¡CANTONAD!
TRONO DEL VALLE DE MENA
Si hubiera que elegir un punto o vértice, para bendecir el Valle de Mena, entre Burgos y Bizkaia, nosotros nos situaríamos sin lugar a dudas, sobre la verde explanada del santuario de la Virgen de Cantonad. Desde este balcón de admiración panorámica, alcanzaríamos con nuestra mirada todo el horizonte cercano y lejano del Valle; el cual se extiende de Norte a Sur, desde los montes de Ordunte, entre Golitza y Zalama, hasta los montes de La Peña de Losa y el Cabrio. No podemos olvidar en el pensamiento, lugares a nuestra espalda, como la pintoresca aldea de Leciñana y la señorial y ordenada villa de Irus. Dos mojones sobre uno de los caminos del litoral a la Meseta.

Si hubiera que hacer un análisis, mejor dicho, una semblanza del aspecto geográfico y botánico del Valle; tendríamos que rendirnos ante la perfección y grandiosidad de los poderes sobrenaturales de La Creación. Los cuales se manifiestan en la facies geológica que circunda el Valle. En las suaves y variadas ondulaciones de monte bajo y en los sotos, graderíos y barbechos que cubren este anfiteatro campestre. Esta maravillosa naturaleza, quedaría consolidada para uso y disfrute del Hombre; en los últimos movimientos de orogénesis alpina. Este fenómeno se desarrolló al tiempo de la convulsión y plegamiento del gran sistema Pirenaico, en cuya prolongación se encuadran los Montes Vascos, Cántabros, Castellanos, Leoneses y Astures.
Aquí, sobre este paralelo de Mena, los cataclismos geológicos o fenómenos sísmicos, procedentes del Este; al chocar con la pétrea y potente resistencia de la Meseta Burgalesa, provocaron su fractura, su alzamiento marginal y la basculación hacia el Sur, sobre la gran mole sedimentaria de Losa. Al mismo tiempo, las ondas sísmicas desviadas ligeramente, actuaban por los montes de Ordunte, Soba, Reinosa y Picos de Europa. Hoy este murallar de La Peña, que durante siglos ha mantenido su fisonomía pétrea, sigue despertando nuestros sentidos al observar el cuadro fabuloso de la serrata, el cual se extiende, de Este a Oeste, desde el Pico del Fraile o Diente del Ahorcado, en terrenos de Tudela (Burgos), hasta La Magdalena (El Cabrio), sobresaliendo en esta alineación cretácica de La Peña: Túnel de la Complacera, Portillo Avellaneda, Peñalba de Losa, Portillo de Lérdano, Peña Hornilla y Puerto de la Magdalena, protector este a poniente del Santuario de Cantonad.
Si hubiera que traer a la memoria los acontecimientos y vicisitudes ocurridas por el paso de los tiempos sobre estos territorios de Mena; diríamos que estos campos y rutas, fueron el escenario de corrientes migratorias de civilizaciones precedentes. Primero las tribus prerromanas de los Autrigones (buenos hombres vecinos). Después los hombres foramontanos de Liébana y cismontanos de Reinosa, cántabros, bárdulos y caristios de origen, que fueron los precursores y paladines del nacimiento de Castilla. Mas tarde en la Edad Media (1494) los hombres mercantiles y sus criados que transportaron, en carretas de mulas, sus mercaderías (lanas merinas de Castilla) desde el Consulado del Mar, junto al Arlanzón, hasta las lonjas junto al Nervión, entre Portugalete a La Naja de Bilbao; para embarcarlas en las naos cántabras, hacia los puertos del Mar del Norte. Hoy día tambien Mena es vía de unión y ruta de enlace turístico y de acomodo, entre las Encartaciones Bascongadas y las Merindades Castellanas.
