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Desayuno de trabajo
Opinión, cultura, comentarios de política y sobre la vida en general.
Sindicación
 
VIDA
Hay días en los que una preferiría pasar la hoja y no decir nada, hay días que parece que sobran en nuestro calendario y hoy es exactamente un día gris de primavera, lunes para más señas, de agradable temperatura y que puede pasar desapercibido por completo si no fuera porque dilapidar un día de nuestra preciosa vida es algo que nunca debe pasar.

Ayer murió una compañera de trabajo, una mujer inteligente y en una edad estupenda para pasarlo bien y, cuando desaparece una persona cercana y apreciada, todos nos preguntamos qué pasa con lo que somos. Lo que tenemos se lo quedan los parientes al alimón con Hacienda, pero ¿qué pasa con nuestro pensamiento, con nuestro sentido del humor, con los más puros sentimientos, con el amor, con el odio? ¿quién carga con todo lo que fuimos? ¿quién hereda nuestras risas y nuestras lágrimas? ¿dónde queda lo que leímos, las películas que disfrutamos, los paisajes que coleccionamos, los ratos felices, los tiempos de amor?

Resulta injusto que el esfuerzo que hemos hecho para educarnos, para aprender, para ser, se evapore con nuestro último aliento. Sí, ya se que queda nuestro recuerdo, pero el recuerdo es una débil huella de lo que hemos sido, me parece poco y miserable. A no ser que consideremos que la vida en si misma, la infancia, el amor, la dicha, la amistad, la belleza, la primavera, los cielos estrellados, las olas del mar, las puestas de sol, los libros, la música, los viajes, los latidos del corazón, todo este mundo a veces maravilloso y a veces terrible, sea nuestro regalo anticipado, premio fantástico sólo por participar.
Y deseo que la vida haya sido un espléndido premio para Pachi Thiebaut.
 
COCINAS
Mi amigo Manolo, que es un hombre sabio y políticamente correcto, me cuenta un chiste por teléfono:
¿Qué hace una mujer fuera de la cocina?
¿Qué? ¿qué? – pregunto, temiéndome lo peor.
Turismo… - contesta él. Y se ríe.
Creo que se lo debe contar a la Vicepresidenta del Gobierno a ver qué opina, y se lo digo, pero él se ríe mucho más y me invita a comer. No lleva ninguna intención torticera, es sólo que mi cocina está en obras y mi casa es una zanja por donde campean las brigadas internacionales de la construcción o las de la destrucción, y Manolo sabe que soy ahora una pobre mujer descocinada y vulnerable, que hace turismo por los restaurantes y carece de raíces.
Mi madre tiene noventa y dos años y expresa cada día su satisfacción por no haber tenido nunca la necesidad de aprender a cocinar, se quiere morir sin haber aprendido y a poco que la suerte le acompañe, lo conseguirá. Pero yo soy de esa generación que se crió en la cocina, entre planchas y pucheros. Todavía guardo en mis oídos la guía comercial y las canciones de Antonio Molina o Juanito Valderrama, dedicadas en la radio a la niña más bonita, que nunca era yo, de sus abuelitos que mucho la quieren, y puedo oler con mi inexistente olfato las tortas de chicharrones y las galletas de nata que hacían para desayunar. En la cocina de invierno me quitaba el uniforme y merendaba pan y chocolate sentada en silla de enea y oliendo a almidón. En la cocina de verano mataba moscas y bebía agua de un botijo y en esa cocina de mi infancia aprendí las primeras lecciones sobre el amor y el sexo, espiando las conversaciones cruzadas a medias. Porque la cocina era lugar de confidencias y de mujeres, un sitio cálido donde siempre estaba a gusto y de donde nadie me podía echar.
Luego, en los sesenta, cuando en el cine veíamos las preciosas cocinas americanas, mientras estudiaba la carrera, sentía a veces nostalgia de la cocina caliente de mi niñez, aunque la verdad es que en esas fechas una estaba por otras cosas más serias y más trascendentales y la cocina estaba en el último lugar de mi lista de expectativas, era sólo un lugar un poco mágico al que no debía regresar.
Cuando me casé mi padre me lo advirtió: No te cases, que te van a meter en la cocina. Comprendo que él había hecho una inversión conmigo y temía verme convertida en una señora gorda obsesionada por la comida. Me casé, y sinceramente, estoy mucho rato en la cocina.
Así las cosas diré que aprendí a guisar y a todo lo demás y que sigo oyendo la radio en la cocina y sentándome en la mesa a conversar con mi hija y mis amigas. O a desayunar con mi hijo y con la radio.
Ahora que van a tirar toda la cocina, y mi vida se va a renovar con muebles estratificados, ladrillos rectificados y encimeras de silestone, creo que Manolo ha dado en la diana, los hombres tienen otra relación con el sagrado fuego del hogar, pero en la vida de una mujer siempre se ve al fondo la cocina.
 
