PULSERITAS DE MODA
Bien para contestar lo de Leo el por que se algunas leyendas es que hace un par de años en la prepa uno de mis maestros de literatura nos dejo investigar las leyendas de Morelia y después hacerlas a mano, aunque hay una página donde estan y un libro, pues es algo que me gusta compartiles d emi ciudad, pues tiene algo de historia ya les platicare de Pátzcuaro, donde Tata Vasco un misionero español enseño a la gente de aquí a hacer muchos trabajos, como las guitarras de Paracho o el cobre de Santa Clara del Cobre, pero eso es para otro post =).
Bien todos nos hemos dado cuenta de las nuevas pulceritas que hay con diferentes causas, pero bien las empezó Lance Armstrong con las pulceritas livestrong, le siguieron múltiples con diferentes propositos muchas no son própositos altruistas, otras como adidas son por puro negocio y mercadotecnia, otras como avon y casas hogar, o casas de niño con cáncer hacen una labor diferente vendiendo esas pulceras, yo ciertamente batalle para encontrar la pulsera livestrong pues la vendían aqui en 10 veces mas cara que lo que cuesta, lo cual me molestaba en como comerciaban con algo altruista pero en fin, esas pulceritas que son de moda y se pierde el valor de la verdadera intención, pero siempre en esta vida habrá quien trate de comerciar con todo lo posible y que este a su alcanze y quizá me equivoque, yo al menos trato de comprar las que tienen causa.
EL PRIMER OFICIO DE DIFUNTOS
ERA FRAY VICENTE un novicio de treinta años, entre blanco y moreno. Con unas narices de alcatraz pegadas a una cara rechoncha e inmóvil en donde brillaban, bajo un dosel de grandes, arqueadas, espesas y juntas cejas dos ojillos negros y brillantes guarnecidos de pestañas tan crespas como las cejas. Los pabellones de sus oídos sobrepujaban toda ponderación por lo grandes y enhiestos. El cerquillo coronaba un casco menos moreno que el resto del color y tan crespo como las cejas y las pestañas. Bajo aquella nariz de anchos y flotantes poros se abría una boca roja como la granada y tan grande que poco faltaba para llegar a los oídos. Los dientes, anchos, grandes y blancos servían de biombo a la boca. Bajo de cuerpo, grueso de carnes, largo de manos y pies era en lo físico la peor figura humana que, sin embargo, ha contenido a pesar de los frenólogos el alma más bella y más grande que darse pueda. Inteligencia despejada y profunda. Palabra fácil, pausada y elocuente. Voz sonora y entonada. Erudición basta y sólida. Caridad inagotable para con los pobres. Obediente hasta el sacrificio. Silencioso y prudente, con otras mil virtudes así intelectuales como morales de nada fácil enumeración y elogio.
Antes de ser religioso fue abogado y tuvo intención de casarse con doña Nieves de Arriaga condesa de Casas Blancas, hija única del señor don Juan José Arriaga, primer conde de Casas Blancas que obtuvo el título de su majestad don Carlos III por haber enviado una cuantiosa donación para las víctimas de un incendio colosal en un pueblo de Castilla la Nueva de donde era él originario. Por la llegada y solemnización del título en la muy noble y leal ciudad de Pátzcuaro, se suspendió la boda que ya casi estaba arreglada. El era simple abogado y se llamaba don Vicente Pérez a secas, hijo de un rebocero y tejedor de Zamora. Su patrimonio era su título de abogado y su riqueza su gran talento y sus virtudes.
Nieves era un prodigio de belleza. Blanca y sonrosada como la nieve herida por la luz difusa de un crepúsculo de primavera. Su pupila castaña cercada de pestañas largas y crespas parecía flotar en un mar de luz apacible y serena. Su rostro ovalado lucía una nariz recta, una boca pequeña y purpurina y una barba hundida por un hoyuelo. La mata de sus cabellos robusta y lozana se abría en dos trenzas gruesas y brillantes que descendían cruzadas en columpios por su espalda. Su cuello alto y redondo. Su busto firme y escultórico sosteniendo con donaire y majestad su cabeza. Los brazos hechos a torno. Sus manos pequeñas de dedos redondos y puntiagudos. Los pies pequeños como las manos, arqueados y garbosos. El talle delgado y cimbrador. La estatura regular más bien alta que baja. La fisonomía noble, bondadosa e inteligente daba a todo aquel conjunto de primores un aire de grandeza que muy bien podía ostentar en su frente aquella corona que don Carlos acababa de conferir a su padre, y que ya había ostentado en el sarao reproducida en diamantes, esmeraldas y rubíes.
