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CUADERNO DE BITÁCORA TERRESTRE
Ensayos Biogeográficos, Aconteceres Históricos y Observaciones Sociológicas
Acerca de
Félix Fernández Rodríguez BURGOS Facultativo de Minas Oficial de la Marina Mercante
Sindicación
 
EL MUSEO DEL NERVIÓN

El tiempo será testigo, si esta notable obra arquitectónica y los cuadros y esculturas que pueda albergar en sus salas seguirá siendo un exponente vivo y permanente del Arte y Sensibilidad, o simplemente un tinglado monumental, anclado y varado en las riberas del Nervión, junto a lo que fueron las atarazanas del Campo Volantín y Uribitarte.



Parece que este nuevo Museo de Bilbao, con nombre propio de un mecenas y rico americano, ha sido concebido como un desafío o hito trascendental, en la frontera con el próximo siglo y milenio. Su símbolo es como si fuera el cambio testimonial de una Era, que ya feneció en el Nervión (industrial, minera y marítima). Se pretende que sea un presagio cultural y atractivo, frente a los nuevos tiempos venideros de la Telecomunicación y el desarrollo de los sistemas de Ingeniería Cibernética. No obstante, el País Vasco como sociedad imprescindible en España, seguirá viviendo y creciendo al ritmo de la Agricultura, Ganadería, Cultura, Gastronomía y Servicios; todo con el buen equilibrio que demandan el estilo y la singularidad que siempre ha imperado en la “Comunidad Bascongada”.

Hemos visitado este interesante museo al tiempo de su inauguración, y todas las voces e informaciones que se oyen dicen lo mismo; que en su diseño se ha ido buscando las referencias e integración con lo que fue la hegemonía y auge de la Ría del Nervión, y el estilo y ordenamiento urbano actual y futuro del Gran Bilbao. Su perspectiva sobre la Ría, exhibe las formas y el volumen de un virtual barco mercante de alto bordo, fondeado sin escora alguna, junto a un canal artificial de atractivo y limpio embalsamiento. Toda la superestructura u obra viva de este conjunto, semeja los puentes, pantoques y amuradas de un coloso navío. El forro exterior de sólido entramado está chapeado con paneles rebordeados de fina lámina de ferro-titanio, cuyo brillo primigenio inoxidable destaca sobre la macilenta biosfera de Bilbao, reflejando su nitidez sobre las oscuras y turbias aguas del Nervión.

La idea e interés que mueve al visitante al bajar la escalinata y atravesar el umbral acristalado de la entrada es abrir los ojos para no perderse ningún detalle. El primer análisis objetivo que se observa desde el centro del vestíbulo es el alarde de arquitectura moderna y expresiva. Se nota en este Proyecto, cómo el Arquitecto-Autor, se ha regodeado con la diversidad de colores, materiales y formas en traza vertical, desviando con ello al visitante, de su clásica tendencia al recorrido horizontal. Esta disfuncionalidad predispone al visitante al asalto y dominio de los diferentes niveles o pisos del museo.

Los detalles tan significativos del ambiente naval; como la gran bodega con arbotantes, en la planta baja; las chimeneas o mástiles, como pilares básicos del edificio del museo; los entrepuentes, con pasillos perdidos en los niveles”shelter”de unión de salas; los mamparos y pasadizos entre ascensores y las regalas y candeleros de las escaleras; configuran el armazón de la diversa arquitectura interior. Con esta, se conexiona parte de la arquitectura exterior radiante acristalada, con la de acero estructural, con la de mampostería concertada de calizas cremosas y la de paredes blancas y limpias.

