la distancia más larga
relatos
Sindicación
 
al borde del acantilado


LA copa de vino, en tu mano delicada,
irradiaba destellos bajo la tenue luz,
como tu cara, mientras me hablabas de no sé qué cosas.
Yo te miraba con una oscura inquietud metafísica,
sintiendo que todas las cosas de la vida son efímeras,
como un desmontable escenario de cartón piedra.
Llegará un día, nadie podrá evitarlo,
en que entre nosotros se interpondrá
un cementerio de silencio y distancia.
¿Qué significado tienen estos momentos cómplices,
esta avaricia de amor,
esta profusa lujuria que me ata a ti
como si fueras el aire que necesito respirar?
El camarero trajo la cuenta,
y volvimos al irracional mundo de las sombras,
yo de tu mano, intentando como siempre,
orientarme con el fanal de tus ojos sensuales.






AL BORDE DEL ACANTILADO

- Dicen que es bueno llegar a viejo- dijo una vieja con una nube en un ojo y la boca medio desdentada- pero yo creo que no, hermosa, los viejos no tenemos más que achaques y dolores, y recuerdos que no te dejan vivir, yo ya he enterrao a un hijo con cuarenta y cuatro años, murió de cáncer de pulmón, el pobre mío, tenía ya la metástasis en la cabeza, era ingeniero aeronáutico, el más impotente de Construcciones Aeronáuticas, ¿sabes hermosa?, entró en la empresa con dieciocho años hasta que se murió, los jefes lo querían mucho, uuuuy, a su entierro vinieron todos, era mu listo y mu bueno mi Venancio, ojalá hubiera muerto yo en vez de él, desde que se conciben, los hijos son lo más importante, el amor a los hijos es la mayor verdá, encima la puta de su mujer, porque no tiene otro nombre, que Dios me perdone, se volvió a casar enseguida, con lo que lloraba en el entierro y los besos que le daba a la caja...-
- ¡Cierra la puerta, hostias, que hay corriente!- Gruñó un viejo, con raídas zapatillas de paño, desde su silla de ruedas.
Los viejos estaban expuestos en el porche, a la sombra, en grupo. Todos trémulos y tristes, sin nada que hacer salvo esperar morirse, débiles, frágiles, vulnerables, como figuras de cristal en el borde de una mesa.
- Ahora te encuentro mucho mejor, doña Sarita, je, je, je, porque estos días de atrás estabas ahí que te ibas que no te ibas-
- Yo me voy a ir con mi hijo unos días a Cáceres, yo todavía puedo apañarme, puedo barrer, si tengo que guisar guiso, voy a comprar, me apaño sola, pero usted doña Piedad, tiene que tener siempre una persona encima-
Doña Piedad estaba deprimida porque le habían cortado el pelo como a una presa y porque nadie de su familia venía nunca a verla. Siempre le prometían por teléfono que vendrían para llevársela y siempre la engañaban. Y así pasaba los días, entre la esperanza y la desilusión.
A un viejo con dodotis se le empezó a caer la baba, a su lado pasó una rolliza auxiliar, joven y hermosa, como una corriente de aire fresco atravesando aquella atmósfera enfermiza y decadente.
- Tómese el zumo, don Manuel, que se le va a calentar de tanto menearlo en la mano-
Don Manuel permanecía apartado del grupo, sentado en una silla, apoyado en su andador. Nunca hablaba con nadie. La gente, por lo general, le parecía estúpida y malvada, una especie inferior.
- En eso somos iguales, don Manuel, todos tenemos que morirnos algún día, je, je, je, es la única verdá en esta vida, todo lo demás es mentira, hasta que todo es mentira es mentira, je, je, je - Le dijo una vez riendo un imbécil leporino al que le faltaba un diente. Don Manuel sintió un escalofrío, le repugnaba ser como los demás. Aunque por un lado deseaba morirse, por otro tenía un miedo insuperable a la muerte, a dejar de existir, a dejar de ser Don Manuel López, con toda su vida a cuestas, con todas sus aventuras pasadas, con su yo superlativo, un superyo con incontinencia urinaria y párkinson. Así que permanecía sentado al borde del acantilado, esperando acontecimientos. Mientras tanto malcomía, maldormía, se cagaba, y rechinaba los dientes sin comprender para qué había nacido y porqué tenía que morirse y perderlo todo.
- Este tiempo es bueno para segar garbanzos, como el aire está húmedo los garbanzos no se desgranan- Dijo un viejo renegrido y cejijunto.
- Mira, esa que viene por allí es la Aguedita, su madre, doña Esperanza, siempre la está llamando, se despierta a las cuatro de la mañana y se pone a llamarla a gritos ¡Aguedita! ¡Aguedita!, no hay quien duerma con ella, josus, pues ala, ahí la tienes, a ver si te saca de aquí y nos dejas en paz a todos de una vez.-
La auxiliar rolliza pasó entre los viejos meneando su voluptuoso culo. También ella, probablemente, algún día se haría vieja, aunque ahora todavía no tuviera conciencia de ello, los hijos se le harían mayores, de manera imperceptible empezaría a abandonarla la belleza, la salud, y cuando quisiera darse cuenta el tiempo la habría secado como a una rosa en un jarrón sobre el alfeizar de una ventana. Después, un buen día, de madrugada seguramente, moriría, porque a todo el mundo le toca morir, es un proceso natural, cuando a los chicos les empieza a salir el bigote y a las chicas a crecer las tetas, la muerte ya va implícita. Ningún sabio ha sabido jamás explicar convincentemente porqué las cosas son así.
- ¿Ya ha acabado la misa?- Preguntó la vieja a la que se le había muerto el hijo aeronáutico.
- Si, si, si- contestó doña Sarita maquinalmente, mirándose las uñas pintadas de los pies- ahora hay anuncios otra vez.




ESTARÍA siempre así, dentro de ti,
en comunión perfecta con tu divino cuerpo.
Generando vida, jugando con la muerte,
fundidos en un mismo fuego.
Sin más conciencia que la de tu honda belleza,
que la de tu frágil abandono,
que la de los húmedos gemidos de tu corazón abierto.


 
inframundo

INFRAMUNDO

No había árboles, ni plantas, ni pájaros, sólo tierra seca que ardía bajo el sol. Tierra estéril, dura, áspera, sobre la que se alzaba una paupérrima choza de adobe, como un forúnculo de miseria en la costra agrietada de un estercolero.
Un hombre escuálido, sucio, desarrapado, con unos ojos de animal asustado en un rostro que parecía también de tierra seca y yerma, se asomó entre unas desgarradas cortinas de esparto a contemplar las polvaredas que el viento ululante levantaba en el desierto.
En lo alto el sol, inmutable, implacable como una sentencia de muerte, rabiosamente abrasador, deteniendo el tiempo, estrangulando el espacio, desecando el aire.
Se oyó el deprimido ladrido de un perro famélico que roía un hueso fosilizado, junto a la cruz vencida de una tumba.
Tras un tiempo que contenía varias eternidades, el hombre, el infrahombre, volvió a replegarse al fondo de la oscuridad, como un insecto que se esconde del mundo en un angosto agujero excavado en un montón de estiércol.
Había perdido la esperanza. Seguía asomándose todos los días por absurda inercia, pero en el fondo de su corazón disecado sabía que aquella brisa que un día sintió, como un milagro, como un aroma vivificante, como una presencia de mujer, jamás volvería a pasar por su puerta.
A veces la vida es sólo una muerte disfrazada de subsistencia.



 
matices


VÁMONOS, le dije al taxista con la voz rota,
como si gritara fuego frente a un pelotón de fusilamiento.
Ardiendo de dolor,
callando por orgullo,
me alejé de ti en aquel coche fúnebre
que me alejaba de todo lo vivo.
En el retrovisor estallaban rosetones pirotécnicos,
música y voces de juventud, de vigor, de fiesta.
En contraste mi cara, cetrina, aviejada,
ridículamente inexpresiva como la de un muerto,
como la de un muerto enterrado vivo
que arañaba por dentro mi piel
luchando en vano por salir de nuevo a tu luz.
He conocido a lo largo de mis viajes tantos matices del dolor...


 
cuentas pendientes


CUENTAS PENDIENTES

“¡Son las nueve cuarenta y cinco de la mañana, las ocho cuarenta y cinco en Canarias. Hablemos ahora de las vacas locas...”
Se situó en el carril derecho, detrás de una furgoneta del Mercadona. Iba demasiado cargado para adelantar, así que, con paciencia, siguió la estela de la furgoneta. Abandonó la M 40 y tomó el desvió a la carretera de Burgos, tenía que estar en el Carrefourd del centro comercial Plaza Norte antes de las diez, por suerte no había demasiado tráfico.
El negocio del papel le iba bien. Le gustaba el olor del papel, el tacto de las resmas retractiladas, el sonido de las cajas apilándose en cúbica arquitectura.
Se miró en el espejo retrovisor. Aniceto Caldetas, cuarenta y nueve años. Casado. Dos hijos, chico y chica. Autónomo. Pequeño empresario del gremio del papel. Dos hipotecas, sobre su piso en Valdemoro y sobre el apartamento de la playa de la Mata en Torrevieja. Abriéndose camino en la vida, tras duros años de trabajos precarios, desde camarero hasta guarda de obra. Sonrió. Parecía que por fin las cosas le empezaban a ir bien. Al sonreír se le veía el hueco de un diente que le faltaba. El sol le daba en la cara. No era guapo, que digamos, pero era fuerte, se parecía vagamente al Algarrobo.
La furgoneta del Mercadona aminoró la marcha. Se disponía a adelantarla, cuando de repente le dio el primer mareo. La vista se le nubló, sintió destellos en la cabeza, hilos que parecían espermatozoides bailando delante de los ojos. Como pudo se echó al arcén. Los coches que venían detrás comenzaron a pitar. Detuvo el camión y se bajó dando tumbos. Estaba perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Los músculos no obedecían sus órdenes. Se apoyó en el quitamiedos e intentó pedir socorro. No podía mover los brazos, no podía gritar. Perdió el conocimiento desplomándose sobre el quitamiedos, medio cuerpo en la cuneta, las piernas y los brazos colgando, parecía un trapo viejo puesto a secar al sol.
Los coches aminoraban la marcha para mirar, aunque nadie se detenía. Al cabo de un tiempo recuperó otra vez la conciencia, pero seguía sin poder moverse. Entonces tuvo la certeza de que se estaba muriendo, una nube negra de muerte invadía su cerebro. Dios mío, pensó lleno de pánico, no puede ser, a mí no, no es justo, no es justo, ahora no, Dios mío, ahora no, no puedo dejar aquí el camión con tanto papel, y qué va a pasar con el negocio, encontrarán las revistas pornográficas que tengo escondidas en la guantera, pensarán que soy un viejo verde, mi mujer y los niños se avergonzarán de mí, además tengo sin pagar el número del camión y mañana se acaba el plazo, joder, le he prometido a mi hermano que comería hoy con él para celebrar lo del embarazo de su mujer, Dios mío, tengo todas las tarjetas de crédito en el bolsillo de atrás, en la cartera, me quedan tantas cosas por hacer, ahora que me empezaba a ir bien el trabajo, y qué va a pasar con las hipotecas, con el viaje de Sonia a Irlanda este verano, no puedo dejar tantas cosas a medias, tantas cuentas pendientes, un año, Dios mío, dame aunque sea un mes para poner mis asuntos en orden, una semana, un día,....la vida... es una estafa.
Volvió a perder el conocimiento, esta vez definitivamente. La ambulancia, como siempre, no llegaría a tiempo.
Un camión cargado de chatarra pasó rugiendo en dirección a San Chinarro. El conductor parecía un simio. En la cabina, por encima del parabrisas, llevaba pegado el poster de una rubia con unas tetas increíbles. Eran las diez y cuarto de la mañana.








MIENTRAS todo se apaga, tu cuerpo se enciende.
Mientras todo se hiela, tu cuerpo arde.
Mientras todo se marchita, tu cuerpo florece.
Mientras todo recela, tu cuerpo ama.
Mientras todo se hunde, tu cuerpo crece.
Mientras todo se acaba, tu belleza vive.



 
cabos sueltos


CABOS SUELTOS

¿Qué fue de ti? ¿Dónde vives ahora?
De repente lo dejaste todo y te marchaste
por esos mares siguiendo un sueño.
¡Tú siempre con tus locuras!
Dicen que por fin encontraste
el fuego sagrado del amor.
Otros, por el contrario, dicen
que al atardecer te invade la melancolía
y te sientas en el acantilado
añorando tu patria.
¿Recuerdas nuestros paseos entre los olivos?
¿Recuerdas el color de aquellas tardes
cuando soñábamos juntos?
Todavía sigue verde aquel árbol
que planté para que te guiara
en tu camino de regreso.
Aunque, no sé porqué, me dice el corazón
que día tras día te irás alejando más
en tu vieja barca llena de soledad
y de cabos sueltos.


 
las gafas de rayos x

LAS GAFAS DE RAYOS X
Salvador Ronquillo fue siempre un muchacho raro. Mientras los demás muchachos pensaban en el fútbol o en ligar con las chicas en la discoteca, él permanecía encerrado en su cuarto, en otra dimensión, a salvo en su mundo, perfeccionando sus inventos. Un día se presentó en el colegio con un extraño artilugio cubriéndole la mano derecha, una especie de garra de metal que se activaba mediante un interruptor conectado a una batería que llevaba atada al pecho, imitando la garra de algún superhéroe de los cómics que leía. Todos se rieron de él, pero no le importó mucho, estaba acostumbrado. Inventó también unos zancos psicodélicos con unos botes de tomate, una máquina de pinball con gomas y pinzas de la ropa, una bicicleta autopropulsada con el motor de una lavadora, extraños instrumentos musicales, una línea telefónica con unos envases de yogures, etc, etc. Para algunos era un genio, para la mayoría, por el contrario, se trataba simplemente de un imbécil.
Pero nadie podía sospechar la trascendencia del último invento que se traía entre manos. Un invento a la altura de la bicicleta, del internet o de la viagra.
Dominado por su obsesión, trabajaba día y noche sin descanso. Su madre llegó a sospechar que se había vuelto loco. Pasaba todo el tiempo encerrado, sin comer, sin dormir, pálido, febril, desencajado. ¡Hasta que por fin lo consiguió!: Había inventado unas gafas de rayos x para ver a las chicas desnudas a través de la ropa.
Temblando de emoción y de ansiedad, salió a la terraza para probar su invento. Se fijó en la dependienta de la tienda de ropa de niños que había en la esquina, una muchacha morena y voluptuosa, de rasgos infantiles, ojos grandes, nariz pequeña y labios carnosos, de piel blanca y pelo largo, que le gustaba desde hacía tiempo. Estaba cambiando el escaparate, a gatas, intentando alcanzar un vestido rojo para sustituirlo por otro de color verde. Salvador se puso sus gafas de ver desnuda y la cazó de lleno en aquella postura felina y seductora, con la grupa ondulada, aquellas formas rotundas, henchidas, tremendas, la sombreada herida del sexo adivinándose entre las nalgas ofrecidas, los pechos duros y grandes cuyos pezones rosas y erectos rozaban una cabeza de maniquí, el pelo derramándose por la espalda. Tuvo que masturbarse cinco veces seguidas para poder soportar aquella visión lujuriosa, imposible, espasmódica, divina.
A partir de entonces, todos los días se echaba a la calle con su bicicleta y sus gafas indiscretas en busca de mujeres guapas a las que desnudar con la mirada. Con aquellas gafas estrafalarias de grandes cristales ahumados y redondos, parecía una especie de mosca humana sobre ruedas. Todo el mundo se reía de él, aunque era él quien en realidad tenía motivos para reírse de todo el mundo.
- ¡Qué miras, payaso!,- lo increpaba un grupo de chicas que hacían el botellón en el parque- ¡de qué coño te ríes, subnormal!-
Pero en esta vida todo acaba por saberse. Primero fueron sospechas, rumores, hasta que por fin alguien, no se sabe cómo ni como no, adivinó lo que se traía entre manos el loco de Salva.
Los demás chicos empezaron a pedirle prestadas las gafas, incluso le ofrecían dinero, los que siempre lo habían tratado con crueldad o con desprecio empezaron a hacerse amigos de él, todo en vano, Salva no se desprendía de sus gafas ni para dormir.
Sólo miraba a las guapas, cuando se topaba con alguna fea, desviaba la mirada hacia otro lado.
- ¡Me ha mirado, ay mi madre, me ha visto desnuda!-
- No, no te preocupes, Rocío, yo creo que me ha mirado a mí-
Cuando, al caer la tarde, los grupos de adolescentes tomaban el bulevar, en medio del bienestar vivificante que traía la brisa de la primavera, de repente alguien daba la voz de alarma:
-¡Que viene, que viene el mirón!-
Las chicas empezaban a gritar y, tapándose con las manos sus partes erógenas, corrían despavoridas hacia los portales, como si huyeran de la vaquilla en los encierros de las fiestas. Entonces aparecía Salvador como una centella, bajando la calle con su bicicleta a toda velocidad, para aprovechar el factor sorpresa, girando la cabeza a un lado y a otro en busca de alguna víctima rezagada.
Una vieja que no podía correr se puso a insultarle:
- ¡Sinvergüenza, asqueroso, zángano!-
Tal vez indignada porque había pasado a su lado sin fijarse en ella.
Mientras en el parque las parejas se besaban junto al estanque, bajo los sauces, besos húmedos, concretos, reales, Salva regresaba a su casa con la retina llena de tetas, culos, coños, muslos, cuerpos esculturales y maravillosos, carne joven y fresca, excitante, subyugante, platónica. El sol se ponía tras las tapias del cementerio, y Salvador pedaleaba subiendo las cuestas, sintiéndose, sin saber porqué, un poco triste, un poco solo, un poco irreal con toda aquella aventura. Tal vez la mayoría de la gente tuviera en el fondo razón con respecto a él.









