<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[Eterno]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[Microrrelatos destinados a perdurar, a no ser Efimeros.]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[Cerrado...]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200412]]></issued><modified><![CDATA[200412]]></modified><created><![CDATA[200412]]></created><summary><![CDATA[Cerrado...]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Cerrado...]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_62.htm"><![CDATA[Hola a todos.<br/><br/>Por asuntos personales me siento obligado a cerrar (en principio de manera temporal) esto del blog Eterno. Me hubiera gustado que de verdad fuera eso, eterno, pero la vida es así y ahora me veo forzado a dejarlo. Lamento mucho la tardanza dar la noticia, pero al fin he de admitir que no puedo seguir.<br/><br/>Lo siento.<br/><br/>Espero que hayais disfrutado de estos momentos que os di en colaboración con mi amigo Santiago Eximeno. Ojala volvamos a encontrarnos en este mismo sitio, a poder ser en breve... pero no por ahora.<br/><br/>Un saludo a todos,<br/><br/>Francisco Ruiz, <i>aka</i> Txisko,.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Herencia.]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200411]]></issued><modified><![CDATA[200411]]></modified><created><![CDATA[200411]]></created><summary><![CDATA[Herencia.]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Herencia.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_61.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_60.htm">Temores materno filiales.</a><br/><br/>Tras despertar de la anestesia de la cesárea, la mujer miró con terror a su hijo recién nacido. Durante el sueño había tenido una visión: la criatura le había arrebatado un pedazo de alma, y por ello no podría entrar en el Reino de los Cielos. Toda su vida posterior transcurrió atenaza por ese temor, mientras contemplaba los progresos de su hijo, en extremo despierto y vivaz. Cuando al fin sintió la caricia de la muerte gimió, sumida en la desesperación más absoluta. Pero ese terror acabo de forma abrupta, cuando fue lanzada a la más absoluta vacuidad. El niño no le había quitado parte del alma: se la había robado entera.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Despertar.]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200411]]></issued><modified><![CDATA[200411]]></modified><created><![CDATA[200411]]></created><summary><![CDATA[Despertar.]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Despertar.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_60.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_59.htm">Del duermiente.</a><br/><br/>Todos aguardaban en torno al durmiente. Él, con sus sueños y fantasías, había creado aquel mundo y a cuantos lo habitaban. De la misma manera surgieron de su imaginación las palabras con las que la bruja que habitaba en la montaña de una sola ladera profetizó aquel día: el cónclave, el despertar y la pregunta.<br/>Así, el congreso oscuro se había reunido alrededor del soñador, esperando que terminara su sueño y se les uniera en la vigilia de pesadilla. El grupo estaba formado por un par de miembros de cada raza: allí, en la enorme sala que albergaba el lecho del soñador, había vampiros, trasgos, fantasmas, espectros, orcos, mutantes, todos los monstruos imaginables, todos hijos de la mente del durmiente.<br/>Le conocían desde miles de años atrás. Se trataba de una criatura pequeña y de aspecto delicado, piel blanquecina y ojos bailarines bajo los párpados cerrados. Él les había creado, conformando ese universo de pesadilla en el que vivían, se arrastraban, lloraban, padecían, gemían y sufrían. Les había sumergido en un mundo que odiaban, un país sin fronteras que temían, que detestaban.<br/>Pero, según la profecía, hoy despertaría. Hoy podrían preguntarle el porqué, cuál era la razón, el sentido de su existencia.