La pintura artística que alberga el museo es todavía escasa, y los detalles estructurales modernos exhibidos no entusiasman al visitante; sobre todo los hierros oxidados y ruinosos de Chillida. Pero hay una sala en el 3º piso, que acoge cuadros de Kandiski, Picasso, Miró, Matisse etc; que es la mas concurrida e importante para el público. En esta sala hay una interesante rivalidad artística entre dos grandes pintores; dos genios, Kandiski y Picasso. El primero, al ver sus cuadros, lo reconocemos como el maestro del colorismo vivo y abigarrado, ejecutado con perfectos y simbólicos trazados lineales y curvos. Refleja esta pintura el “no va más” del expresionismo cromático. Se nota en este pintor que quizá fue un hombre predestinado, que reemplazó su vocación de geómetra y científico, por la pintura. Picasso es el maestro de la figura y retrato, y aunque emplea colores y contrastes muy bellos en su configuración cubista, no alcanza la viveza de Kandiski. Se nota en el pintor malagueño una inspiración del alma española, marcada, eso sí, por el sentimentalismo, bohemia y pasión; que algunas veces son lastres para el perfeccionismo artístico.

Al abandonar este monumento radiante, y avistar el Museo Contemporáneo del Parque, no pudimos olvidar a tres hombres distinguidos que tuve la suerte de conocer, en mis asiduas estancias a las conferencias sobre pintura. Marques de Lozoya (primo de mi amigo Peñalosa, del Alcázar de Segovia), Crisanto de Lasterra y Manolo Llano Gorostiza. A los tres les estoy viendo de cuerpo presente, erguido y sencillo, en aquella magna exposición sobre el pintor asturiano Darío de Regoyos. Este, en sus lienzos de genial impresionismo, no consiguió equilibrar la rivalidad entre los verdes de Asturias con los de Vizcaya. Venció la siempre querida y rebelde Asturias.

En esta charla el Marques de Lozoya, enaltecido por la amistad de sus amigos de Bilbao y liberado de su vecindad y de los paseos por los extramuros del Picón del Eresma con el Clamores, ríos locales que reflejan la monumentalidad de Segovia; exaltó a Darío de Regoyos y su gran pintura impresionista, reflejo de la vida agropecuaria de los Baserritarras Vascos. A Crisanto de Lasterra, Director del Museo, le conocíamos menos, pero en su radiografía fisonómica y humana, nos descubría siempre la imagen de un letrado señorial, circunspecto y educado, de pocas palabras, pero impresionante. Manolo Llano Gorostiza, el periodista de San Salvador del Valle, que cambió su rumbo de Veterinario por las “Letras”, al que le teníamos aprecio. Con el tuvimos contacto varias veces en Burgos, sobre todo cuando dio una conferencia sobre la Gastronomía y Pintura Vasca, libro, este último, magistral e ilustrado, que editó y dedicó a su querida esposa María Carmen Abáitua, oriunda de Sestao.

Artículo editado en el Diario de Burgos en diciembre de 1997.
 
TORREMOLINOS. ENTRE TIERRA Y MAR

Para un observador naturalista geobotánico y nemoroso con la flora castellano –cantábrica y ebróica, curtido y experimentado con la climatología agresiva y continental de Burgos en invierno, pisar por primera vez el litoral de Málaga, es como encontrarse en un mundo diferente, pero atractivo, donde las playas con sus paseos marítimos, los suntuosos puertos náuticos deportivos, los innumerables restaurantes de pescaditos, el ocio turístico unidirigido y sobre todo el abigarramiento urbanístico y en algunos casos aberrante, es un contraste desusado y sorprendente.

Todo este diverso panorama calentado y enaltecido por el implacable Sol y el Mar Mediterráneo como fondo, nos ha producido una grata impresión, no por mirar hacia el Sur, un mar sin sombras, sino sobre todo, por observar y admirar las tierras montañosas, situadas por el Norte cercano a Torremolinos. Tierras constituyentes por los encadenamientos orográficos, béticos-prelitorales, que configuran y se extienden desde la Serrezuela de Mijas (1.150 m de cota culminal) hasta los ondulados, secuentes y ordenados alcores de la Sierra Llana de Alhaurin de la Torre, cuyas estribaciones son regadas por el Norte por las aguas del río Guadalorce.

