COCINAS
Mi amigo Manolo, que es un hombre sabio y políticamente correcto, me cuenta un chiste por teléfono:
¿Qué hace una mujer fuera de la cocina?
¿Qué? ¿qué? – pregunto, temiéndome lo peor.
Turismo… - contesta él. Y se ríe.
Creo que se lo debe contar a la Vicepresidenta del Gobierno a ver qué opina, y se lo digo, pero él se ríe mucho más y me invita a comer. No lleva ninguna intención torticera, es sólo que mi cocina está en obras y mi casa es una zanja por donde campean las brigadas internacionales de la construcción o las de la destrucción, y Manolo sabe que soy ahora una pobre mujer descocinada y vulnerable, que hace turismo por los restaurantes y carece de raíces.
Mi madre tiene noventa y dos años y expresa cada día su satisfacción por no haber tenido nunca la necesidad de aprender a cocinar, se quiere morir sin haber aprendido y a poco que la suerte le acompañe, lo conseguirá. Pero yo soy de esa generación que se crió en la cocina, entre planchas y pucheros. Todavía guardo en mis oídos la guía comercial y las canciones de Antonio Molina o Juanito Valderrama, dedicadas en la radio a la niña más bonita, que nunca era yo, de sus abuelitos que mucho la quieren, y puedo oler con mi inexistente olfato las tortas de chicharrones y las galletas de nata que hacían para desayunar. En la cocina de invierno me quitaba el uniforme y merendaba pan y chocolate sentada en silla de enea y oliendo a almidón. En la cocina de verano mataba moscas y bebía agua de un botijo y en esa cocina de mi infancia aprendí las primeras lecciones sobre el amor y el sexo, espiando las conversaciones cruzadas a medias. Porque la cocina era lugar de confidencias y de mujeres, un sitio cálido donde siempre estaba a gusto y de donde nadie me podía echar.
Luego, en los sesenta, cuando en el cine veíamos las preciosas cocinas americanas, mientras estudiaba la carrera, sentía a veces nostalgia de la cocina caliente de mi niñez, aunque la verdad es que en esas fechas una estaba por otras cosas más serias y más trascendentales y la cocina estaba en el último lugar de mi lista de expectativas, era sólo un lugar un poco mágico al que no debía regresar.
Cuando me casé mi padre me lo advirtió: No te cases, que te van a meter en la cocina. Comprendo que él había hecho una inversión conmigo y temía verme convertida en una señora gorda obsesionada por la comida. Me casé, y sinceramente, estoy mucho rato en la cocina.
Así las cosas diré que aprendí a guisar y a todo lo demás y que sigo oyendo la radio en la cocina y sentándome en la mesa a conversar con mi hija y mis amigas. O a desayunar con mi hijo y con la radio.
Ahora que van a tirar toda la cocina, y mi vida se va a renovar con muebles estratificados, ladrillos rectificados y encimeras de silestone, creo que Manolo ha dado en la diana, los hombres tienen otra relación con el sagrado fuego del hogar, pero en la vida de una mujer siempre se ve al fondo la cocina.
¿Qué hace una mujer fuera de la cocina?
¿Qué? ¿qué? – pregunto, temiéndome lo peor.
Turismo… - contesta él. Y se ríe.
Creo que se lo debe contar a la Vicepresidenta del Gobierno a ver qué opina, y se lo digo, pero él se ríe mucho más y me invita a comer. No lleva ninguna intención torticera, es sólo que mi cocina está en obras y mi casa es una zanja por donde campean las brigadas internacionales de la construcción o las de la destrucción, y Manolo sabe que soy ahora una pobre mujer descocinada y vulnerable, que hace turismo por los restaurantes y carece de raíces.
Mi madre tiene noventa y dos años y expresa cada día su satisfacción por no haber tenido nunca la necesidad de aprender a cocinar, se quiere morir sin haber aprendido y a poco que la suerte le acompañe, lo conseguirá. Pero yo soy de esa generación que se crió en la cocina, entre planchas y pucheros. Todavía guardo en mis oídos la guía comercial y las canciones de Antonio Molina o Juanito Valderrama, dedicadas en la radio a la niña más bonita, que nunca era yo, de sus abuelitos que mucho la quieren, y puedo oler con mi inexistente olfato las tortas de chicharrones y las galletas de nata que hacían para desayunar. En la cocina de invierno me quitaba el uniforme y merendaba pan y chocolate sentada en silla de enea y oliendo a almidón. En la cocina de verano mataba moscas y bebía agua de un botijo y en esa cocina de mi infancia aprendí las primeras lecciones sobre el amor y el sexo, espiando las conversaciones cruzadas a medias. Porque la cocina era lugar de confidencias y de mujeres, un sitio cálido donde siempre estaba a gusto y de donde nadie me podía echar.
Luego, en los sesenta, cuando en el cine veíamos las preciosas cocinas americanas, mientras estudiaba la carrera, sentía a veces nostalgia de la cocina caliente de mi niñez, aunque la verdad es que en esas fechas una estaba por otras cosas más serias y más trascendentales y la cocina estaba en el último lugar de mi lista de expectativas, era sólo un lugar un poco mágico al que no debía regresar.
Cuando me casé mi padre me lo advirtió: No te cases, que te van a meter en la cocina. Comprendo que él había hecho una inversión conmigo y temía verme convertida en una señora gorda obsesionada por la comida. Me casé, y sinceramente, estoy mucho rato en la cocina.
Así las cosas diré que aprendí a guisar y a todo lo demás y que sigo oyendo la radio en la cocina y sentándome en la mesa a conversar con mi hija y mis amigas. O a desayunar con mi hijo y con la radio.