ASESINOS (SuPUESTOS)

Como estos días no estoy de buen humor por asuntos del corazón y veo que la patota, que dirían los argentinos, también anda desasosegada, cuelgo este post sobre un sujeto sombrío que suele acecharme desde la televisión. Y mira que lo siento, ya me gustaría volver a los días de vino y rosas en el M.A. de imborrable recuerdo.
Llevo un par de noches cenando con un supuesto autor ideológico, que dicen. Él sonriendo desde la pantalla y yo acojonada, delante de mi bandeja y de mi estupenda ensalada, absorta y sin disfrutarla, viendo su cara tan cerca de mí que casi distingo sus espinillas, el pendiente en su oreja, un rastro de sudor sobre su labio, algo de saliva en la comisura de la boca, los ojos duros con una mirada entre seria y triunfalista.
Dicen que los ojos son el espejo del alma y yo escruto esa mirada un poco chula, algo retadora, pero no muy diferente de las que he visto en otros ojos de probada inocencia, por ver si le veo el alma, por tener una explicación.
Ahí, a la hora del telediario, de todos los telediarios, sale en mi pantalla ese individuo, supuesto verdugo ideológico de niños y mujeres, supuesto ejecutor de hombres desconocidos para él, gente que no le ha hecho nunca nada y ya nunca podrá demandarle nada. Él da, supuestamente, claro, la orden sin mancharse, desde un teléfono lejano, desde su casa en el campo, o desde la cama de su novia, quizá con un hijo en brazos. Con frialdad, con la tranquilidad del deber cumplido, como si fuera su obligación y su trabajo. Supuestamente por supuesto.
Creo que los criminólogos y otros especialistas del ramo deberían aprender a distinguir en las miradas humanas el rastro que deja la sangre vertida y, si esto no puede hacerse, espero al menos que inventen un detector para las almas corrompidas.
En la piscina, cuando éramos pequeños, decía el socorrista que, si te hacías pis, el agua se pondría roja a tu alrededor. Era mentira podrida, claro, y todo el mundo lo sabía, cada cual se meaba en el agua y esta subía de temperatura. Pero en el caso de los asesinos, sobre todo de los supuestos autores intelectuales, siempre cobardemente escondidos tras alguna ley, sería imprescindible inventar un aparato delator, una célula fotoeléctrica que volviese roja la pantalla del televisor nada más aparecer. Y así ya no tendría yo que ver su cara de hombre casi como los demás, podría comer la ensalada o la tortilla pensando algo agradable, sin que me aceche la duda mientras hace declaraciones cínicas y embusteras, que me levantan el estómago y me fastidian la digestión.
Es necesario que a los asesinos les salga en la mirada una señal, una luz negra, un símbolo de Caín, para poder prescindir de su presencia, cambiar de canal y dejarles con la palabra en la boca. Poner de manifiesto con mi ausencia su soledad, la vileza de sus almas, su lacra y su perversión.
Y en estos días de ira te lo tengo que decir. Seas lo que seas, he visto tu alma y no te quiero más en mi televisor, Otegi.
 