La primera muestra o paisaje sorprendente, en el primer paseo por Torremolinos, junto al mar, fue de improviso al observar la enorme acumulación Travertino-tobacea sobre los acantilados primigenios del Bajondillo y tambien sobre el espolón rocoso de las curvas de la Carihuela. Este fenómeno Cuaternario es muy interesante, tanto cultural como científico, y nos descubre el efecto de la red hidrogeológica que se generó en la zona en tiempos y periodos primitivos.

Es fácil imaginar con la lógica y la razón, que las aguas precipitadas en el periodo Diluvial y más posteriores en el tiempo, sobre los terrenos de la propia serrezuela y zonas adyacentes, generaron escorrentías superficiales y afloramientos subálveos, que al circular por la franja horizontal y ondulada de Torremolinos y sus espacios limítrofes, se distribuyeron en una red multifluvial, desde donde algunas aguas finalmente se derramaron en suave cascada, sobre las rocas primigenias cretáceas del acantilado. Otras aguas, por niveles laterales e inferiores fueron directamente al mar.

Probablemente también el suelo de la penillanura de Torremolinos y los estratos del subsuelo, al estar constituidos por algunos sedimentos volcánicos en forma de lenguas magmáticas, junto a las rocas calizas con cavidades karstificas, originaron acuíferos cautivos subterráneos, los cuales tambien favorecieron aquel proceso del agua superficial. Por tales fenómenos, la Historia de Torremolinos es clara; nos denuncia que sus fuentes, sus ríos antiguos, sus molinos y sus torres, fueron la esencia de un pueblo que desde sus albores, defendió la “Cultura del Agua” dulce y salada. Desde sus torres, fortalezas y atalayas, a orillas del litoral, sus moradores, otearon día a día y en aquellos lejanos tiempos, las acechanzas de corsarios arrebatadores desde un mar, no proceloso, pero sí tremebundo para pescadores, molineros y gentes de bien hacer y mejor vivir, en Torremolinos.

Después de esta primera impresión a orillas del mar, solo nos faltaba observar algo de su territorio saludable en primavera, sobre todo para conocer en parte, la diferenciación bioclimática-vegetal, frente a la naturaleza continental de Burgos. Estábamos situados en un espacio donde la nomenclatura biogeográfica, explicada magistralmente por el ilustre Salvador Ribas, la define como: Región Mediterránea; Provincia Mediterráneo-Ibero-Atlántica; Subprovincia Bética y Sector Corológico Mijarense-Malacitano. No conocemos con precisión los valores bioclimáticos de este espacio, pero intuimos que entre las zonas culminares de Mijas, con un piso vegetativo Meso mediterráneo y la franja llana prelitoral de Torremolinos, con un piso Termo mediterráneo, hay diferencias notables, que no son importantes y necesarias para este reportaje divulgativo.

Como la atracción turística de Torremolinos nos anunciaba su Jardín Botánico, Molino de Inca y Manantial del Albercón, nos dirigimos allí sin dudarlo. Tomamos rumbo a este lugar por el camino carretil que atraviesa la zona del Batán y Cea. Este camino estaba festoneado en sus orillas por varios arbustos silvestres. Fue un deleite. Por allí pudimos ver la belleza y el colorido de sus flores, amarillas, blancas y azules. Eran estos arbustos los siguientes: Pegamoscas (Ononis natrix); Crisantemos (Chrysantemus coronarium), Matricaria marítima, Borraja (Borago officinalis) y Viborera andaluza (Echium gaditanum).



