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Fantasías Sexuales
Discutir, desde lo concreto a lo más teórico, sobre las fantasías sexuales
Acerca de

Gusalm somos dos: Gus y Alm. Gus viene de Gustavo, Gusano, Gustativo (lo sensorial); Alm viene de Almudena, Almeja, Alma (lo afectivo). Somos una pareja fantasiosa, una pareja cuya vida sexual se nutre y empapa en gran medida de la fantasía. Ambos tenemos 45 años, algo maduritos para la edad media de los blogueros, pero en fin ... ¿Y qué más decir? Pues nada, porque no creemos que haga falta.

Sindicación
 
Fantaseando la continuación del post anterior (Almu)

¿Así que te has calentado con mi aventurilla? Pues luego estuve imaginando lo que habría pasado si no me hubiera cortado y si "ella" hubiera querido, claro. ¿Quieres saberlo?

El caso es que cuando me separé y caminé hacia la puerta del baño, ella rompió ese silencio cómplice y denso. Oí esa voz ronca y tan erótica diciéndome, ordenándome: en 10 minutos en la esquina de Zara, un bmw rojo descapotable.

Me desembaracé de mi hermana con una excusa tonta y por unos momentos caminé como hipnotizada, sin darme demasiada cuenta de lo que hacía. Estaba excitada, pero también desasosegada. No sé cómo, no sé por donde anduve, pero al cabo de un ratillo estaba junto al escaparate de Zara y ahí estaba el coche rojo, ella al volante, la puerta junto a la acera abierta: me senté a su lado. Ella me miraba fija, intensamente. Volví a hundirme en sus ojos, unos ojos verdes y acuosos, profundos. Era muy bella (ya te lo he dicho, ¿verdad?).

Arrancó el motor sin palabras. Conducía rápido, pero sin brusquedades. Salimos de la ciudad y tomamos la carretera del monte. Conozco poco esa zona, sé que hay abundantes chalets de ricos, pero nunca había estado en ninguno. Cuando la carretera se tornó tranquila, ella puso una mano sobre mi muslo izquierdo. Era una mano grande, con las venas marcadas, pero muy limpia, muy cuidada; las uñas algo crecidas y recortadas rectas rascaban suave y distraídamente mi piel, haciendo nacer con sus caricias bultitos erizados. Cerré los ojos y dejé caer mi cabeza hacia atrás: sentía el viento con aroma de hojas verdes salpicado de su olor.

Llegamos a uno de esos chalets: una verja alta casi totalmente envuelta por arbustos y en el centro una puerta de dos grandes maderos macizos que se abrieron de par en par mediante un mando a distancia. El coche recorrió una pista ascendente entre jardines de grandes árboles que moría al pie de una terraza. Allí subimos ambas, cogidas de la mano. Sólo al pisar las lajas de la terraza ella habló nuevamente: Me llamo Luana, dijo, ¿y tú? Almudena, contesté. Encantada, Almudena ... Y me dio dos besos, como una amiga que me recibiera en su casa.

Me pidió que la esperara afuera, en un banco de piedra cubierto con cojines, mientras se cambiaba de ropa. Al meterse en la casa a través de una enorme cristalera, girándose apenas, me dijo: estás muy buena y me gustas mucho, Almu. Yo contesté (o quise contestar, porque la voz no encontraba la salida): tú también.

Volvió al cabo de pocos minutos, con una bandeja en la que había dos vasos. Llevaba un vestido jaspeado con un amplio escote que dejaba ver la mayor parte de sus rotundas y tostadas tetas. Apoyó la bandeja en una mesita y me alargó un vaso. Brindamos y probé la bebida: algo amarga, pero rica, muy rica. Nos sentamos en el banco, una al lado de la otra, muy juntas. Volvió a apoyar su mano derecha sobre mi muslo izquierdo; y yo hice lo mismo. Seguíamos en silencio, cada una con una mano acariciando suave, insinuantemente, el muslo de la otra; la otra mano sujetando el vaso del que cada poco rato bebíamos un sorbo. Yo sentía la ansiedad del placer a propósito demorado, de la piel impaciente; creo que a ella le pasaba algo parecido.

Acabamos los licores y ella dejó los dos vasos sobre la bandeja. De pie frente a mí puso sus manos sobre mis hombros desnudos y me izó lentamente. Luego, sus manos descendieron por mi espalda hasta llegar a la cintura; ahí, lo que era una caricia se transformó en sendos apretones que al mismo tiempo empujaban mi cuerpo hacia el suyo. De pronto me encontré totalmente pegada a ella, mi nariz hundida en el canalillo fragante de sus dos apetitosas tetas. Aspiré profundamente y dejé escapar a mi lengua que saboreó esa carne mullida, por más que fuera resultado de una operación quirúrgica.

