Ha sonado el timbre, la señora quiere que vaya. Entro despacio en la sala, una habitación oscura, abarrotada de muebles antiguos; los grandes ventanales están cubiertos por pesados cortinajes. Ella está al fondo, apenas la distingo sentada en la silla alta tapizada en damasco rojo, hierática, como una reina cruel en su trono. Acércate, me ordena. Antes de avanzar pregunto si quiere que encienda la luz. Acércate, repite; la orden ahora se tiñe de amenaza.
Camino temerosa hacia ella. La cabeza baja, siguiendo con los ojos las líneas geométricas del pavimento de madera barnizada. No se me ocurre qué puede querer de mí a estas horas. Llevo sólo una semana trabajando en la casa, una semana en que ambos, un matrimonio de edad madura, me han dejado clara la estricta rutina que debo cumplir. Es la primera vez que, después de recogida la cena, se me requiere. Estoy ante ella: ¿qué desea, señora?
Lentamente levanto la vista. Ella está sentada mirándome fijamente. El cabello negro con media melena apenas cubriéndole las orejas, una blusa blanca abotonada al centro, una falda de vuelo oscura que llega hasta las rodillas. Tiene las piernas ligeramente abiertas; intuyo sus muslos regordetes, veo sus brazos carnosos apoyados en el regazo, bajo el abundante pecho caído. Son unos segundos en que nuestras miradas se cruzan en silencio; la mía desconcertada, la suya calculadora.
Arrodíllate. La voz suena a mi espalda; una voz grave, imperativa pero tranquila. Es la voz de él, a quien descubro de pie detrás de mí. Perdón, señor, ¿cómo ha dicho? Arrodíllate delante de mi mujer. Y mientras habla apoya sus grandes manos sobre mis hombros; apenas presiona, pero una corriente me cruza todo el cuerpo. No entiendo nada, siento miedo y, a la vez, una extraña excitación. Pero señor, protesto débilmente. No te preocupes, dice ... Y sus manos empujan algo más decididas. No has de hacer preguntas, tu trabajo es obedecer.
No quiero hacerlo ... Mentira, sí quiero hacerlo. Necesito este empleo, me digo. Las piernas se me van doblando lentamente, los ojos de ella se clavan en los míos y me arrastran hacia abajo, al igual que las manos de él en mi espalda. Un cosquilleo me revolotea en el estómago. Ella va deslizando su culo hacia adelante mientras sus dedos regordetes recogen la falda hacia arriba. De pronto, estoy arrodillada y las manos de él han colocado mi cara justo entre las piernas de su mujer; ante mi boca, casi pegado, está su coño, abierto y mojado.
Lame. La palabra hace evidente la situación. Quiero hacerlo, aunque sé que no debo. Las manos del hombre siguen en mi espalda, excitándome. Miro el coño, su humedad se me antoja brillante, atrayente. Tímida, lo rozo con la punta de la lengua. Un sabor fuerte, salado, invade mi boca. Me gusta. Sigo ensayando lengüetazos, la puntita saltando por los labios y cada vez dejándose hundir. Poco a poco ya no es la punta, arrastro toda la superficie de la lengua sobre la vulva, que se va hinchando, un agujero rojo y negro que se ensancha.
La mujer abre las piernas cada vez más, siento cómo sus carnes se aflojan, cómo el placer la va inundando ... Gime con sonidos gatunos, se agarra a los brazos de la silla para impulsar su coño contra mi boca. Mi cara se hunde en sus jugos, que me empapan de olores; mi lengua penetra hasta el fondo, chupando afanosamente; mi boca aspira ansiosa el aire del sexo. Llevo mi mano derecha a mi clítoris y empiezo a acariciarlo. Estoy muy excitada.
De pronto, él me remanga la falda, noto el aire frío entre mis piernas, en los labios abiertos y húmedos de mi vulva. Enseguida, casi sin tiempo de entender lo que pasa, siento la punta de su polla presionando para entrar en mi vagina. Ese solo contacto hace que mi culo se impulse hacia atrás y mi coño se abra engullendo ese pene duro y caliente. El me sujeta por la cintura y de un solo golpe penetra hasta el fondo, empujándome de nuevo contra su mujer. Y entonces, durante un tiempo interminable, él me folla con violentas sacudidas mientras yo lamo, chupo, mordisqueo, sorbo, beso, me hundo en el coño palpitante de mi señora ...
