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CUADERNO DE BITÁCORA TERRESTRE
Ensayos Biogeográficos, Aconteceres Históricos y Observaciones Sociológicas
Acerca de
Félix Fernández Rodríguez BURGOS Facultativo de Minas Oficial de la Marina Mercante
Sindicación
 
TORREMOLINOS. ENTRE TIERRA Y MAR

Para un observador naturalista geobotánico y nemoroso con la flora castellano –cantábrica y ebróica, curtido y experimentado con la climatología agresiva y continental de Burgos en invierno, pisar por primera vez el litoral de Málaga, es como encontrarse en un mundo diferente, pero atractivo, donde las playas con sus paseos marítimos, los suntuosos puertos náuticos deportivos, los innumerables restaurantes de pescaditos, el ocio turístico unidirigido y sobre todo el abigarramiento urbanístico y en algunos casos aberrante, es un contraste desusado y sorprendente.

Todo este diverso panorama calentado y enaltecido por el implacable Sol y el Mar Mediterráneo como fondo, nos ha producido una grata impresión, no por mirar hacia el Sur, un mar sin sombras, sino sobre todo, por observar y admirar las tierras montañosas, situadas por el Norte cercano a Torremolinos. Tierras constituyentes por los encadenamientos orográficos, béticos-prelitorales, que configuran y se extienden desde la Serrezuela de Mijas (1.150 m de cota culminal) hasta los ondulados, secuentes y ordenados alcores de la Sierra Llana de Alhaurin de la Torre, cuyas estribaciones son regadas por el Norte por las aguas del río Guadalorce.

La primera muestra o paisaje sorprendente, en el primer paseo por Torremolinos, junto al mar, fue de improviso al observar la enorme acumulación Travertino-tobacea sobre los acantilados primigenios del Bajondillo y tambien sobre el espolón rocoso de las curvas de la Carihuela. Este fenómeno Cuaternario es muy interesante, tanto cultural como científico, y nos descubre el efecto de la red hidrogeológica que se generó en la zona en tiempos y periodos primitivos.

Es fácil imaginar con la lógica y la razón, que las aguas precipitadas en el periodo Diluvial y más posteriores en el tiempo, sobre los terrenos de la propia serrezuela y zonas adyacentes, generaron escorrentías superficiales y afloramientos subálveos, que al circular por la franja horizontal y ondulada de Torremolinos y sus espacios limítrofes, se distribuyeron en una red multifluvial, desde donde algunas aguas finalmente se derramaron en suave cascada, sobre las rocas primigenias cretáceas del acantilado. Otras aguas, por niveles laterales e inferiores fueron directamente al mar.

Probablemente también el suelo de la penillanura de Torremolinos y los estratos del subsuelo, al estar constituidos por algunos sedimentos volcánicos en forma de lenguas magmáticas, junto a las rocas calizas con cavidades karstificas, originaron acuíferos cautivos subterráneos, los cuales tambien favorecieron aquel proceso del agua superficial. Por tales fenómenos, la Historia de Torremolinos es clara; nos denuncia que sus fuentes, sus ríos antiguos, sus molinos y sus torres, fueron la esencia de un pueblo que desde sus albores, defendió la “Cultura del Agua” dulce y salada. Desde sus torres, fortalezas y atalayas, a orillas del litoral, sus moradores, otearon día a día y en aquellos lejanos tiempos, las acechanzas de corsarios arrebatadores desde un mar, no proceloso, pero sí tremebundo para pescadores, molineros y gentes de bien hacer y mejor vivir, en Torremolinos.

Después de esta primera impresión a orillas del mar, solo nos faltaba observar algo de su territorio saludable en primavera, sobre todo para conocer en parte, la diferenciación bioclimática-vegetal, frente a la naturaleza continental de Burgos. Estábamos situados en un espacio donde la nomenclatura biogeográfica, explicada magistralmente por el ilustre Salvador Ribas, la define como: Región Mediterránea; Provincia Mediterráneo-Ibero-Atlántica; Subprovincia Bética y Sector Corológico Mijarense-Malacitano. No conocemos con precisión los valores bioclimáticos de este espacio, pero intuimos que entre las zonas culminares de Mijas, con un piso vegetativo Meso mediterráneo y la franja llana prelitoral de Torremolinos, con un piso Termo mediterráneo, hay diferencias notables, que no son importantes y necesarias para este reportaje divulgativo.

Como la atracción turística de Torremolinos nos anunciaba su Jardín Botánico, Molino de Inca y Manantial del Albercón, nos dirigimos allí sin dudarlo. Tomamos rumbo a este lugar por el camino carretil que atraviesa la zona del Batán y Cea. Este camino estaba festoneado en sus orillas por varios arbustos silvestres. Fue un deleite. Por allí pudimos ver la belleza y el colorido de sus flores, amarillas, blancas y azules. Eran estos arbustos los siguientes: Pegamoscas (Ononis natrix); Crisantemos (Chrysantemus coronarium), Matricaria marítima, Borraja (Borago officinalis) y Viborera andaluza (Echium gaditanum).



Visitamos el Jardín Botánico, que es todo un museo de palmeras y palmitos. Allí no faltaba ninguna especie mundial de estas familias y géneros, así como cantidad de cactus y arbustos semi-tropicales. Vimos dos especies de árboles bellos, que llaman mucho la atención, que desearía tenerlos en mi parcela de Sedano (Burgos), la cual no tiene condiciones climáticas para ellos, por ser muy fría. Estos especimenes eran: Sicomoro (Ficus sicomorus) y Liquidambar (Liquidamber stryciflua). Sus hojas y colorido otoñal son inigualables. Pero lo más trascendental del Jardín es el agua. Ello representa la Vida, la Evolución y la Energía, simbolizada por las regaderas entejadas que circundan y circulan agua por el laberinto de paseos, fuentes, estanques y manantiales. Todo era maravilloso y espectacular. En medio del laberinto del Jardín, destacaba sobre todo en el complejo urbanístico y natural, un árbol: la Araucaria gigante, significaba un símbolo del poderío y estética vegetal, que se alzaba verticalmente 50 metros, como queriendo dar las gracias al Cielo por la grandeza y magnificencia de este Jardín de Torremolinos, el cual rivaliza en belleza con su homólogo de Málaga.

Artículo realizado en abril de 2006
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