Entonces Luana me toma la cabeza con sus dos manos y sosteniéndola me besa salvaje, intensamente. Su boca absorbe la mía con furia, su lengua entra violentamente y chupa golosa por dentro, bebiéndose mi saliva a la vez que yo hago los mismo. Le echo los brazos al cuello y mis dedos empiezan a trepar por el atrás de su cuello, enredándose gozosos en las matas de ese pelo tan negro. Estamos soldadas por las bocas en una guerra de ansias mutuas cuando ella baja sus manos hasta agarrar mis nalgas con fuerza y empujándolas a la vez que me alza en vilo, oprimirme contra su polla. Noto el impacto de ese bulto duro en mi coño y noto (¿estaría ya alucinando?) como a través de la ropa mi vagina se abre hambrienta.

Son unos minutos de intensa presión, de estar en vilo follando sin follar, de sentirme colgada de una boca y sostenida por unas manos en el culo. Acaban esos minutos y ambas volvemos a mirarnos con miradas de excitación y deseo. Soy ahora yo quien toma la iniciativa. Separo lateralmente las telas de su vestido y asomo al aire las dos tetas que tanto me gustan. Mis manos las acarician despacio pero ansiosas, las repasan y contornean; luego mis dedos se pinzan sobre ambos pezones y los retuercen levemente. Tengo la boca entreabierta, me percato de que mi lengua apunta sedienta hacia esos pechos morenos. Y miro a Luana y veo la misma mirada en sus ojos, la misma humedad lujuriosa en sus labios entreabiertos, en su lengua también asomando.

Yo llevaba el vestido blanco de asillas que tanto te gusta, ¿sabes del que hablo? Pues de golpe, sin hablar, Luana tira fuerte de las asilla (de hecho, me ha roto una) y me baja el vestido que queda a mis pies, como un charco blanco de lino. Me empieza a chupar, a llenar de saliva el cuello, las tetas, el abdomen; me manosea acariciando, agarrando, pellizcando; me frota su cara, su pelo, sus dientes que muerden tozos de carne que las manos acaban de despertar ...

En medio de ese frenético banquete, aleja por instantes la cara de mi cuerpo y me dice ronca y lujuriosa: qué buena estás perrita, cómo me pones, tengo la polla a punto de explotar, vas a ver cómo te voy a follar. Y yo la oigo y noto que la sangre me está hirviendo, multitud de burbujas que corren por mis venas llevando cada una el placer alocado de cada punto concreto de mi piel. Mis manos levantan la falda de su vestido y descubren la braguita blanca tremendamente abultada. Libero su polla que salta hacia arriba; la aprisiono ahora con mis manos que se cierran sobre ella. La aprieto y noto su placer; sus jadeos y lametones se sincronizan intensos con mis apretones.

Luana se deja caer despacio, casi con la elegancia de un desvanecimiento en el banco. Sentada con las piernas abiertas, el vestido todo descompuesto, me ordena en silencio lo que he de hacer. Me tiendo en el banco desnuda e inclino mi cabeza hacia su entrepierna. Mi boca engulle esa verga palpitante, venosa. Acaricio los testículos inflados y prietos mientras succiono, saboreo, mordisqueo. Luana se queda quieta, con los ojos muy abiertos, como pasmada. Pero enseguida apoya una mano sobre mi cabeza y la empuja para que trague más polla. Y casi me atoro, pero sigo y sigo, notando como su erección crece, como su excitación se me transmite por la boca y me recorre por dentro el cuerpo, electrizándome, hasta llegar a mi coño. Mi mano derecha baja hasta la vagina.



En poco rato sentí las olas de mi primer orgasmo, justo cuando la polla de Luana llenaba al máximo mi boca. Ella también debió notarlo porque me sujetó la cabeza deteniendo sus convulsiones. Despacio se fue enderezando hasta quedar de pie frente a mí que seguía adherida a su polla. En esa posición empezó a follarme despacio la boca, entraba y casi salía, volvía a entrar y casi volvía a salir. Sus manos me sujetaban la cabeza, insinuándome apenas el ritmo de mis succiones; sus dedos se enredaban en mi pelo, a veces tiraban de ellos, a veces rascaban el cráneo.

Se giró entonces e hizo que yo también me diera la vuelta, manteniéndome a gatas sobre los cojines del banco. Acercó su cabeza a mi culo y empezó a chuparme el ano, los labios vaginales, el clítoris; así en movimientos pausados al principio, luego cada vez más rápidos. Giré mi cabeza y vi que se estaba poniendo un condón sin mirar: las manos se ocupaban de la polla mientras su cara y su lengua exploraban mis partes bajas. Cerré los ojos atenta a la marea de placeres que me venían, sentía que se avecinaba la inundación de un nuevo orgasmo.

Entonces me penetró. Ni siquiera noté el acercamiento previo de la polla; no hubo tanteos. Solo fue separar su cara y su lengua, notar sus manos sobre mis nalgas y sentir la verga dura y cálida que me llenaba, deslizándose sin esfuerzo por mi humedísima vagina. Y fue sentirla dentro y casi de inmediato correrme: un orgasmo quizás no tan intenso como el primero, pero más largo, más vibratorio, que se prolongaba acompasándose a los empujones de la polla de Luana.