CORAZÓN

Una vez que he hablado de Cuerpos y de Almas (de Narices también, pero ahora no cuenta) empujada por las circunstancias, me pongo a escribir sobre otros entresijos propios de la naturaleza humana, y he titulado este post “Corazón” en homenaje a un amigo. Pero no trata esto de amores ni desamores, sino sencillamente de ese pájaro tembloroso que reina en el pecho de cada cual y gobierna nuestra sangre y nuestra vida.
Si el cuerpo es la residencia del alma y el alma es al cuerpo como la CIA a Bush, o sea un órgano de información, pues a la vista de lo que estoy viendo y, basándome en un conocimiento empírico acreditado, creo que el corazón, digan lo que digan, no es el nido de amor, cosa acaramelada y poética, sino algo mucho más serio, que paso a analizar.
Ese músculo colorado, exhibido por San Valentín en las cajas de bombones, resulta una víscera tan imprescindible como traicionera, ya que por cualquier “quíteme allá esas pajas”, va y, sin avisar, se para., causando unos trastornos impresionantes.
Cuando algo de esto nos ocurre, o sucede en nuestro entorno más inmediato, nos damos cuenta de lo sumamente vulnerables que somos, dependiendo al fin y al cabo de la pieza caprichosa que palpita en nuestro pecho a su antojo, se paraliza por un susto o enloquece por un beso o una subida de tensión.
Cuando uno está ya bastante viejo, el corazón le late por inercia y se desentiende de tus intenciones, no participa en el tedio de vivir, no se hace cargo de si te gustaría marcharte al paraíso con las huríes y sus novios. Yo protesto contra el corazón y su falta de solidaridad, que late cuando pasas de la vida y se te para en el pecho cuando mejor lo estás pasando.
Vamos, que voy a degradar al corazón, lo voy a apear de tanto amor y tanto verso, la categoría de “asadurilla” le viene grande, hay mucha literatura sobre este motorcillo de tres tiempos que al menor capricho te deja tirado en una carretera secundaria. Molesto despertador sin pilas, miserable pedazo de estropajo, desertor alevoso en nuestras mejores batallas, bellaco y renegado de la vida, adúltero y felón.
Le he cogido manía y le voy a levantar unas calumnias: dicen que el amor nace del hígado y que, cuando uno es bueno de verdad, lo que tiene de oro es la vesícula o la piedra del riñón. Sólo la expresión “corazones rotos” se acerca en algo a lo que sucede con esta pérfida tripa hinchada de nuestra anatomía.
Puede incluso que lo congele al lado de mi jefe y de mis gulas. Y de mis riñones de cordero.

Dedicado a Paco.