EL MATÓN



 
la otra orilla


LA OTRA ORILLA
El viento empujó las velas
y la tierra se fue quedando atrás:
los caminos, los tejados,
las calles por las que había andado,
los labios que había besado,
el barro al que había dado forma con sus manos.
Los brotes rompían la piel de la tierra
y en el cielo las estrellas
seguían su curso inescrutable.
Lo fue envolviendo un atronador silencio
y el vértigo de la inmensidad.
Quedaron tantas cosas por hacer,
tantas cosas por olvidar...
En la playa desierta, impasibles, obsesivas,
iban y venían las olas del mar.

 
no te vayas



¡NO te vayas!,
me pides tendiendo hacia mí tus manos infantiles.
Siento que bajo mis pies la tierra me falta,
que pierdo ese rincón de sol
que hasta los perros tienen,
que el viento arranca de cuajo
las velas de mi barca,
que no soy yo sino el devenir
quien mis pasos arrastra,
que viéndote llorar
mi corazón se muere.


 
el beso

EL BESO

Se había levantado para ir al servicio. Ella se quedó mirándolo, con esa nuca ancha y peluda, los andares de hipopótamo, la calva brillante, la barriga prominente, el olor a sudor rancio y el aliento a alioli. ¡Qué asco!, pensó componiendo un rictus agrio con sus labios dulces y carnosos. Y además de un guarro era un tacaño, dijo que la invitaba a cenar y la había traído a un macdonal, ¿Para eso la pobre había recorrido miles de kilómetros desde Ecuador hasta España, para acabar cenando en un macdonal? Representante artístico, representante artístico de su padre, que hombre tan raro. Ella era una joven muy guapa, muy atractiva, en su país la pretendió hasta un licenciado, se merecía algo mejor que aquella especie de orangután cursi, pero en fin, tampoco estaba la vida como para andar eligiendo, y a puta, por un prejuicio absurdo, no quería meterse, al menos mientras pudiese evitarlo, todo fuera por su niña, la miseria tiene garras que te destrozan de un zarpazo. Cómo son estos españoles, pensó con una sonrisa maternal y un poquito irónica en sus ojos francos, torpes, feos, cerriles, pero tienen dinero, mijita, y sin dinero nadie puede vivir.
En la mesa de la izquierda una vieja muy gorda con los ojos desorbitados, estaba diciéndole a otra vieja arrugada de pelo plateado que chupaba un helado de leche merengada:
-Me levanté de la siesta a las cuatro, como todas las tardes, y cuando salí al porche para ponerla a andar un poco, porque la doctora le dijo que tenía que hacer ejercicio por el corazón, vi que no estaba, me dijo Pilar se la han llevado en una ambulancia, digo ¿en una ambulancia?, dice sí, luego ya me enteré de que se había muerto y la habían enterrado, pero a ver, hija, así es la vida, todos nos tenemos que morir algún día queramos o no, unos antes, otros después, pero todos, los gatos, los perros, los lagartos, las culebras, las mulas, el papa, todos, y también otros nacen, por eso la vida nunca se puede acabar por muchas epidemias que haya-
El orangután volvió del servicio con una sonrisa estúpida en su rostro abotargado. De repente, cuando estaba junto a la mesa, cayó de rodillas al suelo. Ella pensó que se había tropezado.
- ¡Uy, papito, cuidado, ¿te has hecho daño?!-
Pero no, en realidad se había arrodillado en un arrebato novelesco, como un caballero andante ante su dama. Ay estos españoles, pensó la instintiva muchacha, cuando están con una sudamericana, a poco linda que sea, ya están recurriendo al tópico del noble caballero, como si nosotras no supiéramos de qué va la vaina, porque de nobles, por lo general, con esos rostros plebeyos, esa mirada pícara y oblicua, y esa educación de establo, estos sólo tienen la soberbia.
- ¡Soledad!,- le pidió con voz tierna y emocionada, un poco chillona y de falsete, por cierto (“este ya ha caído”, pensó entonces la chica con premonitoria intuición femenina)- ¿quieres casarte conmigo y estar juntos el resto de nuestras vidas, juntos en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe?-
Soledad se quedó paralizada, hechizada como una liebre delante de los faros de un coche, cohibida, no sabía a ciencia cierta si aquel chalado huevón le hablaba en serio o estaba representando una comedia. De repente, el caballero, no se sabe de donde, sacó una biblia de Jerusalen en una mano y una cajita aterciopelada en la otra. Abrió la cajita y extrajo una alianza, que parecía usada porque brillaba poco y hasta tenía pegotes de mugre. En la mesa de al lado, un individuo con gafas remendadas con papel celofán y los cristales turbios a través de los cuales parecía imposible ver nada, se quedó mirando la escena boquiabierto.
- Soledad, mi vida, yo cuidaré de ti y de tu hija que ya es como si fuera mía, aunque quiero tener mis propios hijos contigo, pon la mano sobre esta biblia y júrame amor y fidelidad y acepta a cambio esta alianza que nos unirá para siempre-
El rostro sensual de la muchacha estaba embellecido por un rubor voluptuoso, cuyo calor podía sentir su amante arrodillado.
- Ay, papito, júreme que habla en serio-
Entonces el papito se incorporó como una mole animada, (“qué va hacer ahora”, se preguntó la muchacha con sus grandes ojos asustados y una risa nerviosa iluminando su cara) y abrazando a su amada con fuerza, pegó sus labios con los de ella, en un beso de pasión que sellaba aquel trascendental compromiso de amor eterno.
Ella volvió a poner aquel rictus de desagrado, como si estuviera chupando un limón, como si estuviera tomando una medicina amarga pero necesaria. Sentía asco, repugnancia ante aquellos obscenos lamidos, hubiera preferido que la besara un puercoespín, pero pensando en su hija, en la comida, en los vestidos, en esos caprichos de los que habitualmente tenía que privarse al pasar frente a un escaparate, adquirió el valor necesario y cerrando los ojos abrió sus carnosos labios en un abandono de mártir, para zambullirse en aquella boca sucia, como quien se zambulle en una ciénaga. Para completar el gesto heroico, hasta le dio un poco de lengua. Él entonces la apretó más contra su cuerpo de primate y, reprimiendo un eructo, mordió aquellos labios jóvenes, húmedos, frescos, densos, fértiles, aquella boca cálida y excitante.












CIERRAS los abismos, desatas los nudos,
descargas las pistolas, coses las heridas.
Eres aire y espacio en mi cerebro
y en mis venas transfusiones de vida.






 
viejo



VIEJO
Estaba sentado al sol, pálido, mirando al vacío, tal vez hurgando en el caos de su memoria en busca de trocitos de recuerdos, como si tratara de recomponer papeles rotos e ilegibles que ha dispersado el viento del olvido.
Era una tarde de un día cualquiera, quizás martes, o jueves, de otro día sin sentido, sin amor, sin humor, en un lugar extraño que olía a saumerio, frío, sin intimidad, en una cárcel de la que ya nunca saldría.
El vividor, el rey de la noche, el animador de todas las fiestas, el gran seductor. En otro tiempo hubo mujeres que habrían dado la vida por él.
“Que los hombres me teman y que las mujeres me amen” Había sido su lema de juventud.
Había visto tanto, vivido tanto... Pero ¿para qué?, se preguntaba ahora con la quijada trémula y las manos vacías.
La vejez llegó de forma subrepticia y traicionera, por las noches, mientras dormía, le fue robando el vigor, el encanto, el respeto, hasta que un buen día se miró al espejo y no se reconoció, la soledad rodeándole como un desierto de hielo y oscuridad donde no podía orientarse. Todo había ocurrido tan deprisa, quedaban aún tantos sueños irrealizados....Necesitaba más tiempo, tiempo que ya jamás tendría.
En los últimos días, antes de que sus parientes lo ingresaran para quitárselo de encima, se le había visto deambulando sin rumbo por las calles, encorvado, ridículo, apoyado en dos palos rugosos y deformes que usaba de muletas. Su casa llena de basura, su mente extraviada, rota, siniestrada, como un coche que se ha despeñado por un precipicio. Y en el horizonte sólo quedaba la muerte, como un pelotón de fusilamiento frente a él esperando la voz de fuego.
¡Qué pobre es la vida, paupérrima!, cualquier vida...
- ¡ Benavides, vamos, cariño, pasa a merendar!- Lo llamó desde la puerta una auxiliar, joven , voluptuosa y llena de vida, que olía a polen.
Benavides Trinitario Rufilanchas, setenta y cuatro años, domicilio Residencia Las Mimosas, tapicero jubilado, torero frustrado, una vida a medias como un círculo imperfecto, un infarto, dos ictus, desorientado, demente, dependiente, inútil total,...viejo.
Se incorporó con dificultad de la silla, y arrastrando los pies como un pato cojo, se dirigió al comedor.


 
náufrago


ES tan grande la oscuridad del mar,
que desde lejos la luz de tus ojos parece pequeña.
A la deriva en una balsa rota,
basta para naufragar el agua de una botella.
Siempre remando a contracorriente,
sueño con tu carne firme,
mientras las olas me traen y las olas me llevan.
¡Pero hay también tantas tempestades
dentro de tu serena belleza!
Quien ha nacido para ahogado,
se ahoga en la mar y se ahoga en la tierra.




 
voces en el desierto


VOCES EN EL DESIERTO
La tarde estaba muriendo. El resplandor del fuego alargaba las sombras en la penumbra de la habitación.
Se puso a balancear el tronco, encogida sobre el serijo, como si le doliera la tripa. El pelo lacio, el rostro de vieja, el mentón de bruja desdentada, los rasgos mongólicos, con un ojo torcido y el otro en blanco, como los de una muñeca rota y ciega.
Se oía el crepitar de la leña en el fuego, el tic tac del reloj de pared, midiendo el tiempo sobrante, no el tiempo de la vida, sino el de la descomposición y la nada.
Sonó el móvil. Se incorporó torpemente para cogerlo.
- Sí, soy yo,- contestó con voz gangosa y estólida, deslucida- bien, sí, también, no, no voy a ir a sevillanas, porque no, porque me dio el pronto, sí, está bien también, en su habitación, durmiendo, sí, voy a cumplir cuarenta, sí, sí, cuarenta ya, aunque dicen que no los aparento, adiós, un besito-
Permaneció en el aire el solitario eco de su propia voz.
Con movimientos enervados guardó el móvil en el bolsillo del plumas. Tenía las manos torpes, frágiles, delicadas, como si fueran de barro.
Se sentó de nuevo en el serijo y siguió balanceando el cuerpo, encogida, aterida.
Miró por la ventana. A lo lejos se oían voces, voces sin sentido, sin mensaje, huecas, extrañas, voces en medio de un desierto.
El fuego se estaba apagando. No podía dejar que se apagara el fuego, si se apagaba el fuego se moriría de frío. Es peor el frío que el hambre. Decidió quemar otra silla.
En el dormitorio se oyeron ruidos, como de caballos galopando.
-¿Madre?, ¿madre?- Llamó con voz desamparada.
Sobre la cama, el cadáver de la madre se había hinchado monstruosamente. Las hormigas habían empezado a devorarlo. Olía a amoniaco y a leche agria en toda la casa.
Ya era de noche. En el silencio, como las otras noches, los fantasmas de los muebles, de las paredes y del techo, empezaron a hacer ruidos siniestros, como de huesos que se rompen. Menos mal que el fuego los ahuyentaba.
Encogida en postura fetal, se apretó los ojos con las manos, le escocían. Después suspiró y se quedó quieta, mirando al vacío. Bostezó, se abrazó a sí misma y siguió balanceando el cuerpo, como cuando era pequeña y su madre la mecía en la cuna.

 
estalla la vida



APARECES por la esquina
y los árboles se hinchan y revientan de savia.
Me trae tantas promesas tu cuerpo, tantas esperanzas...
La luz de tus ojos desgarra las nubes
y los pájaros enloquecen en las ramas.
Te acercas cargada de amor,
anunciando la alegría,
y de repente el aire se prende a tu alrededor,
arde la lluvia y estalla la vida.



 
cáliz

HE apurado hasta la última gota
el cáliz del placer.
A través de tu belleza
he encontrado la verdad, la bondad y la sabiduría.
Déjame contemplar un poco más
tu preciosa desnudad,
enervado de éxtasis, ebrio y atónito,
sin rendir cuentas por nada,
respirándote, bebiéndote,
antes de que mañana vuelva a estar solo
frente a la mueca grotesca y macabra
de la realidad.



 
témpanos de ausencia

TÉMPANOS DE AUSENCIA
¿Y qué me importa a mí esta guerra,
este país lejano, estas extrañas banderas?
Nunca descansará mi corazón lejos de Itaca,
por más que con tu cuerpo me abrigues
y prodigues sobre mis noches tu clara belleza.
Témpanos de ausencia me trae cada amanecer
y caminos que se borran en la niebla.
 
el último día

EL ÚLTIMO DÍA

El padre y su hija entraron al bar. Se quedaron de pie entre las mesas, un poco perdidos, aturdidos, desorientados en un lugar extraño, esperando a que el camarero acudiera a rescatarlos. No había mucha gente. Dos viejos habituales en una esquina de la barra: uno con muletas y una pata de hajalata, el otro con huellas de viruela en el rostro y una colilla en la comisura de los labios; una familia comiendo cerca de la ventana, y un comercial de papelería sentado solo a la mesa mirando la televisión.
El camarero les preparó una mesa. El padre dejó sus gafas de sol encima del mantel y la niña se sentó a su derecha.
- ¿Qué les apetecería comer?- Preguntó el camarero con un extraño acento entre gallego y francés.
- ¿Tienen pasta?- Preguntó a su vez la niña con un timbre de voz límpido y despierto.
- Pasta no, pero tenemos lasaña, también tenemos revuelto de champi con jamón o espárragos blancos de primero, de segundo alitas de pollo, huevos fritos con chorizo o san jacobo- Contestó el camarero robóticamente.
La niña pidió lasaña y san jacobo, de beber una cocacola. El padre champiñones y alitas, de beber un botellín de mahou.
- A este siempre lo invitan,- comentó riendo el camarero, andando con grandes zancadas hacia la barra, señalando al viejo de la colilla en la comisura de los labios- si viene siete veces siete veces que lo invitan, siempre hay alguien por aquí que lo invita, es un tío con suerte, je, je, je, qué jodío el Anastasio-
El aludido tenía un rostro curtido, rústico, con largas patillas canosas, parecía un torero retirado. El otro viejo, el de las muletas, pagó los vinos.
El padre y su hija apenas hablaron durante la comida. La niña se aburría con su padre, en el fondo estaba deseando que se acabaran las vacaciones para volver con su madre, con sus amigas, a su colegio. Con su padre no tenía nunca nada de qué hablar, era soso y serio, totalmente adulto, extraño. Con su madre, por el contrario, podía hablar de casi todo. Pero bueno, por fin era el último día. Suspiró aliviada. El padre la miró, como adivinando lo que pensaba. El padre también se sentía cohibido, un poco acongojado incluso, inerme, el mundo de la infancia le parecía un mundo difícil, delicado, incomprensible. La niña tendría unos diez años, el pelo rizado, largo y rubicundo, los ojos vivaces, la nariz y el mentón como los de su padre. La niña se puso a mirar a la familia que comía junto a la ventana: el padre, con gafas de aumento y el pelo engominado; la madre, una guapa y jovial morena con una cara y unos ojos que se iluminaban cuando reía; las niñas, revoltosas y alegres, de su misma edad; todos juntos, hablando alto, moviéndose desinhibidamente, riendo y comiendo como si estuvieran en casa.
- Come- dijo el padre.
La niña destripó la lasaña con el tenedor y sopló para que no quemara. El padre se miró las manos mientras comía, pensó que eran manos de viejo, de esas que ya no atraen la atención de las mujeres.
El viejo de las muletas se incorporó renqueante del taburete y se arrastró chirriando hasta la máquina tragaperras para jugar las monedas del cambio. La máquina se puso a tocar una musiquilla alegre mientras se tragaba las monedas.
- ¡César, pon otra ronda!-
El torero retirado dijo por educación que no, que tenía que irse, pero finalmente aceptó otro vino y otro platillo de aceitunas, en realidad no tenía ningún sitio a donde ir, era pobre. ¿A dónde voy a ir que más valga? El comercial miró su reloj.
Por la calle pasó con gran estruendo el camión del butano. Un negro con cara de boxeador que iba subido en el remolque, se quedó mirando a dos pajarillos que picoteaban un trozo de pan en el suelo. De repente se levantó una seca polvareda que arremolinó el detritus.
El padre miró a su hija con contenida ternura, la niña hizo como que no se daba cuenta y bebió un último sorbo de cocacola.
El camarero se apoyó en la barra y cerró los ojos como un pollo adormilado.
La cocinera salió de la cocina y se dirigió al arcón de los congelados, llevaba unos pantalones largos muy cortos, dejando ver un calcetín azul y otro rosa, el padre observó ese detalle y pensó absurdamente que la vida es una especie de trampa, de enfermedad, de estafa, de callejón sin salida.
-¿Van a querer postre, café?-
- Yo quiero un helado de vainilla, si tienen- Pidió la niña.
- Nada- dijo el padre.
El comercial de papelería se rascó la calva.
La cocinera, de vuelta a la cocina, sonrió beatíficamente, como si llevara encendida sobre su estúpida cabeza la llamita del espíritu santo.


 
el último día

EL ÚLTIMO DÍA

El padre y su hija entraron al bar. Se quedaron de pie entre las mesas, un poco perdidos, aturdidos, desorientados en un lugar extraño, esperando a que el camarero acudiera a rescatarlos. No había mucha gente. Dos viejos habituales en una esquina de la barra: uno con muletas y una pata de hajalata, el otro con huellas de viruela en el rostro y una colilla en la comisura de los labios; una familia comiendo cerca de la ventana, y un comercial de papelería sentado solo a la mesa mirando la televisión.
El camarero les preparó una mesa. El padre dejó sus gafas de sol encima del mantel y la niña se sentó a su derecha.
- ¿Qué les apetecería comer?- Preguntó el camarero con un extraño acento entre gallego y francés.
- ¿Tienen pasta?- Preguntó a su vez la niña con un timbre de voz límpido y despierto.
- Pasta no, pero tenemos lasaña, también tenemos revuelto de champi con jamón o espárragos blancos de primero, de segundo alitas de pollo, huevos fritos con chorizo o san jacobo- Contestó el camarero robóticamente.
La niña pidió lasaña y san jacobo, de beber una cocacola. El padre champiñones y alitas, de beber un botellín de mahou.
- A este siempre lo invitan,- comentó riendo el camarero, andando con grandes zancadas hacia la barra, señalando al viejo de la colilla en la comisura de los labios- si viene siete veces siete veces que lo invitan, siempre hay alguien por aquí que lo invita, es un tío con suerte, je, je, je, qué jodío el Anastasio-
El aludido tenía un rostro curtido, rústico, con largas patillas canosas, parecía un torero retirado. El otro viejo, el de las muletas, pagó los vinos.
El padre y su hija apenas hablaron durante la comida. La niña se aburría con su padre, en el fondo estaba deseando que se acabaran las vacaciones para volver con su madre, con sus amigas, a su colegio. Con su padre no tenía nunca nada de qué hablar, era soso y serio, totalmente adulto, extraño. Con su madre, por el contrario, podía hablar de casi todo. Pero bueno, por fin era el último día. Suspiró aliviada. El padre la miró, como adivinando lo que pensaba. El padre también se sentía cohibido, un poco acongojado incluso, inerme, el mundo de la infancia le parecía un mundo difícil, delicado, incomprensible. La niña tendría unos diez años, el pelo rizado, largo y rubicundo, los ojos vivaces, la nariz y el mentón como los de su padre. La niña se puso a mirar a la familia que comía junto a la ventana: el padre, con gafas de aumento y el pelo engominado; la madre, una guapa y jovial morena con una cara y unos ojos que se iluminaban cuando reía; las niñas, revoltosas y alegres, de su misma edad; todos juntos, hablando alto, moviéndose desinhibidamente, riendo y comiendo como si estuvieran en casa.
- Come- dijo el padre.
La niña destripó la lasaña con el tenedor y sopló para que no quemara. El padre se miró las manos mientras comía, pensó que eran manos de viejo, de esas que ya no atraen la atención de las mujeres.
El viejo de las muletas se incorporó renqueante del taburete y se arrastró chirriando hasta la máquina tragaperras para jugar las monedas del cambio. La máquina se puso a tocar una musiquilla alegre mientras se tragaba las monedas.
- ¡César, pon otra ronda!-
El torero retirado dijo por educación que no, que tenía que irse, pero finalmente aceptó otro vino y otro platillo de aceitunas, en realidad no tenía ningún sitio a donde ir, era pobre. ¿A dónde voy a ir que más valga? El comercial miró su reloj.
Por la calle pasó con gran estruendo el camión del butano. Un negro con cara de boxeador que iba subido en el remolque, se quedó mirando a dos pajarillos que picoteaban un trozo de pan en el suelo. De repente se levantó una seca polvareda que arremolinó el detritus.
El padre miró a su hija con contenida ternura, la niña hizo como que no se daba cuenta y bebió un último sorbo de cocacola.
El camarero se apoyó en la barra y cerró los ojos como un pollo adormilado.
La cocinera salió de la cocina y se dirigió al arcón de los congelados, llevaba unos pantalones largos muy cortos, dejando ver un calcetín azul y otro rosa, el padre observó ese detalle y pensó absurdamente que la vida es una especie de trampa, de enfermedad, de estafa, de callejón sin salida.
-¿Van a querer postre, café?-
- Yo quiero un helado de vainilla, si tienen- Pidió la niña.
- Nada- dijo el padre.
El comercial de papelería se rascó la calva.
La cocinera, de vuelta a la cocina, sonrió beatíficamente, como si llevara encendida sobre su estúpida cabeza la llamita del espíritu santo.


