La paternidad.
Parece inevitable que al rebasar la barrera de los 30 uno se plantee la posibilidad de ser padre. Lo que ocurre es que la paternidad, al margen de maniqueísmos sobre cómo debe uno vivir su propia existencia, es una cuestión muy seria que efectivamente cambia la vida de todo aquel que opta por ella.
Respecto al tema de la paternidad hay muy pocas cosas que tengo claras.
En primer lugar, creo firmemente que no todo aquel que se convierte en padre es digno de loanza. Conozco demasiados padres cuyos hijos habrían merecido un destino mejor.
Por otro lado, cuando tu opción de vida no lleva implícita la paternidad como algo natural, todavía se te plantean más dudas. No tanto por las dificultades que puedas encontrar para conseguirlo, como por ser capaz de dilucidar si esa opción es realmente algo deseado o es simplemente algo que te planteas porque tu edad y tu entorno te empujan de un modo u otro a pensar en ello.
Ciertamente, a mí me gustan los niños. No es que me guste especialmente relacionarme con ellos. Al contrario. Me gusta estar con ellos un ratito, pero me cansa tener que concederles todos los cuidados y las atenciones que requieren. El motivo por el que me gustan los niños es porque creo que te ayudan a estar en contacto con la realidad.
Los padres y los abuelos te transmiten conocimientos y experiencias. Uno mismo, con las propias vivencias y experiencias adquiere una nueva dimensión del mundo que nos rodea. Pero llegado a un determinado punto, y tal y como yo observo en muchas personas de generaciones anteriores, la falta de contacto con personas de generaciones más jóvenes te hace perder cierta perspectiva de la realidad. Y todo porque a menudo no los consideramos dignos de prestarles nuestra atención.
En ese sentido yo no soy así. Me gusta pensar que en un futuro yo estaré rodeado de personas más jóvenes que me ayudarán a sobrellevar mejor el peso de los años y que harán posible que su juventud deje en mí la impronta de sus vivencias, opiniones y puntos de vista sobre las cosas, siendo capaz de esta forma de entender mejor los cambios que se producen a todos los niveles de la vida con el paso del tiempo.
Además, y aunque no entra dentro de mis planes vivir más de 75 u 80 años, me resultaría extraordinariamente difícil sobrevivir a mis mayores, a mi pareja o a mis amigos, y a veces me planteo si ser padre no podría ser, llegado un determinado momento, la mejor forma de encontrar motivos para seguir viviendo.
Es en ese sentido que en los últimos tiempos me planteo el tema de la paternidad como una posibilidad. Sin embargo, todavía no tengo claro que sea algo que realmente deseo.
No siento ninguna necesidad de sentir cómo hay una persona que depende básicamente de mí. De hecho no me atrae nada esa idea. Tampoco creo tener ningún legado personal que merezca la pena conservar más allá del fin de mis días. Me daría mucho miedo que a un hijo mío le pasara algo. Obviamente es algo común a todos los padres, pero mi personalidad, hipocondríaca y algo tremendista, me haría sufrir demasiado. Creo poder asumir los cambios en la propia vida que conllevaría la paternidad, pero me da bastante pereza afrontarlos. Y, aunque a fecha de hoy no conozco a ningún padre que se haya arrepentido de serlo, lo cuál es un gran dato, no tengo claro que mis razones para serlo tengan el peso suficiente para afrontar el reto.
En fin, no me hagáis mucho caso, sólo estoy pensando en voz alta. Además, acabo de cumplir 35 años y creo que tengo derecho a desvariar un poco.
Respecto al tema de la paternidad hay muy pocas cosas que tengo claras.
En primer lugar, creo firmemente que no todo aquel que se convierte en padre es digno de loanza. Conozco demasiados padres cuyos hijos habrían merecido un destino mejor.
Por otro lado, cuando tu opción de vida no lleva implícita la paternidad como algo natural, todavía se te plantean más dudas. No tanto por las dificultades que puedas encontrar para conseguirlo, como por ser capaz de dilucidar si esa opción es realmente algo deseado o es simplemente algo que te planteas porque tu edad y tu entorno te empujan de un modo u otro a pensar en ello.
Ciertamente, a mí me gustan los niños. No es que me guste especialmente relacionarme con ellos. Al contrario. Me gusta estar con ellos un ratito, pero me cansa tener que concederles todos los cuidados y las atenciones que requieren. El motivo por el que me gustan los niños es porque creo que te ayudan a estar en contacto con la realidad.
Los padres y los abuelos te transmiten conocimientos y experiencias. Uno mismo, con las propias vivencias y experiencias adquiere una nueva dimensión del mundo que nos rodea. Pero llegado a un determinado punto, y tal y como yo observo en muchas personas de generaciones anteriores, la falta de contacto con personas de generaciones más jóvenes te hace perder cierta perspectiva de la realidad. Y todo porque a menudo no los consideramos dignos de prestarles nuestra atención.
En ese sentido yo no soy así. Me gusta pensar que en un futuro yo estaré rodeado de personas más jóvenes que me ayudarán a sobrellevar mejor el peso de los años y que harán posible que su juventud deje en mí la impronta de sus vivencias, opiniones y puntos de vista sobre las cosas, siendo capaz de esta forma de entender mejor los cambios que se producen a todos los niveles de la vida con el paso del tiempo.
Además, y aunque no entra dentro de mis planes vivir más de 75 u 80 años, me resultaría extraordinariamente difícil sobrevivir a mis mayores, a mi pareja o a mis amigos, y a veces me planteo si ser padre no podría ser, llegado un determinado momento, la mejor forma de encontrar motivos para seguir viviendo.
Es en ese sentido que en los últimos tiempos me planteo el tema de la paternidad como una posibilidad. Sin embargo, todavía no tengo claro que sea algo que realmente deseo.
No siento ninguna necesidad de sentir cómo hay una persona que depende básicamente de mí. De hecho no me atrae nada esa idea. Tampoco creo tener ningún legado personal que merezca la pena conservar más allá del fin de mis días. Me daría mucho miedo que a un hijo mío le pasara algo. Obviamente es algo común a todos los padres, pero mi personalidad, hipocondríaca y algo tremendista, me haría sufrir demasiado. Creo poder asumir los cambios en la propia vida que conllevaría la paternidad, pero me da bastante pereza afrontarlos. Y, aunque a fecha de hoy no conozco a ningún padre que se haya arrepentido de serlo, lo cuál es un gran dato, no tengo claro que mis razones para serlo tengan el peso suficiente para afrontar el reto.
En fin, no me hagáis mucho caso, sólo estoy pensando en voz alta. Además, acabo de cumplir 35 años y creo que tengo derecho a desvariar un poco.





