setenta veces siete
SI me falta tu aliento me derrumbo como una marioneta,
me muero por dentro, me oscurezco, me hielo, me seco,
si me falta el fruto de tu belleza, el cobijo de tu cuerpo.
Cada noche me conecto a la savia de tus venas
para seguir viviendo.
Meto mi mano en tu carne y saco cosas vivas,
caleidoscopios de luz, manantiales de fuego.
Te acercas, me miras, me rozas, te huelo,
y sin saber cómo vuelvo a estar de pie,
y ardo, y vivo, y puedo, y crezco, y creo.
MIRO a la gente a mi alrededor
y todos parecen tener algo que yo no tengo,
como si hubieran llegado antes,
como si hubiesen entendido mejor las lecciones de la vida.
Después me miro en el espejo
y veo a un ser desgraciado y harapiento,
y la silueta de un monstruo
incrustada como un hacha en lo más profundo del cerebro.
Tropiezo en cada sombra del camino
y se me caen todas las cosas de las manos.
Para seguir adelante necesito perdonar siete veces
y setenta veces siete ser perdonado.
contra las cuerdas
CONTRA LAS CUERDAS
No voy a negar que me has herido,
son afilados los dientes de tu belleza.
Hay veces que al andar pierdo un pie por el camino,
es difícil sonreír con las tripas fuera.
Pero no me des por muerto aunque no oigas mis latidos,
estoy acostumbrado a pelear contra las cuerdas
No voy a negar que me has herido,
son afilados los dientes de tu belleza.
Hay veces que al andar pierdo un pie por el camino,
es difícil sonreír con las tripas fuera.
Pero no me des por muerto aunque no oigas mis latidos,
estoy acostumbrado a pelear contra las cuerdas
el vacío que nos sostiene
ES la vida después de la muerte,
la belleza después del desengaño.
No hay caminos pedregosos en su piel,
se deslizan los besos dejando un rastro húmedo
cuyas orillas verdecen.
Cansado de roer huesos de muerto,
bebo bajo la luna su carne viva
para seguir viviendo.
Fundido a su cuerpo
siento todavía latidos de vida
en las profundidades de la realidad.
EL VACÍO QUE NOS SOSTIENE
Olía a casa antigua, a moho, a salitre. En el baño compartido se oyó tirar de la cadena.
La vieja estiró el cuello para contemplar la fotografía colgada en la cabecera de su cama. Una joven vestida de luto, bellísima, con la expresión un poco triste, miraba lánguidamente a través de un velo de rejilla que resaltaba todavía más su belleza.
“No tuve infancia, ni juventud, un mal matrimonio y ahora esta vejez, Dios mío, ¿por qué nacería yo?” Se preguntó la vieja entre exhaustos sollozos, hablando, como solía, consigo misma.
En el patio cantaba un pajarillo y los familiares paseaban a los ancianos por el sol, lentamente, como si ayudaran a andar a mutilados de guerra. La guerra de la vida, de los años, de los trabajos y los días.
Una niña con una diadema blanca hizo una pompa de jabón con un arito de plástico que extrajo de un frasco rosa. La pompa fue creciendo irisada, esférica, liviana, perfecta, y cuando llegó al cenit de la belleza y la perfección, explotó de repente y desapareció en el aire, como si la belleza y la perfección fueran a la postre una evocación de la nada en medio del vacío que nos sostiene.
Una auxiliar entró en la habitación. Tenía cara de monja mala, de monja con la libido y el alma resecas.
- Toma la pastilla, Matea, bonita, corazón de melón- Dijo sin embargo con cordial dulzura.
La vieja, con mano trémula, se echó la pastilla a la boca y cogió el vaso de agua de la mesita de noche.
- ¿Te abro la ventana, guapetona?-
- Sí, por favor Pilar, pero cierra la puerta del baño para que no haya corriente-
Cuando la auxiliar salió, la vieja se sacó la pastilla de debajo de la lengua y con una presteza insospechada la escondió bajo el fieltro de un joyerito donde guardaba su ya inútil bisutería. En cuanto reuniera algunas pastillas más lo haría, ya pronto, como mucho otra semana, antes de acabe este mes, de una u otra forma tenía que salir de aquella cárcel, ¡libre! por fin, y que el viento lo barriera todo.
La seguridad de que su dolor ya sería breve, le insuflaba fuerzas para soportarlo, incluso le despertaba una balsámica curiosidad de sabio, de espectador distante.
En la puerta de la habitación sonaron unos nudillos, suaves y raudos. Los reconoció. Era su sobrina. Domingo, día de visita.
la belleza después del desengaño.
No hay caminos pedregosos en su piel,
se deslizan los besos dejando un rastro húmedo
cuyas orillas verdecen.
Cansado de roer huesos de muerto,
bebo bajo la luna su carne viva
para seguir viviendo.
Fundido a su cuerpo
siento todavía latidos de vida
en las profundidades de la realidad.
EL VACÍO QUE NOS SOSTIENE
Olía a casa antigua, a moho, a salitre. En el baño compartido se oyó tirar de la cadena.
La vieja estiró el cuello para contemplar la fotografía colgada en la cabecera de su cama. Una joven vestida de luto, bellísima, con la expresión un poco triste, miraba lánguidamente a través de un velo de rejilla que resaltaba todavía más su belleza.
“No tuve infancia, ni juventud, un mal matrimonio y ahora esta vejez, Dios mío, ¿por qué nacería yo?” Se preguntó la vieja entre exhaustos sollozos, hablando, como solía, consigo misma.
En el patio cantaba un pajarillo y los familiares paseaban a los ancianos por el sol, lentamente, como si ayudaran a andar a mutilados de guerra. La guerra de la vida, de los años, de los trabajos y los días.
Una niña con una diadema blanca hizo una pompa de jabón con un arito de plástico que extrajo de un frasco rosa. La pompa fue creciendo irisada, esférica, liviana, perfecta, y cuando llegó al cenit de la belleza y la perfección, explotó de repente y desapareció en el aire, como si la belleza y la perfección fueran a la postre una evocación de la nada en medio del vacío que nos sostiene.
Una auxiliar entró en la habitación. Tenía cara de monja mala, de monja con la libido y el alma resecas.
- Toma la pastilla, Matea, bonita, corazón de melón- Dijo sin embargo con cordial dulzura.
La vieja, con mano trémula, se echó la pastilla a la boca y cogió el vaso de agua de la mesita de noche.