Estuvo follándome un buen rato. Luego, salió de mí, se sentó en el banco y cogiéndome casi al peso me clavó de nuevo en su polla. Me folló entonces levantándome y dejándome caer, marcando el ritmo con sus brazos eróticamente musculados. Y a ratos descansaba, dejandome insertada hasta el fondo, y me lamía una teta, me besaba en la boca. Aguantó mucho tiempo en esta posición, mientras yo le acariciaba el pelo, le recorría la cara con mis dedos. Al final, me apartó, se levantó, se quitó el condón y me ofreció la polla brillante y dura. Me acuclillé y empecé a chupar con sorbetones rápidos masturbándome violentamente al mismo ritmo. Así hasta que se corrió ... y yo poco después, mientras su semen se deslizaba por mis pechos.



Detengamos aquí la fantasía; dejemos sin detallar cómo siguió la velada, cómo nos despedimos después de que me dejara en la ciudad, a poca distancia de la casa de mi hermana; no desvelemos si habrá más encuentros ... ¿Qué opinas?

Sólo añadiré que, mientras Luana me penetraba, te imaginé a ti haciéndole a ella lo mismo. Y también te imaginé en más combinaciones ... Mañana tendremos que practicar algunas cosas. Besos.

 
Un encuentro excitante (Almu)

Hola, lindo. Al salir de la exposición de reptiles, mi hermana y yo nos sentamos en una terracita del paseo marítimo. Al poco, mientras saboreábamos nuestras cervezas, apareció una tremenda morenaza. Melena larga y ondulada, que brillaba al moverse; una cara preciosa de ojos grandes y labios carnosos; las tetas ... Dios mío qué tetas, muy grandes y a la vez perfectas. Obviamente operadas, pero qué más da. Sobresalían desafiantes hacia adelante, enfundadas en una camiseta elástica, de esas que a ti tanto te gustan. Más abajo una cintura delgada que resaltaba más las caderas rotundas. El culo redondo y también grande, muy grande. Piernas infinitas y torneadas ; y para colmo, al aire en sus nueve décimas parte: minúscula minifalda. ¿Te la imaginas? ¿Y no te estás excitando?

Pues a ambas nos llamó la atención. Tamaño mujerón nos dijimos mirándola mientras se sentaba en una mesa bastante cercana a la nuestra. Ana fue la primera en darse cuenta de que era un travesti. Demasiado alta, brazos musculados en exceso, la voz algo ronca (si bien bastante erótica) cuando pidió un cortado. No nos fijamos en las manos, como tu me dijiste ... Pero era un travesti, una travesti preciosa y tremendamente cargada de sexualidad.

Esto, con menos detalle, ya te lo he contado por teléfono. Lo que no te he contado es que se dio cuenta de que la mirábamos, de que hablábamos de ella. Y en un momento nos sostuvo la mirada, a mí especialmente, y sonrió. La verdad es que nos pusimos nerviosas y pedimos la cuenta. Mientras ella (¿él?) nos miraba irónica, pagamos y nos levantamos para irnos.

Ahí podría haber quedado la historia, pero hubo un algo más. Al pasar junto a ella, armándome de valor, le devolví la mirada y la sonrisa. Luego, pidiéndole a Ana que me esperase, entré en la cafetería para ir al baño. Al cruzar la puerta del local me giré ostensiblemente y miré a ese mujerón que seguía mirándome, enviándome lujuria desde sus ojos. Me mordí levemente los labios y dejé asomar la punta de la lengua antes de seguir hacia los servicios.

Pasó un ratito; estaba de pie frente al lavabo. Se abrió la puerta y entró ella (no puedo decir él). Me quedé inmovil, muy muy nerviosa, muy muy excitada. Ella se puso detrás de mí; no dijo nada. Yo bajé la vista, entreviendo su imagen en el espejo. Ella pegó su cuerpo al mío, sus tetas oprimieron mi espalda. Bajó la cabeza y pegó sus labios a mi cuello, su pelo largo y negro (¡qué bien olía!) resbaló por mi cara en suave cosquilleo. Me lamió despacio desde la oreja hasta el hombro, su lengua muy extendida. Apreté mi culo contra su ingle y noté el bulto duro de su polla. Las piernas me temblaban, hube de apoyar fuerte las manos en el lavabo. Enseguida las suyas simétricas, a la par, recorrieron mi cara, mi cuello, mis pechos, mi tripa y acabaron juntas sobre mi coño.

En ese momento casi me desvanezco de la excitación. Con un esfuerzo tremendo me enderecé y me di la vuelta. En un instante que pareció eterno, mientras ella me sostenía por la cintura, nos miramos hasta el fondo de los ojos. Entonces mi mano bajó a su entrepierna, por debajo de la falda, y asió su polla dura. Nada más que tocarla, apretarla ... Y soltarla, separarme y comenzar a andar hacia la puerta. Ella permaneció inmóvil y en silencio mientras salía.

Ana me notó rara (lo sé) pero no dijo nada. Nos fuimos a su casa. ¿Me matarás por no haberle pedido el teléfono? Confío en que tu venganza la resolvamos en la cama en cuanto regrese. Un beso muy grande.


PS: ¿A qué esperas para publicar el relato de lo que vivimos este fin de semana?