<br/>El momento llegó. Los ojos del durmiente se abrieron poco a poco, temerosos de la luz. Una mano de piel pálida se alzó protectora, cubriéndolos. El hombre se incorporó con lentitud. Sus movimientos parecían se correspondían, en efecto, con alguien que hubiera dormido durante miles de años. Al cabo de unos instantes de indecisión apartó la mano de sus ojos y miró con atención cuanto le rodeaba: las criaturas de la noche, los terrores infantiles, las fantasías del demente, las miedos del solitario, todos aguardaban en silencio. Ninguno se atrevía a formular la pregunta, acongojados ante la presencia de su creador, de su dios. Los labios del soñador se abrieron, dispuestos a hablar. La tensión se podía palpar en el aire, densa y untosa.<br/>–Pienso, luego existo –dijo el soñador. Ninguno de los presentes comprendía el sentido de esas tres palabras. Sólo sabían que algo dentro del mundo de fantasía se rompía, algo se había clavado en el corazón de todo, un cáncer había sembrado la semilla en la esencia oscura de su realidad.<br/>–Uno y uno son dos.<br/>Un nuevo zarpazo se dejó sentir en el mundo de tinieblas. Por primera vez los terrores del subconsciente, las pesadillas de la mitología, descubrían el autentico significado del temor, de la muerte.<br/>–La energía nunca se destruye, sólo se transforma.<br/>El soñador prosiguió pronunciando principios ineludibles de verdad. Él era la punta de lanza de la ciencia, dispuesta a exorcizar los horrores que durante milenios atemorizaron al Hombre, esclavizándolo a su subconsciente.<br/>–Dios no existe. Y el demonio tampoco: son criaturas de fantasía.<br/>La última palabra resonó en la sala como un insulto, como el restallar de un látigo en la carne abierta: en Fantasía descubrieron el significado de la Nada y del Olvido.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Diferente.]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200411]]></issued><modified><![CDATA[200411]]></modified><created><![CDATA[200411]]></created><summary><![CDATA[Diferente.]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Diferente.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_59.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_58.htm">El amanecer marca destinos.</a><br/><br/>Cuando nací mi madre me puso por nombre Livia. Livia, con uve, no Lidia.<br/>A lo largo de los años mi madre me repetía: ‘tú serás alguien grande. Ahora lo especial parece estar sólo en tu nombre, pero con el tiempo harás algo grande, muy grande’. Yo escuchaba su cantinela, en cierta medida me la creí. Cosas de hijas y madres.<br/>Un día algo sucedió: un vampiro me mordió, haciéndome de su estirpe. Cambié de vida, de hábitos, pero seguía siendo Livia. Mi madre me lo había dicho: estaba destinada a hacer algo único, a romper esquemas. Hasta que llegara ese momento debería seguir malviviendo en la noche, huyendo, desangrando perros y vagabundos. Y siempre evitando a los cazadores de vampiros. Una noche me atraparon y, como diversión, me dejaron atada en una azotea esperando que surgiera el sol.<br/>Por primera vez en años vi ese globo ardiente, enorme y abrumador. Y sobreviví. Sus rayos no me afectaban; muy al contrario, me fortalecían. Los cazadores, sorprendidos, intentaron matarme. Pero yo había cambiado: era diferente.<br/>Había llegado mi tiempo. Recordé eso que tantas veces había repetido:<br/>–Me llamo Livia, con uve, como Tito Livio.<br/>Un plan surgió en mi mente: emular al antiguo general romano y arrasar Jerusalén, exiliar a los judíos. Solo que ‘mis judíos’ eran los vivos, y ‘mi Jerusalén’ todo el mundo.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Salto a través de ventana.]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200411]]></issued><modified><![CDATA[200411]]></modified><created><![CDATA[200411]]></created><summary><![CDATA[Salto a través de ventana.]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Salto a través de ventana.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_58.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_57.htm">Hermanos.</a><br/><br/>No lo soportaba más, mi vida se había convertido en un infierno, así que un día me armé de valor y salté.<br/>La caída se me hizo eterna, quizá a causa del terror que me poseyó, quizá debido a una reacción animal del cerebro al darse cuenta del irremisible final. El aire golpeaba mi cara haciéndome llorar. Extrañas formas y colores danzaron ante mis ojos, convirtiendo la visión en algo cercano a una pesadilla. Por fortuna, al cabo de un diminuto eón todo eso acabó.