- ¿Te abro la ventana, guapetona?-
- Sí, por favor Pilar, pero cierra la puerta del baño para que no haya corriente-
Cuando la auxiliar salió, la vieja se sacó la pastilla de debajo de la lengua y con una presteza insospechada la escondió bajo el fieltro de un joyerito donde guardaba su ya inútil bisutería. En cuanto reuniera algunas pastillas más lo haría, ya pronto, como mucho otra semana, antes de acabe este mes, de una u otra forma tenía que salir de aquella cárcel, ¡libre! por fin, y que el viento lo barriera todo.
La seguridad de que su dolor ya sería breve, le insuflaba fuerzas para soportarlo, incluso le despertaba una balsámica curiosidad de sabio, de espectador distante.
En la puerta de la habitación sonaron unos nudillos, suaves y raudos. Los reconoció. Era su sobrina. Domingo, día de visita.
como un perro
COMO UN PERRO
- Ahora acariciaros entre vosotras- Susurró con voz rasposa, tumbado en la cama en posición decúbito supina.
Había pasado mucho tiempo desde aquella foto de familia numerosa , con la madre con cara aniñada de sonrisa un poco amarga y ambigua, sosteniendo en brazos a la pequeña con su kiki en el pelo y su sonrisa de muñeca de porcelana china, los dos chicos, entre inocentes y traviesos, en la edad de cambiar los dientes, mirada de soslayo y remolino en el cogote, y él, protegiendo a todos con su corpulencia, un poco al fondo del cuadro, como que está y no está, recordando vagamente en el gesto a un toro a punto de embestir.
Pero las cosas con el tiempo fueron degenerando hasta extremos insospechados. Su mujer, por motivos tal vez justificados, coincidiendo con que él se había quedado otra vez en paro, decidió sustituirlo por otro. Un buen día nuestro héroe descubrió en el mueble-bar una botella de wisky que no era suya, y en la mesita de noche, junto al cenicero, un paquete de tabaco que no era de su marca. Señales inequívocas, como meadas territoriales, de que querían expulsarlo del clan. Al final le quedaron sólo dos caminos: matar a su mujer o repudiarla. En un último destello de inteligencia, eligió la segunda opción. Se fue a vivir con su madre, aunque era inefablemente duro ver en la puerta de su antigua casa, casa que por otro lado él seguía pagando, el coche del nuevo macho cabrío con el que ahora vivían sus hijos; le preocupaba sobre todo la pequeña, que ya iba a hacer la primera comunión y estaba creciendo muy guapa e ingenua. Pero así es la vida, complicada, sorprendente, decepcionante, terrorífica como una pesadilla que se hace realidad al despertar. Y encima él era de esa clase de personas que por costumbre fracasan en todo lo que emprenden, un corredor que nunca llega a la meta, un jugador que siempre pierde.
“Es que con Javi he descubierto el sexo” Comentó una vez su exmujer en la peluquería, refiriéndose a su nuevo amante. Fue una sentencia irrevocable, lapidaria, de esas que marcan el resto de una vida. “Pero eso no significa que no siga queriendo a Clemente, uhhh, por aquí me das unas mechas, Carmen.” Y es que a la pobre, que todo hay que decirlo, después de casi diez años de insano matrimonio, ya le resultaba insoportable ver encima de ella, durante el acto sexual, aquella cara cuadrada de bruto, con una oreja mucho más grande que la otra moviéndose como la de un podenco a cada sacudida, y sobre todo aquella maldita verruga debajo del ojo izquierdo, a la que era imposible no dirigir la mirada, experimentando una nauseabunda sensación de asco. Si por lo menos no hubiese existido aquella verruga asquerosa...
Clemente Modesto Siervo, alias el maño, cincuenta años, pintor de brocha gorda, parado de larga duración, putero, alcohólico, obeso mórbido, iracundo e insociable.
Aquel día, como había cobrado el paro, decidió darse un homenaje, como vulgarmente se dice. Así que, tras tomar en el bar de la esquina un par de copas de coñac para insuflarse valor y dos pastillas de esas azules para recuperar el vigor perdido con el cansancio de la edad y las penas, se dirigió con decisión a una casa de putas que solía frecuentar, anunciada en el portal con un botoncito rojo junto a un cartelito que ponía Lorena, en un edificio cochambroso justo detrás del antiguo hospital de locos de Bétera.
Eligió para hacer un dúplex a dos muchachitas morenas de piel muy blanca y cuerpos voluptuosos. Una era alta, de grandes pechos, ojos vivos algo rasgados y melena rizada. La otra era más bien bajita, algo gordita, de culo grande, ojos inocentes y pechos firmes, perfectos, de sonrisa también perfecta.
Sumisas, complacientes, estaban satisfaciendo todas sus fantasías, que iban desde el fetichismo al voyerismo, pasando por el lesbianismo y la disciplina inglesa, mientras en la calle llovía sobre las sucias fachadas de los edificios, sobre los cierres metálicos de los comercios quebrados y sobre los toldos desgarrados de las terrazas, y las madres jóvenes, bajo un multicolor entoldado de paraguas, iban a recoger a los niños al colegio.
Todo era placentero y vivificante, como una orgía en el infierno, hasta que de repente, cerca ya del cenit, mientras montaba a la gordita y besaba en el cuello a la de las tetas grandes, el corazón le reventó. Murió súbitamente haciendo el amor, por fin algo de suerte al final de su desgraciada vida.
Las putas cambiaron su dulce expresión de muñeca hinchable por una mueca de fastidio y preocupación. Parecían más viejas, más feas, más reales, como demonios desenmascarados.
- ¡Se ha muerto, el cabrón, maldito hijo de puta, yo me largo de aquí, que le den por el culo al hijo puta este!- Exclamó una de ellas con filantrópica compasión femenina.
La otra puta ya estaba gritando pidiendo socorro con la puerta abierta. Llegó la madame, una sudamericana muy negra y flemática, seca por dentro y por fuera como un teutón, con ojos pequeños y malévolos, acompañada por el resto de chicas semidesnudas, que rodearon al cadáver como una manada de hienas inquietas.
- ¡Chucha, tenemos que deshacernos de este mamón!- Decidió la madame tras un breve cónclave con sus pupilas.
Cerraron la habitación y esperaron a que llegara la noche. En la penumbra, el muerto, tumbado en la cama sobre las sábanas revueltas, desnudo como un orangután, como un orondo cristo yacente, rodeado de mugre y marginalidad, con trozos de papel higiénico por el suelo junto al bidé, y una miscelánea de olores, de sudor, de sexo, de lejía y de muerte, parecía esperar confiado la resurrección.