Ahora que van a tirar toda la cocina, y mi vida se va a renovar con muebles estratificados, ladrillos rectificados y encimeras de silestone, creo que Manolo ha dado en la diana, los hombres tienen otra relación con el sagrado fuego del hogar, pero en la vida de una mujer siempre se ve al fondo la cocina.
Comentario:
La dirección de Hiroshima Salones, bautizos, bodas y comunciones, a petición de doña Dora, comunica que en ningún momento se han producido en sus instalaciones acciones u actos deshonestos, impuros o pecaminosos, y mucho menos en la figura del cura. Constato así la versión que especifica doña Dora. Yo mismo, gerente in pectore, le facilité de buena gana y de manera gratuita el Cebralín, al ver que con soda la mayonesa se hacía un emplasto en la sotana e iba a quedar deslucida y rala en la comunión del Johnatan. Manola, eres una guarra contando lo de la mesa de la cocina. A este paso me va a pillar tu marido y me va a capar, que ya me mira raro. Ojalá hubiera sido de mármol la jodida mesa. Una y no más.
Comentario:
Espero que tras Manola y Manolo vuelva Don Ramón. Ese molaba mucho y daba mucho morbo... ¿quizá se ha arrepentido y está haciéndo penitencia en Torreciudad?
Comentario:
Mira que eres guarra, Manola. Y luego andas cacareando por ahí que yo me apiolé al cura el dia de la comunión de mi niño. Lo que pasó fue que Don Ramón, que es un señor de los pies a la cabeza, se manchó la sotána con mayonesa y yo que tambien soy una señora y muy buena feligresa, se la estaba limpiando con Cebralín y por eso no paraba de frotar. Y si no te lo crees pregunta a los de los Salones Hiroshima.¡Asquerosa mas que asquerosa!
Comentario:
Manola, como me pones.
Comentario:
A mi en una ocasión me la endiñaron sobre la mesa de la cocina, tipo la pelicula esa del Cartero llama dos veces. ¡Hay que joderse lo frio que estaba el marmol¡
Comentario:
Nos hemos ido el velocirraptor, el pingüino , el mandril y yo al mercado, para prepararle una comida a Canito, que es su cumpleaños.
El velocirraptor se ha pedido cuatro avestruces, el mandril tres kilos de altramuces y el pingüino sardinitas. (A Canito le hemos comprado raíces de catumbayá, que le gustan mucho.)
Los avestruces no hay que cocinarlos porque el velocirraptor se los come crudos. ( Ha preguntado en la pollería si los venden vivos y le han dicho que no, pero que en Cáceres sí). Los altramuces los vamos a hacer con gaseosa La Casera y las plumas de los avestruces que dan muy buén sabor. Las sardinas con alfalfa, sirope, ají y trocitos de corteza de pino y las raices con croquetas de hipopótamo y musgo.
La pingüina está a régimen y se va a meter un Bio.
El velocirraptor se ha pedido cuatro avestruces, el mandril tres kilos de altramuces y el pingüino sardinitas. (A Canito le hemos comprado raíces de catumbayá, que le gustan mucho.)
Los avestruces no hay que cocinarlos porque el velocirraptor se los come crudos. ( Ha preguntado en la pollería si los venden vivos y le han dicho que no, pero que en Cáceres sí). Los altramuces los vamos a hacer con gaseosa La Casera y las plumas de los avestruces que dan muy buén sabor. Las sardinas con alfalfa, sirope, ají y trocitos de corteza de pino y las raices con croquetas de hipopótamo y musgo.
La pingüina está a régimen y se va a meter un Bio.
Comentario:
Percibo que Fajas está pasando por un mal momento. Mi madre hizo, hace algunos años una obra en la cocina y la casa parecía Beirut en sus peores momentos. Ahora, que vivo solo, mi cocina es un armario lleno de electrodomésticos que no pueden abrirse a la vez sin grave riesgo de aplastamiento para el usuario. Sin embargo, y aqui vienen los minutos de publicidad, comunico a la peña que mi relación con el sagrado fuego del hogar es excelente y que hago desde unas albóndigas hasta unas ancas de rana para chuparse los dedos porque, ahí viene lo bueno, soy Cordon Bleu. Sigo buscando novia.
Comentario:
Como sabes, Fajas, mi relación con la cocina es de amor-odio. Tan solo me reconcilio con algunos ingredientes cuando los veo recién comprados y frecos. Entonces, haciendo gala a mi carácter compulsivo me da un ataque de creatividad y lo guiso todo. Esos días yo también pongo la radio o me conecto a mi amado IPOD, me pongo hasta delantal - que tengo uno - y todo me sale buenísimo. Vámos, casi como contaba Laura esquivel en "Como agua para chocolate". Esto es puntual, claro, reconozco que el día a día me aburre soberanamente y no pasa por ser la cocina mi mayor virtud. Por lo demás es cierto que es el punto de encuentro de desayunos y tertulias con los vástagos, que por unas cosas y por otras andamos en muy mala edad y nos hacemos preguntas cuyas respuestas quedan entre los olores de unas lentejas, un redondo de ternera o un gazpacho receta de mi madre que no tiene par. Se me ocurren otros usos de las cocinas como lugares de encuentro que no refiero por el sambenito que habitualmente se me cuelga de frivolidad y porque tienen que ver más con mis fantasías cocinadas que con la cruda realidad. Es lo malo de tener una mente desbocada. Yo de ti aprovecharía el turismo gastronómico que te proponen... y a vivir que son dos días.