Visitamos el Jardín Botánico, que es todo un museo de palmeras y palmitos. Allí no faltaba ninguna especie mundial de estas familias y géneros, así como cantidad de cactus y arbustos semi-tropicales. Vimos dos especies de árboles bellos, que llaman mucho la atención, que desearía tenerlos en mi parcela de Sedano (Burgos), la cual no tiene condiciones climáticas para ellos, por ser muy fría. Estos especimenes eran: Sicomoro (Ficus sicomorus) y Liquidambar (Liquidamber stryciflua). Sus hojas y colorido otoñal son inigualables. Pero lo más trascendental del Jardín es el agua. Ello representa la Vida, la Evolución y la Energía, simbolizada por las regaderas entejadas que circundan y circulan agua por el laberinto de paseos, fuentes, estanques y manantiales. Todo era maravilloso y espectacular. En medio del laberinto del Jardín, destacaba sobre todo en el complejo urbanístico y natural, un árbol: la Araucaria gigante, significaba un símbolo del poderío y estética vegetal, que se alzaba verticalmente 50 metros, como queriendo dar las gracias al Cielo por la grandeza y magnificencia de este Jardín de Torremolinos, el cual rivaliza en belleza con su homólogo de Málaga.

Artículo realizado en abril de 2006
 
EN FUENTENEBRO

Minas y Naturaleza

Habíamos conocido este pueblo hace varios años, pero solo con una perspectiva lejana, obtenida desde el alto o atalaya de la Serrezuela de Pradales (Segovia). Siempre habíamos tenido un interés en recorrer y conocer los lugares en donde se habían explotado las minas antiguas de cuarzo, mica y feldespato, por la empresa “Silicatos Ibéricos”.



Nuestro sueño ya se ha cumplido recientemente, al conocer en cercanía este pueblo situado en los linderos meridionales de la provincia de Burgos con Segovia. Desde niños, mucho nos había entusiasmado la Geografía terrestre y marítima-costera, y ahora como abuelo, nos entretenemos y disfrutamos con la total observación y análisis de cualquier espacio, sobre todo con los provinciales que visitamos. Por esta práctica, hemos adquirido una sutil y matemática sensibilidad para reconocer y clasificar los paisajes urbanos y de la Naturaleza, estos últimos siempre bajo el concepto metafísico y funcional de la Creación, y su posterior evolución permanente; positiva por el Cosmos y negativa por las actividades del Hombre.

La Geografía de Fuentenebro presenta dos caras diferentes. La primera, de su cara Norte, antes de llegar al centro rural, es la zona en contacto más directo con la llanura o meseta del Duero; donde la Topografía es monótona, bastante desfigurada por falta de vegetación natural y además presenta unos matices descoloridos por su manto terciario y por una sobre- explotación cerealista.

Después, al tomar rumbo Sur hacia la Serrezuela de Pradales, para alcanzar los terrenos donde están situadas las minas, el paisaje nos va ofreciendo la otra cara buena, representada por una campiña equilibrada y atractiva, mezcla entre fértiles pastizales alomados y abarrancados, alternando con unos rodales de pinos (silvestre, laricio y doncel), con algunos cuarteles de encinas por cerros y laderas.

La mina la pudimos alcanzar no por el camino del pueblo, sino por el camino del pinar, para poder llevar la maquinaria pesada para ejecutar la nivelación de escombreras y proceder a la restauración que pretende el Ayuntamiento. Estos trabajos se ejecutaron al amparo del Programa de Hábitat Minero de la Junta de Castilla y León y fueron desarrollados por la Empresa “Eurofor” de San Millán de Juarros. Felicitamos al Ayuntamiento por tal iniciativa, la cual es necesaria para acomodar las antiguas explotaciones mineras en espacios públicos, seguros y confortables para disfrute de la ciudadanía.

La mina denominada “AGUACAE” está situada en un lugar estratégico, idílico y admirable, en el fondo del corto desfiladero de “Peña Flor”, en convivencia con viñas, guarderías ganaderas y sobre todo con la cascada del manantial y acuífero de “Aguacae”. Las formaciones geológicas y paleozoicas de este espacio contrastan, como hemos dicho, con el manto arcilloso del Duero, de constitución Terciaria, demostrándonos casi siempre, que las clases de terrenos nos infieren diferentes vegetaciones paisajes e imágenes.