Aquellos primitivos Autrigones eran tribus ibero-eúskaras de ascendencia semita, hombres de vida nómada y pastoril; y por esta circunstancia y necesidad tomaron las tres rutas ascendentes desde el Nervión para alcanzar las tierras y pastos de la Meseta y los Valles del Ebro y proseguir, los más audaces, hacia Poza de la Sal, Sedano, El Tozo y por fin Amaya. Parece probable, que cuando estos pastores fueron dejando las espesuras y sombríos del bosque bascongado y se encontraron con las impresionantes rocas de La Peña y el sol resplandeciente de la Meseta, sufrieron un éxtasis ante el fabuloso murallar, y este fue el influjo, para que este lugar fuera bautizado con el nombre mítico de Men. Primitivo y actual nombre eúskaro que significa espíritu, poder o altura. Coincidiendo este nombre universalmente con el Menhir de los celtas, con los Men-efer, Menes y Memphis de los egipcios, con los Men-andros de los griegos y con las dinastías chinas de Meng y Ming.
El Valle de Mena fue el solar fundamental, donde brotó el ímpetu y germen de Castilla. Fue el Monasterio de San Medel de Taranco y el de San Martín de Noceco, los dos cenobios desde donde el Abad Vitulo, soñaba con los afanes de la Reconquista, para vivificar las tierras de presura por todo el “Area Patriniani”, y desde donde se planearon los objetivos que decisivamente contribuyeron a forjar la unidad para el “Renacimiento de Castilla”.
Si hubiera que hacer una defensa de la Naturaleza del Valle de Mena, proclamaríamos en voz alta que este valle es un bio-sistema ideal, un pequeño paraíso, encuadrado en la divisoria ibérica de la región biogeográfica Eurosiberiana con la Mediterránea. Lo demuestran los caracteres biotípicos dominantes de Flora y Fauna Cantábrica, aclimatados en armonía con el Hábitat Mediterráneo arraigado por estas latitudes. La altura media del Valle se sitúa sobre los 400 metros. Los montes de Ordunte y Soba, protegen al Valle de los vientos del Norte Cantábrico. Al Sur, el contrafuerte murallar de La Peña, entre 1100 y 1250 metros de altura, contribuye a regular la humedad y las precipitaciones. Por estas causas el Valle de Mena disfruta de un régimen de sol-humedad excepcional y una climatología saludable, que propicia una vida animal y vegetal en condiciones ubérrimas.
Hemos de destacar en la flora general; los encinares de Villasuso, Altollano, Caniego y Panizares. El pinar de Anzó. El hayedo de Leciñana. El bortal del Berron y las manchas de robledal, acebal y enebral, por las cotas altas bajo La Peña, entre Cadagua, Siones y Cilieza. Tambien la muestra forestal del Parque de Cantonad, es un ejemplo vivo y prodigioso de la Naturaleza y de la sensibilidad y entusiasmo de D.Gregorio Leciñana Manterota, rector del Santuario de la Virgen de Cantonad. Un hombre nativo de Caniego y que llevaba (año1982) 35 años de vida sacerdotal, mirando al cielo de Mena y hollando los caminos de esta tierra fértil y generosa; que ha sido aliento de su alma y el porqué de su vida.
Cantonad nos cautivó por la belleza de su arboleda y por la templanza su Santuario. Entre los árboles que nos llamó la atención, fue un castaño de indias de flor rosa o púrpura (Aesculus hippocastanum carnea-brioti); al lado de este espécimen vegetaba un castaño comestible (Castanea sativa) y una encina milenaria que extendía sus ramas hasta el “Ara” del Santuario.
Al despedirnos del bucólico Valle de Mena, no podíamos hacerlo sin hablar con sus labriegos y captar sus caracteres. Fuimos de Cantonad a Vallejo, tropezándonos primeramente con la Torre de Lezana y el cruce con el río Cadagua con aguas disminuidas. Llegamos a Vallejo y la visita obligada era su iglesia románica, Este monumento se encontraba en restauración ralentizada; pero ello no fue obstáculo para observar la grandiosidad de su estilo artístico y la traza de sus piedras policromadas.
Aquí llegaba el final de la jornada en este hospitalario Valle de Mena; dimos el adiós a sus gentes en prueba a su carácter y personalidad. Estos hombres nos dejaron una impresión muy favorable, notamos que su vida solo conoce la dignidad del trabajo, las conductas honorables y el sacrificio de la vida humilde y sencilla.
Artículo editado en el Diario de Burgos el 5 de mayo de 1982.