Así como la fealdad del licenciado Pérez no había sido parte para que Nieves no le quisiera tan acendradamente, así el título de su padre y de ella propia no había impedido para que le siguiera queriendo igual que antes; mas la pálida muerte dispuso otra cosa tronchando cruelmente aquel lirio recién abierto. Una enfermedad violenta contraida en el ejercicio de la caridad a que eran tan aficionadas las antiguas damas le cortó el hilo de la vida, despachando al cielo a aquella flor temprana, y dejando al licenciado Pérez en la desolación más profunda.
Esta aparente desgracia le condujo de la mano al convento del Carmen de Valladolid a tomar el hábito de la orden, que había merecido después de un largo y perfecto noviciado. Estaba a punto de profesar, y para ello procuraba fray Vicente prepararse lo mejor posible a fuerza de oración y penitencia. Con permiso del maestro de novicios noche a noche entre diez y once hacía una larga y sentida oración en la tribuna del antecoro en presencia del Santísimo, después que los demás novicios y comunidad de padres graves se habían recluido en sus celdas a tomar el necesario descanso.
El Carmen es un hermosísimo templo románico coronado de cúpulas cubiertas de azulejos y de escudos de la orden. Una palma que no torre, es el campanario. En derredor hay una arboleda de cedros, fresnos, eucaliptos y cipreses que le sirven de misterioso vestíbulo, en especial de noche a la luz de la luna. En el interior como todas las iglesias del Carmen hay una capilla frente a la sacristía que sirve de sagrario, y en lo alto una tribuna volada con celosía de madera calada y labrada al estilo morisco, que comunica con el antecoro por una angosta puerta. Desde esta tribuna o balcón se mira el altar mayor y el sagrario y pueden presenciarse desde ahí los oficios divinos. Este sitio fue el teatro de esta fantástica leyenda.
Una noche víspera de la gran fiesta de la Virgen del Carmen, después de los solemnes maitines. fray Vicente se había ido a la tribuna como era de costumbre a hacer su hora santa para prepararse a la profesión que iba a tener lugar al día siguiente por la tarde antes de la procesión del Corpus. El templo estaba cerrado ya, y se envolvía en un manto de tinieblas. De cuando en cuando se asomaba por las vitrinas de colores un relámpago intenso, que pálida y confusamente iluminaba el sagrado recinto. El ruido del trueno que hacía vibrar los cristales se alejaba de eco en eco por el espacio. Un aguacero torrencial producía ese estruendo especial de gotas que caen, de canales que chorrean, de viento que azota, de árboles que se mueven, de agua que corre en cascadas. Aún se notaba ese olor embriagante de ceras apagadas, de flores marchitas y de incienso que se respira en el templo después de las ceremonias solemnes. La única luz que interrumpía la completa oscuridad era la luz rojiza de la lámpara de cristal de roca que ardía en el sagrario delante del Santísimo, como esas estrellas que fulguran en el horizonte en las noches nubladas.
Estaba el buen novicio arrobado en sus meditaciones, cuando oyó cerca de sí un ruido como aleteo de golondrinas en los cristales de una ventana, como pasos callados y silenciosos, como fru fru de ropajes de seda que se aproximan, como murmullo de rezos de rezos apagados. Una lucha interna se despertó en su mente. Quería volver el rostro para ver lo que podía ser aquello tan extraordinario en horas en que nadie más andaba por ahí sino él. Quería no hacer caso y continuar su oración interrumpida, a pesar de sentir muy cerca de sí el calor de una persona que se ha aproximado bastante.