Artículo realizado en el verano del año 2004
 
RESIDUOS RADIACTIVOS

Hemos leído un informe sobre el almacenamiento de los residuos radiactivos, que nadie sabe donde están, ni donde van a ir a parar. Nos ha llamado mucho la atención la atractiva oferta “OPA-REN” dirigida a los pueblos candidatos para destinar una parcela de su terreno de 2 Ha, para albergar y vigilar el mayor y más importante almacén de desechos peligrosos.

Enresa y el Consejo de Seguridad Nuclear, ofrecen 12 millones de euros anuales para los 10.000 años de guardería, lo cual representaría la tentadora y mayor fortuna inimaginable para cualquier municipio español. Sobre este Proyecto, un servidor ha analizado esta oferta y sus efectos con una lógica razonable, por lo que considera necesario dar solución a un problema, que es factible físicamente (desintegración e integración de la materia) por haber sido generado, heredado y soportado con resignación, y sigue siendo por toda la “Sociedad Española”.

No es la primera vez que opinamos sobre Energía Nuclear. Garoña en abril de 1978, Harrisburg en mayo de 1979 y El Uranio Ibérico en febrero del 1986, fueron los artículos editados en el Diario de Burgos. En el artículo de Harrisburg, aplaudimos la rápida decisión del Gobernador de Pensilvania, evitando con su severa autoridad, sobre el mal, un desastre imprevisible. En este apunte tambien escribimos sobre las causas de las averías del reactor y los remedios, mejoras y ampliación de los circuitos hidráulicos y la capacidad de los depósitos de agua contaminada en la Central de Tres Millas.

Ahora en España nos encontramos preocupados en aplicar la prevención y custodia sobre los residuos nucleares ya generados, que se encuentran en Francia, en España y los que vayamos generando en el futuro. En estos momentos tenemos varias centrales atómicas en funcionamiento, enfermas crónicas por su edad y próximas a su defunción, con unas altas dosis de radiactividad concentrada en sus reactores, en sus turbinas, en sus salas de transferencia y en sus mausoleos subterráneos, etc. Sería muy peligroso sacar de estos espacios controlados, los elementos y residuos radiactivos, para trasladarlos a un almacén-depósito común; operación que consistiría en transferir la radiactividad concentrada en las centrales, en una radiactividad extensiva con un nuevo foco de contaminación exterior; con todo el riesgo que ello acarrea.

Además, las centrales de Garoña, Zorita, Cofrentes, etc., se tendrán que cerrar irremisiblemente. Por tales motivos, en cada una de estas centrales es donde irían mejor tales almacenes de residuos, o en una de ellas colectivamente. Es sabido por prescripción obligatoria del Proyecto, que en estas centrales, a su cierre, se tendrán que construir las gigantescas estructuras ciclópeas y abovedadas con hormigón armado sobredimensionado, para aislar y soterrar bajo control, toda la central, in perpétuum. En esta seguridad se extremarán los estrictos controles sobre el aire y agua generados en su interior y exterior, defectos que se vienen silenciando sobre su radiactividad.

Consideramos que los pueblos donde se sitúan esas centrales atómicas, debieran ser los beneficiarios de esa oferta tentadora, que sería el plus dinerario que resarciera a esos pueblos de los inconvenientes soportados y sufridos directamente por las emisiones de partículas electromagnéticas negativas, e indirectamente, por los miedos permanentes a una enfermedad incurable.
 
EL ERMITAÑO DE VALLIMANDORA

Era él, un hombre desconocido para muchos, pero querido para aquellos allegados y vecinos que compartían puerta a puerta con su vivienda. Era ésta, una mansión austera y recoleta como ninguna. Este hombre vivía curtido y sumido en la soledad de muchos años y en el silencio de su pequeña y aparcada alquería. El destino le había proporcionado un largo y permanente estado de viudedad y una forma de vida autosuficiente, semiabastecida con los recursos que el obtenía en sus huertos y con sus animales; situación humana parecida a la de tantas personas rurales, que viven y se desenvuelven sobre el vasto y diverso territorio de la “España Rural”.