Si hubiera que elegir un punto o vértice, para bendecir el Valle de Mena, entre Burgos y Bizkaia, nosotros nos situaríamos sin lugar a dudas, sobre la verde explanada del santuario de la Virgen de Cantonad. Desde este balcón de admiración panorámica, alcanzaríamos con nuestra mirada todo el horizonte cercano y lejano del Valle; el cual se extiende de Norte a Sur, desde los montes de Ordunte, entre Golitza y Zalama, hasta los montes de La Peña de Losa y el Cabrio. No podemos olvidar en el pensamiento, lugares a nuestra espalda, como la pintoresca aldea de Leciñana y la señorial y ordenada villa de Irus. Dos mojones sobre uno de los caminos del litoral a la Meseta.

Si hubiera que hacer un análisis, mejor dicho, una semblanza del aspecto geográfico y botánico del Valle; tendríamos que rendirnos ante la perfección y grandiosidad de los poderes sobrenaturales de La Creación. Los cuales se manifiestan en la facies geológica que circunda el Valle. En las suaves y variadas ondulaciones de monte bajo y en los sotos, graderíos y barbechos que cubren este anfiteatro campestre. Esta maravillosa naturaleza, quedaría consolidada para uso y disfrute del Hombre; en los últimos movimientos de orogénesis alpina. Este fenómeno se desarrolló al tiempo de la convulsión y plegamiento del gran sistema Pirenaico, en cuya prolongación se encuadran los Montes Vascos, Cántabros, Castellanos, Leoneses y Astures.
Aquí, sobre este paralelo de Mena, los cataclismos geológicos o fenómenos sísmicos, procedentes del Este; al chocar con la pétrea y potente resistencia de la Meseta Burgalesa, provocaron su fractura, su alzamiento marginal y la basculación hacia el Sur, sobre la gran mole sedimentaria de Losa. Al mismo tiempo, las ondas sísmicas desviadas ligeramente, actuaban por los montes de Ordunte, Soba, Reinosa y Picos de Europa. Hoy este murallar de La Peña, que durante siglos ha mantenido su fisonomía pétrea, sigue despertando nuestros sentidos al observar el cuadro fabuloso de la serrata, el cual se extiende, de Este a Oeste, desde el Pico del Fraile o Diente del Ahorcado, en terrenos de Tudela (Burgos), hasta La Magdalena (El Cabrio), sobresaliendo en esta alineación cretácica de La Peña: Túnel de la Complacera, Portillo Avellaneda, Peñalba de Losa, Portillo de Lérdano, Peña Hornilla y Puerto de la Magdalena, protector este a poniente del Santuario de Cantonad.
Si hubiera que traer a la memoria los acontecimientos y vicisitudes ocurridas por el paso de los tiempos sobre estos territorios de Mena; diríamos que estos campos y rutas, fueron el escenario de corrientes migratorias de civilizaciones precedentes. Primero las tribus prerromanas de los Autrigones (buenos hombres vecinos). Después los hombres foramontanos de Liébana y cismontanos de Reinosa, cántabros, bárdulos y caristios de origen, que fueron los precursores y paladines del nacimiento de Castilla. Mas tarde en la Edad Media (1494) los hombres mercantiles y sus criados que transportaron, en carretas de mulas, sus mercaderías (lanas merinas de Castilla) desde el Consulado del Mar, junto al Arlanzón, hasta las lonjas junto al Nervión, entre Portugalete a La Naja de Bilbao; para embarcarlas en las naos cántabras, hacia los puertos del Mar del Norte. Hoy día tambien Mena es vía de unión y ruta de enlace turístico y de acomodo, entre las Encartaciones Bascongadas y las Merindades Castellanas.