Un calosfrío intenso comenzó a sacudir sus nervios, como si estuviese en contacto con algo sobrenatural; mas su fuerza de espíritu triunfo de aquella que él calificó de alucinación y continuó hasta la madrugada su oración.
La confusa luz matinal comenzó a dibujar todos los objetos del templo, los altares, las imágenes, las colgaduras de terciopelo franjadas de galones de oro, las arañas de cristal de roca. La campana mayor repetía uno a uno los toques del alba que daban en la catedral, desatándose enseguida un alegre clamoreo de esquilas y campanas por la fiesta del Carmen. Cohetes voladores atronaban en el espacio, en armonía con las notas más o menos destempladas de las murgas que recorrían las calles circunvecinas, alegrando el barrio. Por fin estalló el día espléndido, bullicioso bañado en las tempestuosas aguas de la noche. El templo abrió sus blasonadas puertas y los devotos y cofrades del Carmen comenzaron a penetrar en el santuario, fray Vicente se entregó contento y feliz a desempeñar sus ocupaciones de aquel día, mientras llegaba el momento tan ardientemente deseado de consagrarse por completo al Señor.
Eran las tres de la tarde. Las campanas de la iglesia llamaban a la solemne profesión religiosa que acostumbraba hacerse cada año en día como aquel antes del corpus. Los fieles llenaban de bote en bote el recinto sagrado. Todos los cirios ardían. La luz dorada del Sol que caía penetraba a torrentes por la puerta mayor abierta de par en par. La bella escultura de la virgen del Carmen radiando de joyas y bordados sonreía a su niño en lo más alto del altar entre frescas y fragantes rosas. Llega el momento solemne. Los religiosos vestidos de café y blanco van saliendo de dos en dos de la sacristía, y colocándose a uno y otro lado del altar. Luego el obispo revestido de sus ornamentos pontificales vino a sentarse con verdadera majestad imperial en el sitial de grana que se le había preparado a esperar al novicio que iba a depositar en sus manos los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia para siempre. En seguida el prior de convento llevando de la mano al novicio le presentó al obispo quien le hizo una larga exhortación que conmovió hasta las lágrimas a todos los circunstantes, pronunciando después fray Vicente sus solemnes votos. Un repique a vuelo anunció regocijado aquella profesión religiosa y el órgano, como sonora tromba, como estruendo de catarata lanzó por sus tubos voces de contento, que repercutían en las bóvedas.
El Sol se había hundido ya tras las montañas azules del ocaso. Los últimos ecos de la solemne procesión del corpus se perdían en las calles que había recorrido. El humo de los cirios apagados subía en espirales arremolinándose en las bóvedas. El aroma del incienso trascendía como brisas de Arabia. El zumbar de las fiestas populares invadía la atmósfera silenciosa del convento. Las religiosas desde sus altas ventanas del convento por la fachada de oriente regocijadas contemplaban el mar de gente que bullía en la plazuela, la infinidad de puestos de frutas, nieves, enchiladas y fiambres, los fuegos artificiales y la iluminación de mecheros de manteca y hachones de ocote.
Pasó la fiesta del Carmen con todos sus encantos con el último cohete de luces de colores que cruzó el húmedo espacio. El silencio tornó a envolver las cercanías del templo, como en una pesada capa de plomo. La comunidad se recogió en sus celdas. Sólo el nuevo religioso, conmovido por los sucesos de aquel día para el de emociones profundas en que dio el último adiós al mundo, se encaminó como de costumbre a la tribuna del templo, a dar a Dios gracias en la soledad y el silencio por los beneficios recibidos. Estaba fray Vicente en lo mas hondo de su oración, cuando, como en la noche anterior, volvió a sentir que alguien venía en puntillas y se acercaba a él, sin embargo de que para mayor precaución y por consejo del maestro de novicios, había cerrado por dentro con aldaba la puerta que comunicaba el antecoro con el balcón o tribuna. Esto si que le causó un pavor profundo y tuvo que concentrar todas las fuerzas de su espíritu para mantener la serenidad y la calma. Volvió el rostro y vio cerca de sí a pesar de las tinieblas que envolvían el templo en un manto de luto, una figura blanca de mujer vaporosa envuelta en un ropaje largo y flotante que sin aguardar preguntas le dijo en voz suave y gemebunda, como el arrullo de la tórtola, como el piar de los polluelos, como el gemir del viento, entre los pinos:
-Si consagras en sufragio mío el primer oficio de difuntos que reces después de tu profesión religiosa, volaré en seguida al cielo, libre para siempre de las purificadoras llamas del Purgatorio.