Ya de madrugada, las putas volvieron a entrar, y en medio de un sigilo clandestino, lo vistieron y lo sacaron casi a rastras de la casa, entre todas, jadeantes, una tirando de un brazo, otra de una pierna, otra sin poder contener la risa nerviosa. Lo bajaron en el ascensor y lo sacaron a la calle dejándolo tirado en la acera, bajo un luminoso fundido que anunciaba una panadería, junto a una vieja vespa desguazada encadenada a un árbol seco. Acto seguido huyeron corriendo como ratas sorprendidas por la luz. En verdad que resultaba un cuadro curioso y a la vez macabro ver a aquella manada de putas dispersándose bajo la lluvia, como una bandada de grajos, amparadas en las sombras de la noche, chirriando como las brujas de Matchbec, con el rimen corrido y los tacones reverberando en la soledad de la madrugada.
La lluvia producía un sonido triste sobre el asfalto y fue empapando el cuerpo mórbido del muerto, abandonado como un perro de la calle que ha sido atropellado por el camión de la basura.
Como durante toda su vida, también de muerto lo seguía acompañando el silencio y la oscuridad. Pero ahora ya no parecía importarle mucho.
nido abandonado
SED DE FUEGO
Y cuando menos lo espero
caes sobre mí como un rayo,
como una lluvia de fuego,
como una lengua de lava,
prendiéndome fuego, incendiándome,
abrasándome en llamas,
despedazándome en mil pedazos,
encendiéndome, cegándome, confundiéndome,
excitándome, emborrachándome, envenenándome,
ahogándome, quemándome vivo,
devolviéndome a la vida
tu ardiente y fresca belleza,
tu tierna voluptuosidad de hembra clara,
matándome de lujuria, de sed de tu carne viva,
de fiebre de tu cuerpo henchido,
de hambre demente de tu sangre joven,
de deseo rabioso de tu sexo hirviente,
poblando mi insomnio de ansias devastadoras,
de fantasmas transgresores,
de violencia salvaje, de pasión desesperada.
Es tu hermosura inocente
una tortura a hierro candente
que jamás se acaba!
PERO ¿POR QUÉ?
Mientras se limpiaba en el bordillo una mierda que había pisado, con el corazón encogido esperaba la respuesta como quien espera la sentencia de un juez.
- No Dani- Le respondió ella subiéndose al coche. Al sentarse en el asiento de terciopelo, el vestido corto se le subió hasta los muslos, aquellos muslos jóvenes y voluptuosos que él había disfrutado hasta la saciedad cada noche durante cinco años- ¡bueno, hasta la saciedad nunca!- y que ahora por el contrario se habían convertido para él en una fruta prohibida del árbol de la vida.
- Pero ¿por qué, cari?-
Paola no contestó, y aquel silencio lo hirió como una navaja afilada, lo hirió más que cualquier insulto, más que cualquier palabra de odio.
Ella seguía siendo tan niña, tan ingenua, tan hermosa, una presa fácil para buitres y perros viejos. Seguramente ya habría sido seducida en la residencia por algún compañero de trabajo farsante y embaucador, o por su propio jefe, con ese aspecto de anciano venerable, aunque le sacara más de cuarenta años. Cierto es que Paola, a pesar de ser preciosa con esa carita de virgen inocente y ese cuerpo de rotunda sensualidad, siempre había sido una muchacha tímida y pudorosa, incluso en la cama al principio, hasta que sin querer dejaba de serlo y entonces...
- Dime algo, cari...anda, dame otra oportunidad-
Aquellas últimas palabras de claudicación sonaron un poco ridículas, como las de un galán atildado al que, mientras se está declarando a su amada, se le escapa un pedo.
¡Qué hermosa era! Su deseo por ella era más fuerte que el hambre, que la sed y la fatiga, más convincente que la razón, más virulento que el amor, más doloroso que el dolor, más obsesivo que el instinto de conservación. Paola ocupaba su pensamiento, densa, voluptuosa, llenándolo todo, como una encarnación sacramental de la lujuria.
- En agosto me van a dar otra vez trabajo en Mercamadrid, te lo juro, cari, me lo dijo ayer Goyo- Añadió introduciendo un poco la cabeza por la ventanilla.
Paola, con sus labios rojos y carnosos, compuso una mueca de asco irreprimible. Aunque hacía ya más de un años que Dani había perdido su trabajo de pescadero, seguía oliendo vagamente a pescado podrido, un tufo insoportable y pertinaz, como el que vomita una fábrica de comida para perros. Y además era tan feo...Bueno, eso no le importaba mucho, la verdad sea dicha, en realidad le gustaban los feos, poseían un aire de desamparo y marginalidad que la excitaban mucho, le gustaban los feos, los negros, los albinos, los ancianos, los deformes, los enanos, incluso los calvos y obesos. Aunque puesta a elegir, por supuesto, se quedaba con Brad Pitt, que todo hay que decirlo.
- No, Dani, no es eso, ya no, se acabó, no insistas más-
Dani comprendía tarde que cuando una mujer dice que no es no, un no de acero, de hormigón armado, un no sin fisuras, sin titubeos, firme como una sentencia que no admite recurso, un no que mira hacia delante, que no vuelve jamás la vista atrás, un no lleno de futuro y heroísmo.
Dani pensó con infinita angustia que ella estaba hecha de luz y él de barro, ella era la vida y él voluntad de muerte, ella lo era todo y él no era nada, ella era preciosa y él absolutamente feo, ella era joven y él ya casi viejo, ella tenía el poder de la belleza, de la simpatía, de la fuerza seductora de la feminidad, mientras a él se le había acabado todo, hasta el paro. Sintió que su vida era una calle provinciana sumida en la niebla, deshabitada, bajo la penumbra de las farolas, con las campanas de las monjas llamando a misa.
Paola lo miró con tristeza, como se mira a un perro que ha sido atropellado por un coche. Dani tenía cara de alpargata, cara de caricatura, en el barrio lo conocían por el feo, y no es que sus colegas del bar, gordos, embrutecidos, cetrinos, fueran muy guapos que digamos.
- No te vayas, cari, me muero si te vas-
Ella empezaba a cansarse de tanta súplica babosa, se sentía decepcionada, había esperado de él más orgullo, violencia incluso, pero aquella mueca de payaso triste y aquel hilo de voz chillona y trémula de plañidera mercenaria, le producía asco, el asco animal que siente la hembra por el macho incapacitado.
No se lo dijo así para no herirlo.