Aquellos primitivos Autrigones eran tribus ibero-eúskaras de ascendencia semita, hombres de vida nómada y pastoril; y por esta circunstancia y necesidad tomaron las tres rutas ascendentes desde el Nervión para alcanzar las tierras y pastos de la Meseta y los Valles del Ebro y proseguir, los más audaces, hacia Poza de la Sal, Sedano, El Tozo y por fin Amaya. Parece probable, que cuando estos pastores fueron dejando las espesuras y sombríos del bosque bascongado y se encontraron con las impresionantes rocas de La Peña y el sol resplandeciente de la Meseta, sufrieron un éxtasis ante el fabuloso murallar, y este fue el influjo, para que este lugar fuera bautizado con el nombre mítico de Men. Primitivo y actual nombre eúskaro que significa espíritu, poder o altura. Coincidiendo este nombre universalmente con el Menhir de los celtas, con los Men-efer, Menes y Memphis de los egipcios, con los Men-andros de los griegos y con las dinastías chinas de Meng y Ming.
El Valle de Mena fue el solar fundamental, donde brotó el ímpetu y germen de Castilla. Fue el Monasterio de San Medel de Taranco y el de San Martín de Noceco, los dos cenobios desde donde el Abad Vitulo, soñaba con los afanes de la Reconquista, para vivificar las tierras de presura por todo el “Area Patriniani”, y desde donde se planearon los objetivos que decisivamente contribuyeron a forjar la unidad para el “Renacimiento de Castilla”.
Si hubiera que hacer una defensa de la Naturaleza del Valle de Mena, proclamaríamos en voz alta que este valle es un bio-sistema ideal, un pequeño paraíso, encuadrado en la divisoria ibérica de la región biogeográfica Eurosiberiana con la Mediterránea. Lo demuestran los caracteres biotípicos dominantes de Flora y Fauna Cantábrica, aclimatados en armonía con el Hábitat Mediterráneo arraigado por estas latitudes. La altura media del Valle se sitúa sobre los 400 metros. Los montes de Ordunte y Soba, protegen al Valle de los vientos del Norte Cantábrico. Al Sur, el contrafuerte murallar de La Peña, entre 1100 y 1250 metros de altura, contribuye a regular la humedad y las precipitaciones. Por estas causas el Valle de Mena disfruta de un régimen de sol-humedad excepcional y una climatología saludable, que propicia una vida animal y vegetal en condiciones ubérrimas.
Hemos de destacar en la flora general; los encinares de Villasuso, Altollano, Caniego y Panizares. El pinar de Anzó. El hayedo de Leciñana. El bortal del Berron y las manchas de robledal, acebal y enebral, por las cotas altas bajo La Peña, entre Cadagua, Siones y Cilieza. Tambien la muestra forestal del Parque de Cantonad, es un ejemplo vivo y prodigioso de la Naturaleza y de la sensibilidad y entusiasmo de D.Gregorio Leciñana Manterota, rector del Santuario de la Virgen de Cantonad. Un hombre nativo de Caniego y que llevaba (año1982) 35 años de vida sacerdotal, mirando al cielo de Mena y hollando los caminos de esta tierra fértil y generosa; que ha sido aliento de su alma y el porqué de su vida.
Cantonad nos cautivó por la belleza de su arboleda y por la templanza su Santuario. Entre los árboles que nos llamó la atención, fue un castaño de indias de flor rosa o púrpura (Aesculus hippocastanum carnea-brioti); al lado de este espécimen vegetaba un castaño comestible (Castanea sativa) y una encina milenaria que extendía sus ramas hasta el “Ara” del Santuario.
Al despedirnos del bucólico Valle de Mena, no podíamos hacerlo sin hablar con sus labriegos y captar sus caracteres. Fuimos de Cantonad a Vallejo, tropezándonos primeramente con la Torre de Lezana y el cruce con el río Cadagua con aguas disminuidas. Llegamos a Vallejo y la visita obligada era su iglesia románica, Este monumento se encontraba en restauración ralentizada; pero ello no fue obstáculo para observar la grandiosidad de su estilo artístico y la traza de sus piedras policromadas.
Aquí llegaba el final de la jornada en este hospitalario Valle de Mena; dimos el adiós a sus gentes en prueba a su carácter y personalidad. Estos hombres nos dejaron una impresión muy favorable, notamos que su vida solo conoce la dignidad del trabajo, las conductas honorables y el sacrificio de la vida humilde y sencilla.
Artículo editado en el Diario de Burgos el 5 de mayo de 1982.