No nos cabe duda que, a pesar de soportar este hombre la adversidad de su vida en soledad y aislamiento, él era feliz a su modo, sobrellevando su existencia con la dignidad y resignación que le otorgaba siempre su pensamiento, puesto en la Divina Providencia. Tenía él, como horizonte cercano, las paredes rocosas de un peñón calizo con árboles, además de los caminos empedrados de la aldea pintoresca y natural que le rodeaba, compartiendo día a día la invariabilidad física y biológica de sus paisajes cercanos. Además, recibía el amor desinteresado de vecinos y otros amigos, que se acercaban de vez en cuando a la portillera de su casa, a compartir unos minutos de su compañía, y sobre todo a oír también las agradables e interesantes historias que él relataba; es decir, las experiencias y la sana filosofía de un hombre de pueblo, sin malos ni enredados fundamentos, pero siempre dispuesto a dar al prójimo lo poco que el tenía.

Vivía nuestro amigo el “ermitaño” en un caserón espacioso, con muros de piedra sillería y mampostería, formando un ángulo ortogonal en una pequeña pero cómoda y familiar plazoleta, situada al socaire y a la templanza de un murallar rocoso, ubicado sobre la entrada de un estrecho vallejo que le conducía hacia el monte de su aldea. Su pensamiento en las horas nocturnas, encerrado él ya en su cocina austera de fuego bajo, con olor a humo y a heno y decorada con llamativos colgantes de matanza de cerdo curada, lo dedicaba a oír las noticias radiofónicas sobre los aconteceres y sucesos diarios de la “Sociedad Española”.

Su vocación y afición a la Apicultura, fueron la mejor y más eficaz medicina para hacer frente a su aislamiento y curar su soledad y monotonía, y a la vez, mantener en plena actividad, las ideas claras y la razón de su consciencia. Se jactaba humildemente de saber muy bien el oficio de apicultor y conocer el misterioso mundo de las abejas. Estos conocimientos los había adquirido con la práctica de catar y endulzar las colmenas durante muchos años, además de leer y releer las revistas sobre apicultura de Bulgaria. La jalea real de sus panales de miel era su orgullo, a sabiendas que el milagro de sus deliciosas ambrosías no procedía de él, sino de la sabia Naturaleza. Él conocía la variada flora silvestre, olorosa y medicinal, autora del milagro; que era la que invadía los campos, laderas y páramos de su aldea. Una flora especial que todas las primaveras y veranos convertía la aldea de este hombre en un paraíso florido y aromático por la diversidad cromática de brezos, espliegos, salvias, tomillos, madreselvas, jaras, saúcos, aulagas, espinos y muchos árboles rosáceos silvestres y otros domésticos.

Un capítulo importante en la vida cotidiana de este personaje humano era la amistad con los pastores del pueblo, por ser vecinos más próximos, que vivían adosados en la corte de la mencionada plazoleta. Eran estos los que velaban a veces por la salud del “ermitaño”. Todos los atardeceres se oía en lontananza un agradable y rumoroso sonido; era el rebaño de ovejas con algunas cabras, que retornaba inexorablemente a diario desde los alcores y arribaba a la plazoleta con un incesante y múltiple balido, rompiendo el silencio de la aldea. Este alboroto era una fiesta, de vísperas, que estimulaba el corazón de aquel singular “eremita”. Este era el momento de comentar con su amigo vecino, un buen pastor, los aconteceres que habían ocurrido durante el pastoreo por las llanadas del páramo, las vaguadas y quebradas del monte, o por los ribazos del valle. Acto seguido, procedía la guarda de las reses en las tenadas; aquellas, que junto a la apicultura, eran su patrimonio vital, que le proporcionaban el sustento diario de leche de cabra y en algunas ocasiones excelente queso de oveja de los páramos.

