CIATICO
Llevo unos días abandonada de todo, abandonada de la salud, con un dolor que me aqueja y que no me permite estar ni de pie, ni sentada, ni tumbada. Llevo unos días que no soy nadie, ya no era nadie antes, pero ahora noto con desasosiego que mi nihilismo , en este caso entendido como desbarajuste y desgobierno, se ha acentuado hasta el máximo, quizá por el calor o por el dolor irreverente que estoy sufriendo, atravesada como sardina en espetón desde la parte alta del mismísimo culo, derramándose el tormento a lo largo de una tensa cuerda descarnada que transcurre por la parte posterior de la pierna hasta perderse por el pie en el infierno de los sufrimientos. Bueno, que tengo una ciática muy molesta, vamos.
Y yo me pregunto ¿Es compatible el dolor con la alegría del verano? Rotundamente no, pero el dolor escapa del control humano. Te duele y te acochinas, convertido en una auténtica piltrafa humana
En cambio, hay cosas, como el trabajo, que se podrían arreglar sólo con un gesto de generosidad, utilizando el talante ZZP en el sentido más amplio del concepto. Porque, vamos a ver ¿es acaso compatible el verano con el trabajo en la administración pública? Hay que ver qué vida, que uno entra en el solsticio de verano, con este calor, y debía ser vacación obligatoria hasta el treinta de septiembre. Cuerpos de funcionarios morenos, juncales y sanos, playas mediterráneas, terrazas, lunas, copas, amor y/o sexo y cosas de mucha diversión, de mucha vida… ¿De qué van a vivir los camareros y los hosteleros si los funcionarios no dejamos de dar la vara en las ventanillas y encima nos ponemos enfermos y abarrotamos las consultas de la Seguridad Social?
Esto no es justo para nadie. Yo comprendo que el que quiere ser rico tiene que trabajar, pero en el caso de los funcionarios es distinto, ya se sabe que no tenemos ambiciones, si las tuviéramos habríamos sido friquis o así. Quizá tendrían que trabajar en verano los más importantes y comprometidos, a partir de Inspectores de Hacienda, y de ahí para arriba, Subdirectores y Directores generales; puede ser que los sindicalistas, que no lo hacen en otro tiempo y pasan la vida organizando “culebrillas”, pero ¿es justo que todos tengamos que currar?
Venga, Zapa, márcate un tanto, o tú Pepiño, tú que tienes carita de buena gente y ojitos de follaor, ¿no te gustaría pasar a la historia como el redentor del funcionariado?
Abajo los días Moscosos, aboguemos por los meses Zapateriles, ocupemos nuestras costas, hagamos ricos a los hoteleros, apuremos nuestras copas y las suyas y cantemos himnos de sol y de solidaridad. Qué bonito...
Casi se me está pasando la ciática nada más pensarlo.
DIENTES
En este siglo inaugurado no hace mucho, todo el mundo infantil, juvenil y postjuvenil anda con un aparato en los dientes que los deja enfilados y perfectos para lucir una impecable sonrisa hasta, dicen los dentistas, que llegue la hora inexorable de los implantes.
Tengo una nieta que me deja un postizo parecido a un chicle de fresa sobre la mesa del desayuno; una sobrina que alargó por dos años su molesta ortodoncia porque su madre, una de mis más dilectas primas, sobornó al dentista con regalos y jamones para que no le quitase los ganchos a fin de demorar en lo posible la práctica del morreo,- creo que en vano - , y también tengo una amiga que sufre en silencio una ortodoncia de caballo, porque aquello que lleva en la boca es auténticamente un freno para la gula y la lujuria.
Esto sucede en este siglo, pero los que fuimos niños, jóvenes o adultos en el siglo pasado no sólo nos tuvimos que conformar con nuestros dientes amontonados o mellados, sino que nunca llegamos al Día del Implante, sufriendo en cambio el Día del Puente, puente que la mayoría de las veces es colgante y acaba tragado al mismo tiempo que el bocado de pepito de ternera.
Nuestros parientes ancianos suelen llevar dentaduras postizas y amenizan las veladas y las partidas de bridge castañeando los dientes para llevar el compás y ganar la última mano. Me cuenta una amiga que su padre encontró una muela de oro en una paella de un estupendo restaurante y después de montar un pollo espectacular comprobó, ya en casa y mientras se lavaba los dientes, que la muela era de su propiedad y de oro de ley, y hubo que disuadirle de sus intenciones de volver al lugar de los hechos a fin de recuperarla.
Mi padre tenía una dentadura que le molestaba mucho y cuando viajaba se la quitaba, pero mi madre no quería verle sin dientes, así que insistía – anda, hombre, póntela – y un buen día mi padre sacó su dentadura del bolsillo, abrió la ventanilla y la tiró a los rastrojos.
Uno de mis amigos más mayores tuvo que asistir a una cena el mismo día que le habían puesto la dentadura postiza. Sufría una tortura inenarrable, así que se situó discretamente en la mesa justo al lado de la abuela de la casa, una mujer un poco ida de la cabeza. No podía comer y casi no podía hablar, así que se quitó la dentadura con discreción, se la metió en el bolsillo del pantalón y consiguió llegar a los postres respondiendo con monosílabos y sonriendo sin abrir la boca. En el café miró al suelo y vio con espanto que se le había caído la dentadura. La recogió con la servilleta y la volvió a guardar.