 
vía crucis
ÚLTIMA ESTACIÓN

- No, no le doy torrija señora Perpetua, que me se atraganta otra vez como en Nochevieja con el langostino y no quiero ir de entierro, prefiero que viva usted todavía muchos años- Riñó una auxiliar con el pelo teñido de color paja y un ojo más bajo que otro, desnivelado, caído y algo siniestro, como la rueda pinchada de un coche, a una vieja alta y delgada, con los pelos de punta como un gallo de pelea, y con una expresión de sobresalto en el rostro, como si estuviera a punto de gritar.
- Pues para acabar así...-
- Tenemos que vivir todo lo que Dios quiera, doña Perpetua, ¡Pilar, Pilar, ven a ayudarme con las meriendas!-
- ¡Voooyy!- Gritó desde el pasillo una voz con cierto tono de fatiga y resignación.
La voz entró por la puerta. Pertenecía a una auxiliar con gafas de aumento y la cara como un balón sobre el que se ha sentado un gordo.
Como era festivo, los ancianos esperaban visita. Cuando alguien se asomaba por el umbral, todos los ojos estaban mirando expectantes, luego volvían de nuevo a sus ilusiones perdidas.
- Llévale el café a Agrícola, Pili, le gusta con dos sacarinas, creo que con él ya están todos, sólo falta la de la sonda-
´ - Ésta leche está agria- Se quejó una vieja muy gorda con unos ojos que parecía que iban a saltar desde las órbitas al vacío.
- ¿Agria?, pero si está muy rica, Macarena, tú el caso es quejarte, cariño-
En la tele echaban un reportaje sobre un negro albino que había huido de su tribu en patera porque lo querían quemar vivo.
- ¡Ahhaay!- suspiró una vieja marchita que andaba con una bolsa de orines en un costado- si yo tuviera hijas en vez de hijos no estaría aquí presa-
- Pues yo tengo dos hijas y mira, corazón, aquí me tienes- Le respondió otra vieja que permanecía postrada en una silla de ruedas tapada con un montón de cojines.
- Mi Santitos era ludópata y lo perdió todo en las máquinas tragaperras, el trabajo, la casa, la mujer, los hijos, luego se ahorcó de una viga- Confesó crudamente una viejecilla que parecía una mona, seca como un sarmiento.
En la pared había un reloj con forma de coche antiguo, con una manecilla que se movía lenta pero inexorablemente, haciendo un ruido silencioso, como de agua que se evapora.
En la tele ahora había anuncios. Una mujer con cara de niña estaba apoyada con voluptuosa feminidad en el alfeizar de una ventana mirando a la lejanía, tal vez al mar, y de repente su rostro se iluminaba como el de una virgen lozana y blanquísima.
Un viejecillo con cara de monaguillo, que se hacía llamar Santos España, sonriente, bien vestido, con la corbata anudada perfectamente sobre la nuez, se puso a cantar con aspavientos de divo:
- ¡Piiiintor, que pintas igleeeesias, cooon el pincel extranjeeeeroooo!-
- Paciencia, Señor, paciencia, dicen que con la paciencia se gana el cielo- Rezó con voz de bruja desdentada una vieja que empujaba un andador de camino a alguna parte, deteniéndose al cabo de unos pasos entre resuellos, como en las estaciones de un Vía Crucis.










SOLEDAD
Puso los pies en alto, sobre dos cojines encima del sofá. Todo el día de pie en la peluquería... Menos mal que ya era viernes, tenía todo el fin de semana para descansar.
Encendió la televisión:
“¡Un tratamiento único que rejuvenece tu silueta en pocos días!”
Ella no tenía una buena silueta. Demasiado alta, demasiado delgada, con los pies y las manos demasiado grandes, cargada de hombros, los pechos pequeños, la cintura ancha, el culo aplastado, y un antojo sanguinolento en la mejilla izquierda. Era fea, para qué engañarse. La vida pasaba, tenía ya treinta y un años y nunca había tenido novio. Una vez salió con un chico que estudiaba arquitectura. Conducía un deportivo negro y vivía en un ático en Argüelles. Parecía el chico perfecto, algo calvo y un poco gordo, es verdad, aunque para ella estaba muy bien. Pero después de dos meses de relación ambigua, acabó esfumándose como el fantasma de un sueño.
Al final se había resignado. Era una buena chica, con un trabajo fijo y un piso propio en las Américas de Parla, pero no bastaba con eso.
En la tele sólo había anuncios estúpidos. La apagó.
En el silencio, ahora, sólo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que le había regalado su hermana Noelia. Su hermana sí que era guapa, estaba llena de vida, como un almendro en flor, desprendía un halo de voluptuosidad que atraía a los hombres. Josito estaba loco por ella, hacía dos años que se habían casado y ahora querían tener un niño.
Ella nunca tendría hijos, lo sabía. Su vida se reducía al trabajo de tinturista en la peluquería y algún viaje organizado por vacaciones, sola, entre gente desconocida. Bueno, una vez en Burgos hizo amistad con una maestra muy gorda que también viajaba sola. Visitaron juntas la catedral, la iglesia de Lermes, e hicieron fotos a la fachada de la Casa del Cordón, y como hacía mucho frío, buscaron una cafetería y se tomaron un café con leche.
Se sentía inerte, como una planta de interior. Cogió el móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Hola cielo- Escuchó al otro lado la voz de un hombre, una voz comprimida, como si estuviera metida en una caja de zapatos.
Dudó un momento. Luego dijo de repente:
- Te quiero, papa, te quiero mucho-
- Yo también te quiero mucho, hija- Respondió la voz de la caja, algo quebrada por la emoción.
Hablaron un rato de nimiedades y luego colgaron.
Volvió el silencio, el tic tac del reloj. El salón era muy grande, pensó, demasiado grande para una persona sola, grande como un desierto, grande como un mundo, casi tan grande como su soledad.









CARNE VIVA
Desnuda, henchida de savia, de frutas, de flores, de miradas,
vas dejando un aroma de vida por donde tu cuerpo brota,
vuela, se arruma, se frota, se desliza, se desmaya,
encendiendo hogueras, iluminando sombras,
consagrando el presente, pariendo multitudes.
Donde quiera que en adelante estés,
tus labios se abrirán al beso
y tu joven vientre dará calor y abrigo
a la semilla del amor.
Ahora quiero amortajarme con estas sábanas
donde, a oleadas, has vertido tu olor.
Quiero morir ahogado en tu carne viva,
y arrodillado desde la otra orilla,
adorar tu caudaloso recuerdo,
como se adora a un único Dios.


 
soledad
ÚLTIMA ESTACIÓN

- No, no le doy torrija señora Perpetua, que me se atraganta otra vez como en Nochevieja con el langostino y no quiero ir de entierro, prefiero que viva usted todavía muchos años- Riñó una auxiliar con el pelo teñido de color paja y un ojo más bajo que otro, desnivelado, caído y algo siniestro, como la rueda pinchada de un coche, a una vieja alta y delgada, con los pelos de punta como un gallo de pelea, y con una expresión de sobresalto en el rostro, como si estuviera a punto de gritar.
- Pues para acabar así...-
- Tenemos que vivir todo lo que Dios quiera, doña Perpetua, ¡Pilar, Pilar, ven a ayudarme con las meriendas!-
- ¡Voooyy!- Gritó desde el pasillo una voz con cierto tono de fatiga y resignación.
La voz entró por la puerta. Pertenecía a una auxiliar con gafas de aumento y la cara como un balón sobre el que se ha sentado un gordo.
Como era festivo, los ancianos esperaban visita. Cuando alguien se asomaba por el umbral de la puerta, todos los ojos estaban mirando expectantes, luego volvían de nuevo a sus ilusiones perdidas.
- Llévale el café a Agrícola, Pili, le gusta con dos sacarinas, creo que con él ya están todos, sólo falta la de la sonda-
´ - Ésta leche está agria- Se quejó una vieja muy gorda con unos ojos que parecía que iban a saltar desde las órbitas al vacío.
- ¿Agria?, pero si está muy rica, Macarena, tú el caso es quejarte, cariño-
En la tele echaban un reportaje sobre un negro albino que había huido de su tribu en patera porque lo querían quemar vivo.
- ¡Aaaay!- suspiró una vieja marchita que andaba con una bolsa de orines en un costado- si yo tuviera hijas en vez de hijos no estaría aquí presa-
- Pues yo tengo dos hijas y mira, corazón, aquí me tienes- Le respondió otra vieja que permanecía postrada en una silla de ruedas tapada con un montón de cojines.
- Mi Santitos era ludópata y lo perdió todo en las máquinas tragaperras, el trabajo, la casa, la mujer, los hijos, luego se ahorcó de una viga- Confesó crudamente una viejecilla que parecía una mona seca como un sarmiento.
En la pared había un reloj con forma de coche antiguo, con una manecilla que se movía lenta pero inexorablemente, haciendo un ruido silencioso, como de agua que se evapora.
En la tele ahora había anuncios. Una mujer con cara de niña estaba apoyada con voluptuosa feminidad en el alfeizar de una ventana mirando a la lejanía, tal vez al mar, y de repente su rostro se iluminaba como el de una virgen lozana y blanquísima.
Un viejecillo con cara de monaguillo, que se hacía llamar Santos España, sonriente, bien vestido, con la corbata anudada perfectamente sobre la nuez, se puso a cantar con aspavientos de divo:
- ¡Piiiintor, que pintas igleeeesias, cooon el pincel extranjeeeeroooo!-
- Paciencia, Señor, paciencia, dicen que con la paciencia se gana el cielo- Rezó con voz de bruja desdentada una vieja que empujaba un andador de camino a alguna parte, deteniéndose al cabo de unos pasos entre resuellos, como en las estaciones de un Vía Crucis.










SOLEDAD
Puso los pies en alto, sobre dos cojines encima del sofá. Todo el día de pie en la peluquería... Menos mal que ya era viernes, tenía todo el fin de semana para descansar.
Encendió la televisión:
“¡Un tratamiento único que rejuvenece tu silueta en pocos días!”
Ella no tenía una buena silueta. Demasiado alta, demasiado delgada, con los pies y las manos demasiado grandes, cargada de hombros, los pechos pequeños, la cintura ancha, el culo aplastado, y un antojo sanguinolento en la mejilla izquierda. Era fea, para qué engañarse. La vida pasaba, tenía ya treinta y un años y nunca había tenido novio. Una vez salió con un chico que estudiaba arquitectura. Poseía un deportivo negro y un ático en Argüelles. Parecía el chico perfecto, algo calvo y un poco gordo, es verdad, aunque para ella estaba muy bien. Pero después de dos meses de relación ambigua, acabó esfumándose como el fantasma de un sueño.
Al final se había resignado. Era una buena chica, con un trabajo fijo y un piso propio en las Américas de Parla, pero no bastaba con eso.
En la tele sólo había anuncios estúpidos. La apagó.
En el silencio, ahora, sólo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que le había regalado su hermana Noelia. Su hermana sí que era guapa, estaba llena de vida, como un almendro en flor, desprendía un halo de voluptuosidad que atraía a los hombres. Josito estaba loco por ella, hacía dos años que se habían casado y ahora querían tener un niño.
Ella nunca tendría hijos, lo sabía. Su vida se reducía al trabajo de tinturista en la peluquería y algún viaje organizado por vacaciones, sola, entre gente desconocida. Bueno, una vez en Burgos hizo amistad con una maestra muy gorda que también viajaba sola.
Se sentía inerte, como una planta de interior. Cogió el móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Hola cielo- Escuchó al otro lado la voz de un hombre, una voz comprimida, como si estuviera metida en una caja de zapatos.
Dudó un momento. Luego dijo de repente:
- Te quiero, papa, te quiero mucho-
- Yo también te quiero mucho, hija- Respondió la voz de la caja, algo quebrada por la emoción.
Hablaron un rato de nimiedades y luego colgaron.
Volvió el silencio, el tic tac del reloj. El salón era muy grande, pensó, demasiado grande para una persona sola, grande como un desierto, grande como un mundo, casi tan grande como su soledad.









CARNE VIVA
Desnuda, henchida de savia, de frutas, de flores, de miradas,
vas dejando un aroma de vida por donde tu cuerpo brota,
vuela, se arruma, se frota, se desliza, se desmaya,
encendiendo hogueras, iluminando sombras,
consagrando el presente, pariendo multitudes.
Donde quiera que en adelante estés,
tus labios se abrirán al beso
y tu joven vientre dará calor y abrigo
a la semilla del amor.
Ahora quiero amortajarme con estas sábanas
donde, a oleadas, has vertido tu olor.
Quiero morir ahogado en tu carne viva,
y arrodillado en la otra orilla,
adorar tu caudaloso recuerdo,
como se adora a un único Dios.


 
la distancia



NO sabía yo entonces que la Tierra era plana,
que si no te andabas con cuidado
podías caer por el borde
a un abismo de oscuridad y desesperanza.
Creía que el cielo era azul,
que la vida era posible,
que la luz del sol nos cobijaba.
Que los árboles crecían hacia arriba,
que las flores olían,
que tus besos ardían,
que la lluvia mojaba.
Que el futuro venía después del pasado,
que después de la noche venía la mañana,
que no era un error cada certeza,
que la Tierra era redonda y estaba habitada.
Que las palabras no estaban hechas de silencio,
que los muertos vivieron,
que con una línea recta
se podía medir la distancia.

 
reincidencia



GOLPES AL VACÍO



BESOS DE ARENA

Ven, dame otro poco de ti,
otro trozo de infinito, otro instante de eternidad.
Haz el milagro de multiplicar los besos y los abrazos.
Quiero cerrar los ojos para verte mejor,
antes de que se deshagan en arena tus labios.
Rezumas amor, benevolente y concupiscente amor.
Haces humano lo divino y divino lo humano.
Eres la estrella fugaz que me prendió de vida
cuando pasó a mi lado.







ARDES como la fruta en el árbol,
redonda, hermosa, henchida,
con un rubor de juventud encendiendo tu piel.
Hueles a sangre, a jugo, a vida que revienta,
que vence, que hierve, que rabia,
iluminando las sombras,
transgrediendo el destino,
reverdeciendo mi vejez.





COSAS ROTAS

Todo en su vida habían sido errores. Desde que tenía uso de razón, siempre se había equivocado. Si al echar una moneda al aire elegía cara salía cruz, si elegía cruz salía cara. Con el tiempo había adquirido una especie de maestría para errar de manera perfecta. Se equivocó cuando dejó los estudios para irse a la guardia civil, se equivocó cuando dejó la guardia civil para trabajar en una imprenta, se equivocó cuando montó su propia imprenta, se equivocó cuando la malvendió y se metió a comercial, se equivocó cuando dejó el trabajo de comercial y puso una inmobiliaria. Al final se encontraba arruinado, en paro, entrampado, le buscaban los acreedores, los bancos, las financieras, estaba el primero en todas las listas negras de morosos del mundo, Félix Gregorio Lara, en algunas aparecía varias veces. Se equivocó cuando se casó, cuando tuvo la niña, cuando se separó, cuando volvió a juntarse, cuando volvió a separarse. Volver a vivir con su madre fue una equivocación. Lo consideraba un fracasado, y aunque nunca le decía nada, la forma de mirarlo, de hablarle, de cuidarlo, rezumaban una profunda decepción. Su madre tenía setenta años, era viuda, estaba enferma, y para caminar se ayudaba con un andador, aun así no podía permitirse el lujo de irse de este mundo dejando a un hijo tan desastroso desamparado por ahí al pairo de las tempestades del destino.
Su mujer, por el contrario, al final se había cansado de él y lo había abandonado por un profesor de autoescuela, maduro y con las ideas claras. A la niña, por orden del juez, la recogía los fines de semana alternos. Aparcaba su destartalado ibiza rojo en la puerta de su antigua casa y llamaba al timbre con cierto recelo, como si le fuera a dar calambre. A veces le entregaba la niña el padrastro con una sonrisa de oreja a oreja, él, comiéndose la rabia como si fuera un vómito, cogía a la niña en brazos y, apartando trastos y cachivaches inútiles, la acomodaba en el asiento de atrás. La niña era una criatura preciosa de tres añitos, con ricitos sobre la nuca y la nariz respingona, se llamaba María, y tenía una mirada inteligente y triste.
Aquel sábado diecinueve de marzo, se dirigía por la noche a casa de su madre por la carretera de Andalucía, con la niña dormida en el asiento trasero, cuando de repente le entró el ardor primaveral. Hacía unos meses había conocido en un club de alterne de los que frecuentaba a una chica colombiana, morena, de formas rotundas, pechos grandes y anchas caderas, y una sonrisa en sus ojos y en su boca, como un halo de luz divinizando su cara aniñada. No parecía una puta al uso, aunque eso no significaba nada, tampoco su exmujer parecía una puta a primera vista. La chica colombiana le hacía sentirse en otro mundo, cuando hacía el amor con ella todas las nubes se despejaban y se cerraban todas las simas, sólo existía el presente, un presente que él devoraba poso a poso, limpiándose por dentro, renaciendo, sintiéndose vivo por unos instantes. Luego pagaba, se bebía unas copas en la barra, y salía a la calle con las tripas ligeras como si acabara de defecar. Tal vez aquella chica no fuera un error.
Dejó el coche en el parkin, bajo una uralita., y se cercioró de que la niña dormía profundamente. “Sólo será una copa”, se mintió a sí mismo.
La vio llegar abriéndose paso entre la penumbra y el neón, con el fanal de su sonrisa, con sus andares infantiles, con un ajustado vestido negro, los labios pintados de un rojo fuego y unos largos pendientes tintineando en los lóbulos de las orejas.
Bebió un largo trago de wiski para darse valor.
- Hola cariño...- Ronroneó melosa, abrazándolo con abandono.