-Nieves -contestó fray Vicente-, todos mis actos buenos, desde que entré en religión los hice en sufragio de tu alma e inmediatamente invitaré a la comunidad a que me ayude a rezar este oficio de difuntos.
Algo como una ráfaga de viento sopló sobre el fraile, desapareciendo la visión impalpable y vaporosa del espíritu de Nieves. En seguida y sobrecogido de terror fue de celda en celda despertando a los frailes que sin demora, sabido el caso, se reunieron en el coro para recitar el oficio de difuntos que libertaría a aquella dichosa alma. Al día siguiente corrió de boca en boca este suceso que asombró a los ascetas moradores de Valladolid que conocieron más en particular al señor don Juan José de Arriaga conde de Casas Blancas y a su hija María de las Nieves, botón de rosa cortado por la mano seca y descarnada de la cruel Parca, cuando apenas se entreabría a los primeros rayos del Sol de himeneo.
PIENSAN COMPRAR COMPUTADORA NUEVA?
Bueno si piensan en adquirir una computadora nueva mi recomendación es que el PROCESAR no sea de INTEL COMO PENTIUM 4 O CELERON, recomiendo un AMD ya que son rápidos y tienen para rato y no cambiar ;).
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EL PRIMER OFICIO DE DIFUNTOS
ERA FRAY VICENTE un novicio de treinta años, entre blanco y moreno. Con unas narices de alcatraz pegadas a una cara rechoncha e inmóvil en donde brillaban, bajo un dosel de grandes, arqueadas, espesas y juntas cejas dos ojillos negros y brillantes guarnecidos de pestañas tan crespas como las cejas. Los pabellones de sus oídos sobrepujaban toda ponderación por lo grandes y enhiestos. El cerquillo coronaba un casco menos moreno que el resto del color y tan crespo como las cejas y las pestañas. Bajo aquella nariz de anchos y flotantes poros se abría una boca roja como la granada y tan grande que poco faltaba para llegar a los oídos. Los dientes, anchos, grandes y blancos servían de biombo a la boca. Bajo de cuerpo, grueso de carnes, largo de manos y pies era en lo físico la peor figura humana que, sin embargo, ha contenido a pesar de los frenólogos el alma más bella y más grande que darse pueda. Inteligencia despejada y profunda. Palabra fácil, pausada y elocuente. Voz sonora y entonada. Erudición basta y sólida. Caridad inagotable para con los pobres. Obediente hasta el sacrificio. Silencioso y prudente, con otras mil virtudes así intelectuales como morales de nada fácil enumeración y elogio.
Antes de ser religioso fue abogado y tuvo intención de casarse con doña Nieves de Arriaga condesa de Casas Blancas, hija única del señor don Juan José Arriaga, primer conde de Casas Blancas que obtuvo el título de su majestad don Carlos III por haber enviado una cuantiosa donación para las víctimas de un incendio colosal en un pueblo de Castilla la Nueva de donde era él originario. Por la llegada y solemnización del título en la muy noble y leal ciudad de Pátzcuaro, se suspendió la boda que ya casi estaba arreglada. El era simple abogado y se llamaba don Vicente Pérez a secas, hijo de un rebocero y tejedor de Zamora. Su patrimonio era su título de abogado y su riqueza su gran talento y sus virtudes.