- No puedo más, Dani, te di muchas oportunidades (te di, no había vuelta atrás, si hubiese dicho te he dado aún podría quedar algún resquicio de esperanza, pero aquella forma de utilizar los verbos en pretérito perfecto, resultaba inexorable) – todo lo hacía yo, siempre yo, como si tú no tuvieras cojones para enfrentarte a la vida, ya estaba cansada-
- ¿Y qué culpa tengo yo de no encontrar trabajo, de tener siempre tan mala suerte, de que todo me salga mal, yo no tengo un jefe que me quiera como a ti el tuyo, él sí que tiene cojones ¿verdá? –
- No empieces, Dani, mi vida a ti ya no te pertenece –
Dani de repente se sintió muy cansado, cansado de conjurar fantasmas, cansado del miedo, de los celos, de luchar día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo para conquistar un centímetro de tierra enemiga y perderla toda en un instante, la vida requiere una constante atención, dormir con un ojo abierto como las liebres para no perder el trabajo, para que otro no te robe la mujer, para ganar el pan y el amor.
Desde la terraza de un piso se oyó a un pájaro exótico cuyo canto parecía el timbre de un teléfono.
- Dani, no te tortures, - lo animó con compasiva crueldad- sigue adelante con tu vida, ¡ah!, y por cierto, nunca me gustó que me llamases cari-
Y aceleró torciendo la esquina, con ese mismo coche pequeño de color turquesa con su bollo en el lateral izquierdo, por ese mismo camino, por ese mismo trozo de calzada que tomaba cada mañana para irse a trabajar, sólo que esta vez (todo resultaba irreal como una pesadilla), no regresaría ya nunca.
Toda aquella belleza, toda aquella dulzura, todo aquel erotismo, ese olor a pasión y a ternura, un poco a niña pequeña, ese tono de voz argentino y sensual, esa presencia cálida y fresca que llenaba todos los rincones de la soledad, esos ojos grandes y radiantes, ese pelo largo y bruñido, esos labios rojos, esa carne ardiente, esas manos pequeñas, esa piel tan blanca, esas caderas anchas, esos pechos firmes que tremolaban como banderas de amor, ese cuerpo prieto, esa manera ingenua y a la vez felina de reclamar sexo, ese abandono total, entre tierno y demente, ese milagro de su carne con cuya savia perenne en adelante bendeciría a otro...
¡ Dios, era insoportable! Sintió una sed de fuego abrasándole la garganta. Dio unos pasos hacia atrás como un autómata y volvió a pisar la misma mierda que se había limpiado antes en el bordillo.
Una vecina patizamba, con el pelo abultado de un lado y aplastado de otro, salió de un portal a pasear a un perrito insignificante que se meaba en cada farola.
- Buenos días, Dani- Lo saludó con voz un poco gangosa.
Dani no contestó. No podía hablar, no podía moverse, como si hubiera entrado en trance cataléptico. ¿Saldría alguna vez de aquel infierno dantesco?
Se oyeron los cierres, subiéndose, de la papelería. El sol lamía con una lengua de luz suave la fachada de los edificios.
- ¿Pero por qué?- Balbuceó finalmente dirigiéndose a la nada.
Comprendió de repente que la muerte es perder lo que más se quiere. Y que quien se cree en posesión de otra persona, vive en realidad poseído por ella.
NO sabe contar hasta diez,
pero cuando empieza a llover
y todos salen corriendo,
ella permanece a tu lado
si tú no puedes correr.
No es más ni menos que nadie,
quizás un poco más humana, más cercana,
con un desarrollado sentido del amor y la amistad.
Sus actos son sencillos, concienzudos,
en sus limitaciones busca siempre la perfección.
Carece de picardía,
porque no es un pícaro de esos al uso
llenos de maldad y estupidez,
sino una muchacha con la mente pequeña
y el corazón grande,
que quiere y quiere hacerse querer.
-
ANDA, recoge tus cosas, tu ropa, tus libros,
hay un taxi esperándote en la puerta
que te llevará a un país desconocido.
No olvides los guantes de boxeo,
ni tu colonia, ni el molino de viento
que te hizo tu hija por el día del padre.
Recoge todos tus recuerdos
y mételos en esa bolsa de basura,
es grande y caben todos los fracasos.
No agaches la cabeza, hombre,
después de tantas guerras perdidas
deberías estar acostumbrado.
¿Todavía sigues pensando que la vida
es aquella aventura novelesca?
Mira a esas niñas pequeñas,
me parece que esconden tu corazón
debajo de ese cojín junto al que están sentadas.
Anda, vete ya, no alargues más la agonía,
se te van a helar los huesos si sigues ahí plantado
en el umbral con la puerta abierta.
Ese rastro de sangre que dejas
después costará limpiarlo.
En la calle el sol ya está saliendo de nuevo,
como si aquí nada hubiera pasado.
¡DEJADME EN PAZ!
- ¡Serafín! ¡Serafín!- gritó a través del cristal roto de la ventana una mujeruca con la cabeza coronada por una especie de peluca barroca y casposa de color calabaza- ¡Serafín, abre, hermoso, somos la Madre Coraje!-
En el interior de la casa, entre escombros, trastos viejos y basura amontonada, un hombrecillo con una gorra visera de una marca de fertilizantes, dormía tirado en el suelo.
-¡Serafín! ¡Serafín!-
En la plaza, dos viejos con boinas raídas jugaban a meter la moneda en la rana. Un niño que parecía moro, rapado casi al cero y con un flequillo de visera, observaba el juego como si no existiera otra cosa en el mundo, y contorsionando el cuerpo para ayudar a la moneda a entrar, exclamaba ¡uyyyy! cuando la moneda pasaba rozando la boca de la rana.
- ¡Serafín! ¡Serafín!-
Dos muchachos con aspecto de macarrillas, que llegaron haciendo ruido en una moto, se acercaron a un banco de madera envejecida tatuada con multitud de iniciales, donde una chica con gafas, dientes prominentes y expresión bobalicona de novicia, leía un libro sentada al sol.
- ¡Hola, Ana!- la saludaron cariñosamente.
- ¿Qué has comido?- Le preguntó uno de ellos con un lejano matiz de ironía.
- Nada, ¿por qué?- Dijo la chica mirándolos con timidez a través de sus gafas de aumento.
- Porque tienes azúcar en la boca-
La muchacha se puso colorada y, angustiada, se limpió con la manga la comisura de los labios.
-¡Serafín! ¡Serafín!-
-¡Dejadme en paz!- Gruñó por fin el durmiente, removiéndose entre la basura y las botellas vacías de wisky Dick.
