Hola, lindo. Al salir de la exposición de reptiles, mi hermana y yo nos sentamos en una terracita del paseo marítimo. Al poco, mientras saboreábamos nuestras cervezas, apareció una tremenda morenaza. Melena larga y ondulada, que brillaba al moverse; una cara preciosa de ojos grandes y labios carnosos; las tetas ... Dios mío qué tetas, muy grandes y a la vez perfectas. Obviamente operadas, pero qué más da. Sobresalían desafiantes hacia adelante, enfundadas en una camiseta elástica, de esas que a ti tanto te gustan. Más abajo una cintura delgada que resaltaba más las caderas rotundas. El culo redondo y también grande, muy grande. Piernas infinitas y torneadas ; y para colmo, al aire en sus nueve décimas parte: minúscula minifalda. ¿Te la imaginas? ¿Y no te estás excitando?
Pues a ambas nos llamó la atención. Tamaño mujerón nos dijimos mirándola mientras se sentaba en una mesa bastante cercana a la nuestra. Ana fue la primera en darse cuenta de que era un travesti. Demasiado alta, brazos musculados en exceso, la voz algo ronca (si bien bastante erótica) cuando pidió un cortado. No nos fijamos en las manos, como tu me dijiste ... Pero era un travesti, una travesti preciosa y tremendamente cargada de sexualidad.
Esto, con menos detalle, ya te lo he contado por teléfono. Lo que no te he contado es que se dio cuenta de que la mirábamos, de que hablábamos de ella. Y en un momento nos sostuvo la mirada, a mí especialmente, y sonrió. La verdad es que nos pusimos nerviosas y pedimos la cuenta. Mientras ella (¿él?) nos miraba irónica, pagamos y nos levantamos para irnos.
Ahí podría haber quedado la historia, pero hubo un algo más. Al pasar junto a ella, armándome de valor, le devolví la mirada y la sonrisa. Luego, pidiéndole a Ana que me esperase, entré en la cafetería para ir al baño. Al cruzar la puerta del local me giré ostensiblemente y miré a ese mujerón que seguía mirándome, enviándome lujuria desde sus ojos. Me mordí levemente los labios y dejé asomar la punta de la lengua antes de seguir hacia los servicios.
Pasó un ratito; estaba de pie frente al lavabo. Se abrió la puerta y entró ella (no puedo decir él). Me quedé inmovil, muy muy nerviosa, muy muy excitada. Ella se puso detrás de mí; no dijo nada. Yo bajé la vista, entreviendo su imagen en el espejo. Ella pegó su cuerpo al mío, sus tetas oprimieron mi espalda. Bajó la cabeza y pegó sus labios a mi cuello, su pelo largo y negro (¡qué bien olía!) resbaló por mi cara en suave cosquilleo. Me lamió despacio desde la oreja hasta el hombro, su lengua muy extendida. Apreté mi culo contra su ingle y noté el bulto duro de su polla. Las piernas me temblaban, hube de apoyar fuerte las manos en el lavabo. Enseguida las suyas simétricas, a la par, recorrieron mi cara, mi cuello, mis pechos, mi tripa y acabaron juntas sobre mi coño.
En ese momento casi me desvanezco de la excitación. Con un esfuerzo tremendo me enderecé y me di la vuelta. En un instante que pareció eterno, mientras ella me sostenía por la cintura, nos miramos hasta el fondo de los ojos. Entonces mi mano bajó a su entrepierna, por debajo de la falda, y asió su polla dura. Nada más que tocarla, apretarla ... Y soltarla, separarme y comenzar a andar hacia la puerta. Ella permaneció inmóvil y en silencio mientras salía.
Ana me notó rara (lo sé) pero no dijo nada. Nos fuimos a su casa. ¿Me matarás por no haberle pedido el teléfono? Confío en que tu venganza la resolvamos en la cama en cuanto regrese. Un beso muy grande.
PS: ¿A qué esperas para publicar el relato de lo que vivimos este fin de semana?
**besos lascivos**





