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CUADERNO DE BITÁCORA TERRESTRE
Ensayos Biogeográficos, Aconteceres Históricos y Observaciones Sociológicas
Acerca de
Félix Fernández Rodríguez BURGOS Facultativo de Minas Oficial de la Marina Mercante
Sindicación
 
EL ERMITAÑO DE VALLIMANDORA

Era él, un hombre desconocido para muchos, pero querido para aquellos allegados y vecinos que compartían puerta a puerta con su vivienda. Era ésta, una mansión austera y recoleta como ninguna. Este hombre vivía curtido y sumido en la soledad de muchos años y en el silencio de su pequeña y aparcada alquería. El destino le había proporcionado un largo y permanente estado de viudedad y una forma de vida autosuficiente, semiabastecida con los recursos que el obtenía en sus huertos y con sus animales; situación humana parecida a la de tantas personas rurales, que viven y se desenvuelven sobre el vasto y diverso territorio de la “España Rural”.

No nos cabe duda que, a pesar de soportar este hombre la adversidad de su vida en soledad y aislamiento, él era feliz a su modo, sobrellevando su existencia con la dignidad y resignación que le otorgaba siempre su pensamiento, puesto en la Divina Providencia. Tenía él, como horizonte cercano, las paredes rocosas de un peñón calizo con árboles, además de los caminos empedrados de la aldea pintoresca y natural que le rodeaba, compartiendo día a día la invariabilidad física y biológica de sus paisajes cercanos. Además, recibía el amor desinteresado de vecinos y otros amigos, que se acercaban de vez en cuando a la portillera de su casa, a compartir unos minutos de su compañía, y sobre todo a oír también las agradables e interesantes historias que él relataba; es decir, las experiencias y la sana filosofía de un hombre de pueblo, sin malos ni enredados fundamentos, pero siempre dispuesto a dar al prójimo lo poco que el tenía.

Vivía nuestro amigo el “ermitaño” en un caserón espacioso, con muros de piedra sillería y mampostería, formando un ángulo ortogonal en una pequeña pero cómoda y familiar plazoleta, situada al socaire y a la templanza de un murallar rocoso, ubicado sobre la entrada de un estrecho vallejo que le conducía hacia el monte de su aldea. Su pensamiento en las horas nocturnas, encerrado él ya en su cocina austera de fuego bajo, con olor a humo y a heno y decorada con llamativos colgantes de matanza de cerdo curada, lo dedicaba a oír las noticias radiofónicas sobre los aconteceres y sucesos diarios de la “Sociedad Española”.

Su vocación y afición a la Apicultura, fueron la mejor y más eficaz medicina para hacer frente a su aislamiento y curar su soledad y monotonía, y a la vez, mantener en plena actividad, las ideas claras y la razón de su consciencia. Se jactaba humildemente de saber muy bien el oficio de apicultor y conocer el misterioso mundo de las abejas. Estos conocimientos los había adquirido con la práctica de catar y endulzar las colmenas durante muchos años, además de leer y releer las revistas sobre apicultura de Bulgaria. La jalea real de sus panales de miel era su orgullo, a sabiendas que el milagro de sus deliciosas ambrosías no procedía de él, sino de la sabia Naturaleza. Él conocía la variada flora silvestre, olorosa y medicinal, autora del milagro; que era la que invadía los campos, laderas y páramos de su aldea. Una flora especial que todas las primaveras y veranos convertía la aldea de este hombre en un paraíso florido y aromático por la diversidad cromática de brezos, espliegos, salvias, tomillos, madreselvas, jaras, saúcos, aulagas, espinos y muchos árboles rosáceos silvestres y otros domésticos.

Un capítulo importante en la vida cotidiana de este personaje humano era la amistad con los pastores del pueblo, por ser vecinos más próximos, que vivían adosados en la corte de la mencionada plazoleta. Eran estos los que velaban a veces por la salud del “ermitaño”. Todos los atardeceres se oía en lontananza un agradable y rumoroso sonido; era el rebaño de ovejas con algunas cabras, que retornaba inexorablemente a diario desde los alcores y arribaba a la plazoleta con un incesante y múltiple balido, rompiendo el silencio de la aldea. Este alboroto era una fiesta, de vísperas, que estimulaba el corazón de aquel singular “eremita”. Este era el momento de comentar con su amigo vecino, un buen pastor, los aconteceres que habían ocurrido durante el pastoreo por las llanadas del páramo, las vaguadas y quebradas del monte, o por los ribazos del valle. Acto seguido, procedía la guarda de las reses en las tenadas; aquellas, que junto a la apicultura, eran su patrimonio vital, que le proporcionaban el sustento diario de leche de cabra y en algunas ocasiones excelente queso de oveja de los páramos.

