DEVENIR MINERAL: AÑO Ø: DAVID-1993 Caminaba por los pasillos de la Facultad la primera vez que le vi. Años noventa, lleva mallas negras y unas botas de cowboy, el pelo negro y unas patillas que parecen hechas con escuadra y cartabón: delgadas en su nacimiento, se despliegan como las alas de una mariposa de acero al llegar al final de sus orejas, desde allí corren afiladas casi hasta la comisura de sus labios formando un triángulo perfecto. Las botas le quedan algo grandes pero camina con una seguridad que se diría ensayada. Podría decirse que es un "dealer" que camina al ritmo de alguna canción de la “Velvet Underground”. Se llama David.
Soy como un pollo recién salido del cascarón, acabo de ser arrojado en el mundo y esta es mi primera impronta. A partir de aquel primer avistamiento sólo vivo esperando el momento de poder perseguirle por los pasillos del edificio A. Si yo hubiese sido un terreno arcilloso, si mi corte geológico hubiera dado como resultado un terreno plano con capas sedimentarias perfectamente horizontales y perfectamente ordenadas según un orden cronológico inverso, podría decirse que Él fue para mí todas las fuerzas geológicas dispuestas a asestarme el cataclismo de mi vida. Plegamientos, fuerzas plásticas, cizallas, fallas, anticlinales, fracturas, temperatura, presión, lluvia, viento, hielo, movimiento sísmico y tectónico, erupción volcánica, géiser... Cuando el cataclismo geológico acabó, sentí su ser en el mío como una intrusión de feldespato en pizarra.
No describiré cuánto empeño puse en provocar un encuentro final, definitivo; tampoco los ardides empleados; las persecuciones; las trampas; ni la historia de amor -¿realmente lo fue?-, las peleas, los desgarros, el adiós sin puntos suspensivos. El amor y la muerte quedan para otro lugar.
Baste decir que una vez escribí: «Tal vez un día volvamos a encontrarnos, ¿quién sabe?: quizá cuando tú estés completamente sordo y yo totalmente ciego nos encontraremos en el desierto. Quizá seamos capaces de reconocernos, quizá no, ¿quién sabe? Quizá algún día pueda volver a ser feliz, ¿quién sabe?»
Durante cierto tiempo, en mineralogía, en cristalografía, en física y química y en muchas otras disciplinas, se pensó que los átomos de los sólidos ocupaban los vértices espaciales de una red que seguía diferentes modelos: siete redes primitivas que pueden llegar a complicarse mucho más. Los minerales se empecinan en tener ciertos hábitos obtusos como el clivaje, la tenacidad, la gravedad específica, o la birrefingencia, se empaquetan enconadamente, y nadie puede convencerlos para que modifiquen su coordinación de iones o sus propiedades eléctricas o magnéticas o sus índices de Miller, sin que se rompan o se conviertan en un completo desastre. Es algo así como un plan geométrico divino: repeticiones y diferencias. Los átomos ocupan su “lugar natural” en esas redes, en posiciones fijas, invariables. Dependiendo del tipo de átomos y moléculas que tengamos y su disposición en un este inmutable espacio divino, obtenemos un tipo de mineral con unas características concretas: brillo, dureza, color; incluso, sabor.
Para poder enfrentarme a la empresa de querer a David tuve que mover las estanterías de mi habitación y descubrir las zonas en las que los pintores no habían lijado el papel que cubrió originalmente los muros de mi habitación en la casa de mis padres: un espacio primigenio en el que la rugosidad del gotéele con su estructura barroca, sus pliegues corporales y sus repliegues del alma no había recubierto las simetrías de aquellas flores estampadas en papel. Por el día las estudié durante horas y horas, con escuadra, cartabón y compás. Por la noche comparaba estas simetrías con el perfecto triángulo de las patillas de mi mineral; las formas trapezoidales de sus músculos; la perfecta redondez de su cabeza que empezaba a perder pelo; la disposición geométrica de su vello, las figuras picudas de sus botas; los espacios interdentales; los brillos, lisérgicos, anfetamínicos u opiáceos, de su mirada; el sabor a cocaína o vino de sus labios; el olor acre de sus axilas; su rostro y su mentón compuesto por facies de perspectivas infinitas; su pecho de diorita; sus ojos, a veces carbón a veces hematites; sus brazos de aragonito; sus piernas, columnas de basalto; su espalda de granito; su sexo, a veces yeso, a veces cuarzo.
Pero las técnicas adelantan que es una barbaridad y resulta que con la invención de los microscopios electrónicos y demás se descubrió que en realidad los átomos de los minerales sólidos no eran completamente estáticos: pivotan, rebotan, vibran y tiemblan siguiendo una determinada frecuencia para cada posición en cada mineral. Los sólidos se mueven, no de la misma manera que los líquidos o los gases, pero os aseguro que se mueven.
David era así y mucho más: un prodigio de la naturaleza. Esquizofrénico, sí; pero quizá por eso más prodigioso. No necesitabas adelantos técnicos para percibir sus vibraciones: siempre temblaba y podía apreciarse a simple vista. Pero lo más asombroso del asunto era que esa vibración, ese tembleque permanente no destruía su capacidad para construir nuevos sólidos. Sus moléculas eran capaces de formar con cada vibración un nuevo mineral y cada forma era más preciosa que la anterior.
David, si es que así se llamó alguna vez, fue el mineral más poderoso que jamás he conocido, tanto que su devenir no sólo pertenecía al reino de las rocas -del que él era un príncipe en el exilio-. En aquellos tiempos, que a veces recuerdo en sueños, fue capaz de devenir animal, incluso vegetal.
Ni siquiera una bruja como yo fue capaz de engarzar semejante mineral en el fingido anillo de su dedo anular. Cuando decidió dejar de temblar para mí, cuando su brillo desapareció para siempre de mi campo de visión, cuando su tintineo dejó de oírse, cuando sus relámpagos de fresa dejaron de alumbrarme el camino de vuelta a casa, no tuve más remedio que morir para poder seguir viviendo. |