LA NUEVA VIDA
Regreso del El Cañal algo cansada: hoy mi madre me ha tirado la dentadura y, aunque no me ha dado, creo que se está entrenando y que en el futuro adquirirá más puntería.
El Cañal es como el paraiso terrenal de mi madre, pero ella no se da cuenta, no sé si sus ojos cada vez más claros pueden apreciar la perfección del jardín y la belleza de la casa y si su cabeza le permite calibrar la suerte de estar siempre bien asistida y cuidada.
Mi madre está en el Limbo ahora que lo han quitado, en mi opinión erroneamente, porque el Limbo es el lugar adecuado para todos los niños perdidos y para todos los viejos demenciados. Un lugar transitorio y cálido para estar mientras damos el gran salto al más allá, aunque una, es un poco descreída, duda mucho del más allá, repleto de seres queridos.
Pienso que si se nos apareciera en el Cañal por ejemplo San Antonio bendito, patrón de nuestra familia, si bajase del cielo en el jardín, enorme como los ángeles sufís, vestido con su hábito de dril marrón... Si descendiera con su corte de angelitos regordetes, con en Niño en sus brazos, y nos participase la certeza de la vida gloriosa de la que goza, otro gallo nos cantaría. Hazlo, por favor, San Antonio.
Me ocupo y me preocupo de la vida celestial en estos días porque acabo de jubilarme y , la verdad, siento que me voy acercando más al más allá que al más acá.
Pero mientras tanto voy a tratar de disfrutar de este verano que es lo más cercano: de momento, mañana no tengo que madrugar.
Eso sí, mañana por la mañana pensaré en Maguinda, en Princesita y en Victor, en Carmen, en Feli, en todos los que fueron mis compañeros y siguen madrugando. Y en Beatriz que estaba pasando un mal rato el otro día.
Pensaré que mi jubilación son unas largas vacaciones y en Septiembre pondré orden en mis nebulosos proyectos.
Adios, adios.





