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CUADERNO DE BITÁCORA TERRESTRE
Ensayos Biogeográficos, Aconteceres Históricos y Observaciones Sociológicas
Acerca de
Félix Fernández Rodríguez BURGOS Facultativo de Minas Oficial de la Marina Mercante
Sindicación
 
PORTUGALETE EN PROSA Y POESÍA
Los pueblos al igual que las personas tienen sus épocas de serenidad y templanza; esto le ocurría a Portugalete por el año de 1940. Los vecinos en equilibrio demográfico, se sentían orgullosos con su pueblo. Entonces la Villa del Abra del Nervión, muy presumida en verano y divertida en invierno, vivía una época feliz; eran como los últimos días que proceden a una obligada y serena convalecencia, llevada con estricto régimen alimenticio y ayudado con una resignada recuperación traumatológica. La imagen urbanística, social y humana de Portu, era en aquel momento joven, reluciente y atractiva. La vida cotidiana era sencilla y austera, eran tiempos cuando en los hogares con cocina económica, la familia se sentía unida alrededor de un colectivo puchero de buen y sabroso cocido de legumbres. El vestir, espejo de su época, lo componían las prendas de poner y lavar; cómodas alpargatas, limpio pantalón de mil rayas y la vistosa camisa de popelín. Estas eran las libertades humanas para salir a la calle, a ver, oír y comentar en voz baja el “orden del día”.

El centro de cita o reunión popular de la gente, al igual que hoy día, era la Plaza y el Muelle (Las Barras) y si llovía, el pórtico del Ayuntamiento. Sin embargo, el desahogo de entonces y la visibilidad del paisaje, con menos parapetos urbanos y más espacios biológicos, ofrecía mejores alicientes para convivir y deambular por calles y paseos. En los días festivos, las cuadrillas de amigos, una vez citados y concentrados en Las Barras, tomaban sus diferentes rumbos hacia el Dique, La Punta, Santurce y Las Arenas.

El Muelle del Dique, siempre estaban limpio y animado con el atraque de los minadores Eolo y Tritón, que enarbolaban el gallardete colorista y desafiante de la Armada Española. Frente a frente de este “pacífico arsenal”el reloj de la iglesia de Santa María, inmutable en el caminar del tiempo, era como una pila atómica que marcaba la hora santa del Ángelus y Meridiana, con el eco inconfundible desde su elevado y dominante campanario, como recuerdo para los que ya se habían ido silenciosamente. El Dique entonces, era más puerto pesquero y lonja de mojarras y chipirones, que varadero de quillas y codastes, solamente la grada o rampa principal, era servidumbre para calafateo de amuradas y pantoques de las txalupas. Era este lugar el ateneo mañanero, donde se contaban las mil derrotas, resacas y mareos acaecidos cerca de los acantilados de El Abra, Arriluce, Punta Lucero y Punta Galea.

La Benedicta y Galdames siempre con calma chicha, era la zona de regatas y náutica, desde donde experimentamos las practicas de las velas, con un balandro sencillo del buque “Hope”,cuyo representante-armador era el Sr Antonio Bustos, catedrático de Derecho Marítimo y el capitán mi amigo Txiki Eguren de Sestao. Las viradas por avante o en redondo del balandro, eran el preámbulo de alguna arribada forzosa con el aparejo desmantelado. Por este mismo lugar pasé 40 años después con mi amigo el Practico Mendieta de Portugalete, a bordo de un buque holandés. Entonces pude ver cómo la Náutica astronómica, tan interesante, se había transformado ya, como ciencia de Información y Telecomunicación Cibernética.

La clásica Estación del Ferrocarril, era el anden (Kai) de caras conocidas al comenzar el día laboral; quizá fuera esta cita cotidiana una situación monótona, pero todo el mundo agradecía este escenario, que servía para olvido y alivio de problemas personales y recuerdos del pasado.

El Campo de la Iglesia siempre concurrido, era el oasis espiritual para observadores, pensadores y poetas y cancha, txoko y frontis para la juventud deportista, como: Espiña, Perico Solaberria y su cuñado, Llorente, El Peque y otros amigos. El siguiente soneto serventesio glosa la soledad de los tilos que dieron vida a este Campo.



A orillas del Nervión sin miedo a nada,
de mil vientos habéis sido testigos,
tilos en discutida encrucijada,
palios al sol y sombras que bendigo.

Raigambre atenazada en el asfalto.
del bosque soportáis una tristeza,
el mundo material pasa por alto,
vuestro arte, azahar y gran belleza.

Los muros de la iglesia frente a frente,
ponen calma en el atrio, olvidado
mirador de nubes y episodios.

Hagamos la amistad entre la gente,
bajo el árbol del Campo atribulado,
desterrando los males y los odios.


La Ranchería (Larraetxe), con su abrevadero (pila bautismal), era un rincón sencillo y acogedor, sus plátanos daban sombra y cobijo a las ferias de ganado allí celebradas. En este lugar destacaba el túnel bajo las Vias (General Castaños) y El Metro, siempre El Metro. Este local con sus grandes y cómodas mesas era más almacén y bodega de barricas, jarras y porrones de buen tinto y blanco, para saborear su gazpatxo, que mostrador moderno de bitters y güisquis.

El Callejón del Muerto, la Calle Nueva con Los Agustinos y su Iglesia derrumbada por las bombas; eran sitios y nombres que llenan páginas de la Historia de Portugalete de la guerra fraticida entre hermanos y la posguerra llena de penurias y hambre.

La Plaza con su templete musical y El Muelle, son sin duda los recuerdos más románticos de la villa. Ellos merecen esta metáfora que les dedicamos. “El mar y tu…El Hotel ¡pobre edificio que viejo estas ya¡ quizá sea porque han abusado de tus fuerzas, cuando eras joven y ahora nadie se acuerda de ti. En la actualidad ha sido restaurado y funciona normalmente. Siempre encuentro allí a mi amigo Lucio Eguía.

La Playa y La Punta, marcan el final del recorrido de la época dorada de la Villa. Aquellas balaustradas de la playa tan elegantes, talladas en calizas arrecifales con lumaquelas, nos incitaban al atravesarlas, a lanzarnos al vacío sobre la fina y limpia arena. Aquellas casetas y la fuente sobre el muro escalonado y la rampa embaldosada, era todo un poema de cara al mar Cantábrico.

La Punta del Muelle, fue el último baluarte que sucumbió a la contaminación de la Ría del Nervión; parece que estoy viendo aquellos nadadores federados: Chelo, Javi Zaldua e Inda con su estilo depurado y algún otro amigo olvidado. A ellos les dedicamos este soneto serventesio.


Tantas veces paseando en tu ribera,
veía la imagen limpia del espejo;
hoy día es tu corriente una quimera
la faz, de tu romántico reflejo.

Ahora en tus aguas flota la carroña,
son las heces del mundo y del progreso
que a la vida envenena su ponzoña;
y hace al hombre un esclavo en su proceso.

¡Alto¡ pongamos freno a la amenaza,
hagamos del vivir templo de gloria,
desterrando el mal que nos atenaza.

Renazcan nuestras almas con euforia
triturando la broza y la melaza
en incienso y tierra de victoria.


Reportaje editado en la revista de “El Abra” de Portugalete en Abril de 1975.