Salió del club dando tumbos. Eran cerca de las cuatro de la mañana. Los porteros, gordos, hinchados de esteroides, lo miraron con desprecio y con una agresividad contenida semejante a la que transmite un perro adiestrado que se dispone a atacar. No encontraba las llaves del coche en el bolsillo, se dio la vuelta para entrar otra vez en el local cuando sintió el bulto de las llaves bajo el forro roto de la chaqueta. Se dirigió al coche, era el único que quedaba en el aparcamiento de clientes. Su viejo y destartalado coche, triste y ruinoso como su propia vida.
Cuando miró en el asiento de atrás la borrachera se le quitó de golpe. La niña no estaba. Sintió que la sangre se replegaba al fondo de sus venas. Pálido como un cadáver, miró con ojos desorbitados a su alrededor. Anchos ríos de asfalto navegados por esporádicos coches que se alejaban con un rumor de soledad, la fría luz de las farolas y las naves cerradas del polígono industrial.
Se puso a caminar en dirección a los porteros, sentía las piernas de corcho, casi se le había olvidado andar, parecía una marioneta de piernas rígidas y esperpénticos movimientos.
Les preguntó si habían visto a una niña de tres años, pequeña y delgada, con una camisetita blanca y unos pantalones piratas de color rosa.
Los porteros, tras mirarlo de arriba abajo con ojos entornados en sus caras de buldog, negaron con la cabeza.
Aquello no podía estar pasando. Tenía la sensación de que se trataba de una escena teatral con final preescrito, que la niña aparecería de un momento a otro con una severa moraleja en sus ojos vivaces. ¿Dónde estaba? ¿Por qué era todo tan difícil? La vida era una ecuación que él era incapaz de resolver. Siempre tarde. Siempre mal. Pero por qué se le habría ocurrido dejarla sola, era un monstruo irresponsable, un padre indigno, un ser inmundo y despreciable, sí, es verdad, pero ahora que aparezca ya o me muero, o me mato, como le haya pasado algo me tiro en medio de la carretera... Intentó gritar pero la voz no le salía. No podía respirar, no podía llorar. Se adentró por las desiertas calles del polígono industrial mirando en cada umbral, detrás y dentro de cada contenedor. Se le vino a la mente una escena que hacía años le había llamado la atención. Eran malos tiempos, de una terrible crisis económica, en un polígono industrial con las naves cerradas y las ventanas rotas, un escenario de ruina, de dura estética, y en medio de aquel entorno sin esperanza, cerca de una parada de autobús, una chica algo gordita subida al bordillo de una acera para parecer más alta. agachó la cabeza para que su novio, un muchacho corpulento, abotargado y pelirrojo, la besara en el pelo. Tuvo entonces la sensación de que la vida siempre sigue adelante, como esas bacterias que se reproducen en el azufre, pero esta vez no, la vida se había detenido de golpe como un rollo de película que se sale de su eje.
En el cielo la luna estaba menguante. Vio a lo lejos las luces de un coche de policía. Corrió hacia él. Sería aquella una noche larga, de dolor, de culpa y arrepentimiento, una noche quizás interminable, de cosas rotas para siempre.







SIEMPRE viva, como una llama eterna
que arde en la noche oscura del alma.
Siempre viva, carnal, divina,
mientras el destino se va cerrando sobre nosotros
y nos grita al oído su sentencia de muerte.
Siempre viva, sensual, abierta,
llenado de flores las tumbas
y de besos las heridas.
Siempre viva, ardiente, henchida,
sobreviviendo a todo,
sobreviviendo a ti misma,
sobreviviendo a la vida y al amor.





ABYECTO

El hombre entró en el bar. Llevaba las manos y la ropa ensangrentadas, la camisa desgarrada, por fuera de los pantalones, la corbata desviada a un lado. Pidió un paquete de tabaco. El camarero, un individuo con palidez fluorescente, una gran barriga, los pelos de punta y un diente de bruja en medio de la boca, dejó de barrer el suelo con serrín y lo miró boquiabierto; sacudiéndose la caspa de los hombros en un gesto maniático, señaló con voz ronca:
- En la máquina-
El hombre echó las monedas y esperó a que la máquina cagara el tabaco. El bar estaba vacío, salvo el camarero y una mujercilla con cara de niña vieja que se asomó por el ventanuco de la cocina.
El hombre miró a un lado y a otro del bar, y salió de nuevo a la calle. La luz de las farolas alargaba su sombra siniestramente. Se detuvo en una esquina. No tenía a donde ir. A su casa no podía volver, allí estaban los cuerpos. Encendió un cigarrillo, en la oscuridad de la noche brotó un pequeño fulgor, como una llama minúscula en mitad del infinito. El fulgor se apagó enseguida. Las manos le olían a sangre, un olor agridulce, como la salsa de los restaurantes chinos, no, como los besos de una mujer excitada. Allí estaban los cuerpos, masacrados sobre la cama y en el suelo, el más pequeño dentro del armario envuelto en una toalla a modo de sudario, se había dejado la televisión encendida, creo que la vitrocerámica también. Sangre de los suyos, su sangre. Sintió un afilado frío de muerte. La evidencia era como un cernícalo que le cortaba el aliento con sus alas trágicas. Se oyeron cerca los lúgubres rezos de un vía crucis. Sintió el impulso de correr. No podía pensar. Estaba ardiendo. De repente no tenía nada, no era nadie. Miró su reloj absurdamente. En la playa el mar devoraba la arena. Con las manos ensangrentadas y el cuerpo hinchado de culpa y pánico, siguió deambulando sin rumbo.







REINCIDENTE

Sin querer darnos cuenta,
todo entre nosotros había acabado.
Como se acaba una película de amor,
como se acaba una novela negra,
como se acaba un día cualquiera,
como se acaba el último año.
Habíamos llegado tan lejos,
que todo a mi alrededor me resultaba extraño.
Extraña mi cama sin tu cuerpo,
extraña mi cara en el espejo,
extraño mi presente sin futuro,
extraño mi extraño pasado.
Sólo el miedo seguía siendo el mismo,
y ese aire de andar perdido entre la gente,
como una oveja negra
a la cola de un rebaño blanco.
Si te soy sincero, sin ti no encuentro la llave
para abrir cada instante inmediato.
Reincidente compulsivo,
los dos sabemos que soy culpable
y ni el más hábil abogado penalista podría negarlo.
Pero dónde me pongo ahora, di,
si no hay residencias para corazones rotos,
y dentro de mí tampoco
queda ya tiempo ni espacio.


 
reincidente



REINCIDENTE

Sin querer darnos cuenta,
todo entre nosotros había acabado.
Como se acaba una película de amor,
como se acaba una novela negra,
como se acaba un día cualquiera,
como se acaba el último año.
Habíamos llegado tan lejos,
que todo a mi alrededor me resultaba extraño.
Extraña mi cama sin tu cuerpo,
extraña mi cara en el espejo,
extraño mi presente sin futuro,
extraño mi extraño pasado.
Sólo el miedo seguía siendo el mismo,
y ese aire de andar perdido entre la gente,
como una oveja negra
a la cola de un rebaño blanco.
Si te soy sincero, sin ti no encuentro la llave
para abrir cada instante inmediato.
Reincidente compulsivo,
los dos sabemos que soy culpable
y ni el más hábil abogado penalista podría negarlo.
Pero dónde me pongo ahora, di,
si no hay residencias para corazones rotos,
y dentro de mí tampoco
queda ya tiempo ni espacio.


 
asesino



ASESINO

El hombre entró en el bar. Llevaba las manos y la ropa ensangrentadas, la camisa desgarrada, por fuera de los pantalones, la corbata desviada a un lado. Pidió un paquete de tabaco. El camarero, un individuo con palidez fluorescente, una gran barriga, los pelos de punta y un diente de bruja en medio de la boca, dejó de barrer el suelo con serrín y lo miró boquiabierto; sacudiéndose la caspa de los hombros en un gesto maniático, señaló con voz ronca:
- En la máquina-
El hombre echó las monedas y esperó a que la máquina cagara el tabaco. El bar estaba vacío, salvo el camarero y una mujercilla con cara de niña vieja que se asomó por el ventanuco de la cocina.
El hombre miró a un lado y a otro del bar, y salió de nuevo a la calle. La luz de las farolas alargaba su sombra siniestramente. Se detuvo en una esquina. No tenía a donde ir. A su casa no podía volver, allí estaban los cuerpos. Encendió un cigarrillo, en la oscuridad de la noche brotó un pequeño fulgor, como una llama minúscula en mitad del infinito. El fulgor se apagó enseguida. Las manos le olían a sangre, un olor agridulce, como la salsa de los restaurantes chinos, no, como los besos de una mujer excitada. Allí estaban los cuerpos, masacrados sobre la cama y en el suelo, se había dejado la televisión encendida, creo que la vitrocerámica también. Sangre de los suyos, su sangre. Sintió un afilado frío de muerte. La evidencia era como un cernícalo que le cortaba el aliento con sus alas trágicas. Se oyeron cerca los lúgubres rezos de un vía crucis. Sintió el impulso de correr. No podía pensar. Estaba ardiendo. De repente no tenía nada, no era nadie. Miró su reloj absurdamente. En la playa el mar devoraba la arena. Con las manos ensangrentadas y el cuerpo hinchado de culpa y pánico, siguió deambulando sin rumbo.


 
cosas rotas



GOLPES AL VACÍO



BESOS DE ARENA

Ven, dame otro poco de ti,
otro trozo de infinito, otro instante de eternidad.
Haz el milagro de multiplicar los besos y los abrazos.
Quiero cerrar los ojos para verte mejor,
antes de que se deshagan en arena tus labios.
Rezumas amor, benevolente y concupiscente amor.
Haces humano lo divino y divino lo humano.
Eres la estrella fugaz que me prendió de vida
cuando pasó a mi lado.







ARDES como la fruta en el árbol,
redonda, hermosa, henchida,
con un rubor de juventud encendiendo tu piel.
Hueles a sangre, a jugo, a vida que revienta,
que vence, que hierve, que rabia,
iluminando las sombras,
transgrediendo el destino,
reverdeciendo mi vejez.





COSAS ROTAS

Todo en su vida habían sido errores. Desde que tenía uso de razón, siempre se había equivocado. Si al echar una moneda al aire elegía cara salía cruz, si elegía cruz salía cara. Con el tiempo había adquirido una especie de maestría para errar de manera perfecta. Se equivocó cuando dejó los estudios para irse a la guardia civil, se equivocó cuando dejó la guardia civil para trabajar en una imprenta, se equivocó cuando montó su propia imprenta, se equivocó cuando la malvendió y se metió a comercial, se equivocó cuando dejó el trabajo de comercial y puso una inmobiliaria. Al final se encontraba arruinado, en paro, entrampado, le buscaban los acreedores, los bancos, las financieras, estaba el primero en todas las listas negras de morosos del mundo, Félix Gregorio Lara, en algunas aparecía varias veces. Se equivocó cuando se casó, cuando tuvo la niña, cuando se separó, cuando volvió a juntarse, cuando volvió a separarse. Volver a vivir con su madre fue una equivocación. Lo consideraba un fracasado, y aunque nunca le decía nada, la forma de mirarlo, de hablarle, de cuidarlo, rezumaban una profunda decepción. Su madre tenía setenta años, era viuda, estaba enferma, y para caminar se ayudaba con un andador, aun así no podía permitirse el lujo de irse de este mundo dejando a un hijo tan desastroso desamparado por ahí al pairo de las tempestades del destino.
Su mujer, por el contrario, al final se había cansado de él y lo había abandonado por un profesor de autoescuela, maduro y con las ideas claras. A la niña, por orden del juez, la recogía los fines de semana alternos. Aparcaba su destartalado ibiza rojo en la puerta de su antigua casa y llamaba al timbre con cierto recelo, como si le fuera a dar calambre. A veces le entregaba la niña el padrastro con una sonrisa de oreja a oreja, él, comiéndose la rabia como si fuera un vómito, cogía a la niña en brazos y, apartando trastos y cachivaches inútiles, la acomodaba en el asiento de atrás. La niña era una criatura preciosa de tres añitos, con ricitos sobre la nuca y la nariz respingona, se llamaba María, y tenía una mirada inteligente y triste.
Aquel sábado diecinueve de marzo, se dirigía por la noche a casa de su madre por la carretera de Andalucía, con la niña dormida en el asiento trasero, cuando de repente le entró el ardor primaveral. Hacía unos meses había conocido en un club de alterne de los que frecuentaba a una chica colombiana, morena, de formas rotundas, pechos grandes y anchas caderas, y una sonrisa en sus ojos y en su boca, como un halo de luz divinizando su cara aniñada. No parecía una puta al uso, aunque eso no significaba nada, tampoco su exmujer parecía una puta a primera vista. La chica colombiana le hacía sentirse en otro mundo, cuando hacía el amor con ella todas las nubes se despejaban y se cerraban todas las simas, sólo existía el presente, un presente que él devoraba poso a poso, limpiándose por dentro, renaciendo, sintiéndose vivo por unos instantes. Luego pagaba, se bebía unas copas en la barra, y salía a la calle con las tripas ligeras como si acabara de defecar. Tal vez aquella chica no fuera un error.
Dejó el coche en el parkin, bajo una uralita., y se cercioró de que la niña dormía profundamente. “Sólo será una copa”, se mintió a sí mismo.
La vio llegar abriéndose paso entre la penumbra y el neón, con el fanal de su sonrisa, con sus andares infantiles, con un ajustado vestido negro, los labios pintados de un rojo fuego y unos largos pendientes tintineando en los lóbulos de las orejas.
Bebió un largo trago de wiski para darse valor.
- Hola cariño...- Ronroneó melosa, abrazándolo con abandono.





Salió del club dando tumbos. Eran cerca de las cuatro de la mañana. Los porteros, gordos, hinchados de esteroides, lo miraron con desprecio y con una agresividad contenida semejante a la que transmite un perro adiestrado que se dispone a atacar. No encontraba las llaves del coche en el bolsillo, se dio la vuelta para entrar otra vez en el local cuando sintió el bulto de las llaves bajo el forro roto de la chaqueta. Se dirigió al coche, era el único que quedaba en el aparcamiento de clientes. Su viejo y destartalado coche, triste y ruinoso como su propia vida.
Cuando miró en el asiento de atrás la borrachera se le quitó de golpe. La niña no estaba. Sintió que la sangre se replegaba al fondo de sus venas. Pálido como un cadáver, miró con ojos desorbitados a su alrededor. Anchos ríos de asfalto navegados por esporádicos coches que se alejaban con un rumor de soledad, la fría luz de las farolas y las naves cerradas del polígono industrial.
Se puso a caminar en dirección a los porteros, sentía las piernas de corcho, casi se le había olvidado andar, parecía una marioneta de piernas rígidas y esperpénticos movimientos.
Les preguntó si habían visto a una niña de tres años, pequeña y delgada, con una camisetita blanca y unos pantalones piratas de color rosa.
Los porteros, tras mirarlo de arriba abajo con ojos entornados en sus caras de buldog, negaron con la cabeza.
Aquello no podía estar pasando. Tenía la sensación de que se trataba de una escena teatral con final preescrito, que la niña aparecería de un momento a otro con una severa moraleja en sus ojos vivaces. ¿Dónde estaba? ¿Por qué era todo tan difícil? La vida era una ecuación que él era incapaz de resolver. Siempre tarde. Siempre mal. Pero por qué se le habría ocurrido dejarla sola, era un monstruo irresponsable, un padre indigno, un ser inmundo y despreciable, sí, es verdad, pero ahora que aparezca ya o me muero, o me mato, como le haya pasado algo me tiro en medio de la carretera... Intentó gritar pero la voz no le salía. No podía respirar, no podía llorar. Se adentró por las desiertas calles del polígono industrial mirando en cada umbral, detrás y dentro de cada contenedor. Se le vino a la mente una escena que hacía años le había llamado la atención. Eran malos tiempos, de una terrible crisis económica, en un polígono industrial con las naves cerradas y las ventanas rotas, un escenario de ruina, de dura estética, y en medio de aquel entorno sin esperanza, cerca de una parada de autobús, una chica algo gordita subida al bordillo de una acera para parecer más alta. agachó la cabeza para que su novio, un muchacho corpulento, abotargado y pelirrojo, la besara en el pelo. Tuvo entonces la sensación de que la vida siempre sigue adelante, como esas bacterias que se reproducen en el azufre, pero esta vez no, la vida se había detenido de golpe como un rollo de película que se sale de su eje.
En el cielo la luna estaba menguante. Vio a lo lejos las luces de un coche de policía. Corrió hacia él. Sería aquella una noche larga, de dolor, de culpa y arrepentimiento, una noche quizás interminable, de cosas rotas para siempre.







SIEMPRE viva, como una llama eterna
que arde en la noche oscura del alma.
Siempre viva, carnal, divina,
mientras el destino se va cerrando sobre nosotros
y nos grita al oído su sentencia de muerte.
Siempre viva, sensual, abierta,
llenado de flores las tumbas
y de besos las heridas.
Siempre viva, ardiente, henchida,
sobreviviendo a todo,
sobreviviendo a ti misma,
sobreviviendo a la vida y al amor.


 
panta rey



ERES fuego.
Tu belleza tiene infinitas formas como el fuego,
mil lenguas que arden, que crecen, que se expanden,
que iluminan la oscuridad, que oscurecen la luz.
Concentrada en el botón de una simiente,
te humedece, te inflama, te prende una leve caricia,
y de repente estallas, hierves, humeas, abrasas,
devastando la fealdad del mundo,
bailando dispersa sobre el miedo,
derramándote, desbordándote, derrochándote, ardiendo,
fluyendo sin cauce, preñada de caudal, henchida de savia,
y entonces ya no existe nada más que tu cuerpo,
tu carne abierta, tu corazón atravesado,
y el milagro de la vida que infecta, mezclándolas,
tu sangre y la mía.