Al día siguiente se encontró con dos dentaduras, una en el bolsillo del pantalón y otra en el de su chaqueta y no sabiendo qué hacer, pidió a su mujer que llamase a la casa de sus anfitriones. Se puso la asistenta, que le indicó que los señores se habían tenido que llevar a su madre a urgencias porque, al parecer, se había tragado la dentadura postiza.
Esto que cuento es todo verdad y lo cuento como homenaje a los viejos que tienen un vaso con dentadura en la mesilla. Va por ustedes.
Tengo una nieta que me deja un postizo parecido a un chicle de fresa sobre la mesa del desayuno; una sobrina que alargó por dos años su molesta ortodoncia porque su madre, una de mis más dilectas primas, sobornó al dentista con regalos y jamones para que no le quitase los ganchos a fin de demorar en lo posible la práctica del morreo,- creo que en vano - , y también tengo una amiga que sufre en silencio una ortodoncia de caballo, porque aquello que lleva en la boca es auténticamente un freno para la gula y la lujuria.
Esto sucede en este siglo, pero los que fuimos niños, jóvenes o adultos en el siglo pasado no sólo nos tuvimos que conformar con nuestros dientes amontonados o mellados, sino que nunca llegamos al Día del Implante, sufriendo en cambio el Día del Puente, puente que la mayoría de las veces es colgante y acaba tragado al mismo tiempo que el bocado de pepito de ternera.
Nuestros parientes ancianos suelen llevar dentaduras postizas y amenizan las veladas y las partidas de bridge castañeando los dientes para llevar el compás y ganar la última mano. Me cuenta una amiga que su padre encontró una muela de oro en una paella de un estupendo restaurante y después de montar un pollo espectacular comprobó, ya en casa y mientras se lavaba los dientes, que la muela era de su propiedad y de oro de ley, y hubo que disuadirle de sus intenciones de volver al lugar de los hechos a fin de recuperarla.
Mi padre tenía una dentadura que le molestaba mucho y cuando viajaba se la quitaba, pero mi madre no quería verle sin dientes, así que insistía – anda, hombre, póntela – y un buen día mi padre sacó su dentadura del bolsillo, abrió la ventanilla y la tiró a los rastrojos.
Uno de mis amigos más mayores tuvo que asistir a una cena el mismo día que le habían puesto la dentadura postiza. Sufría una tortura inenarrable, así que se situó discretamente en la mesa justo al lado de la abuela de la casa, una mujer un poco ida de la cabeza. No podía comer y casi no podía hablar, así que se quitó la dentadura con discreción, se la metió en el bolsillo del pantalón y consiguió llegar a los postres respondiendo con monosílabos y sonriendo sin abrir la boca. En el café miró al suelo y vio con espanto que se le había caído la dentadura. La recogió con la servilleta y la volvió a guardar.
Al día siguiente se encontró con dos dentaduras, una en el bolsillo del pantalón y otra en el de su chaqueta y no sabiendo qué hacer, pidió a su mujer que llamase a la casa de sus anfitriones. Se puso la asistenta, que le indicó que los señores se habían tenido que llevar a su madre a urgencias porque, al parecer, se había tragado la dentadura postiza.
Esto que cuento es todo verdad y lo cuento como homenaje a los viejos que tienen un vaso con dentadura en la mesilla. Va por ustedes.
MASAJES
Se percibe una indudable tendencia en el sufrido cuerpo de funcionarios, abotargado por la larga permanencia invernal en la silla de la oficina, a la visita a los salones de belleza, cabinas solarium, depilaciones lasser, institutos paramedicinales que ofertan masajes milagrosos y anticelulíticos, tratamientos de gel frío, máquinas creadoras de colágeno antienvejecimiento y otros métodos de dudosa eficacia que se presentan como la panacea universal: fuera michelines, nada de piel de naranja, cero en arrugas y arriba colgajos. Cuerpo firme, joven, culos redondos y morenos, senos altos y, el que no los tenga, torso depilado.
A la vista del tórrido verano que se avecina, más tórrido que nunca por culpa de la sequía, la mitad del sueldo de los pobres y probos funcionari@s está yendo a parar a estos lugares de tortura, de los que, nos asegura la engañosa publicidad, saldremos convertidos en dioses/diosas y en los que certifican que la inmersión obligada de este año en la minitanga será juego de niños.
Alentada por estas ilusorias promesas, una de mis más dilectas amigas se apuntó a un lujoso centro de belleza y se sometió a diversos tratamientos que puedo asegurar no necesita, ya que posee un cuerpo diez que ya quisieran muchas. Parece ser que el jerifalte de este centro, hombre extranjero y bien parecido, aburrido de ver, y tocar, michelines, se encapricho de esta chica que carecía de ellos y se propuso hacerle un tratamiento privado con miras más que torticeras.