<br/>Entonces llegó el dolor. Se supone que el choque contra el asfalto desde una altura de diez pisos, aterrizando casi de cabeza, implica una muerte instantánea. Mentira. No existe mayor tortura que sentir cómo todos tus huesos se pulverizan, mientras tus nervios gritan poseídos por una agonía para la que no hay palabras. El tiempo se expande, solazándose en el sufrimiento. La sangre escapa de sus senderos de carne, tratando de huir de ese horror, pero en su ciega evasión no hace otra cosa que provocar aún más dolor.<br/>Pero sabía que esto acabaría: el dolor de la muerte es algo de carácter efímero.<br/>En efecto, tras una eternidad el suplicio concluyó y yo me encontré en una enorme caverna. Su techo se sostenía sobre columnas de roja negra, y estaba iluminada por los fuegos de miles de torrentes de lava. Gritos de dolor hendían el aire cargado de la pestilencia del azufre. El infierno existía.<br/>–No vale.<br/>La voz surgió ante mí. De repente los vi: cinco criaturas (sólo podía llamarlas así, dado su desmesurado grado de deformidad) sentadas ante una mesa de refulgente rojo. Cada una de ellas sostenía un letrero en el que se veía un número. Tres, dos, tres, cuatro, uno.<br/>–Suspenso –dijo la misma voz. Se trataba del ser situado en el centro–. Deberá repetir, a ver si ahora lo hace mejor. Ala, arriba de nuevo y aplíquese.<br/>Sin saber cómo en un abrir y cerrar de ojos me encontré de nuevo vivo, ante la ventana. Iba a saltar, lo sabía; iba revivir el dolor, ese dolor inaudito, indescriptible, insoportable. Me abalancé contra la ventana y dejé atrás la seguridad del suelo. El suplicio volvió a empezar, intensificado por el horror que suponía el saber qué iba a ocurrir.<br/>Debía hacerlo bien, superarme, y así pasar el examen. Agité los brazos, gemí, me retorcí. Entonces, en medio de ese calvario, surgió la duda: ¿qué era para ellos ‘hacerlo bien’, ‘aplicarse’?]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Competición.]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200410]]></issued><modified><![CDATA[200410]]></modified><created><![CDATA[200410]]></created><summary><![CDATA[Competición.]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Competición.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_57.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_56.htm">Hermanos.</a><br/><br/>Yo siempre consideré que el hecho de ser gemelos nos unía más que nos separaba, pero para ti todo se reducía a una competición: necesitabas destacar, ser el mejor, único y diferente. En todo intentabas ganarme, luchabas incluso por lo más ridículo. Casi desde la cuna, durante años te vi pelear por alcanzar esa diferenciación.<br/>Pero perdías, siempre perdías. Quizá se debiera a que yo me lo tomaba con calma, sin presiones, pero siempre acababa sobre ti.<br/>Eso te destrozaba.<br/>Apesadumbrado vi cómo, años tras año, te sumergías en ese pozo del que jamás saliste. La envidia llevó rencor y éste, al final (me duele admitirlo), al odio. Hermano, me odiabas. Y todo porque, sin pretenderlo, yo ganaba.<br/>Empezaste a tratar de hacerme daño, por el simple hecho de verme sufrir. Y lo lograste, sí, pero en el fondo sabías que cuando me hacías daño te lo hacías a ti. Al fin y al cabo la relación entre gemelos va más allá del mero parecido. Perdías, en el fondo volvías a perder.<br/>Hoy has realizado ese último acto de venganza, de odio. De has suicidado: ya no somos esa pareja de iguales, me has dejado sólo. ¿De verdad creías que ibas a conseguir ganarme en esto también, el primero en llegar a esa región inexplorada? No, no podía permitirlo: llegado a este punto me he dado cuenta de que esa competición me da energías para seguir adelante. Tú me has hecho así de fuerte, tu afán de competición me ha convertido en lo que soy.<br/>Supongo que ahora comprenderás que me esforzara en revivirte. Estudié el vudú y lo logré, hermano: aquí estas de nuevo.<br/>Yo gano de nuevo, y tu pierdes. ¿Cuál es tu siguiente movimiento?]]></content></entry><entry><title><![CDATA[La caída de la hoja.]