También el “ermitaño” se relacionaba muy amistosamente con otra familia, a la que ayudaba en el cuidado de sus colmenas, a atrapar enjambres y catar las hornilleras. Esta familia se gobernaba con el prestigio o distintivo matriarcal de una abuela centenaria; una mujer de rancio abolengo que significaba la figura señera en la humilde aldea. Se daba la circunstancia que esta abuela tenía un nieto famoso, zoólogo y destacado experto en las ciencias naturales, que tanto cautivaban al “ermitaño”. Por este motivo, cuando en los veranos el científico, nemoroso y zoólogo, hacía su visita obligada a la aldea, a festejar el cumpleaños de su centenaria abuela, ambos amigos se encontraban, se saludaban, y el “ermitaño” aprovechaba el encuentro para consultar con su amigo muchos de los fenómenos o sucesos extraordinarios que le habían ocurrido en sus andanzas por el campo. Estos encuentros, que se desarrollaban año tras año, eran para el “ermitaño” inyecciones de optimismo y vitalidad, para proseguir con su empeño de conocer más y más los secretos de la Naturaleza.

Vivía el “ermitaño” también con la compañía de un perro fiel. Por esta causa, necesitaba a veces los servicios del Veterinario, el cual residía en el pueblo cercano, que era el centro importante de la comarca. El Veterinario apreciaba mucho al “ermitaño”, hasta tal punto que todas las semanas, cuando aquel subía a oír misa a la iglesia de la aldea, por cierto monumental, aprovechaba para visitarle y charlar ampliamente con él, sobre todo de los asuntos importantes del vivir, y si era necesario vacunar u observar al perro o algún otro semoviente, cual era el burrito, el animal que le servía para el acarreo de leña, heno u otros menesteres.

La aldea, además de ser un paraíso de vegetación abundante y selectiva y de ser espacio privilegiado de manantiales de agua cristalina, tenía la gran suerte de exhibir a nativos y forasteros, un centro de espiritualidad; una iglesia alzada y erigida a la intemperie sobre un otero, cuya silueta paisajística tomada desde las alturas, simbolizaba en su conjunto, la austeridad natural de formas y colores, con su traza y Arte Románico de primer orden. Este conjunto monumental, en auténtico equilibrio con la Naturaleza, servia también para velar en silencio al pequeño camposanto instalado en el otero.

Transcurrieron los años, y el “ERMITAÑO DE VALLIMANDORA”, se fue haciendo viejo, muriendo conforme a las leyes biológicas y al término de la facultad energética del ser humano. Con ello, se acabaron las historias que compartía y los ratos agradables que pasó durante su vida humilde, sana y cristiana. También y al mismo tiempo dejaba de existir, después de cien años de vida, la abuela, la mujer hacendosa en su juventud, que con su personalidad matriarcal atraía al portalón, o corte de su casona, a muchas personas que la apreciaban. Más tarde se fue de este mundo el Veterinario, dejándonos como herencia una numerosa descendencia, que pudo abrirse paso, día a día con una vida satisfactoria. El Zoólogo tuvo la mala suerte de no poder desarrollar su obra científico-divulgativa. El destino acabo con su vida prematuramente, dejándonos huérfanos de su último testimonio y su manera de ver y entender la Naturaleza, donde se desarrolla la maravillosa funcionalidad de la Creación.

La aldea se quedó triste, hoy sigue latiendo, pero a otro ritmo. La Naturaleza, con la poderosa fuerza sobrenatural del Cosmos, no ha cambiado sustancialmente. Sigue generando benévolamente el mismo bienestar natural a los hombres; hombres que quizá tengan otros horizontes, otras miras, que aunque aparentemente menos espirituales, sólo son circunstanciales, por que en el fondo, el alma del ser humano no es producto de la Sociedad; no es sustancia, es esencia misma del espíritu de la Creación, que puede transfigurarse ante la verdad intrínseca del Mundo en que vivimos.
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