- ¡Te vamos a llevar a un sitio donde vas a estar mejor, Serafín!-
- ¡Yo no me voy a ningún sitio, cojones, yo sólo quiero que me dejen en paz!-
- Es que es un etílico crónico ¿sabes?,- comentó a quien quisiera oírla una vecina que se parecía a Olivia, la novia de Popeye- nada, hija, to to todos los días la misma historia, tengo que fregar la puerta con zotal del mal olor que sale de ahí dentro, ¿eh?, ¡qué dices!, peor huele la mierda, leñe, lo sa jodío, mira, un día salieron hasta cinco ratas, ¡cinco! (mostró los dedos de una mano), fueron juntas hasta los contenedores de basura y después volvieron a entrar por la ventana, esta situación no se se puede soportar ya más, leñe, uhhhh, y el caso es que antes era un buen hombre, el Serafín este de los cojones, pero cuando perdió el trabajo, creo que era representante de colchones Lo Mónaco o comercial de cafés o algo así, y la mujer lo abandonó llevándose a la niña, se hundió por completo en la ciénaga de la bebida y las mujeres malas, y en en encima a su madre se la encontró muerta una noche que volvía borracho del puticlub, tirada en el suelo por un ictus que le dio a la pobre y con el gato allí lamiendo el cadáver, se debió de sentir culpable, desde entonces ya ni siquiera es un hombre, leñe, es una piltrafa, un arangután, algunas veces hasta se le oye rugir como un animal-
- ¡Serafín! ¡Serafín!-
Una muchacha de cara aniñada y cuerpo voluptuoso, que pasaba por la calle empujando una carretilla, se quedó mirando la escena con sus ojos grandes y hermosos.
-¡Vamos, Serafín, hijo, ábrenos la puerta!-
Serafín se tapó con una manta mugrienta y dándose la vuelta intentó seguir durmiendo entre la basura de la que ya formaba parte. Eran sólo las doce del medio día. ¿Qué hacía toda aquella gente levantada tan temprano? Madrugan na más que pa tocame los cojones a mí, pa vivir así es mejor estar muerto ¡joder!, grrrrr....pffff....grrrrrr....pffffff.....
- ¡Serafín! ¡Serafín!....¡¡Serafíííín!!!-
Un avión surcó el cielo sobre la plaza, dejando una estela de humo que se fue desvaneciendo como la ilusión en el corazón humano.
NO sé porqué hoy me acuerdo de ti.
La vida te alejó de mí
igual que el tiempo va alejando los recuerdos.
Por aquel entonces éramos puros,
estábamos vivos, éramos crédulos.
Nos alimentábamos de calor humano
y dábamos nuestro reino por un beso.
Me pregunto si tú también habrás envejecido,
si el ocaso habrá apagado la luz de tus ojos,
si en tus ramas los pájaros
habrán abandonado ya el nido,
si tu belleza se habrá marchitado,
si queda algo de mí
en los anaqueles de tu corazón,
si estás viva, si estás muerta,
si merecieron la pena
todas aquellas palabras de amor.
dejadme en paz
¡DEJADME EN PAZ!
- ¡Serafín! ¡Serafín!- gritó a través del cristal roto de la ventana una mujeruca con la cabeza coronada por una especie de peluca barroca y casposa de color calabaza- ¡Serafín, abre, hermoso, somos la Madre Coraje!-
En el interior de la casa, entre escombros, trastos viejos y basura amontonada, un hombrecillo con una gorra visera de una marca de fertilizantes, dormía tirado en el suelo.
-¡Serafín! ¡Serafín!-
En la plaza, dos viejos con boinas raídas jugaban a meter la moneda en la rana. Un niño que parecía moro, rapado casi al cero y con un flequillo de visera, observaba el juego como si no existiera otra cosa en el mundo, y contorsionando el cuerpo para ayudar a la moneda a entrar, exclamaba ¡uyyyy! cuando la moneda pasaba rozando la boca de la rana.
- ¡Serafín! ¡Serafín!-
Dos muchachos con aspecto de macarrillas, que llegaron haciendo ruido en una moto, se acercaron a un banco de madera envejecida tatuada con multitud de iniciales, donde una chica con gafas, dientes prominentes y expresión bobalicona de novicia, leía un libro sentada al sol.
- ¡Hola, Ana!- la saludaron cariñosamente.
- ¿Qué has comido?- Le preguntó uno de ellos con un lejano matiz de ironía.
- Nada, ¿por qué?- Dijo la chica mirándolos con timidez a través de sus gafas de aumento.
- Porque tienes azúcar en la boca-
La muchacha se puso colorada y, angustiada, se limpió con la manga la comisura de los labios.
-¡Serafín! ¡Serafín!-
-¡Dejadme en paz!- Gruñó por fin el durmiente, removiéndose entre la basura y las botellas vacías de wisky Dick.
- ¡Te vamos a llevar a un sitio donde vas a estar mejor, Serafín!-
- ¡Yo no me voy a ningún sitio, cojones, yo sólo quiero que me dejen en paz!-
- Es que es un etílico crónico ¿sabes?,- comentó a quien quisiera oírla una vecina que se parecía a Olivia, la novia de Popeye- nada, hija, to to todos los días la misma historia, tengo que fregar la puerta con zotal del mal olor que sale de ahí dentro, ¿eh?, ¡qué dices!, peor huele la mierda, leñe, lo sa jodío, mira, un día salieron hasta cinco ratas, ¡cinco! (mostró los dedos de una mano), fueron juntas hasta los contenedores de basura y después volvieron a entrar por la ventana, esta situación no se se puede soportar ya más, leñe, uhhhh, y el caso es que antes era un buen hombre, el Serafín este de los cojones, pero cuando perdió el trabajo, creo que era representante de colchones Lo Mónaco o comercial de cafés o algo así, y la mujer lo abandonó llevándose a la niña, se hundió por completo en la ciénaga de la bebida y las mujeres malas, y en en encima a su madre se la encontró muerta una noche que volvía borracho del puticlub, tirada en el suelo por un ictus que le dio a la pobre y con el gato allí lamiendo el cadáver, se debió de sentir culpable, desde entonces ya ni siquiera es un hombre, leñe, es una piltrafa, un arangután, algunas veces hasta se le oye rugir como un animal-
- ¡Serafín! ¡Serafín!-
Una muchacha de cara aniñada y cuerpo voluptuoso, que pasaba por la calle empujando una carretilla, se quedó mirando la escena con sus ojos grandes y hermosos.
