Momentos Musicales
Artículo publicado en EP[S], domingo 8 de mayo de 2005
Por Maruja Torres
Siento una envidiosa fascinación hacia los músicos. Más concretamente, hacia los músicos que forman parte de una orquesta durante la celebración de un concierto retransmitido por televisión. Lo cual me permite contemplar sus rostros, admirar su concentración, valorar su esfuerzo. Pero me proporciona, sobretodo, la facultad de compartir durante un tiempo su concepto de satisfacción, de la felicidad o del éxtasis, según cada cual.
Cualquiera que haya visto la película Cita con Venus, del húngaro István Szabó, sabrá que los intérpretes musicales, aunque capaces de extraer sublimes sonidos del arpa; el violín o la tuba, sana su vez seres tan prosaicos como nosotros, que también comen berzas o alubias y pueden soltar tranquilamente flatulencias en su casa, no importa cuánto Mozart o cuánto Bach hayan sido capaces de regalar al auditorio.
Sin embargo, en esos momentos en que se convierten en la viva encarnación de la grandeza, nada cuenta excepto la música que nos dan y la forma en que se entregan a su consecución. Y eso lo podemos gozar gracias a la maestría con que los especialistas de televisión captan sus gestos, a la perfección con que cada acorde notable, cada intervención adquiere protagonismo en primer plano. Cierto, nada tan único como asistir a un majestuoso concierto: nunca se repetirá, lo sabemos, por el lugar, los músicos, el director, la obra, la magia de la noche. Conservo un recuerdo impresionante de un acto así al que asistí hace veinte años, en el teatro Herodes Atticus, al pie del Partenón. Recuerdo que salí de allí llorando de gozo y que, incapaz devolver de inmediato al hotel caminé durante horas por la ciudad silenciosa.
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Sin embargo, tanto si se trata de añejas realizaciones en blanco y negro como de ofertas recientes efectuadas a todo color y con multitud de cámaras, de una forma u otra se nos acercan esos rostros suspendidos en la ejecución de sus partituras. Ese momento en que el solista se pone en pie y todo parece depender de él, todo depende: desde la tranquilidad del director y el placer del público hasta el eterno descanso del compositor, allá do more con sus musas.
Y hay siempre, también, tópicos que se repiten, amenos y tranquilizadores tópicos. El esfuerzo físico de todos y cada uno, domado con energía para que parezca terciopelo. Y ese hombre de edad curtido en tantas obras, casi siempre calvo pero que aún conserva una especie de níveo cruasán ceñido a la parte inferior del cráneo, que se asemeja a un personaje de ópera, pero que es en realidad el primer violín. Y el pianista, intenso, que pasa de la contundencia a una especie de desmayo físico.
Sí, sabemos, gracias a Cita con Venus y a nuestros propios conocimientos, que la música no libra a los músicos de las presiones y banalidades de la vida cotidiana. Pero mientras tocan hay algo que les convierte en mejores. En únicos.