A pesar de haberlo intentado muchas veces, ya veo que no te animas a escribir un post sobre lo que pasó aquel día en tu casa. Vale lindo, yo lo hago, con una única condición: que volvamos a repetirlo alguna vez...
Cuando entré en la habitación comprobé lo bien que habías hecho tu trabajo. Un hombre desconocido estaba atado a tu cama; yacía indefenso, con los brazos en cruz y las piernas abiertas, sus muñecas y tobillos envueltos en pañuelos de arpillera que lo sujetaban fuertemente a la cama.
Era un hombre alto, bien hecho... y muy bien dotado, un buen ejemplar. Le habías vendado los ojos con un pañuelo de seda lo suficientemente apretado como para que no viera nada. Mirándolo así me pareció un lindo juguete, atado y empaquetado a la espera de que yo lo probara. Un lindo juguetito, sólo para mí.
Te miré divertida, ( qué bien me conoces ) , mientras tú te acomodabas en el suelo, cerca de la puerta, dispuesto a no perder detalle de lo que iba a pasar entre tu amigo y yo.
Me acerqué despacio, sin hacer apenas ruido, y pude comprobar la agitación de aquel cuerpo tendido, su respiración acelerada y la tensión que revelaba la extraña mueca de su boca al apretar con fuerza las mandíbulas.
- Tranquilo, no pasa nada. - y apoyé las rodillas en la cama mientras estudiaba su anatomía decidiendo por dónde empezar.
Noté un escalofrío en su cuerpo al oir mi voz, susurrante, como habíamos acordado. Aunque no me conociera, no queríamos que oyera mi voz, parte del reto estaba en lo desconocido, crear un mundo irreal en el que los sentidos fueran los dueños absolutos de la situación.
Me senté a su lado y empecé a acariciarlo, recorrí suavemente con mis dedos todo su cuerpo, desde los hombros hasta los pies, mientras iba notando como, en cada caricia, iba aflojando la tensión, sus músculos se relajaban y las manos se le abrían, rendidas, igual que todo su cuerpo.
Te miré de reojo, no te habías movido de tu sitio, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, confirmó lo que ya pensaba : te estaba gustando.
Me puse de rodillas sobre él, animada por tu beneplácito, aunque ya estaba bastante excitada, y empecé a lamer su cuello mientras rozaba su cuerpo con el mío, - no te muevas -, y seguí lamiendo y mordisqueando sus pezones, mientras él iba tomando conciencia de su inmovilidad e intentaba mover las manos para tocarme.
Cuando empezó a gemir, me di cuenta de lo muy excitado que estaba, movía su cuerpo en un inútil intento de controlar la situación y a medida que se daba cuenta de que la dueña era yo, más se excitaba y más gemía, ya no sé si de placer o por desesperación.
-Cállate, no puedes hacer nada - seguí susurrando, mientras mi cuerpo buscaba placer en la sumisión del suyo.
De repente paré, su pene iba a estallar de un momento a otro y no podía permitir que tu regalo durara tan poco, así que volví a las caricias, suaves, lentas, a pasar mi lengua por su cuerpo mientras yo me acariciaba también, y haciendo caso omiso de sus palabras, bastante soeces por cierto, volví a relajarlo, proporcionándole esa clase de placer más cercana al espíritu que al cuerpo.
Apoyé mi nariz en la suya, dejando que mis labios rozaran su boca y creo que en ese momento se volvió loco de deseo, empezó a mover los brazos para agarrarme y creí que por poco lo lograba, pero no pudo, y en lugar de eso, me dio un beso desesperado, concentrando en su boca todas las ganas que tenía de tocar mi cuerpo.
Y me olvidé de ti amor, lo estaba pasando tan bien con mi juguete, que no me di ni cuenta de que te habías acercado y que estabas allí, muy cerca, con ganas también de tocarme y besarme.
La situación era la siguiente: estaba con dos hombres, uno que no podía hacerme nada porque estaba atado, y otro que tampoco podía porque no debía entrar en el juego, pero los dos me deseaban, y mucho, y el solo hecho de saberlo me puso a mil, así que empecé a jugar fuerte.
Me arrodillé en su boca y le ordené que me comiera. Me obedeció enseguida y empezó a lamer mi coñito hábilmente, yo me sentía morir de placer, ahora la que gemía era yo. Me corrí en su boca, pero no me había saciado todavía, quería más, quería sentirlo dentro, así que me coloqué entre sus piernas y empecé a chuparle la polla, que seguía dura.
Empezó a moverse, mientras pronunciaba palabras sin sentido, obscenas, excitantes, mientras mi boca entraba y salía de su pene.
De repente sentí tus manos agarrarme por detrás y tu verga dura entrar en mi cuerpo, no pudiste aguantar y empezaste a follarme con todas tus fuerzas.
Él fue el primero en correrse, después nosotros dos; te miré y nos reímos. Salí en silencio como había entrado.
No sé lo que hiciste con Paco ni lo que te contó, y , sinceramente, tampoco me importa.