También el “ermitaño” se relacionaba muy amistosamente con otra familia, a la que ayudaba en el cuidado de sus colmenas, a atrapar enjambres y catar las hornilleras. Esta familia se gobernaba con el prestigio o distintivo matriarcal de una abuela centenaria; una mujer de rancio abolengo que significaba la figura señera en la humilde aldea. Se daba la circunstancia que esta abuela tenía un nieto famoso, zoólogo y destacado experto en las ciencias naturales, que tanto cautivaban al “ermitaño”. Por este motivo, cuando en los veranos el científico, nemoroso y zoólogo, hacía su visita obligada a la aldea, a festejar el cumpleaños de su centenaria abuela, ambos amigos se encontraban, se saludaban, y el “ermitaño” aprovechaba el encuentro para consultar con su amigo muchos de los fenómenos o sucesos extraordinarios que le habían ocurrido en sus andanzas por el campo. Estos encuentros, que se desarrollaban año tras año, eran para el “ermitaño” inyecciones de optimismo y vitalidad, para proseguir con su empeño de conocer más y más los secretos de la Naturaleza.

Vivía el “ermitaño” también con la compañía de un perro fiel. Por esta causa, necesitaba a veces los servicios del Veterinario, el cual residía en el pueblo cercano, que era el centro importante de la comarca. El Veterinario apreciaba mucho al “ermitaño”, hasta tal punto que todas las semanas, cuando aquel subía a oír misa a la iglesia de la aldea, por cierto monumental, aprovechaba para visitarle y charlar ampliamente con él, sobre todo de los asuntos importantes del vivir, y si era necesario vacunar u observar al perro o algún otro semoviente, cual era el burrito, el animal que le servía para el acarreo de leña, heno u otros menesteres.

La aldea, además de ser un paraíso de vegetación abundante y selectiva y de ser espacio privilegiado de manantiales de agua cristalina, tenía la gran suerte de exhibir a nativos y forasteros, un centro de espiritualidad; una iglesia alzada y erigida a la intemperie sobre un otero, cuya silueta paisajística tomada desde las alturas, simbolizaba en su conjunto, la austeridad natural de formas y colores, con su traza y Arte Románico de primer orden. Este conjunto monumental, en auténtico equilibrio con la Naturaleza, servia también para velar en silencio al pequeño camposanto instalado en el otero.

Transcurrieron los años, y el “ERMITAÑO DE VALLIMANDORA”, se fue haciendo viejo, muriendo conforme a las leyes biológicas y al término de la facultad energética del ser humano. Con ello, se acabaron las historias que compartía y los ratos agradables que pasó durante su vida humilde, sana y cristiana. También y al mismo tiempo dejaba de existir, después de cien años de vida, la abuela, la mujer hacendosa en su juventud, que con su personalidad matriarcal atraía al portalón, o corte de su casona, a muchas personas que la apreciaban. Más tarde se fue de este mundo el Veterinario, dejándonos como herencia una numerosa descendencia, que pudo abrirse paso, día a día con una vida satisfactoria. El Zoólogo tuvo la mala suerte de no poder desarrollar su obra científico-divulgativa. El destino acabo con su vida prematuramente, dejándonos huérfanos de su último testimonio y su manera de ver y entender la Naturaleza, donde se desarrolla la maravillosa funcionalidad de la Creación.

La aldea se quedó triste, hoy sigue latiendo, pero a otro ritmo. La Naturaleza, con la poderosa fuerza sobrenatural del Cosmos, no ha cambiado sustancialmente. Sigue generando benévolamente el mismo bienestar natural a los hombres; hombres que quizá tengan otros horizontes, otras miras, que aunque aparentemente menos espirituales, sólo son circunstanciales, por que en el fondo, el alma del ser humano no es producto de la Sociedad; no es sustancia, es esencia misma del espíritu de la Creación, que puede transfigurarse ante la verdad intrínseca del Mundo en que vivimos.