Nieves era un prodigio de belleza. Blanca y sonrosada como la nieve herida por la luz difusa de un crepúsculo de primavera. Su pupila castaña cercada de pestañas largas y crespas parecía flotar en un mar de luz apacible y serena. Su rostro ovalado lucía una nariz recta, una boca pequeña y purpurina y una barba hundida por un hoyuelo. La mata de sus cabellos robusta y lozana se abría en dos trenzas gruesas y brillantes que descendían cruzadas en columpios por su espalda. Su cuello alto y redondo. Su busto firme y escultórico sosteniendo con donaire y majestad su cabeza. Los brazos hechos a torno. Sus manos pequeñas de dedos redondos y puntiagudos. Los pies pequeños como las manos, arqueados y garbosos. El talle delgado y cimbrador. La estatura regular más bien alta que baja. La fisonomía noble, bondadosa e inteligente daba a todo aquel conjunto de primores un aire de grandeza que muy bien podía ostentar en su frente aquella corona que don Carlos acababa de conferir a su padre, y que ya había ostentado en el sarao reproducida en diamantes, esmeraldas y rubíes.
Así como la fealdad del licenciado Pérez no había sido parte para que Nieves no le quisiera tan acendradamente, así el título de su padre y de ella propia no había impedido para que le siguiera queriendo igual que antes; mas la pálida muerte dispuso otra cosa tronchando cruelmente aquel lirio recién abierto. Una enfermedad violenta contraida en el ejercicio de la caridad a que eran tan aficionadas las antiguas damas le cortó el hilo de la vida, despachando al cielo a aquella flor temprana, y dejando al licenciado Pérez en la desolación más profunda.
Esta aparente desgracia le condujo de la mano al convento del Carmen de Valladolid a tomar el hábito de la orden, que había merecido después de un largo y perfecto noviciado. Estaba a punto de profesar, y para ello procuraba fray Vicente prepararse lo mejor posible a fuerza de oración y penitencia. Con permiso del maestro de novicios noche a noche entre diez y once hacía una larga y sentida oración en la tribuna del antecoro en presencia del Santísimo, después que los demás novicios y comunidad de padres graves se habían recluido en sus celdas a tomar el necesario descanso.
El Carmen es un hermosísimo templo románico coronado de cúpulas cubiertas de azulejos y de escudos de la orden. Una palma que no torre, es el campanario. En derredor hay una arboleda de cedros, fresnos, eucaliptos y cipreses que le sirven de misterioso vestíbulo, en especial de noche a la luz de la luna. En el interior como todas las iglesias del Carmen hay una capilla frente a la sacristía que sirve de sagrario, y en lo alto una tribuna volada con celosía de madera calada y labrada al estilo morisco, que comunica con el antecoro por una angosta puerta. Desde esta tribuna o balcón se mira el altar mayor y el sagrario y pueden presenciarse desde ahí los oficios divinos. Este sitio fue el teatro de esta fantástica leyenda.
Una noche víspera de la gran fiesta de la Virgen del Carmen, después de los solemnes maitines. fray Vicente se había ido a la tribuna como era de costumbre a hacer su hora santa para prepararse a la profesión que iba a tener lugar al día siguiente por la tarde antes de la procesión del Corpus. El templo estaba cerrado ya, y se envolvía en un manto de tinieblas. De cuando en cuando se asomaba por las vitrinas de colores un relámpago intenso, que pálida y confusamente iluminaba el sagrado recinto. El ruido del trueno que hacía vibrar los cristales se alejaba de eco en eco por el espacio. Un aguacero torrencial producía ese estruendo especial de gotas que caen, de canales que chorrean, de viento que azota, de árboles que se mueven, de agua que corre en cascadas. Aún se notaba ese olor embriagante de ceras apagadas, de flores marchitas y de incienso que se respira en el templo después de las ceremonias solemnes. La única luz que interrumpía la completa oscuridad era la luz rojiza de la lámpara de cristal de roca que ardía en el sagrario delante del Santísimo, como esas estrellas que fulguran en el horizonte en las noches nubladas.
Estaba el buen novicio arrobado en sus meditaciones, cuando oyó cerca de sí un ruido como aleteo de golondrinas en los cristales de una ventana, como pasos callados y silenciosos, como fru fru de ropajes de seda que se aproximan, como murmullo de rezos de rezos apagados. Una lucha interna se despertó en su mente. Quería volver el rostro para ver lo que podía ser aquello tan extraordinario en horas en que nadie más andaba por ahí sino él. Quería no hacer caso y continuar su oración interrumpida, a pesar de sentir muy cerca de sí el calor de una persona que se ha aproximado bastante.