Cuenta ella que el masaje se prolongó más de lo acostumbrado y que la respiración del profesional se hizo más rápida y profunda a medida que las hábiles manos avanzaban por su cuerpo y que incluso creyó ver por el rabillo del ojo, una cierta tendencia a la tienda de campaña en todo lo que era la masa encefálica, de su, ahora sí, claramente, tocador.
Mi amiga es chica de decisiones rápidas. Dice no obstante que dudó un minuto, pensando sí esto estaría comprendido en el precio y también por culpa de la bondad física del masajeante, a ver quién no ha tenido nunca una tentación, pero que se repuso en el acto y le gritó: ¡Aborta operación, aborta operación, que tengo novio!
Ella está enamorada y tomó la senda del bien, pero ¿podría dar aquí la dirección del salón de belleza del frustrado follador?...
A la vista del tórrido verano que se avecina, más tórrido que nunca por culpa de la sequía, la mitad del sueldo de los pobres y probos funcionari@s está yendo a parar a estos lugares de tortura, de los que, nos asegura la engañosa publicidad, saldremos convertidos en dioses/diosas y en los que certifican que la inmersión obligada de este año en la minitanga será juego de niños.
Alentada por estas ilusorias promesas, una de mis más dilectas amigas se apuntó a un lujoso centro de belleza y se sometió a diversos tratamientos que puedo asegurar no necesita, ya que posee un cuerpo diez que ya quisieran muchas. Parece ser que el jerifalte de este centro, hombre extranjero y bien parecido, aburrido de ver, y tocar, michelines, se encapricho de esta chica que carecía de ellos y se propuso hacerle un tratamiento privado con miras más que torticeras.
Cuenta ella que el masaje se prolongó más de lo acostumbrado y que la respiración del profesional se hizo más rápida y profunda a medida que las hábiles manos avanzaban por su cuerpo y que incluso creyó ver por el rabillo del ojo, una cierta tendencia a la tienda de campaña en todo lo que era la masa encefálica, de su, ahora sí, claramente, tocador.
Mi amiga es chica de decisiones rápidas. Dice no obstante que dudó un minuto, pensando sí esto estaría comprendido en el precio y también por culpa de la bondad física del masajeante, a ver quién no ha tenido nunca una tentación, pero que se repuso en el acto y le gritó: ¡Aborta operación, aborta operación, que tengo novio!
Ella está enamorada y tomó la senda del bien, pero ¿podría dar aquí la dirección del salón de belleza del frustrado follador?...
BICHAS
Comprendo a los andaluces que no pueden pronunciar la palabra “culebras” y dicen “bichas”, así, como para no nombrar al demonio, porque yo he intentado escribir en la cabecera una palabra que denomina a un insecto repugnante y no he podido verlo, la sola vista de la palabra escrita sobre el papel, invoca al animal y a sus patas, lo veo negro y brillante, pegado al suelo, y me contamina de alguna manera. No es un asco cualquiera, ni una aversión nerviosa, es algo mucho más descontrolado y profundo.
Debe ser, es, sin duda, una neura particular. Bueno, no muy particular, porque de ella participamos varios miembros de la familia, pero estoy segura de que algo ha debido pasarnos en otra vida para que la sola sensación de algo que corre en la oscuridad, nos lleve a ese miedo desenfrenado.
He pasado una mañana subida en la mesa de mi comedor, vestida para salir, con las llaves en la mano – pero sin el teléfono móvil, gracias a Dios, que si lo hubiera tenido habría llamado al 112 – sobrecogida de angustia viendo como la intrusa se paseaba por el recibidor de mi casa, atolondradamente. Esa torpeza, ese no saber dónde iba, me daba más miedo todavía, y confieso que me mataba la estupidez de la situación, no poder vencer ese desasosiego, esa angustia que naciendo de mis rodillas me llegaba hasta la garganta, y pasé la mañana rabiando por no bajar y ¡plaff!, dar ese pisotón liberador que otros pueden dar y quedarse más frescos que una lechuga.
Me hago una cura mental, diciéndome que adoro los grillos, que los he guardado en una jaulita de alfileres y madera, que los he cogido en mi mano, he acariciado sus alas, los que mejor cantan son los que tienen una “R”, y he aspirado ese olor que tienen a hoja de parra y, al fin y al cabo, no son tan diferentes. Grillos sí, lo otro, no. Creo que ellas saben algo de mí inconfesable y muy antiguo, que han asistido a mi muerte anterior, esbirros del demonio, embajadoras aceitosas del infierno en las más sucias alcantarillas… y vuelvo a sentir este miedo paralizante y desmedido.
Hago mal en descubrir aquí en la web mis debilidades, creo que , si yo fuera espía, cualquiera podría obtener mi confesión sólo con azuzarme un bicho de estos aunque estuviera muerto. Pero es que el miedo es irracional y muy poco rentable, para dos veces que me pasa algo así, paso la vida acongojada.
Y toda esta vaina es sólo porque, con las obras de mi cocina, la otra noche salió por el pasillo una cucaracha como un toro de miura (parece que mi terapia está dando resultados, ya he podido escribir su nombre) ¡Anda la mierda de la cucaracha que se vaya a la feria de San Isidro, me cagüen su padre!….