 
el rosario de la aurora




EL ROSARIO DE LA AURORA
- Digo ¿y no se le ha ocurrido a usted, sor Sagrario, cagarse alguna vez en el caldero?, dice no, pero a veces me he meao dentro y estas putas ni se han dao cuenta, uhhh, qué rico está esto, madre provisora, qué especies le ha puesto usted, dice especies...un zurullo es lo que le voy a poner la próxima vez, putas asquerosas - Gesticulaba la Pacha contando la historia de una monja anarquista del convento de Tembleque.
La Pacha era una mujeruca gigantesca y muy seria, con cara de mula, casada con un carpintero muy bajito y risueño natural de Villacañas, estaba sentada muy recta en una silla pegada a la pared, a los pies del cura muerto al que estaban velando.
- Mayormente me tratan como a una esclava, decía aquella monja loca, que tenía más lamparones que la mujer de Pocapena, ¿te acuerdas Teodora?, que colgaba las bragas en el bar encima de la sartén pa que se secaran con el humo de los calamares, las hijas de puta estas, que son más putas que las gallinas, dice na, aquí me tienen en el banco de la paciencia, arremangá to el puto día dándole vueltas al caldero de los cojones, haber, dime tú que hostias hay de espiritual en la vida de un convento, trabajo y mierda, coño, y más trabajo y más mierda, me cago en Dios, además aquí también hay ricos y pobres, ¿sabes?, como en todas partes, hija, dice hay monjas que como son de familias ricas no dan un palo al agua, las hijas de puta, ojalá me hubiera metido a puta, no si todavía estoy a tiempo, copón, decía la so guarra, aquí he aprendido mucho puterío desde hace cuarenta años que me trajeron engañá-
- ¡Ja, ja, ja, ja...!
- ¿Y cómo hacía la Falera, Ramona?- Preguntó riendo la hermana del cura difunto, con los ojos rojos de llorar y no dormir.
- Uhhhh,- mujió la Pacha componiendo una mueca grotesca, adelantando el mentón y poniendo los ojos bizcos- ¡madre, qué buena está la mirinda,!-
- - ¡Ja, ja, ja, ja...!
Los deudos y familiares permanecían sentados en sillas y reclinatorios alineados junto a la pared alrededor del muerto. Unos rieron, otros sonrieron, otros se aguantaron la risa, alguno dormitaba. El muerto no decía nada, con un pañuelo atado sobre la coronilla sujetándole la quijada, parecía dormido, las manos céreas cruzadas sobre el vientre yerto sosteniendo un crucifijo. La mortaja era una casulla de arcipreste con abigarrados bordados dorados y verdes. Le habían puesto una bufanda del Atleti a modo de vitola alrededor del cuello.
Las paredes de la habitación estaban abarrotadas de exvotos y lúgubres retratos de santos, junto a recortes de revistas con rostros de famosos y famosas semidesnudas. A la entrada un cartón barrocamente ornamentado anunciaba: “Santuario bonito museo divino”
- ¿Te acuerdas cuando tu hermano Margarito engañó a las monjas de Escalona, diciéndoles que se las llevaba a hacer ejercicios espirituales y se las llevó al puticlub de Villatobas?-
- ¡Ja, ja, ja, ja, es que era un golfo y un borracho el Margarito, que en gloria esté, como todos los músicos, pero tenía unos golpes el jodío!-
Tras la ventana estaba amaneciendo. Con el picor de la aurora los presentes poco a poco se fueron desinhibiendo, sentían un hormigueo de risa, como si hubieran tomado un licor espiritoso. La Pacha siguió haciendo gracias y la hermana del cura, doblándose de risa, se agarró al ataúd abierto y estuvo a punto de tirar al muerto.
- ¡Uy, que lo tiro al pobre mío!-
Un cirio cayó al suelo.
- ¿Te acuerdas cuando confesamos a la Tere La Bizcochera?
- ¡Ja, ja, ja, ji, digo no está don Eugenio, corazón, pero si quieres nosotras te podemos confesar, bola, al ser familia también vale, digo a ver, cuéntanos tus pecados, y la tonta empezó a contar que era cleptómana o como se llame eso, que había heredao la manía de su padre, don Samuel Capitán, que estaba de médico en Quero y cuando entraba a ver a un paciente siempre salía con algo en los bolsillos, cucharillas de café, tijeras, bolígrafos, o la poca salud que les quedaba a los enfermos-
El sobrino del cura, un muchacho alto, delgado y muy pálido, con gafas de aumento, las orejas de soplillo y expresión bobalicona, que estudiaba teología y metafísica en la Universidad de Comillas y del que las malas lenguas rumoreaban que tenía la manía de escribir libros, sacó del bolsillo una cajetilla de Lola y encendió un cigarrillo.
- ¡Quiero una cocacola, pijo!- Exclamó de repente con la boca llena la madre del muerto, una anciana cenicienta de mal carácter, muy vieja y consumida, que permanecía impedida en una silla de ruedas comiéndose un donut, con una ristra de estampas de santos y un rosario de muelas de muerto colgados del cuello.
- ¡ Qué buena está la mirinda, madre!- Gangoseó otra vez la Pacha, bizqueando muy seria.
- ¡Ja, ja, ja, ja...!-
- Míralo, era un poco mueso, ¿no?,- dijo la hermana del cura observando con la cabeza torcida al cadáver - pobrecillo, me acuerdo del día que lo ordenaron, ya estaba muy malito el pobre, últimamente, cuando empinaba un poco el codo, le daba por decir misa en el bar de Calambre para pedir por su Atleti antes del fútbol, hasta puso encima de la tele del bar un santo policromao que se trajo de la iglesia y le pintó rayas rojas y blancas, decía que era el patrón del club, y cuando el obispo lo quiso jubilar, cogio paso y se fue a Toledo con su dos caballos y le dijo al obispo a la cara, ¡anda, jubílame si tienes cojones, a mí no me jubila ni Dios, a que te llevas dos hostias, le dijo agarrándolo de la pechera, hijoputa, comunista, so mierda,... maricón!, lo tuvieron que sujetar entre el secretario y otros cuatro plasteros que había por allí, pero anda di, a ver que otro le habla así a un cardenal-
- Tenía ese pronto, don Eugenio, pero luego no era nadie-
Una cabra se asomó a la habitación desde el umbral de la puerta y, mirando al muerto, dijo algo así como “¡Vaaaaaahhhhh...!”
Nadie le respondió.
- ¡Zarajilla, Zarajilla!- llamó la hermana del cura a una niña que parecía un duende, con evidentes rasgos de enanismo y cretinismo, que estaba jugando sola en el zaguán arrancándole las alas a una mosca – anda, hermosa, llévate a la Ugenieta al garaje!-
- Venga, vamos a rezar un rosario,- propuso de improviso la Pacha – maria madre de gloria...- Empezó a rezar maquinalmente, con sus grandes manos cruzadas sobre el regazo. Nadie sabía a ciencia cierta si estaba bromeando de nuevo o no. Algunos de los presentes, los más cándidos de espíritu, secundaron sus rezos.
- Padre nuestro que estás en los cielos....
- ¡Uy, si ya son las ocho, bolo, me tengo que ir a prepararle el almuerzo a mi Valérico- interrumpió abruptamente el zumbido de los rezos una mujeruca enlutada, desgreñada y con los ojos dementes.
Se hizo el silencio por un instante. Una niña muy gorda con un parche en un ojo y cara de torta de Alcázar, estornudó, y al hacerlo se le escapó un ruidoso pedo que la levantó un poco de la silla.
- ¡Qué buena está la mirinda, madre!-
- ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ji, ji, ji.....





SIEMPRE deja al acostarse
una vela encendida al amor.
Tiembla su óvalo en la oscuridad de la noche,
se inclina, se quiebra, se encoge,
pero sigue ardiendo al amanecer.
Ella hace grandes las cosas pequeñas,
habita en esos minutos cercanos
a salvo de la eternidad.
No esconde segundas intenciones tras sus besos
y te da de beber en sus manos desnudas,
en este mundo es, sospecho,
la última heroína de la fidelidad.
Aquella estrella fugaz
que decidió volver para concederme aquel deseo,
tan próxima, que su luz me quema por dentro
cuando la miro.
Por lo menos es la mitad de lo que escribo,
la imagen de mi retina,
el pensamiento de lo que callo
y el sentimiento de lo que digo.


 
devenir
Y LAS TINIEBLAS CUBRIRÁN TODOS LOS CAMINOS

MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO
El ciego entró al bar.
- ¡Ehh buenos días, rubia, guapa!-
Dando golpecitos con su bastón en las patas de las mesas y arrastrando los pies avanzó hasta la barra.
- ¡Cuidao que voy con el gps!-
- ¡Buenos días, señor ciego!- Lo saludó con voz reverberante y hombruna una camarera morena y muy fea, con la cara congestionada, como si le hubieran dado vuelta y vuelta en una sartén, y con una calva en la coronilla.
- ¡Rocío, guapa!- gritó el ciego sacando su ristra de cupones de una especie de morral que llevaba colgado al hombro.
Por el ventanuco de la cocina asomó la cabeza, entre el humo de las frituras, una muchacha muy gorda, cejijunta, con los ojos saltones y con los dientes muy separados.
- Hola ciego, ¿qué número salió ayer?-
- Ehhh, hola Rocío, guapísima, empieza en seis y acaba en nueve, ven a tocarme pa que te traiga suerte hoy-
La muchacha abrió la puerta de la cocina y oliendo a boquerones fritos y lentejas estofadas se acercó al ciego.
El ciego estaba enamorado de Rocío. No podía ni quería disimularlo. Las camareras bromeaban con eso.
- ¡Cómo se nota que eres ciego, con lo fea que es la Rocío!-
Pero para el ciego Rocío era una princesa. La princesa, con sus manos de Maritornes, tocó las manos del ciego y éste aprovechó para hacer manitas.
- Ehhh ¿quieres ser mi novia, Rocío, guapa?-
- Por qué no, si me tocan cien mil euros hasta me voy contigo y to, fíjate lo que te digo, ciego.-
- Pues esta noche te vengo a buscar con mi limusina, Rocío-
- No, esta noche no, esta noche he quedao con Bekan-
- Pero que mala eres Rocío-
- Uhhh, no lo sabes tú bien, he sacao to lo malo de mi madre y to lo malo de mi padre, cuando alguien me tira los tejos le digo, ¡qué pasa!, así, plantándome, en plan duro, y se va cortao, ¡qué pasa ciego!-
- je, je, je, qué mala eres Rocío-
- Ven, arrímate a la estufilla que hace un frío que pela, pijo-
El ciego, con las desolladas manos de su amada entre las suyas, sentía mariposas en el estómago, mariposas que le hacían cosquillas, cosquillas que le daban risa, una risilla floja que no podía controlar.
- je, je, je, qué cosas tienes Rocío, je, je je-
El ciego tenía los ojos saltones y hueros, como dos cáscaras de huevo. La risa le congestionaba el rostro. Parecía que iba a vomitar de un momento a otro.
La tele hablaba de la muerte de un chico a las puertas de una discoteca.
Entró un vejete canijo con una gorra de la NBA en la cabeza. Se acercó al extremo de la barra donde estaban Rocío y el ciego.
- ¿Ha venido el electricista?-
Miró para un lado y para otro, y sin esperar respuesta se marchó.
Rocío puso una mueca de asombro.
El ciego seguía riendo.
- Je, je, je, je…ehhh…je, je je je…-



¿QUÉ sientes al caer por ese abismo?
Tu sangre se convierte en vapor, ruborizando tus labios,
haciendo arder tu piel de nieve, licuando tu carne
que se vierte densamente por las laderas de tu sexo rendido.
Las palabras de amor están aquí prohibidas,
esto es una cópula animal, que labra tu desnudez divina,
que siembra tu juventud frutal de sucias caricias,
de hirientes mordiscos, de placenteros castigos
y extremos paroxismos.
Pero en el fondo es mi lujuria la cautiva de tu hermosura,
de esa luz divina de tu mirada.
Siempre el constelado universo de tu cuerpo,
siempre tu olor, siempre tu gesto, siempre tus ojos,
siempre un nuevo milagro de la vida.








VIEJO verde, viejo verde,
¿de qué tienes tanto miedo?
¿De la soledad, de la muerte, de la vida?
Te han abandonado los fantasmas del amor.
Aquella carne concreta, hermosa, caliente,
ha vuelto a evaporarse por las grietas de tu cobardía.
Has perdido la última guerra,
y vuelves a tu miseria
con el orgullo lleno de cicatrices
que no te han enseñado nada.
Nunca supiste conservar el amor,
con tu lógica demente
lo regabas hasta ahogarlo o dejabas que se secara.
Te muerde la lujuria como un perro rabioso,
mientras das vueltas en la cama
sin decidirte a despertar, sin atreverte a dormirte.
¡Hay que ver, viejo verde, cuánto te hizo sufrir siempre
el miedo a sufrir!








ERES fuego. Te delata tu calor, tu forma de moverte,
de abrazarme, de consumirme, de mirarme.
Creces y quemas como el fuego, crepitas de gozo
como el fuego devorando una rama seca.
Te has propuesto seguir ardiendo
hasta haberme reducido a cenizas.
Nada te detendrá.
Tus llamas derriban muros, escalan montañas,
calcinan pastos, bailan sobre el agua.
A veces pareces apunto de apagarte
como el sol al atardecer,
y de repente estallas en lenguas que ciegan,
que envuelven, que abrasan, que besan, que muerden,
que dan la vida y que matan.






TÚ y yo sabemos que ya nada es lo mismo.
De repente te alejas dejando tu mano en mi mano
como quien deja un guante vacío.
De poco sirven las promesas, las posturas perversas
y los besos fetiches contra el olvido.
Nunca me negaste el pan y la sal de tu cuerpo,
durante muchos años no he buscado ni querido
ningún otro alimento,
pero llega un momento en que la belleza y el deseo no bastan,
no es culpa tuya ni mía,
es que la vida es así de puta, de absurda y de extraña.
Doy patadas a la puerta por donde te has marchado,
mientras entre las sábanas revueltas
los rescoldos de tu amor se van apagando.








ARDES inflamada de juventud.
Tienes forma de llama,
que prende, que enciende, que incendia, que baila,
que se hace pequeña entre mis manos,
que brota, que crece, que gime, crepita y estalla.
que todo lo incendia, que todo lo inciensa,
que todo lo alumbra, que todo lo abraza.
Llama desnuda y hermosa, rosa, roja, blanca,
que se deshace, que se dispersa, que se sucede,
que se concentra, que se vierte, que se agranda.
Llama con cara de nieve y cuerpo de fuego,
que ondula, que hierve, que arde, que envuelve,
que hiere, que besa, que ciega y que abrasa.










SAPO INMUNDO
Se sentó en un taburete al fondo de la barra. No llegaba con los pies al suelo. Estaba solo, como siempre. Nunca le había gustado estar solo, pero qué le iba a hacer, era un apestado, un paria, un monstruo al que todos odiaban y despreciaban. Y pasaran los años que pasaran siempre sería así. No era como esos malos de las películas que tanta fascinación causan en las mujeres. Él era un ser asqueroso, vomitivo y despreciable, un sapo inmundo. Lo sabía y lo asumía. Si por lo menos hubiese sido guapo, o alto, o inteligente. Tenía la impresión de que lo odiaban más debido a su decepcionante constitución física: achaparrado, más ancho que alto, patizambo, chato, con aire vulgar, con voz chillona, con cara de paleto, como si un individuo así no mereciera ser un famoso asesino psicópata.
Había pasado dieciocho años en la cárcel, más de media vida. También allí había estado solo. Nadie fue nunca a visitarlo. Le habían pegado, lo habían violado y humillado, y a veces tuvo la sensación de que lo dejaban vivir sólo para torturarlo, por pura crueldad.
No sentía remordimientos. Le hubiera gustado sentirlos porque era lo único bueno que se podía esperar de un monstruo como él, pero qué le iba a hacer, jamás los sintió. Aunque la cara de aquella chica nunca se le quitaba de la cabeza. Aquellos ojos tan sensuales, aquel cuerpo joven y henchido que parecía brillar, resplandecer, como si tuviera luces por dentro, aquel olor dulce y salado a sangre y lágrimas.
Por cierto, ¿qué habría sido de su hija? ¿Sería tan fea y tan mala como él? Llevaba dieciocho años sin verla, ya sería una mujer, a lo mejor anda ahora por algún lugar como éste. Al principio la echaba de menos, al fin y al cabo tampoco era un animal desnaturalizado. Hasta pensó en ir a buscarla a Zorita cuando obtuviera la condicional. Pero después, ya libre, sin saber porqué de repente se le pasaron las ganas. Tal vez le daba miedo. Ahora ya casi no sentía nada, sólo reacciones reflejas, como un perro apaleado y rabioso.
Las putas, con sus culos redondos y sus tetas altas, revoloteaban entorno a los clientes, pero ninguna se acercaba a él, no porque lo conocieran, sino porque, como leonas que eran de fino olfato, olían su fracaso, su ruina de vida, su aureola de odio. Además no tenía dinero para acostarse con una. ¿Qué se sentiría al volver a estar con una mujer? Debía ser algo milagroso, curativo, un sueño inefable, algo que él no se merecía.
El camarero, con además neutro, le puso una cerveza. No es que fuera muy cervecero que digamos, pero no le alcanzaba para un wisky.
En la pasarela, entre oleadas de humo fluorescente, una rubia voluptuosa bailaba con insinuante obscenidad agarrada a la reminiscente barra de acero. Tenía unas tetas enormes y un gran culo blanco y trémulo. Parecía una escultura viva. Después, cuando acabó la música estridente, se cubrió con una bata vaporosa y se puso a limpiar la barra con ginebra. En un momento dado, estando en cuclillas, la bata se le abrió dejando ver los muslos gordos y torneados. Era más excitante así, con la bata puesta.
Bebió un trago de cerveza. Tenía los dientes podridos por tantos años de droga y pésima alimentación. Le olía mal el aliento. Su piel parecía quemada por radiactividad. Aunque se duchara cien veces, seguiría apestando a yonki.
Sin saber porqué pensó en su padre, otro desgraciado, otro deshecho humano. Pero su padre por lo menos luchó. Cuando estaba convaleciente después de la quimioterapia, su obsesión era poder subir las escaleras. Un día subía dos escalones, al siguiente tres, hasta que por fin, tras dolorosos e infructuosos intentos, consiguió llegar a la cima.
-¡Lo he conseguido, Lucianete!-
Se emocionó tanto que se puso a llorar, y en un descuido perdió el equilibrio rodando otra vez escaleras abajo. Se rompió una pierna y varias costillas. ¡Menudo capullo!
- ¡Hola, cómo te llamas, de dónde eres, es la primera vez que vienes?-
No podía creérselo. Aquella puta se estaba dirigiendo a él. La verdad es que tenía una expresión bobalicona y la cara llena de granos, rojeces y salpullidos, pero era la primera mujer que le hablaba en dieciocho años, aparte de su abogada. Ya era algo.
Le entró un tic en un ojo. Para calmarse bebió otro largo trago de cerveza. La puta se sintió ignorada y se fue. Él, en un gesto instintivo, se rascó los testículos por encima del pantalón.






¡AH, ¿pero todavía sigues ahí?
Pero si ya todos te dieron por muerta.
Hace tiempo que dejaste de servir
ni siquiera para hacer cosquillas a la conciencia.
Pareces un coche abandonado en un desguace,
con las ruedas pinchadas y las lunas polvorientas.
Por haberte enterrado viva
disculpas a tus hijos, a tus nietos y a tus nueras.
¡Ah, de la vida!, gritas en la oscuridad,
ni tu propio eco te contesta.
Al arrullo de la tele, con el corazón resquebrajado,
conduces la papilla a la boca con mano trémula.
Es tan perra la vida, pobre vieja, tan falsa, tan mísera, tan indigna,
que menos mal que no es eterna.







EPITAFIO
La verdad es que nunca regresó a Ítaca,
que perdió la guerra,
que no volvió de entre los muertos,
que sucumbió al canto de las sirenas,
que Calipso dejó de amarlo,
que Penélope lo olvidó,
que Telémaco se cansó de buscarlo,
que fue sólo un hombre más,
lleno de miedos,
lleno de dudas,
que mendigó en la tierra,
y naufragó en la mar.