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200410]]></issued><modified><![CDATA[200410]]></modified><created><![CDATA[200410]]></created><summary><![CDATA[La caída de la hoja.]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[La caída de la hoja.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_56.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_55.htm">Caídas.</a><br/><br/>Siempre me ha gustado el otoño: su melancolía, su tristeza, su mezcla de tonos ocres… algo en él se me clava en el alma. En otoño paseo, disfrutando de los parques solitarios en los que los amantes ya no retozan en su pasión veraniega. Mis pies pisan por senderos alfombrados de las hijas de los árboles, cadáveres defenestrados de balcones de madera quebradiza.<br/>&#9;En otoño te conocí. Y al cruzarse nuestros caminos me encontré inmerso en una primavera perenne… hasta que te fuiste.<br/>&#9;Ahora mi otoño ha regresado, más melancólico que nunca, más triste que nunca, tiñendo con sus tonos ocres el sucio óleo de mi vida. Ya no paseo por parques solitarios sino que busco la aglomeración opresiva de la masa, el ruidoso viento de la multitud.<br/>&#9;Y espero la caída de la hoja.<br/>El tiempo pasa: los días caen mustios, uno tras otro, en un devenir carente de sentido. Ocres, marrones; secos, estériles.<br/>&#9;Aquí está, ya ha ocurrido: el viento al fin ha roto el pedúnculo y la hoja cae. El vacío se abre, el suelo se acerca, y con ello el destino final, el golpe que convertirá al alma etérea de la hoja en una inmundicia más, una anónima refugiada del suelo.<br/>&#9;La caída: lenta, inmersa en luz amarillenta, observada por centenares de ojos (atónitos, morbosos, acusadores, sensibles, ciegos, duros, asustados). Los faros crecen, sumergiendo mi cuerpo mustio en su luz de topo mecánico. No escucho los gritos, ni el crujido de las ruedas del metro al despedazarme. Las hojas muertas, caídas, sólo escuchan la canción triste del otoño, mi amado otoño.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[H I]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200410]]></issued><modified><![CDATA[200410]]></modified><created><![CDATA[200410]]></created><summary><![CDATA[H I]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[H I]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_55.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_54.htm">Tiempo sin fin.</a><br/><br/>Otoño eterno,<br/>Amarga vida sin fin:<br/>Pobre inmortal.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Tormento]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200410]]></issued><modified><![CDATA[200410]]></modified><created><![CDATA[200410]]></created><summary><![CDATA[Tormento]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Tormento]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_54.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_53.htm">Los placeres de la carne... ajena.</a><br/><br/>Allí yacía, tendida sobre la camilla, amordazada y atada con tensas ligaduras de cuero, temblando de pies a cabeza. Sus ojos relampagueaban, desesperados, mientras con las manos trataba de detener el tormento, mas los correajes se lo impedían. Me aparté un poco de la camilla para poder observar su figura desnuda, en la que poco a poco el sudor hacía acto de presencia. Sí, lo estaba logrando: gracias a ella me acercaba a mi meta de obtener una auténtica obra maestra del suplicio, una nueva vuelta de tuerca al sadismo, una cima de la lascivia y la maldad.<br/><br/>Desvié la mirada de sus pechos, turgentes y de pezones erectos, a su rostro. Compungidos y llorosos, los témpanos de sus ojos imploraban un fin para la tortura. Sus ojos, oscuros y de grandes pupilas marrones en las que vetas de verdor refulgían como fuegos estáticos; en ellos paseaba el horror como un temible señor.<br/><br/>Rodeé la camilla hasta situarme justo tras su cabeza, fuera de su vista. Gimió desesperada, incapaz de hablar: el bozal se lo impedía. Cabeceó buscándome con la mirada. Dejé que lo hiciera durante unos largos segundos, consciente de que allí donde estaba no podría localizarme. Sonreí ante su desesperación. Su sufrimiento me satisfacía más que ninguna otra vez. La había tomado por sorpresa y su desconcierto, añadido a la agonía que la falta de control sobre la situación, me excitaba como nunca antes.