Esta fue la primera fantasía que me contaste, unas dos semanas después de enrollarnos. Creo recordar que estábamos hablando de lo que nos excitaba.
Sí, te empecé a hablar de las fantasías, de lo importantes que eran para mí.
Es verdad, y me sorprendiste. Nunca había hablado de eso con anteriores parejas. Ni siquiera había pensado mucho sobre ellas.
Pues a mí lo que me sorprendió fue que apenas hubieras tenido fantasías, que no las hubieras usado para excitarte.
Luego ha resultado que sí he tenido algunas, incluso desde muy joven ... Pero, desde luego, muchas menos y mucho menos continuadas que tú. Me gustaría saber si los hombres somos menos fantasiosos que las mujeres ...
No lo sé, aunque estoy casi segura que vuestras fantasías son bastante más elementales, menos elaboradas. Me imagino que es porque el hombre tiene instintos más directos; mientras que la mujer está habituada a organizar mucho más su vida, incluso en el terreno de las fantasías: por eso las detalla más, las elabora muy narrativamente.
Puede influir también que el hombre se excita sobre todo visualmente, lo que es más directo, menos elaborado; mientras que la mujer lo hace más auditivamente, más despacio, requiriendo una narración.
Yo diría que la mujer, como en todo, usa los cinco sentidos ...
Bueeeno, vamos a no meternos en guerras de sexo. Cambio al tema del que en realidad quería hablar al hilo de tu fantasía y no es otro que la temática. Obviamente, lo que te excita de esta fantasía tuya es el sentirte dominada, obligada a hacer algo que consideras sucio, prohibido. ¿Me equivoco?
Puede que haya más factores, pero sí, es verdad. En la mayoría de mis fantasías me ocurren cosas porque me las "imponen". Es otro quien toma la iniciativa y va llevando la fantasía hacia los actos sexuales. Yo me veo obligada a hacerlos, tengo siempre la excusa de que "yo no quería, pero ...". Aunque ciertamente es una excusa, porque, incluso en la fantasía (que, al fin y al cabo, me la invento para excitarme) la protagonista (yo) quiere hacer lo que hace.
Es una atracción por el sexo porque lo entiendes como algo malo, sucio ... Y te excita el que otro te ensucie, te lleve a ese terreno.
Es así, pero no es tan sencillo, no es tan fácil de explicar. Naturalmente, no pienso para nada que el sexo sea sucio, ni que nada esté prohibido. Por otro lado, el sexo me parece una expresión preciosa del amor, algo dulce, maravilloso ... Pero, al mismo tiempo, una de las formas más eficaces (no la única) de sentir placer es remover (¿del pasado?) esas etiquetas pecaminosas adheridas al sexo. Es como si tuviera que ser dos personas. Como si no pudiera admitir ser una puta en la cama, ni practicar "guarrerías"; es más, como si no pudiera admitir siquiera que me gusta ... Entonces me tengo que inventar que me fuerzan, aunque yo busque y anime a que lo hagan.
Bueno, vamos a dejarlo aquí, que si no, no publicamos el post. Pero me gustaría profundizar más en la relación entre la fantasía y lo prohibido, en la capacidad de lo prohibido de estimular la excitación.
Una fantasia muy extendida entre los dos sexos creo es la de hacerlo con un desconocido, a mi se me disparó esta fantasía cuando vi "eyes wide shut", creo que se pone asi.
PUes eso que aquellos hombres con capuchas y ellas con mascaras y eso.
fantaseé un tiempo pero siempre me decía que ni en broma lo haría con un desconocido, pero al final lo hice, nos apañamos para hacerlo sin llegar a vernos. No sé como es y el tampoco como soy yo, y quedamos en tirar nuestros teléfonos yo lo hice pero él no, el otro día me llamó ante mi desilusión porque no cumpliera el trato.
un saludo.