EL ARPA DEL APOCALIPSIS

Las enfermeras miraban expectantes al enfermo terminal, como cazadores en sus puestos, esperando a que éste se decidiera a tocar las cuerdas del arpa. El enfermo terminal tenía una sonda en la nariz, parecía una especie de oso hormiguero con aquella trompa larga y delgada saliendo de las fosas nasales, enredándose entre las mangas de la bata y trepando por la cabecera de la cama hasta el soporte niquelado donde reposaba una botella con un líquido verdoso que parecía vómito de bilis.
El enfermo estaba sentado en la cama y miraba el arpa con una sonrisa bobalicona, deseando tocarla pero sin atreverse a hacerlo, como un gato que no se decide a comer de la mano de un humano. Era un septuagenario que tenía cara de monaguillo, bastante lustroso para estar muriéndose, rasgos suaves y aniñados, barbilla contraída, manos de contable, gafas ahumadas de aumento y una sonrisa beatífica en sus labios mujeriles.
Las enfermeras eran jóvenes y guapas, enfundadas en sus batas blancas y ceñidas, morenas de piel clara, una más alta que otra y con una barriguita un poco colgandera, las dos rollizas, risueñas, de ojos grandes bañados en sensualidad. Formaban parte de una ong llamada Grupo Milagroso. Practicaban la musicoterapia, la risoterapia, la villancicoterapia y otras psicodelicoterapias vanguardistas creadas para paliar el dolor y la angustia de los enfermos terminales. Cuando un enfermo estaba a punto de morir, acudían diligentes con el arpa como ericnias cantarinas, lo saludaban riendo, lo tuteaban llamándolo constantemente por su nombre, lo mareaban hablándole sin ton ni son, lo camelaban hasta conseguir que tocara el arpa, aunque sólo fuera un instante, con mano trémula, con un dedito y desafinando, el caso es que tocara, aunque fuera con los dientes, para tener la satisfacción de que la terapia había funcionado. A veces los enfermos comenzaban a temblar cuando se abría la puerta y aparecía la siniestra arpa como un símbolo de la muerte.
- Vamos don Alfonso, no te reprimas, toca, toca –
El moribundo extendió la mano pero finalmente la retiró.
- Es que me da un poco de vergüenza-
- No seas tonto, don Alfonso, toca, toca, toca, verás como te sientes mucho mejor-
Tumbado en la cama de al lado, otro enfermo terminal, de apenas cincuenta años, muy delgado, con los pelos de punta, polvoriento, ceniciento, desdentado, con un ojo de cristal y con una nariz muy larga, observaba la escena con gesto hosco. De vez en cuando bajaba la mirada hacia los muslos de una de las enfermeras y entonces su expresión asesina parecía suavizarse un poco.
De repente don Alfonso dio el paso decisivo.
- Porque desde que empieza la vida…- cliiiiimmm…(tocó la cuerda más aguda)- hasta que acaba- ….cloooommm….(accionó la más grave)- hay muchas cuerdas en medio…- cliiiimmclammmcloooommm…
Las enfermeras, triunfantes, asintieron al unísono con la cabeza. Una de ellas, que se llamaba Belén y que era la que más hablaba y hablaba sin parar, se puso a reír y aplaudir con la cara desencajada como si le hubiera dado un ataque de histeria.
Don Alfonso se animó tanto que acabó cantando un corrido de Rocío Durcal, acompasado por las palmas de las paliativas enfermeras. Aquello parecía más una fiesta estudiantil que la antesala de la muerte. Al final don Alfonso no quería soltar el arpa, se agarraba a ella como un náufrago a un tronco de madera.
- Un ratito más, por favor- Suplicaba con voz plañidera.
- Venga, don Alfonso, no seas malo, hay que aprender a compartir las cosas, hay que ser solidario-
Don Alfonso se quedó mirando el arpa con pena, como si fuera una novia que se iba para siempre.
- Ahora te toca a ti, don Zacarías-
Cuando el otro enfermo, que estaba muriéndose de leucemia sangrante, vio acercarse la maligna arpa, comenzó a rechinar los dientes.
- ¡Largo de aquí con ese cacharro,- aulló con un último vivor- si me queréis ayudar de verdad desconectadme de esta puta máquina de los cojones y ponedme una inyección letal!-
- Pero don Zacarías… –
- ¡Ni don Zacarías ni hostias!-
Las enfermeras, desconcertadas, se quedaron de pie junto al enfermo gruñón. Era la primera vez que les ocurría algo así. Por regla general los enfermos, muy vulnerables debido a su precario e hipersensible estado emocional, accedían sumisos y hasta esperanzados a cualquier terapia paliativa.
Tras la ventana, un árbol gigante vomitaba sus hojas sobre el coso de una fuente.
- ¡No te jodes!-
Don Alfonso, desde la otra cama, movió la cabeza con desaprobación y con cierto aire de superioridad, como el que muestra un cura hacia un pecador irredimible.
- ¡A tomar por culo!- siguió gruñendo don Zacarías, con la voz ronca, mientras las enfermeras abandonaban la habitación con su arpa apocalíptica.
- ¡Me cago en el puta!-










UN VASO DE VINO
El abuelo entró con su nieto al bar. La navidad estaba cerca. Olía a panchitos y a fritangas. Una camarera rumana con una cara irreal, como si los rasgos estuvieran dibujados sobre la piel tersa y anodina, ni fea ni guapa sino todo lo contrario, con un gorro de papa noel con lucecitas intermitentes en la cabeza y con una ristra de luminiscentes bolas de navidad en la mano, le preguntó a la dueña:
- ¿Merche, estas bolas van arriba o abajo?-
- Abajo, Alina, las bolas siempre van abajo, mujer- Respondió la dueña con voz hombruna.
Un parroquiano andrajoso, con unas gafas sucísimas remendadas con celofán, rió estridentemente con su botellín en la mano:
- Ja, ja, ja, ja….-
Otro parroquiano muy gordo, que estaba sentado como una estatua en su taburete en un extremo de la barra, se despertó sobresaltado.
El abuelo se acercó a la barra. A su lado, su nieto, se entretenía reventando las pompas de un plástico de embalar.
-Anda, ponme un vino, y una cocacola para Angelín –
El abuelo no solía frecuentar los bares, así que no encontraba la posición en la barra. Se apoyaba con un codo, luego con otro, flexionaba inquieto una pierna, luego la otra, finalmente se puso a mirar la televisión.
- ¿blanco o tinto?-
- tinto, mejor tinto-
La dueña, con sus manos de cartón mojado, sirvió la cocacola al niño, puso un pincho de cortezas de cerdo, y en un vaso un poco nebuloso vertió el culo de una frasca. Fue a coger otra frasca de debajo del mostrador pero el abuelo la detuvo con un gesto de su mano.
- Vale, vale así-
Era un vino malo, garrafón, aguado, de los que servían a los albañiles con el menú diario. Pero al abuelo le supo a gloria. Hizo un buche saboreando el trago y chasqueó la lengua. Miró a su nieto, que ahora estaba fascinado con los dibujos animados de la tele. Era un niño un poco mohíno, grande, torpón, el hijo de su única hija. Su hija, Juani, era madre soltera, así que el abuelo habitualmente hacía de padre.
No podía explicárselo, pero por unos instantes se sintió en paz, como un soldado que vuelve de la guerra, como un boxeador que, al margen de ganar o perder, sigue en pie tras quince asaltos. Su vida había sido un largo vía crucis: cuarenta años en la imprenta para acabar siendo despedido, las penurias económicas, el cáncer de su mujer, los problemas con su hija… Pero ahora estaba allí, con su nieto, bebiendo un vaso de vino. Era algo que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que naciera el niño. Entrar con su nieto a un bar cualquiera y tomarse un chato de vino, sin prisas, sin que la vida le apremiara, sin más horizonte que una muerte próxima, al final de todo, de los trabajos y los días, de los golpes y los desengaños, un viejo al que ya no se le exige nada, un viejo que, como todo el mundo, ha hecho lo que ha podido con su vida.
- ¡Felices fiestas!- se despidió de la camarera, dejándole una propina en el platillo- ¡vamos Angelete!-
Una adolescente, rubia y muy delgada, hablaba por su móvil en la puerta del bar.






LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, por la rampa que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, reina, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en cosas del pasado: sus hijos, sus nietas, el novio que, cuando se quedó viuda, la pretendió hasta que le dio el ictus y la trajeron a la residencia, desde entonces ya no supo nada de él, tal vez ahora estuviera muerto también. Apretó los ojos para no llorar, mientras tanteaba por debajo de la almohada el mendrugo de pan que había robado en la cena. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.







MISERIA.
De día y de noche.
Para siempre. Hasta que muera.
Hasta que la entierre la tierra.
Una miseria dura, rancia, absoluta.
Respira miseria.
Come miseria.
Llora miseria.
Caga miseria.
Una miseria oscura, solitaria, polvorienta.
Mientras las luces de navidad
ostentan una falsa alegría,
ella vuelve a su miseria,
a su lecho de miseria,
a su puré de miseria,
a su vejez de miseria,
a su celda de miseria,
a su olvido de miseria…
Hay perros cuya vida
es menos miserable.








QUE venga a nosotros tu cuerpo.
Que tus ojos iluminen los rincones cerrados,
que el aire de tu risa, que el viento de tu pelo
se lleven esta densa vaharada de peste,
que baile sobre las tumbas tu carne rosada y desnuda,
que los mil fotogramas de tus obscenas posturas
remplacen a los pálidos rostros de las hornacinas,
que tu juventud de hembra henchida, tu palpitante hermosura,
tu voluptuosidad milagrosa y tu amor entregado
inunden de verdor los campos cenicientos,
que el divino olor de tu sexo inciense los velatorios,
que tus firmes pechos nos amamanten de esperanza,
que tus besos, tus espasmos, tus éxtasis delicados
colmen de riquezas nuestra miserable existencia,
que tus perfectos encantos nos devuelvan la fe en una vida
más apasionada y menos eterna.













ME quedaría siempre aquí,
junto a la hoguera de tu sexo,
al calor de tu aliento,
a salvo de las tormentas.
Una mísera balsa a la deriva
me depara el mañana,
en un mar tempestuoso e inmenso.
Pero han sido tantos años viviendo en tu cuerpo,
y son tan suaves tus caricias,
tan vivas tus miradas
y la voz de la lujuria tan fuerte,
que ya he vivido muchas vidas,
por una sola muerte.





¡TE JODES!

No eran todavía las diez de la mañana y ya estaba borracho como una cuba. Caminaba por la acera haciendo eses, el cuerpo inclinado hacia delante, como Groucho Marx, las piernas de trapo, los movimientos incontrolables, grotescos, parecía que iba a caerse a cada paso, pero milagrosamente se mantenía en pie.
Una jardinera municipal, de grandes ojos marrones y un poco oblicuos, se le quedó mirando.
La niebla se había disipado y la luz del sol hacía resplandecer la hierba mojada de rocío.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó las llaves, pero cada vez que intentaba abrir la puerta la cerradura se alejaba. De repente, como si una cuerda invisible tirara de él, comenzó a trotar hacia delante alejándose de la casa.
Se detuvo apoyándose en la marquesina de una parada de autobús. Sacó un cigarrillo e intentó encenderlo. El mechero daba la chispa pero la llama no prendía. Al final logró encenderlo, aunque por la boquilla. Dio una calada que le supo a plástico quemado y arrojó el cigarrillo al suelo, al hacerlo tiró también el manojo de llaves, que fue a caer junto a una mierda de perro. Se agachó para recogerlo, era imposible, parecía que había caído en un abismo.
Los personajes de la parada, apiñados y ateridos, lo miraban con desaprobación y desprecio.
Trató de concentrarse. Respiró profundamente e intentó flexionar las rodillas. Cuando parecía que por fin iba a conseguirlo, de repente las piernas se pusieron a moverse solas frenéticamente en círculo, como si bailaran el “Aserejé”.
Decidió ralentizar sus movimientos. Fue agachándose poco a poco, alargando la mano lentamente, con cuidado, con sigilo, como si se dispusiera a cazar un pajarillo. Por fin logró atrapar las malditas llaves sin mancharse de mierda. Volvió sobre sus pasos dando tumbos.
Allí estaba de nuevo, ante la ardua tarea de abrir una puerta. Sintió miedo, no iba a conseguirlo, le parecía imposible, pesado, tortuoso, como escalar una montaña. Parecía que tenía muñones en vez de manos. No tenía fe en sí mismo. Siempre igual. Ya estaba harto, en todos los acontecimientos de su vida le ocurría lo mismo. Necesitaba otra copa para darse valor.
Un perro pasó a su lado y se le quedó mirando. Tuvo la sensación de que lo miraba con superioridad. ¿Es que hasta un perro era más que él?
Herido en su orgullo extendió la mano con decisión hacia la minúscula ranura. Falló el intento. Empujó con la llave la puerta y entonces ésta se abrió. Se la había dejado abierta cuando salió temprano, todavía sereno.
Entró a la casa dando un traspié. Siempre se le olvidaba que había un desnivel. Se quedó mirando su rostro reflejado en el polvoriento espejo del recibidor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un ser? ¿Una nada? Tenía la cara amarilla, enjuta, la calva de calavera, la barba gris como la ceniza de un cadáver incinerado.
Recordó aquella ocasión perdida que pudo cambiar su vida. Tuvo en su mano un décimo que después salió premiado con el gordo de navidad, pero finalmente lo rechazó sin saber porqué.
- Mira que va a tocar, Pascual, no seas tonto- Le advirtió el camarero con su cara de neandertal.
- Pues si toca me jodo-
- Pues te jodes-
Ya habían pasado más de veinte años.
Pascual Capilla, un hombre sin suerte. Todos los trabajos perdidos, un trágico divorcio, dos hijos por ahí, Rocío y Javi, que era un poco disminuido, muchas putas, toneladas de alcohol, una úlcera sangrante, una nube constante en su cerebro…
De repente, mirando su demacrada imagen en el espejo, se sintió lúcido por unos instantes, aunque no sabía con respecto a qué. Su vida era la que era.
-¡Pues te jodes!- Exclamó con voz firme y gangosa.
Sacando pecho, consiguió llegar a la salita y encender la televisión.






¿CÓMO viviré en adelante?
¿Cómo caminaré sin tus pies?
¿Cómo miraré sin tus ojos?
¿Cómo taponaré mis heridas sin tus manos?
Demasiado viejo para nacer de nuevo
y demasiado joven para morir de una vez.
La vida huele a nada sin ti,
todo lo llena el hueco de tu ausencia.
¿Cuánto puede llegar a pesar el dolor?
¿Cuántas noches más se amontonan
tras esta noche eterna?








DIGNIDAD
Estaba tirado en el suelo, en medio de la acera, en la Gran Vía. Llovía intensamente. La lluvia anegaba sus piernas desnudas, enclenques y llagadas. Sobre los charcos flotaban las colillas, los papeles rotos y los esputos.
Era navidad. La gente pasaba bajo sus paraguas, subidos los cuellos de los abrigos y con grandes bolsas en las manos. Iban en grupos o en parejas, hablando alto, riendo, esquivando las varillas de los paraguas que venían de frente.
Él los miraba desde abajo, como un insecto del subsuelo, con mirada de perro apaleado y moribundo. No hacía nada por refugiarse de la lluvia, no podía incorporarse, tampoco quería, le daba igual todo, el frío y el calor, vivir o morir, no quería esforzarse, aunque puesto a elegir, prefería morir. Tenía el hígado destrozado, el páncreas, los riñones, los pulmones, la próstata…Sus órganos competían para ver cual de ellos se lo llevaba a la tumba. Todavía no tenía cuarenta años, pero había vivido deprisa, y el mundo se le había caído encima como una montaña de mierda. No ocurrió de golpe, sino de forma paulatina, subrepticia, traicionera, como una invisible soga que cada día lo iba ahorcando un poco más.
En el fondo se trataba de una cuestión de dignidad. Cuando se pierde la dignidad ya no hay ninguna esperanza.
No siempre había sido así. Todavía recordaba a su novia, Merche, aquel cuerpo lozano y henchido que olía a juventud. ¿Qué habría sido de ella? ¿Dónde estaría ahora? ¿Con quién? Paseando con ella hacía ya muchos años, observando a un mendigo que se acomodaba entre unos cartones en un pasadizo cerca de la Plaza España, le había augurado con clarividencia premonitoria:
- Así acabaré yo algún día-
Su novia se rió.
- Qué golpes tienes, Julián-
Entonces trabajaba de pintor, se había asociado con un conocido de su pueblo y hacían trabajos para las compañías de seguros. Ganaba bastante dinero. Hasta se compró un AX de segunda mano, como un señor.
De aquello hacía ya mucho tiempo, parecía que había sucedido en otra vida remota.
Poco a poco lo fue perdiendo todo: el trabajo, la familia, el hábitat, el amor, la salud, la dignidad, la esperanza…Se quedó solo, sin nada, salvo un cartón de vino que era su alimento diario, porque todo el mundo huye de los perdedores, de ese tufo sofocante y lánguido que desprenden los perdedores.
La gente pasaba deprisa bajo la lluvia. Nadie se detenía a echarle una moneda. Era lógico, él no les ofrecía nada más que fealdad, ni música, ni malabarismos, ni pañuelos de papel…Sólo el triste espectáculo de su cuerpo ulcerado.
Estaba harto, desde hacía ya mucho tiempo estaba harto de todo. Si por lo menos tuviera cojones para matarse, entonces, hasta que lo hiciera, todo sería más fácil, pero sentía una pereza pesada e inexorable que paralizaba sus músculos y pensamientos. Además le daba pánico imaginar para siempre una tumba estrecha, profunda y tenebrosa.
Miraba esas caras obtusas de ojos ruines y desconfiados, y se preguntaba cual era el secreto, por qué todos habían salido adelante menos él. Una vez, en urgencias, lo atendió un médico que reconoció del instituto: era el tonto de la clase, sin embargo había llegado a ser médico especialista y él no era nada, nadie, como un náufrago en la corriente de la vida. ¡Qué extraña es la vida! Caprichosa, implacable, como una bomba que no se sabe dónde ni cuándo va a caer.
Sentía retortijones de tripa. Antes lo dejaban usar los servicios de la cafetería Nebraska, pero desde que entró el nuevo encargado, un individuo con un ojo fijo y huero hundido en el cerebro y el otro ojo que parpadeaba como el de un búho, le prohibieron la entrada. En todos sitios le habían prohibido la entrada: en el Vips, en el Mc Donalds, en el Museo del Jamón, en el hotel Italia… Tenía que irse detrás de los cines Luna, entre los contenedores de basura, en la boca de la Ballesta por donde pululaban las putas baratas.
Llovía con rabia, parecía que la lluvia quería ahogarlo, enterrarlo, limpiarlo de las calles.
Una extranjera de cabello rubio cubierto por un gorro de lana con los colores del arco iris, se acercó y le echó una moneda. Una sola moneda en su deshecha caja de cartón.
¿Para qué coño seguir viviendo?
- La vida, Julianín, es una porquería- Solía decir su tío el cura, acentuando con resignado desprecio la palabra porquería, cuando se estaba muriendo de cáncer de médula.
¿Por qué no se moría él también de una vez? La vida es un pálpito mecánico, empecinado y absurdo, como un burro girando alrededor de una noria seca.
Cerca de la media noche dejó de llover. Ocurrió entonces, de repente. Se quedó arrobado contemplando las hojas de un arbusto junto a la marquesina del autobús. Hojas castigadas, humilladas y vencidas por la lluvia, que sin embargo, ahora que la lluvia había cesado, empezaban a recuperarse, a revivir, a respirar otra vez. Por la mañana probablemente estarían secas del todo, verdes, radiantes bajo la luz del sol. Se despertó en él un sentimiento nuevo y extraño, una ola de emoción que le hizo cosquillas en el pecho. Recordó cuando de niño jugaba al fútbol, era extremo izquierda y todos lo valoraban por su velocidad y sus regates. ¿Qué había pasado con aquel respeto?
Como si de repente, sin saber cómo, por un instante, hubiera recuperado el respeto a sí mismo, se incorporó con toda la dignidad de que fue capaz, y se puso en pie sacudiéndose el detritus del suelo. Ahí estaba. Sus débiles y amoratadas piernas eran de corcho, le ardían las heridas, no podía llegar andando ni a la siguiente esquina, por eso siempre se arrastraba, aunque esta vez no, ya estaba harto de arrastrarse, esta vez lo intentaría. Tal vez también para él brillara mañana la luz del sol. Por lo menos tenía un mañana, ya era algo, y ¡quién sabe lo que guarda el mañana!
Se guardó la moneda y le dio una especie de patada a la caja de cartón, que se quedó deshecha en la acera, como una cosa amorfa, inservible, fea, pastosa, herida, asustada y muda.



VEN, mira cómo huele el sol.
La vida vuelve a estar viva,
palpitante y fresca como tu piel.
Siéntate a mi lado, aquí, al borde del abismo.
Me recuerda tu cuerpo aquellos domingos de mayo
en que salía de permiso del cuartel.
No mires la hora, no pienses en mañana,
respira conmigo este aire denso y fértil
como el aliento de tus besos.
Hagamos para siempre nuestro
este instante de tregua,
mientras los enemigos, a lo lejos,
cargan sus armas, levantan paredones
y excavan trincheras.