<br/><br/>De manera casi física noté como algo se desgarraba dentro de ella: la tensión la estaba venciendo. El llanto, que hasta entonces había reprimido con éxito, al fin surgió de sus ojos. Me acerqué de nuevo para que pudiera verme:<br/><br/>–No me he ido, no. Estoy aquí, contigo –la susurré al oído.<br/><br/>Como respuesta, ella profirió un gemido asfixiado. Sonreí de nuevo, y mi sonrisa hizo que sus ojos se desorbitaran. Yo gozaba, ella no, y eso me hacía disfrutar aun más. Mi rostro casi resplandecía de satisfacción. Su llanto intensificó. Yo disfrutaba como jamás antes. Decidí apretar aun más las clavijas: acerqué con lentitud mi mano hacia sus nalgas. Entre mis dedos, ansioso, brillaba el filo del estilete. Atisbé su mirada, alocada. Sonreí una vez más. Alargué la tortura ralentizado el movimiento: los músculos de sus piernas se contraían nerviosos, haciendo danzar las cicatrices que recorrían su piel. Las cintas de cuero le impedían retorcerse. El filo se aproximó más a su piel. El sudor ya la cubría por completo, deslizándose en finos hilos hacia la superficie de la camilla. La hoja no estaba a más de un centímetro de su piel cuando… la retiré.<br/><br/>Mi sonrisa se tornó carcajada; su gemido llanto. Los temblores de ella dieron paso a convulsiones de avidez. Mientras, yo me retorcía, saboreando esa gloriosa mezcla de placer extremo y maldad absoluta. Al cabo de unos segundos, cuando pude tomar aliento, exclame:<br/><br/>–No, querida, esta vez no habrá más. Padece por una vez de una manera diferente.<br/><br/>Le quité el bozal y abandoné raudo el cuarto. Incluso una vez cerrada la puerta aún resonaban a mis espaldas sus gritos, implorando una tortura que por mi parte hoy no llegaría. Qué placer el no darle agua al sediento, o al que anhela dolor negarle su calvario privado…<br/><br/><b>Nota</b>: publicado originalmente en <a target="_blank" href="http://www.calle13.com/sado/elrevientabolis.htm">Calle 13</a>.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Accidente II]]></title><link rel="Eterno" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/eterno/atom.xml" title="Eterno"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200410]]></issued><modified><![CDATA[200410]]></modified><created><![CDATA[200410]]></created><summary><![CDATA[Accidente II]]></summary><author><name><![CDATA[Francisco Ruiz]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Accidente II]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/eterno/c_53.htm"><![CDATA[<a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/efimero/c_52.htm">Cenizas a las cenizas.</a><br/><br/>Tras el frenazo hubo un golpe brutal en la parte trasera del camión. Al asomar la cabeza confirme mis temores: un coche se había incrustado contra las varas que trasportaba. Empecé a sollozar: por favor, que no haya ocurrido, que no haya ocurrido.<br/>Bajé de la cabina y corrí hasta el auto. En efecto, tal y como me temía, dos de las varas de hierro se habían soltado y atravesaban el habitáculo de lado a lado.<br/>–No lo pude evitar –les grité preso de los nervios–. El jabalí salió de repente al asfalto y, con esta noche tan cerrada, no le vi hasta que estuvo encima. Frené de forma inconsciente. ¿Puedo…?<br/>La pregunta quedó en el aire: en el asiento del conductor sólo estaba la vara, atravesando por completo el respaldo. Nada más. En el puesto del copiloto se debatía una mujer tratando de liberarse de la otra vara, que parecía haberla rozado el pecho enganchándola de la ropa, pero sin más complicaciones. Miré desconcertado el asiento vacío, el de la copiloto y de nuevo al puesto del conductor. Entonces reparé en el polvo que formaba un extraño montoncito: sobre la tapicería, en el suelo, incluso algo en el volante. Muy fino, grisáceo… ceniza.<br/>–¿Qué demonios…?<br/>Todo se redujo a un siseo similar al que provoca un gato histérico, una sombra brumosa saltando desde el asiento del copiloto y dos agujas perforando mi cuello. Luego placer seguido de vacuidad y, al final, negrura]]></content></entry></feed>