-¡Vamos, Serafín, hijo, ábrenos la puerta!-
Serafín se tapó con una manta mugrienta y dándose la vuelta intentó seguir durmiendo entre la basura de la que ya formaba parte. Eran sólo las doce del medio día. ¿Qué hacía toda aquella gente levantada tan temprano? Madrugan na más que pa tocame los cojones a mí, pa vivir así es mejor estar muerto ¡joder!, grrrrr....pffff....grrrrrr....pffffff.....
- ¡Serafín! ¡Serafín!....¡¡Serafíííín!!!-
Un avión surcó el cielo sobre la plaza, dejando una estela de humo que se fue desvaneciendo como la ilusión en el corazón humano.
como si nada hubiera pasado
NO sabe contar hasta diez,
pero cuando empieza a llover
y todos salen corriendo,
ella permanece a tu lado
si tú no puedes correr.
No es más ni menos que nadie,
quizás un poco más humana, más cercana,
con un desarrollado sentido del amor y la amistad.
Sus actos son sencillos, concienzudos,
en sus limitaciones busca siempre la perfección.
Carece de picardía,
porque no es un pícaro de esos al uso
llenos de maldad y estupidez,
sino una muchacha con la mente pequeña
y el corazón grande,
que quiere y quiere hacerse querer.
-
ANDA, recoge tus cosas, tu ropa, tus libros,
hay un taxi esperándote en la puerta
que te llevará a un país desconocido.
No olvides los guantes de boxeo,
ni tu colonia, ni el molino de viento
que te hizo tu hija por el día del padre.
Recoge todos tus recuerdos
y mételos en esa bolsa de basura,
es grande y caben todos los fracasos.
No agaches la cabeza, hombre,
después de tantas guerras perdidas
deberías estar acostumbrado.
¿Todavía sigues pensando que la vida
es aquella aventura novelesca?
Mira a esas niñas pequeñas,
me parece que esconden tu corazón
debajo de ese cojín junto al que están sentadas.
Anda, vete ya, no alargues más la agonía,
se te van a helar los huesos si sigues ahí plantado
en el umbral con la puerta abierta.
Ese rastro de sangre que dejas
después costará limpiarlo.
En la calle el sol ya está saliendo de nuevo,
como si aquí nada hubiera pasado.
pero ¿por qué?
SED DE FUEGO
Y cuando menos lo espero
caes sobre mí como un rayo,
como una lluvia de fuego,
como una lengua de lava,
prendiéndome fuego, incendiándome,
abrasándome en llamas,
despedazándome en mil pedazos,
encendiéndome, cegándome, confundiéndome,
excitándome, envenenándome,
ahogándome, quemándome vivo,
devolviéndome a la vida
tu ardiente y fresca belleza,
tu tierna voluptuosidad de hembra clara,
matándome de lujuria, de sed de tu carne viva,
de fiebre de tu cuerpo henchido,
de hambre demente de tu sangre joven,
de deseo rabioso de tu sexo hirviente,
poblando mi insomnio de ansias devastadoras,
de fantasmas transgresores,
de violencia salvaje, de pasión desesperada.
Es tu hermosura inocente
una tortura a hierro candente
que jamás se acaba!
PERO ¿POR QUÉ?
Mientras se limpiaba en el bordillo una mierda que había pisado, con el corazón encogido esperaba la respuesta como quien espera la sentencia de un juez.
- No Dani- Le respondió ella subiéndose al coche. Al sentarse en el asiento de terciopelo, el vestido corto se le subió hasta los muslos, aquellos muslos jóvenes y voluptuosos que él había disfrutado hasta la saciedad cada noche durante cinco años- ¡bueno, hasta la saciedad nunca!- y que ahora por el contrario se habían convertido para él en una fruta prohibida del árbol de la vida.
- Pero ¿por qué, cari?-
Paola no contestó, y aquel silencio lo hirió como una navaja afilada, lo hirió más que cualquier insulto, más que cualquier palabra de odio.
Ella seguía siendo tan niña, tan ingenua, tan hermosa, una presa fácil para buitres y perros viejos. Seguramente ya habría sido seducida en la residencia por algún compañero de trabajo farsante y embaucador, o por su propio jefe, con ese aspecto de anciano venerable, aunque le sacara más de cuarenta años. Cierto es que Paola, a pesar de ser preciosa con esa carita de virgen inocente y ese cuerpo de rotunda sensualidad, siempre había sido una muchacha tímida y pudorosa, incluso en la cama al principio, hasta que sin querer dejaba de serlo y entonces...
- Dime algo, cari...anda, dame otra oportunidad-
Aquellas últimas palabras de claudicación sonaron un poco ridículas, como las de un galán atildado al que, mientras se está declarando a su amada, se le escapa un pedo.
¡Qué hermosa era! Su deseo por ella era más fuerte que el hambre, que la sed y la fatiga, más convincente que la razón, más virulento que el amor, más doloroso que el dolor, más obsesivo que el instinto de conservación. Paola ocupaba su pensamiento, densa, voluptuosa, llenándolo todo, como una encarnación sacramental de la lujuria.
- En agosto me van a dar otra vez trabajo en Mercamadrid, te lo juro, cari, me lo dijo ayer Goyo- Añadió introduciendo un poco la cabeza por la ventanilla.
Paola, con sus labios rojos y carnosos, compuso una mueca de asco irreprimible. Aunque hacía ya más de un años que Dani había perdido su trabajo de pescadero, seguía oliendo vagamente a pescado podrido, un tufo insoportable y pertinaz, como el que vomita una fábrica de comida para perros. Y además era tan feo...Bueno, eso no le importaba mucho, la verdad sea dicha, en realidad le gustaban los feos, poseían un aire de desamparo y marginalidad que la excitaban mucho, le gustaban los feos, los negros, los albinos, los ancianos, los deformes, los enanos, incluso los calvos y obesos. Aunque puesta a elegir, por supuesto, se quedaba con Brad Pitt, que todo hay que decirlo.
- No, Dani, no es eso, ya no, se acabó, no insistas más-
Dani comprendía tarde que cuando una mujer dice que no es no, un no de acero, de hormigón armado, un no sin fisuras, sin titubeos, firme como una sentencia que no admite recurso, un no que mira hacia delante, que no vuelve jamás la vista atrás, un no lleno de futuro y heroísmo.
Dani pensó con infinita angustia que ella estaba hecha de luz y él de barro, ella era la vida y él voluntad de muerte, ella lo era todo y él no era nada, ella era preciosa y él absolutamente feo, ella era joven y él ya casi viejo, ella tenía el poder de la belleza, de la simpatía, de la fuerza seductora de la feminidad, mientras a él se le había acabado todo, hasta el paro. Sintió que su vida era una calle provinciana sumida en la niebla, deshabitada, bajo la penumbra de las farolas, con las campanas de las monjas llamando a misa.