EL VIOLADOR DE MUÑECAS

Dio varias vueltas por los alrededores, como un cernícalo entorno a su presa. No se atrevía a entrar, aunque sabía perfectamente que al final acabaría entrando. Las sirenas del sexo lo llamaban, como siempre, con su canto envenenado. Primero se metió en un bar que hacía esquina con la Plaza de Los Cubos y pidió una copa de coñac, para darse valor. Se la bebió de un trago. Sintió calor en el pecho y luego en todo el cuerpo.
Salió del bar y se dirigió con determinación al sex shop. El neón de la puerta parpadeaba como los pintarrajeados ojos de una vieja. Miró a un lado y a otro y se zambulló de lleno en la roja penumbra. Sintió un escalofrío, como si se sumergiera en agua helada. El corazón le latía muy deprisa, sentía una dulce angustia en el estómago. Estaba muy excitado, poseído. Dentro del local olía a una miscelánea de antiséptico y lujuria. El encargado del sex shop, un gordo con la cabeza en forma de cono, unas gafas redondas de pasta de gran aumento y los brazos cubiertos de tatuajes, ni siquiera lo miró. Estaba acostumbrado a personajes raros como él: viciosos, tímidos, feos, tullidos, atormentados, psicópatas, reprimidos, solitarios, desesperados…Él, bajo su apariencia de persona trabajadora y responsable padre de familia, era un poco de todo eso. Trabajaba de vigilante en el Museo Cerralbo, estaba casado con una muchacha de su pueblo y tenía dos hijas pequeñas, la mayor acababa de hacer la primera comunión.
Se acercó a la estantería de las muñecas hinchables. Los pocos clientes que vagaban por allí como espíritus silentes perdidos en el infierno, debían oír los violentos latidos de su corazón.
Las muñecas estaban ordenadas por modelos. Cientos de bellezas de celuloide cuidadosamente plegadas dentro de sus embalajes, como princesas de cuento esperando que un beso lascivo, un obsceno lamido, las despertase.
Modelo Andrey Hepburn, modelo Grace Jones, modelo Jennifer López…
De repente irrumpieron en la tienda unas chicas con grandes penes de goma en la cabeza a modo de cuernos. Estaban de despedida de soltera, ya algo ebrias, riendo tontamente y hablando a gritos.
Pensó que el mundo se había vuelto loco. Aprovechando el revuelo que armaban las jovencitas, sin pensárselo dos veces se guardó bajo la cazadora una muñeca modelo Jennifer López. Tenía buen gusto, por lo menos eso había que reconocérselo.
No es que le faltara dinero para comprarla, pero le daba más morbo robarla. Comprarla era como casarse con ella, robarla era algo ilícito y pecaminoso, mucho más excitante, como seducirla y violarla. Se excitó tanto al esconderse la muñeca que casi tuvo un orgasmo.
Se dirigió a la parte trasera del establecimiento, al pasillo donde estaban las cabinas, al final del cual se encontraba la salida de emergencia. Abrió la puerta con sigilo y salió al exterior, a una especie de corrala oscura llena de cubos de basura y contenedores de obra.
Amparándose en la oscuridad, se escondió detrás de un contenedor y con manos temblorosas rompió el envoltorio de la muñeca. En la carátula de papel aparecía un rostro de niña con rasgos ligeramente orientales, piel de un delicado rosicler, largo cabello oscuro, ojos redondos con largas pestañas curvadas, nariz pequeña, labios en forma de corazón y una expresión pasiva, inocente y vulnerable capaz de volver loco a cualquiera. Un cuerpo voluptuoso desnudo bajo un leve kimono de flores celestes. Se estaba chupando un dedito.
- ¡Puta calientapollas,- murmuró mientras buscaba la válvula para inflarla- dicen por ahí que te acuestas con cualquiera cuando yo estoy de viaje!
A medida que soplaba, las formas de su conquista se iban dilatando y tensando. Estaba buenísima, más buena que Jennifer López, tenía un culo grandísimo y unas tetas descomunales, en contraste con aquella rosada carita de niña. Comenzó a besarla en el cuello, a estrujarle las tetas, a azotarle el turgente culo de goma. Se frotó contra ella. La cambió de postura. La tomó por detrás, a cuatro patas. Ella se dejaba hacer, tal vez tuviera miedo o quizás estuviese tan excitada que no podía defenderse.
Un gato negro se les quedó mirando desde el borde de un cubo de basura.
- ¡Te quiero, Marta!-
Aunque Marta no dijo nada, por la cara que puso debía estar pensando: “¡No me hables ahora de amor y fóllame como un animal!” Se abrió de piernas rendida y entregada, dispuesta a satisfacer los primitivos instintos de su amante. Éste, en el cenit del paroxismo, la estrujó y la mordió con tal violencia, que desgarró la delicada piel de goma, como si se tratara de un león devorando a una gacela. Hasta se quedó con un mechón de pelo entre los dientes. La pobre muñeca empezó a desinflarse haciendo un ruido grosero impropio de una señorita tan guapa y sensual.
El violador de muñecas, una vez que hubo satisfecho su pasión rastrera, se alejó sin despedirse ( tenía que llevar a su hija pequeña al kárate), dejando a la muñeca allí tirada entre la basura, como un juguete roto e inservible, desinflada, sucia, deshonrada, llena de barro, parecía una arrugada bolsa de patatas fritas arrojada a la basura después de ser explotada, un globo desinflado hecho jirones, una cosa amorfa, fea y absurda, un detritus inmundo, un cadáver polvoriento y acartonado, un pelele descoyuntado en una postura ridícula y grotesca. A su lado, en el suelo, estaba la carátula con ese rostro precioso de niña, de ángel lascivo, que ahora, sin embargo, se había convertido en un deshecho infame. Entre la belleza y la nada sólo hay tiempo, dolor y fatuidad.
Más tarde, la policía tomó huellas en el lugar del crimen, intentando dar con el peligroso ladrón violador. Por lo visto no era la primera vez que hacía algo así. El encargado del sex shop, mirando a una cámara de televisión, comentó ante el micrófono de una periodista con cara de pájaro:
- Es preocupante que con lo cual monstruos así anden sueltos por la calle-
El pájaro asintió con la cabeza.







JACULATORIA
ARDES sobre las cenizas del mundo,
como una aurora preñada de amaneceres,
como una llama que se alimenta de sí misma,
que es fuego puro,
que baila, que vuela, que alumbra,
reverdeciendo las hojas,
resucitando la vida.
Que arda entre mis manos por última vez tu cuerpo,
como una lengua de belleza eterna,
como un milagro de belleza efímera.




ME deslizo por tu cuerpo hacia otro mundo de luz,
hacia un lugar eterno y puro,
rompiendo los barrotes del espacio y el tiempo,
hacia una irrealidad que, por un instante,
es más real que toda la realidad de sombras,
de amores y odios que tanto fatigan.
Dentro de ti comprendo el significado redentor del sexo,
esa evocación de lo ideal, de la belleza, de esa nada, de ese apeiron
que sólo fluye más allá de la muerte,
y que es la esencia verdadera de la vida.
Sólo a través de tu amor
he llegado al conocimiento.





YA no basta tu cuerpo de diosa
ni esos cantos de sirena
cuando desmayas tu mirada
sobre tus mejillas de rosa.
No basta un fogonazo de luz
para iluminar una noche eterna.
Tú sigues siendo fuego,
pero si antes me alumbrabas
ahora sólo me quemas.
Ni siquiera yo puedo vivir siempre
del maná de tu belleza.
Es tan corta la vida,
apenas un día sobre la tierra,
y tan largo el dolor, la vejez y el olvido,
que los besos se apagan
nada mas nacer de tus labios.
Para volver a creer,
y no soy quien para exigírtelo,
se necesitan cada vez
muchos más milagros.












ERES vida.
Me ciegas de vida,
me infectas de vida,
me matas de vida.
Todo en ti late, alumbra, arde.
Sin lógica, sin mesura, sin cordura.
Se abren todas las ventanas
y reverdecen todos los árboles.
Hierves de voluptuosidad,
como un tallo que revienta de savia,
que sabe a lluvia,
que huele a sol y a esperanza.
Eres vida, luz, plenitud,
hielo que quema
y fuego que abrasa.








DEVENIR
No sin cierta dificultad se sentó en un banco de la plaza. Puso las manos sobre las rodillas. El sol de febrero le daba en la cara. Se sentía desvanecido, exánime, vencido. Tantos trabajos y días... Su vida había sido una larga sucesión de luchas y errores, como todas las vidas. En más de una ocasión había estado al borde del abismo. Como aquella tarde de domingo hacía ya muchos años: Un calor asfixiante, deprimente. La televisión reflejaba un mundo ponzoñoso, obtuso y estéril. Sobre la pared un retrato familiar con el cristal roto. Vivía solo, en un décimo piso, sobre un callejón sin salida. Estaba sentado en calzoncillos en el sofá desconchado, su cara aparecía reflejada en un espejo polvoriento, sudorosa, tenía una verruga debajo del ojo izquierdo, los ojos insomnes, le dolían las cejas. La mesa estaba llena de botellas vacías y restos de comida, el cenicero rebosante de colillas. De repente, obedeciendo a un impulso endógeno, se levantó bruscamente y cogiendo carrerilla se dispuso a saltar por encima de la barandilla de la terraza. Finalmente no tuvo valor. Siempre le había faltado valor, para vivir, para morir, para amar...Cuando boxeaba, antes de cada combate tenía que mear muchas veces, eran meadas de miedo.
Ahora ya todo había pasado, incluso el miedo. Poco a poco se fue adormeciendo, al borde de la inconciencia, de la nada. Estaba atándose un zapato cuando su boca exhaló el último suspiro. Los pájaros callaron, olía a muerte, era un momento solemne. En el tejado de la iglesia dos cigüeñas tomaban el sol. Los planetas, en el espacio exterior, continuaban su devenir inescrutable. Las campanas de la torre dieron las doce del mediodía.
- ¡Adiós Rocío!- Saludó un jardinero con gafas de aumento y la cabeza muy grande a una chica muy gorda que andaba con dificultad, resoplando.
Al atardecer, una vecina, que se pasaba el día asomada a la ventana, avisó a la policía municipal. Le parecía muy extraño que aquel hombre permaneciera durante tantas horas en aquella postura tan peculiar.
Vino una ambulancia. Certificaron la muerte. No había rastros de violencia, al menos exteriormente. Al cabo de unas horas llegó el juez, que anduvo alrededor del cadáver cojeando y con las manos a la espalda, como si bailara una cumbia. En la cartera encontraron un carné deteriorado: Francisco Alegre Parrada, nacido en 1959, natural de Broto, provincia de Huesca, hijo de Serván y Justa. Averiguaron que aquel mismo lunes había salido de la cárcel de Badajoz en libertad condicional. No tenía domicilio fijo ni oficio conocido.
Los niños se arremolinaron alrededor del muerto. Ya era de noche. Pasó una voluptuosa muchacha con una falda de vuelo que bailaba al andar con un rumor de primavera. Los operarios de la funeraria metieron el cadáver en una bolsa de plástico, cerraron la cremallera y se lo llevaron a alguna otra parte.





 
dignidad

DIGNIDAD
Estaba tirado en el suelo, en medio de la acera, en la Gran Vía. Llovía intensamente. La lluvia anegaba sus piernas desnudas, enclenques y llagadas. Sobre los charcos flotaban las colillas, los papeles rotos y los esputos.
Era navidad. La gente pasaba bajo sus paraguas, subidos los cuellos de los abrigos y con grandes bolsas en las manos. Iban en grupos o en parejas, hablando alto, riendo, esquivando las varillas de los paraguas que venían de frente.
Él los miraba desde abajo, como un insecto del subsuelo, con mirada de perro apaleado y moribundo. No hacía nada por refugiarse de la lluvia, no podía incorporarse, tampoco quería, le daba igual todo, el frío y el calor, vivir o morir, no quería esforzarse, aunque puesto a elegir, prefería morir. Tenía el hígado destrozado, el páncreas, los riñones, los pulmones, la próstata…Sus órganos competían para ver cual de ellos se lo llevaba a la tumba. Todavía no tenía cuarenta años, pero había vivido deprisa, y el mundo se le había caído encima como una montaña de mierda. No ocurrió de golpe, sino de forma paulatina, subrepticia, traicionera, como una invisible soga que cada día lo iba ahorcando un poco más.
En el fondo se trataba de una cuestión de dignidad. Cuando se pierde la dignidad ya no hay ninguna esperanza.
No siempre había sido así. Todavía recordaba a su novia, Merche, aquel cuerpo lozano y henchido que olía a juventud. ¿Qué habría sido de ella? ¿Dónde estaría ahora? ¿Con quién? Paseando con ella hacía ya muchos años, observando a un mendigo que se acomodaba entre unos cartones en un pasadizo cerca de la Plaza España, le había augurado con clarividencia premonitoria:
- Así acabaré yo algún día-
Su novia se rió.
- Qué golpes tienes, Julián-
Entonces trabajaba de pintor, se había asociado con un conocido de su pueblo y hacían trabajos para las compañías de seguros. Ganaba bastante dinero. Hasta se compró un AX de segunda mano, como un señor.
De aquello hacía ya mucho tiempo, parecía que había sucedido en otra vida remota.
Poco a poco lo fue perdiendo todo: el trabajo, la familia, el hábitat, el amor, la salud, la dignidad, la esperanza…Se quedó solo, sin nada, salvo un cartón de vino que era su alimento diario, porque todo el mundo huye de los perdedores, de ese tufo sofocante y lánguido que desprenden los perdedores.
La gente pasaba deprisa bajo la lluvia. Nadie se detenía a echarle una moneda. Era lógico, él no les ofrecía nada más que fealdad, ni música, ni malabarismos, ni pañuelos de papel…Sólo el triste espectáculo de su cuerpo ulcerado.
Estaba harto, desde hacía ya mucho tiempo estaba harto de todo. Si por lo menos tuviera cojones para matarse, entonces, hasta que lo hiciera, todo sería más fácil, pero sentía una pereza pesada e inexorable que paralizaba sus músculos y pensamientos. Además le daba pánico imaginar para siempre una tumba estrecha, profunda y tenebrosa.
Miraba esas caras obtusas de ojos ruines y desconfiados, y se preguntaba cual era el secreto, por qué todos habían salido adelante menos él. Una vez, en urgencias, lo atendió un médico que reconoció del instituto: era el tonto de la clase, sin embargo había llegado a ser médico especialista y él no era nada, nadie, como un náufrago en la corriente de la vida. ¡Qué extraña es la vida! Caprichosa, implacable, como una bomba que no se sabe dónde ni cuándo va a caer.
Sentía retortijones de tripa. Antes lo dejaban usar los servicios de la cafetería Nebraska, pero desde que entró el nuevo encargado, un individuo con un ojo fijo y huero hundido en el cerebro y el otro ojo que parpadeaba como el de un búho, le prohibieron la entrada. En todos sitios le habían prohibido la entrada: en el Vips, en el Mc Donalds, en el Museo del Jamón, en el hotel Italia… Tenía que irse detrás de los cines Luna, entre los contenedores de basura, en la boca de la Ballesta por donde pululaban las putas baratas.
Llovía con rabia, parecía que la lluvia quería ahogarlo, enterrarlo, limpiarlo de las calles.
Una extranjera de cabello rubio cubierto por un gorro de lana con los colores del arco iris, se acercó y le echó una moneda. Una sola moneda en su deshecha caja de cartón.
¿Para qué coño seguir viviendo?
- La vida, Julianín, es una porquería- Solía decir su tío el cura, acentuando con resignado desprecio la palabra porquería, cuando se estaba muriendo de cáncer de médula.
¿Por qué no se moría él también de una vez? La vida es un pálpito mecánico, empecinado y absurdo, como un burro girando alrededor de una noria seca.
Cerca de la media noche dejó de llover. Ocurrió entonces, de repente. Se quedó arrobado contemplando las hojas de un arbusto junto a la marquesina del autobús. Hojas castigadas, humilladas y vencidas por la lluvia, que sin embargo, ahora que la lluvia había cesado, empezaban a recuperarse, a revivir, a respirar otra vez. Por la mañana probablemente estarían secas del todo, verdes, radiantes bajo la luz del sol. Se despertó en él un sentimiento nuevo y extraño, una ola de emoción que le hizo cosquillas en el pecho. Recordó cuando de niño jugaba al fútbol, era extremo izquierda y todos lo valoraban por su velocidad y sus regates. ¿Qué había pasado con aquel respeto?
Como si de repente, sin saber cómo, por un instante, hubiera recuperado el respeto a sí mismo, se incorporó con toda la dignidad de que fue capaz, y se puso en pie sacudiéndose el detritus del suelo. Ahí estaba. Sus débiles y amoratadas piernas eran de corcho, le ardían las heridas, no podía llegar andando ni a la siguiente esquina, por eso siempre se arrastraba, aunque esta vez no, ya estaba harto de arrastrarse, esta vez lo intentaría. Tal vez también para él brillara mañana la luz del sol. Por lo menos tenía un mañana, ya era algo, y ¡quién sabe lo que guarda el mañana!
Se guardó la moneda y le dio una especie de patada a la caja de cartón, que se quedó deshecha en la acera, como una cosa amorfa, inservible, fea, pastosa, herida, asustada y muda.



VEN, mira cómo huele el sol.
La vida vuelve a estar viva,
palpitante y fresca como tu piel.
Siéntate a mi lado, aquí, al borde del abismo.
Me recuerda tu cuerpo aquellos domingos de mayo
en que salía de permiso del cuartel.
No mires la hora, no pienses en mañana,
respira conmigo este aire denso y fértil
como el aliento de tus besos.
Hagamos para siempre nuestro
este instante de tregua,
mientras los enemigos, a lo lejos,
cargan sus armas, levantan paredones
y excavan trincheras.



 
nada sin ti


¿CÓMO viviré en adelante?
¿Cómo caminaré sin tus pies?
¿Cómo miraré sin tus ojos?
¿Cómo taponaré mis heridas sin tus manos?
Demasiado viejo para nacer de nuevo
y demasiado joven para morir de una vez.
La vida huele a nada sin ti,
todo lo llena el hueco de tu ausencia.
¿Cuánto puede llegar a pesar el dolor?
¿Cuántas noches más se amontonan
tras esta noche eterna?




 
te jodes

¡TE JODES!

