convirtiendo la visión en algo cercano a una pesadilla. Por fortuna, al cabo de un diminuto eón todo eso acabó.
Entonces llegó el dolor. Se supone que el choque contra el asfalto desde una altura de diez pisos, aterrizando casi de cabeza, implica una muerte instantánea. Mentira. No existe mayor tortura que sentir cómo todos tus huesos se pulverizan, mientras tus nervios gritan poseídos por una agonía para la que no hay palabras. El tiempo se expande, solazándose en el sufrimiento. La sangre escapa de sus senderos de carne, tratando de huir de ese horror, pero en su ciega evasión no hace otra cosa que provocar aún más dolor.
Pero sabía que esto acabaría: el dolor de la muerte es algo de carácter efímero.
En efecto, tras una eternidad el suplicio concluyó y yo me encontré en una enorme caverna. Su techo se sostenía sobre columnas de roja negra, y estaba iluminada por los fuegos de miles de torrentes de lava. Gritos de dolor hendían el aire cargado de la pestilencia del azufre. El infierno existía.
–No vale.
La voz surgió ante mí. De repente los vi: cinco criaturas (sólo podía llamarlas así, dado su desmesurado grado de deformidad) sentadas ante una mesa de refulgente rojo. Cada una de ellas sostenía un letrero en el que se veía un número. Tres, dos, tres, cuatro, uno.
–Suspenso –dijo la misma voz. Se trataba del ser situado en el centro–. Deberá repetir, a ver si ahora lo hace mejor. Ala, arriba de nuevo y aplíquese.
Sin saber cómo en un abrir y cerrar de ojos me encontré de nuevo vivo, ante la ventana. Iba a saltar, lo sabía; iba revivir el dolor, ese dolor inaudito, indescriptible, insoportable. Me abalancé contra la ventana y dejé atrás la seguridad del suelo. El suplicio volvió a empezar, intensificado por el horror que suponía el saber qué iba a ocurrir.
Debía hacerlo bien, superarme, y así pasar el examen. Agité los brazos, gemí, me retorcí. Entonces, en medio de ese calvario, surgió la duda: ¿qué era para ellos ‘hacerlo bien’, ‘aplicarse’?





