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CUADERNO DE BITÁCORA TERRESTRE
Ensayos Biogeográficos, Aconteceres Históricos y Observaciones Sociológicas
Acerca de
Félix Fernández Rodríguez BURGOS Facultativo de Minas Oficial de la Marina Mercante
Sindicación
 
EN SANTO DOMINGO DE SILOS
Un recuerdo al Doctor Areiltza

Hay lugares que aunque sus monumentos hayan sido edificados por hombres de carne y hueso, parecen infundidos de un hechizo o halo sobrenatural, en donde se exhala y se siente un hálito etéreo y tonificante, que penetra hasta lo más hondo de la médula y el alma del ser humano.



Hemos visitado en varias ocasiones Silos, con diferente tempero, desde los gélidos días de invierno a los templados del verano, y siempre hemos experimentado el mismo influjo, algo inexplicable, una emotividad del más grato sentimiento. Nos preguntamos algunas veces, ¿que poder o magnetismo tiene Silos, para que una vez visitado por primera vez o repetidas veces, a todo el mundo le invada la misma voluntad del retorno? El secreto es; volver a ver los colores verdes atezados de las sabinas y encinas que rodean a Silos, de pisar el suave césped de su calvario, de remirar las arcadas herrerianas sobre los sillares calizos de los muros de su iglesia, de recorrer capitel a capitel el claustro románico y de presentir el rumbo cenital, que nos marca la última estación de nuestra vida, simbolizada por la inhiesta verticalidad de su Ciprés.

Hoy que muchos hombres nos encontramos atribulados y afligidos por los problemas de una vida extraña, que no cesa; allí en Silos está el cruce o crucero donde reponer las energías espirituales perdidas, y a la vez renacer la esperanza sobre ideas y obras provechosas, que puedan reprimir la ambición y el materialismo que nos rodea. Esta reflexión nos trae al recuerdo de un hombre bueno que estuvo en Silos, no para purificar su alma, que estaba impoluta, sino para conocer Silos de cerca y compartir la espiritualidad con los Padres Benedictinos. Este hombre fue un apóstol científico de la Medicina, no solo de cabecera sino de cirugía total. Durante su ajetreada misión sanitaria y humanitaria, renunció muchas veces a las invitaciones a ágapes y reuniones con los grandes jelkides vascos y poderosos del dinero y poder, que tanto le adulaban y envidiaban. La renuncia era porque el no se sentía cómodo y se aburría con los magnates. Su obligación y vocación era cumplir con la ética profesional de su labor sanitaria, en el cuarto de socorro minero de Gallarta y en el hospital de Triano en Somorrostro (Bizkaia).

Este Doctor en Medicina, no fue otro que Enrique de Areiltza (1860-1926) y aunque nacido el Bilbao; a partir de su matrimonio, algo tardío, con la Condesa de Rodas, vivió en Portugalete en el palacio “El Salto”. Desde esta atalaya asomada al Abra del Nervión, podía contemplar en sus ratos de descanso, el horizonte cercano del Mar Cantábrico azotando el acantilado de La Galea, y el paisaje verde de la campiña de Algorta y Lejona.

Según las biografías de varios autores y sobre todo la de la historia-novelada de “El Intruso” escrita por el fecundo novelista Blasco Ibáñez, consideraban a este hombre un fuera de serie, inteligente, trabajador, humanista y benefactor de los humildes y desheredados. El gustaba de amigos escritores, artistas y montañeros para sus vacaciones y excursiones científico-culturales. Areiltza, como había estudiado en Valladolid, fue un enamorado de Castilla y de las cosas buenas de esta tierra que el conocía y donde se vio obligado a dar clases para sobrellevar los gastos de estudio y manutención. Consideró y estimó agradecido, la austeridad y hospitalidad que le brindo el “Círculo Católico” que dirigía el entonces jesuita P. Unzueta.

En la Semana Santa del año 1901 el Dr. Areiltza junto a otros amigos, entre ellos Telesforo de Aranzadi, prestigioso antropólogo y naturalista vasco-español, decidieron hacer una excursión por Soria y Burgos, recalando el Domingo de Pascua en Santo Domingo de Silos. En aquellos tiempos se temía mucho a los bandoleros y gente mal vivir, por lo que los excursionistas se equiparon con escopetas de caza; y como era tiempo frío se pusieron gabanes de invierno sobre ropa rústica. Llegaron después de muchas peripecias a la hostería del Monasterio de Silos al anochecer del domingo 7 de Abril de 1901, fatigados y con aspecto desgarbado y sucio; por lo que el padre hospedero después de darles cobijo, tuvo sus reparos y consultó sus sospechas con algún otro padre.

El Abad Dom Guepin, benedictino francés, no fue enterado del asunto por encontrarse descansando, pero los otros Padres pensaron que los visitantes, eran los forajidos bandoleros que campeaban por aquellos lugares de Silos. Esta sospecha la pusieron en conocimiento del Alcalde de Silos, el cual reclutó y alertó al vecindario para apresar a los presuntos bandoleros. Al día siguiente a la hora de la comida, se apostó la horda vecindario a la puerta del Monasterio; todos los componentes venían equipados con orcas, aperos, armas y garrotes, para retener a Areiltza y sus amigos. Este con la personalidad que le caracterizaba, requirió al Alcalde que avisara a la autoridad de la Guardia Civil con sede en Espinosa de Cervera, para que ella les tomase la declaración de buenas intenciones. Personada La Benemérita todo quedó en un chascarrillo o “plancha sonada”. Este incidente sirvió para que Santo Domingo de Silos en el año 1901 saltara a las páginas del Diario de Burgos y otros periódicos de Madrid y Bilbao.

Artículo editado en el Diario de Burgos el 4 de Marzo de 1994.
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