Paola lo miró con tristeza, como se mira a un perro que ha sido atropellado por un coche. Dani tenía cara de alpargata, cara de caricatura, en el barrio lo conocían por el feo, y no es que sus colegas del bar, gordos, embrutecidos, cetrinos, fueran muy guapos que digamos.
- No te vayas, cari, me muero si te vas-
Ella empezaba a cansarse de tanta súplica babosa, se sentía decepcionada, había esperado de él más orgullo, violencia incluso, pero aquella mueca de payaso triste y aquel hilo de voz chillona y trémula de plañidera mercenaria, le producía asco, el asco animal que siente la hembra por el macho incapacitado.
No se lo dijo así para no herirlo.
- No puedo más, Dani, te di muchas oportunidades (te di, no había vuelta atrás, si hubiese dicho te he dado aún podría quedar algún resquicio de esperanza, pero aquella forma de utilizar los verbos en pretérito perfecto, resultaba inexorable) – todo lo hacía yo, siempre yo, como si tú no tuvieras cojones para enfrentarte a la vida, ya estaba cansada-
- ¿Y qué culpa tengo yo de no encontrar trabajo, de tener siempre tan mala suerte, de que todo me salga mal, yo no tengo un jefe que me quiera como a ti el tuyo, él sí que tiene cojones ¿verdá? –
- No empieces, Dani, mi vida a ti ya no te pertenece –
Dani de repente se sintió muy cansado, cansado de conjurar fantasmas, cansado del miedo, de los celos, de luchar día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo para conquistar un centímetro de tierra enemiga y perderla toda en un instante, la vida requiere una constante atención, dormir con un ojo abierto como las liebres para no perder el trabajo, para que otro no te robe la mujer, para ganar el pan y el amor.
Desde la terraza de un piso se oyó a un pájaro exótico cuyo canto parecía el timbre de un teléfono.
- Dani, no te tortures, - lo animó con compasiva crueldad- sigue adelante con tu vida, ¡ah!, y por cierto, nunca me gustó que me llamases cari-
Y aceleró torciendo la esquina, con ese mismo coche pequeño de color turquesa con su bollo en el lateral izquierdo, por ese mismo camino, por ese mismo trozo de calzada que tomaba cada mañana para irse a trabajar, sólo que esta vez (todo resultaba irreal como una pesadilla), no regresaría ya nunca.
Toda aquella belleza, toda aquella dulzura, todo aquel erotismo, ese olor a pasión y a ternura, un poco a niña pequeña, ese tono de voz argentino y sensual, esa presencia cálida y fresca que llenaba todos los rincones de la soledad, esos ojos grandes y radiantes, ese pelo largo y bruñido, esos labios rojos, esa carne ardiente, esas manos pequeñas, esa piel tan blanca, esas caderas anchas, esos pechos firmes que tremolaban como banderas de amor, ese cuerpo prieto, esa manera ingenua y a la vez felina de reclamar sexo, ese abandono total, entre tierno y demente, ese milagro de su carne con cuya savia perenne en adelante bendeciría a otro...
¡ Dios, era insoportable! Sintió una sed de fuego abrasándole la garganta. Dio unos pasos hacia atrás como un autómata y volvió a pisar la misma mierda que se había limpiado antes en el bordillo.
Una vecina patizamba, con el pelo abultado de un lado y aplastado de otro, salió de un portal a pasear a un perrito insignificante que se meaba en cada farola.
- Buenos días, Dani- Lo saludó con voz un poco gangosa.
Dani no contestó. No podía hablar, no podía moverse, como si hubiera entrado en trance cataléptico. ¿Saldría alguna vez de aquel infierno dantesco?
Se oyeron los cierres, subiéndose, de la papelería. El sol lamía con una lengua de luz suave la fachada de los edificios.
- ¿Pero por qué?- Balbuceó finalmente dirigiéndose a la nada.
Comprendió de repente que la muerte es perder lo que más se quiere. Y que quien se cree en posesión de otra persona, vive en realidad poseído por ella.
hembra clara
SED DE FUEGO
Y cuando menos lo espero
caes sobre mí como un rayo,
prendiéndome fuego, incendiándome, abrasándome,
destrozándome en mil pedazos,
encendiéndome, cegándome, confundiéndome,
excitándome, envenenándome,
ahogándome, quemándome vivo,
devolviéndome a la vida
con tu ardiente y fresca belleza,
con tu tierna voluptuosidad de hembra clara,
matándome de lujuria, de sed de tu carne viva,
de fiebre de tu cuerpo henchido,
de hambre demente de tu sangre joven,
de deseo rabioso de tu sexo hirviente,
poblando mi insomnio de ansias devastadoras,
de fantasmas transgresores,
de violencia salvaje, de pasión desesperada.
Es tu hermosura inocente
una tortura a hierro candente
que jamás se acaba!
salsa
¡¡SALSA!!
“¡Siempre estoy pensando en ti, lo bonita que tú eres, con tu suave y linda piel, la reina de las mujeres!”
Encarnita bailaba al son de la música estridente. Concentrada, muy seria, con cara de asombro, como si se le hubiera aparecido la virgen en lo alto de un almendro, la prez altiva, un ojo en blanco, el otro muy abierto y bizqueando ostensiblemente. Dio un paso corto hacia delante, luego otro muy rápido apoyada en la punta de los pies, parecía el Chiquito de la Calzada contando chistes, de repente se detuvo, puso las manos en jarras y movió las caderas como un pato que se sacude las plumas.
- ¡Muy bien, Encarnita, que bien lo baila usté, a ver ese ritmo!- La animó con voz cantarina su profesor, un negro cubano que trabaja de portamaletas en el aeropuerto de Barajas.
“¡Falda de cuadros, mochila asul, cabello risado, esa eres tú!”
Encarnita echó el cuerpo hacia delante como si se dispusiera a vomitar. A continuación se incorporó con la elasticidad de un mimo y caminó hacia atrás como si se asustara de algo. Y otra vez hacia delante, mirando al vacío, con una expresión de máxima concentración, un poco trágica, el pelo lacio, la barbilla de bruja, el cuello hercúleo, el cuerpo achaparrado, las manos inertes en los costados, de repente un giro, otro, otro, otro, se anima tanto que no para de girar, hasta que se marea y cruza las piernas como una marioneta descoyuntada, para no caerse se apoya en una compañera muy gorda a la que le falta un pecho.
-Uy, me da vueltas to, je je je, je je je, qué tonta estoy-
“ ¡Baila conmigo porque bailar me provoca….