Un calosfrío intenso comenzó a sacudir sus nervios, como si estuviese en contacto con algo sobrenatural; mas su fuerza de espíritu triunfo de aquella que él calificó de alucinación y continuó hasta la madrugada su oración.
La confusa luz matinal comenzó a dibujar todos los objetos del templo, los altares, las imágenes, las colgaduras de terciopelo franjadas de galones de oro, las arañas de cristal de roca. La campana mayor repetía uno a uno los toques del alba que daban en la catedral, desatándose enseguida un alegre clamoreo de esquilas y campanas por la fiesta del Carmen. Cohetes voladores atronaban en el espacio, en armonía con las notas más o menos destempladas de las murgas que recorrían las calles circunvecinas, alegrando el barrio. Por fin estalló el día espléndido, bullicioso bañado en las tempestuosas aguas de la noche. El templo abrió sus blasonadas puertas y los devotos y cofrades del Carmen comenzaron a penetrar en el santuario, fray Vicente se entregó contento y feliz a desempeñar sus ocupaciones de aquel día, mientras llegaba el momento tan ardientemente deseado de consagrarse por completo al Señor.
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El Sol se había hundido ya tras las montañas azules del ocaso. Los últimos ecos de la solemne procesión del corpus se perdían en las calles que había recorrido. El humo de los cirios apagados subía en espirales arremolinándose en las bóvedas. El aroma del incienso trascendía como brisas de Arabia. El zumbar de las fiestas populares invadía la atmósfera silenciosa del convento. Las religiosas desde sus altas ventanas del convento por la fachada de oriente regocijadas contemplaban el mar de gente que bullía en la plazuela, la infinidad de puestos de frutas, nieves, enchiladas y fiambres, los fuegos artificiales y la iluminación de mecheros de manteca y hachones de ocote.
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-Si consagras en sufragio mío el primer oficio de difuntos que reces después de tu profesión religiosa, volaré en seguida al cielo, libre para siempre de las purificadoras llamas del Purgatorio.
-Nieves -contestó fray Vicente-, todos mis actos buenos, desde que entré en religión los hice en sufragio de tu alma e inmediatamente invitaré a la comunidad a que me ayude a rezar este oficio de difuntos.
Algo como una ráfaga de viento sopló sobre el fraile, desapareciendo la visión impalpable y vaporosa del espíritu de Nieves. En seguida y sobrecogido de terror fue de celda en celda despertando a los frailes que sin demora, sabido el caso, se reunieron en el coro para recitar el oficio de difuntos que libertaría a aquella dichosa alma. Al día siguiente corrió de boca en boca este suceso que asombró a los ascetas moradores de Valladolid que conocieron más en particular al señor don Juan José de Arriaga conde de Casas Blancas y a su hija María de las Nieves, botón de rosa cortado por la mano seca y descarnada de la cruel Parca, cuando apenas se entreabría a los primeros rayos del Sol de himeneo.
PIENSAN COMPRAR COMPUTADORA NUEVA?
Bueno si piensan en adquirir una computadora nueva mi recomendación es que el PROCESAR no sea de INTEL COMO PENTIUM 4 O CELERON, recomiendo un AMD ya que son rápidos y tienen para rato y no cambiar ;).
Comentario:
Si nos fueramos a poner todas las pulseritas esas, no tendríamos brazo bastante.
Gracias por la nueva leyenda.
Un beso
Gracias por la nueva leyenda.
Un beso
Comentario:
Cuantas leyendas. Y también, cuantas pulseras hay ya. Yo sólo uso dos. Mi pulsera amarilla que no me quito desde hace más de un año. Y mi pulsera para manifestarme en contra del racismo. Creo en otras causas, pero no puedo usar tantas pulseras. Ojalá no nos quedemos ahí, y hagamos algo más.