 
HEREDERO
Este fin de semana ha estado dedicado en su totalidad, me refiero, claro, a la cosa pública, al próximo advenimiento del heredero de los Príncipes de Asturias, que es realmente y nunca mejor dicho, el heredero del heredero.
Ha sido un embarazo trabajoso, suponemos largas horas de trabajo en pareja, y cuajado de rumores, que si no podía ella, que si le hacían implantes a ella, y cosas de esa monta con muy mala idea - ¡ay, Peñafiel, qué gañán eres! - toda la culpa, naturalmente, era de la chica, pero al fin el abuelo materno de la princesa ha salido al quiosco a por el ¡Hola! y ha confesado a los medios, joé, que está muy contento, joé.
La familia Real también está satisfecha del resultado de la afortunada cópula principesca y los españoles, que han sido encuestados en la calle concienzudamente casi todos, han opinado que estamos muy contentos, como si los copuladores fuesen los interrogados en la rue, y que nos sentimos felices como si cada uno de nosotros fuésemos a tener un herederito rubio entronizado en nuestro sofá frente a la tele.
Yo no sé qué decir, porque ya tengo dos herederos por lo privado, aunque habida cuenta de lo que van a heredar, quizá no se les pueda denominar propiamente herederos, el término “sucesores” sería más ajustado: “Sucesores de Fajasruiz”, podrían poner en su blog en el caso de que, por heredar algo, heredasen mi gusto por escribir en público.
En cambio el heredero de la Corona, diga lo que diga Carod Rovira, va a nacer ya con casa y trabajo - regatas, caballos y cosas así, - pero también con obligaciones. Si es niña, sin ir más lejos - los padres de la Patria van a tener que reformar la Constitución para que pueda reinar ella con su coronita y todo, y esto es un follón de cuidado, esperemos pues que la Cópula Real haya sido perfecta y que el rorro tenga todos sus colgantes en regla , y así ZZP no tendrá que trabajar tanto disolviendo las Cortes y haciendo un referéndum, que ya sabemos que se cansa con facilidad.
De todas formas, tengo que decir que yo me alegro mucho por ellos y por mi tía Nena, que dice que él es muy majo (ella no se merece ese cacho Príncipe, dice mi tía) y, si es cuestión de Estado - y también ahora nunca mejor dicho, estas crónicas de la realeza se me dan muy bien – pues mejor todavía.
Letizia, muchas felicidades. Y a Peñafiel, que le den.
 
BARES
Conozco un poema de Nicolás Guillén, convertido en canción por Los Lobos, que se llama así, “bares”, y que comienza por una rotunda declaración, entre de amor y de intenciones: “Amo los bares y las tabernas junto al mar, donde la gente charla y bebe, sólo por beber y charlar”. Se refiere Guillén a los bares de La Habana, pero supongo que es exportable a los bares de cualquier cuidad, lugares donde nadie, - Juan Nadie, dice el poeta – se puede sentir fuera de su ambiente…”Allí la blanda ola bate, de la amistad / una ola de ¡hola!, ola de hola y ¿cómo estás?”.
Parece ser que todos tenemos un bar en nuestro pasado, yo recuerdo uno al que me llevaba mi padre cuando era pequeña, se llamaba el bar Ideal. Sentada delante de una mesa de mármol, que me llegaba por la barbilla, aprendí a comer gambas como una experta y el ruido era tan alegre e insoportable que yo me tapaba y destapaba los oídos con los dedos, ahora suena, ahora no suena, suena, no suena. Qué sensación de marea, y eso que yo entonces todavía no conocía el mar, pero en el Ideal había recibido un avance marítimo con el aroma de las gambas y con ese rumor de olas y caracolas en mis oídos.
Y es que, a los de tierra adentro, los bares siempre nos parecen cercanos al mar, un anticipo radiante del océano. Esa espuma de cervezas batidas por las olas, ese mejillón atravesado por un palillo en su muerte escabechada, las varoniles cigalas, rosas como turistas ingleses, las morenas anchoas remando en sus barcas de pan y los boquerones en vinagre, alineados y blancos, condecorados de perejil, como pequeños marineros dispuestos a defender la barra con un cañón cargado de aceitunas. Y todas esas servilletas de leve papel, velas de veleros muy lejanos contemplados desde la tumbona de la playa.
Yo también me declaro amante de los bares, en alguno me enamoré, muchos otros fueron mi domicilio de juventud, allí me he reído y he encontrado amigos. En los bares se establece un vínculo muy especial que dura para siempre y es un lazo que borra diferencias, mezclador de almas, igualador y demócrata.
Digo yo que algunos políticos deberían intentar perder tanta solemnidad y frecuentar de vez en cuando los bares. No les vendría mal acodarse en la barra, mezclarse con los humanos: charlar y beber algo con los demás les haría entender cosas que nunca se saben desde el poder. Porque allí, en los bares “la blanda ola bate/ de la amistad/ una ola de ¡hola!, ola de ¡hola! y ¿cómo estás?”

Dedicado a mi hermana Toya.