No eran todavía las diez de la mañana y ya estaba borracho como una cuba. Caminaba por la acera haciendo eses, el cuerpo inclinado hacia delante, como Groucho Marx, las piernas de trapo, los movimientos incontrolables, grotescos, parecía que iba a caerse a cada paso, pero milagrosamente se mantenía en pie.
Una jardinera municipal, de grandes ojos marrones y un poco oblicuos, se le quedó mirando.
La niebla se había disipado y la luz del sol hacía resplandecer la hierba mojada de rocío.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó las llaves, pero cada vez que intentaba abrir la puerta la cerradura se alejaba. De repente, como si una cuerda invisible tirara de él, comenzó a trotar hacia delante alejándose de la casa.
Se detuvo apoyándose en la marquesina de una parada de autobús. Sacó un cigarrillo e intentó encenderlo. El mechero daba la chispa pero la llama no prendía. Al final logró encenderlo, aunque por la boquilla. Dio una calada que le supo a plástico quemado y arrojó el cigarrillo al suelo, al hacerlo tiró también el manojo de llaves, que fue a caer junto a una mierda de perro. Se agachó para recogerlo, era imposible, parecía que había caído en un abismo.
Los personajes de la parada, apiñados y ateridos, lo miraban con desaprobación y desprecio.
Trató de concentrarse. Respiró profundamente e intentó flexionar las rodillas. Cuando parecía que por fin iba a conseguirlo, de repente las piernas se pusieron a moverse solas frenéticamente en círculo, como si bailaran el “Aserejé”.
Decidió ralentizar sus movimientos. Fue agachándose poco a poco, alargando la mano lentamente, con cuidado, con sigilo, como si se dispusiera a cazar un pajarillo. Por fin logró atrapar las malditas llaves sin mancharse de mierda. Volvió sobre sus pasos dando tumbos.
Allí estaba de nuevo, ante la ardua tarea de abrir una puerta. Sintió miedo, no iba a conseguirlo, le parecía imposible, pesado, tortuoso, como escalar una montaña. Parecía que tenía muñones en vez de manos. No tenía fe en sí mismo. Siempre igual. Ya estaba harto, en todos los acontecimientos de su vida le ocurría lo mismo. Necesitaba otra copa para darse valor.
Un perro pasó a su lado y se le quedó mirando. Tuvo la sensación de que lo miraba con superioridad. ¿Es que hasta un perro era más que él?
Herido en su orgullo extendió la mano con decisión hacia la minúscula ranura. Falló el intento. Empujó con la llave la puerta y entonces ésta se abrió. Se la había dejado abierta cuando salió temprano, todavía sereno.
Entró a la casa dando un traspié. Siempre se le olvidaba que había un desnivel. Se quedó mirando su rostro reflejado en el polvoriento espejo del recibidor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un ser? ¿Una nada? Tenía la cara amarilla, enjuta, la calva de calavera, la barba gris como la ceniza de un cadáver incinerado.
Recordó aquella ocasión perdida que pudo cambiar su vida. Tuvo en su mano un décimo que después salió premiado con el gordo de navidad, pero finalmente lo rechazó sin saber porqué.
- Mira que va a tocar, Pascual, no seas tonto- Le advirtió el camarero con su cara de neandertal.
- Pues si toca me jodo-
- Pues te jodes-
Ya habían pasado más de veinte años.
Pascual Capilla, un hombre sin suerte. Todos los trabajos perdidos, un trágico divorcio, dos hijos por ahí, Rocío y Javi, que era un poco disminuido, muchas putas, toneladas de alcohol, una úlcera sangrante, una nube constante en su cerebro…
De repente, mirando su demacrada imagen en el espejo, se sintió lúcido por unos instantes, aunque no sabía con respecto a qué. Su vida era la que era.
-¡Pues te jodes!- Exclamó con voz firme y gangosa.
Sacando pecho, consiguió llegar a la salita y encender la televisión.



 
muchas vidas


ME quedaría siempre aquí,
junto a la hoguera de tu sexo,
al calor de tu aliento,
a salvo de las tormentas.
Una mísera balsa a la deriva
me depara el mañana,
en un mar tempestuoso e inmenso.
Pero han sido tantos años viviendo en tu cuerpo,
y son tan suaves tus caricias,
tan vivas tus miradas
y la voz de la lujuria tan fuerte,
que ya he vivido muchas vidas,
por una sola muerte.


 
incienso


QUE venga a nosotros tu cuerpo.
Que tus ojos iluminen los rincones cerrados,
que el aire de tu risa, que el viento de tu pelo
se lleven esta densa vaharada de peste,
que baile sobre las tumbas tu carne rosada y desnuda,
que los mil fotogramas de tus obscenas posturas
remplacen a los pálidos rostros de las hornacinas,
que tu juventud de hembra henchida, tu palpitante hermosura,
tu voluptuosidad milagrosa y tu amor entregado
inunden de verdor los campos cenicientos,
que el divino olor de tu sexo inciense los velatorios,
que tus firmes pechos nos amamanten de esperanza,
que tus besos, tus espasmos, tus éxtasis delicados
colmen de riquezas nuestra miserable existencia,
que tus perfectos encantos nos devuelvan la fe en una vida
más apasionada y menos eterna.




 
miserable


LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, por la rampa que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, reina, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en cosas del pasado: sus hijos, sus nietas, el novio que, cuando se quedó viuda, la pretendió hasta que le dio el ictus. Apretó los ojos para no llorar, mientras tanteaba por debajo de la almohada el mendrugo de pan que había robado en la cena. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.







MISERIA.
De día y de noche.
Para siempre. Hasta que muera.
Hasta que la entierre la tierra.
Una miseria dura, rancia, absoluta.
Respira miseria.
Come miseria.
Llora miseria.
Caga miseria.
Una miseria oscura, solitaria, polvorienta.
Mientras las luces de navidad
ostentan una falsa alegría,
ella vuelve a su miseria,
a su lecho de miseria,
a su puré de miseria,
a su vejez de miseria,
a su celda de miseria,
a su olvido de miseria…
Hay perros cuya vida
es menos miserable.




 
la senda

LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, lo que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en sus nietas. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.


 
un vaso de vino
UN VASO DE VINO
El abuelo entró con su nieto al bar. La navidad estaba cerca. Olía a panchitos y a fritangas. Una camarera rumana con una cara irreal, como si los rasgos estuvieran dibujados sobre la piel tersa y anodina, ni fea ni guapa sino todo lo contrario, con una ristra de luminiscentes bolas de navidad en la mano, le preguntó a la dueña:
- ¿Merche, estas bolas van arriba o abajo?-
- Abajo, Alina, las bolas siempre van abajo, mujer- Respondió la dueña con voz hombruna.
Un parroquiano andrajoso, con unas gafas sucísimas remendadas con celofán, rió estridentemente con su botellín en la mano:
- ¡Ja, ja, ja, ja….!-
Otro parroquiano muy gordo, que estaba sentado en su taburete en un extremo de la barra, se despertó sobresaltado.
El abuelo se acercó a la barra. A su lado, su nieto, se entretenía reventando las pompas de un plástico de embalar.
-Anda, ponme un vino, y una cocacola para Angelín –
El abuelo no solía frecuentar los bares, así que no encontraba la posición en la barra. Se apoyaba con un codo, luego con otro, flexionaba inquieto una pierna, luego la otra, finalmente se puso a mirar la televisión.
- ¿blanco o tinto?-
- tinto, mejor tinto-
La dueña, con sus manos de cartón mojado, sirvió la cocacola al niño, puso un pincho de cortezas de cerdo, y en un vaso un poco nebuloso vertió el culo de una frasca. Fue a coger otra frasca de debajo del mostrador pero el abuelo la detuvo con un gesto de su mano.
- Vale, vale así-
Era un vino malo, garrafón, aguado, de los que servían a los albañiles con el menú diario. Pero al abuelo le supo a gloria. Hizo un buche saboreando el trago y chasqueó la lengua. Miró a su nieto, que ahora estaba fascinado con los dibujos animados de la tele. Era un niño un poco mohíno, grande, torpón, el hijo de su única hija. Su hija, Juani, era madre soltera, así que el abuelo habitualmente hacía de padre.
No podía explicárselo, pero por unos instantes se sintió en paz, como un soldado que vuelve de la guerra, como un boxeador que, al margen de ganar o perder, sigue en pie tras quince asaltos. Su vida había sido un largo vía crucis: cuarenta años en la imprenta para acabar siendo despedido, las penurias económicas, el cáncer de su mujer, los problemas con su hija… Pero ahora estaba allí, con su nieto, bebiendo un vaso de vino. Era algo que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que naciera el niño. Entrar con su nieto a un bar cualquiera y tomarse un chato de vino, sin prisas, sin que la vida le apremiara, sin más horizonte que una muerte próxima, al final de todo, de los trabajos y los días, de los golpes y los desengaños, un viejo al que ya no se le exige nada, un viejo que, como todo el mundo, ha hecho lo que ha podido con su vida.
- ¡Felices fiestas!- se despidió de la camarera, dejándole una propina en el platillo- ¡vamos Angelete!-
Una adolescente, rubia y delgada, hablaba por su móvil en la puerta del bar.

 
el arpa


EL ARPA DEL APOCALIPSIS

Las enfermeras miraban expectantes al enfermo terminal, como cazadores en sus puestos, esperando a que éste se decidiera a tocar las cuerdas del arpa. El enfermo terminal tenía una sonda en la nariz, parecía una especie de oso hormiguero con aquella trompa larga y delgada saliendo de las fosas nasales, enredándose entre las mangas de la bata y trepando por la cabecera de la cama hasta el soporte niquelado donde reposaba una botella con un líquido verdoso que parecía vómito de bilis.
El enfermo estaba sentado en la cama y miraba el arpa con una sonrisa bobalicona, deseando tocarla pero sin atreverse a hacerlo, como un gato que no se decide a comer de la mano de un humano. Era un septuagenario que tenía cara de monaguillo, bastante lustroso para estar muriéndose, rasgos suaves y aniñados, barbilla contraída, manos de contable, gafas ahumadas de aumento y una sonrisa beatífica en sus labios mujeriles.
Las enfermeras eran jóvenes y guapas, enfundadas en sus batas blancas y ceñidas, morenas de piel clara, una más alta que otra y con una barriguita un poco colgandera, las dos rollizas, risueñas, de ojos grandes bañados en sensualidad. Practicaban la musicoterapia, la risoterapia, y otras psicodelicoterapias vanguardistas creadas para paliar el dolor y la angustia de los enfermos terminales. Cuando un enfermo estaba a punto de morir, acudían diligentes con el arpa como ericnias cantarinas, lo saludaban riendo, lo tuteaban llamándolo constantemente por su nombre, lo mareaban hablándole sin ton ni son, lo camelaban hasta conseguir que tocara el arpa, aunque sólo fuera un instante, con mano trémula, con un dedito y desafinando, el caso es que tocara, aunque fuera con los dientes, para tener la satisfacción de que la terapia había funcionado. A veces los enfermos comenzaban a temblar cuando se abría la puerta y aparecía la siniestra arpa como un símbolo de la muerte.
- Vamos don Alfonso, no te reprimas, toca, toca –
El moribundo extendió la mano pero finalmente la retiró.
- Es que me da un poco de vergüenza-
- No seas tonto, don Alfonso, toca, toca, toca, verás como te sientes mucho mejor-
Tumbado en la cama de al lado, otro enfermo terminal, de apenas cincuenta años, muy delgado, con los pelos de punta, desdentado y con una nariz muy larga, observaba la escena con gesto hosco. De vez en cuando bajaba la mirada hacia los muslos de una de las enfermeras y entonces su expresión asesina parecía suavizarse un poco.
De repente don Alfonso dio el paso decisivo.
- Porque desde que empieza la vida…- cliiiiimmm…(tocó la cuerda más aguda)- hasta que acaba- ….cloooommm….(accionó la más grave)- hay muchas cuerdas en medio…- cliiiimmclammmcloooommm…
Las enfermeras, triunfantes, asintieron al unísono con la cabeza. Una de ellas, que se llamaba Belén y que era la que más hablaba y hablaba sin parar, se puso a reír y aplaudir con la cara desencajada como si le hubiera dado un ataque de histeria.
Don Alfonso se animó tanto que acabó cantando un corrido de Rocío Durcal, acompasado por las palmas de las paliativas enfermeras. Aquello parecía más una fiesta estudiantil que la antesala de la muerte. Al final don Alfonso no quería soltar el arpa, se agarraba a ella como un náufrago a un tronco de madera.
- Un ratito más, por favor- Suplicaba con voz plañidera.
- Venga, don Alfonso, no seas malo, hay que aprender a compartir las cosas, hay que ser solidario-
Don Alfonso se quedó mirando el arpa con pena, como si fuera una novia que se iba para siempre.
- Ahora te toca a ti, don Zacarías-
Cuando el otro enfermo, que estaba muriéndose de leucemia sangrante, vio acercarse la maligna arpa, comenzó a rechinar los dientes.
- ¡Largo de aquí con ese cacharro,- aulló con un último vivor- si me queréis ayudar de verdad desconectadme de esta puta máquina de los cojones y ponedme una inyección letal!-
- Pero don Zacarías… –
- ¡Ni don Zacarías ni hostias!-
Las enfermeras, desconcertadas, se quedaron de pie junto al enfermo gruñón. Era la primera vez que les ocurría algo así. Por regla general los enfermos, muy vulnerables debido a su precario e hipersensible estado emocional, accedían sumisos y hasta esperanzados a cualquier terapia paliativa.
Tras la ventana, un árbol gigante vomitaba sus hojas sobre el coso de una fuente.
- ¡No te jodes!-
Don Alfonso, desde la otra cama, movió la cabeza con desaprobación y con cierto aire de superioridad, como el que muestra un cura hacia un pecador irredimible.
- ¡A tomar por culo!- siguió gruñendo don Zacarías, con la voz ronca, mientras las enfermeras abandonaban la habitación con su arpa apocalíptica.
- ¡Me cago en el puta!-



 
epitafio
EPITAFIO
La verdad es que nunca regresó a Ítaca,
que perdió la guerra,
que no volvió de entre los muertos,
que sucumbió al canto de las sirenas,
que Calipso dejó de amarlo,
que Penélope lo olvidó,
que Telémaco se cansó de buscarlo,
que fue sólo un hombre más,
lleno de miedos,
lleno de dudas,
que mendigó en la tierra,
y naufragó en la mar.



 
sigues ahí

¡AH, ¿pero todavía sigues ahí?
Pero si ya todos te dieron por muerta.
Hace tiempo que dejaste de servir
ni siquiera para hacer cosquillas a la conciencia.
Pareces un coche abandonado en un desguace,
con las ruedas pinchadas y las lunas polvorientas.
Por haberte enterrado viva
disculpas a tus hijos, a tus nietos y a tus nueras.
¡Ah, de la vida!, gritas en la oscuridad,
ni tu propio eco te contesta.
Al arrullo de la tele, con el corazón resquebrajado,
conduces la papilla a la boca con mano trémula.
Es tan perra la vida, pobre vieja, tan falsa, tan mísera, tan indigna,
que menos mal que no es eterna.


 
ardes

ARDES inflamada de juventud.
Tienes forma de llama,
que prende, que enciende, que incendia, que baila,
que se hace pequeña entre mis manos,
que brota, que crece, que gime, crepita y estalla.
que todo lo incendia, que todo lo inciensa,
que todo lo alumbra, que todo lo abraza.
Llama desnuda y hermosa, rosa, roja, blanca,
que se deshace, que se dispersa, que se sucede,
que se concentra, que se vierte, que se agranda.
Llama con cara de nieve y cuerpo de fuego,
que ondula, que hierve, que arde, que envuelve,
que hiere, que besa, que ciega y que abrasa.










SAPO INMUNDO
Se sentó en un taburete al fondo de la barra. No llegaba con los pies al suelo. Estaba solo, como siempre. Nunca le había gustado estar solo, pero qué le iba a hacer, era un apestado, un paria, un monstruo al que todos odiaban y despreciaban. Y pasaran los años que pasaran siempre sería así. No era como esos malos de las películas que tanta fascinación causan en las mujeres. Él era un ser asqueroso, vomitivo y despreciable, un sapo inmundo. Lo sabía y lo asumía. Si por lo menos hubiese sido guapo, o alto, o inteligente. Tenía la impresión de que lo odiaban más debido a su decepcionante constitución física: achaparrado, más ancho que alto, patizambo, chato, con aire vulgar, con voz chillona, con cara de paleto, como si un individuo así no mereciera ser un famoso asesino psicópata.
Había pasado dieciocho años en la cárcel, más de media vida. También allí había estado solo. Nadie fue nunca a visitarlo. Le habían pegado, lo habían violado y humillado, y a veces tuvo la sensación de que lo dejaban vivir sólo para torturarlo, por pura crueldad.
No sentía remordimientos. Le hubiera gustado sentirlos porque era lo único que se podía esperar de un monstruo como él, pero qué le iba a hacer, jamás los sintió. Aunque la cara de aquella chica nunca se le quitaba de la cabeza. Aquellos ojos tan sensuales, aquel cuerpo joven y henchido que parecía brillar, resplandecer, como si tuviera luces por dentro, aquel olor dulce y salado a sangre y lágrimas.
Por cierto, ¿qué habría sido de su hija? ¿Sería tan fea y tan mala como él? Llevaba dieciocho años sin verla, ya sería una mujer, a lo mejor anda ahora por algún lugar como éste. Al principio la echaba de menos, al fin y al cabo tampoco era un animal desnaturalizado. Hasta pensó en ir a buscarla a Zorita cuando obtuviera la condicional. Pero después, ya libre, sin saber porqué de repente se le pasaron las ganas. Tal vez le daba miedo. Ahora ya casi no sentía nada, sólo reacciones reflejas, como un perro apaleado y rabioso.
Las putas, con sus culos redondos y sus tetas altas, revoloteaban entorno a los clientes, pero ninguna se acercaba a él, no porque lo conocieran, sino porque, como leonas que eran de fino olfato, olían su fracaso, su ruina de vida, su aureola de odio. Además no tenía dinero para acostarse con una. ¿Qué se sentiría al volver a estar con una mujer? Debía ser algo milagroso, curativo, un sueño inefable, algo que él no se merecía.
El camarero, con además neutro, le puso una cerveza. No es que fuera muy cervecero que digamos, pero no le alcanzaba para un wisky.
En la pasarela, entre oleadas de humo fluorescente, una rubia voluptuosa bailaba con insinuante obscenidad agarrada a la reminiscente barra de acero. Tenía unas tetas enormes y un gran culo blanco y trémulo. Parecía una escultura viva. Después, cuando acabó la música estridente, se cubrió con una bata vaporosa y se puso a limpiar la barra con ginebra. En un momento dado, estando en cuclillas, la bata se le abrió dejando ver los muslos gordos y torneados. Era más excitante así, con la bata puesta.
Bebió un trago de cerveza. Tenía los dientes podridos por tantos años de droga y pésima alimentación. Le olía mal el aliento. Su piel parecía quemada por radiactividad. Aunque se duchara cien veces, seguiría apestando a yonki.
Sin saber porqué pensó en su padre, otro desgraciado, otro deshecho humano. Pero su padre por lo menos luchó. Cuando estaba convaleciente después de la quimioterapia, su obsesión era poder subir las escaleras. Un día subía dos escalones, al siguiente tres, hasta que por fin, tras dolorosos e infructuosos intentos, consiguió llegar a la cima.
-¡Lo he conseguido, Lucianete!-
Se emocionó tanto que se puso a llorar, y en un descuido perdió el equilibrio rodando otra vez escaleras abajo. Se rompió una pierna y varias costillas. ¡Menudo capullo!
- ¡Hola, cómo te llamas, de dónde eres, es la primera vez que vienes?-
No podía creérselo. Aquella puta se estaba dirigiendo a él. La verdad es que tenía una expresión bobalicona y la cara llena de granos, rojeces y salpullidos, pero era la primera mujer que le hablaba en dieciocho años, aparte de su abogada. Ya era algo.
Le entró un tic en un ojo. Para calmarse bebió otro largo trago de cerveza. La puta se sintió ignorada y se fue. Él, en un gesto instintivo, se rascó los testículos por encima del pantalón.



 
fuego
ERES fuego. Te delata tu calor, tu forma de moverte,
de abrazarme, de consumirme, de mirarme.
Creces y quemas como el fuego, crepitas de gozo
como el fuego devorando una rama seca.
Te has propuesto seguir ardiendo
hasta haberme reducido a cenizas.
Nada te detendrá.
Tus llamas derriban muros, escalan montañas,
calcinan pastos, bailan sobre el agua.
A veces pareces apunto de apagarte
como el sol al atardecer,
y de repente estallas en lenguas que ciegan,
que envuelven, que abrasan, que besan, que muerden,
que dan la vida y que matan.






TÚ y yo sabemos que ya nada es lo mismo.
De repente te alejas dejando tu mano en mi mano
como quien deja un guante vacío.
De poco sirven las promesas, las posturas perversas
y los besos fetiches contra el olvido.
Nunca me negaste el pan y la sal de tu cuerpo,
durante muchos años no he buscado ni querido
ningún otro alimento,
pero llega un momento en que la belleza y el deseo no bastan,
no es culpa tuya ni mía,
es que la vida es así de puta, de absurda y de extraña.
Doy patadas a la puerta por donde te has marchado,
mientras entre las sábanas revueltas
los rescoldos de tu amor se van apagando.