Encarnita fue a sentarse en una silla. Fuera, tras la ventana, el mundo giraba como una rueda que se ha salido de su eje y se dirige loca hacia un destino fatal.
Encarnita olía a sudor, un olor picante como a guindillas fritas con aceite requemado. Tras descansar un instante se incorporó de nuevo y con bríos renovados siguió bailando la salsa, chocando con las compañeras como si se tratara de un baile de sonámbulos.
“¡Cuando la luna se asoma dame un besito en la boca!”
-¡Pa pa, paparabara! ¡Salsa, salsa! ¡Viva la salsa!-
tus armas
TUS armas son mucho más poderosas.
Tienes la belleza, tienes la juventud,
tiene ese aura de fruta al sol,
esa intuición de algo perfecto, incólume, libre,
contra la que nada puede esta espada de madera
forjada con palabras de insatisfacción.
Empiezo a cansarme de luchar por ti,
no me lo reproches,
porque es como caminar hacia una montaña nevada
que a cada paso se aleja.
De repente un gesto tuyo,
lleno de gracia, lleno de luz, lleno de vida,
me derriba de una lanzada del caballo de mi soberbia
y me hace rodar herido por el polvo
mezclándose mi sangre con la tierra.
A tu lado me siento mudo y ciego,
y hasta el agua fresca que me das de beber
me hierve en la garganta, me arde, me abrasa,
me ahoga y me quema.
sed de fuego
SED DE FUEGO
Resplandeces como el sol
rompiendo la oscuridad de la noche.
Te viertes en una lluvia de luz
que inunda todos los rincones.
Se hincha la fruta en los árboles
y el polen fecunda las flores.
Mis raíces resecas buscan tu sangre con demencia,
con sed de vida, con sed de luz,
con sed de tu fuego.
La vida necesita tu calor
para seguir viviendo.
UN PASEO POR PARLA
Cómo ha cambiado todo esto desde entonces, aunque probablemente en el fondo todo sigue siendo igual mientras no cambie el corazón humano. Un alcalde populista les puso un tranvía que inundó el pueblo de semáforos y calles prohibidas, provocando constantes atascos y despistes en los conductores, pero no importa, ellos están contentos y agradecidos porque tienen su tranvía, su símbolo de distinción.
También han construido un hospital, un centro comercial y un gigantesco desguace donde los cetrinos maridos pasan los domingos buscando piezas entre las interminables filas de cadáveres metálicos en descomposición.
De aquel gueto extremeño que abarrotaba los mesones, los bancos de los parques y las verbenas en las fiestas populares, sobrevive una tercera generación de muchachas núbiles que estudian en el instituto o trabajan de cajeras en el Carrefour, y que los domingos patinan por el bulevar, los ojos vivos concentrados en el tramo que hay delante, la piel un poco oscura, hurdana, porque es difícil perder del todo las raíces. En cuanto a los chicos, casi ninguno continuó con los estudios, un módulo de carrocería el más aventajado, y el resto se dedica a robar ruedas de bicicletas, manchar los muros del cementerio y tunear sus coches de segunda o tercera mano.
Hay muchos emigrantes extranjeros: chinos, rumanos, árabes, sudamericanos, negros...En fin, la misma historia de siempre.
De aquel viejo mundo que yo viví, apenas sobrevive el puticlub de la Lola, lleno ahora de mugre y marginalidad, y la biblioteca de la Caja Madrid a donde yo acudía para escribir con fe sectaria, bajo su fría luz fluorescente, mis ingenuos artículos marxistas. Aunque he de reconocer que pasaba más tiempo con las putas de la Lola, que me enriquecían, intuía yo ya entonces, mucho más que los libros. También subsiste a duras penas, en un local angosto y paupérrimo, el gimnasio de Tristán donde empecé a hacerme boxeador para huir de la mugre de mi mísera realidad, si bien es cierto que jamás llegué a ser boxeador del todo, igual que nunca llegué a ser nada en la vida.
Por la calle donde viví, he decidido olvidarme de pasar, no vaya a ser que resuciten aquellos dolorosos fantasmas de antaño que llenaron de tristeza mi juventud y la vida de otros seres.
El sol confiere a las plazas una plácida paz de domingo. Esa misma pequeña plaza donde mi hija se cayó de cabeza de la silla y donde yo pasaba las tardes sin trabajo, sin dinero, con mucho miedo a todo y también con mucha esperanza.
Nunca fue Parla un lugar para mí, ni siquiera su nombre me gusta, y sin embargo, ahora que vuelvo a pisar sus calles, siento que algo de mí se quedó aquí para siempre. Eso me infunde respeto, porque es algo que no me ocurre con otros lugares más propicios.
flores de pecado
Y DE repente vuelve la vida,
como la lluvia a un árbol a punto de secarse.
Se llenan de oxígeno las venas,
reverdecen las cenizas,
saltan los ríos sobre las piedras,
y con apósitos de besos
se van curando las heridas.
Ya sé que estos milagros son breves,
pero cuando te alejas por ese bulevar de panteones,
un trozo de ti, de tu carne viva
se queda conmigo para siempre.
Y DE repente ardes, con llamas de luz,
con ardor de savia.
Mientras todo a tu alrededor son cenizas,
tú creces con voluptuosidad de selva,
hierves, lates, enrojeces, te dilatas,
y aunque esté lejos de ti
me alumbras, me nublas, me enciendes, me incendias,
me quemas, me avivas, me abrasas, me prendes
de lujuria, de locura, de demencia, de hambre, de ansia.
Tu belleza hinchada de oscura claridad,
de misterio, de peligros, de milagros.
Ardes como la lava sobre el agua.
Bajo la tierra germina la semilla
y en tu carne el amor abre flores de pecado.
a las puertas de la locura
DEJAN un regusto de distancia tus besos,
como si tus labios fueran de cartón piedra,
de corteza muerta, de adiós, de silencio, de acero.
Navegamos en un barco de papel a la deriva,
a merced de una lucha de corrientes
que nos traen, nos llevan, nos aplastan, nos alejan, nos zarandean.
Y tú cada día más lejos,
como un árbol que tras la ventanilla del tren
se va volviendo más y más pequeño.
Ya no nos queda tiempo para nosotros,
nos da vergüenza hablar de aquellos sueños
que nos unían y nos redimían de la miseria.
Corremos a nuestras obligaciones,
giramos en la noria hueca de la rutina,
y nos negamos tres veces
antes de que cante el gallo del amanecer.
Éramos un par de tontos
paseando de la mano por las vías del tren,
pero me hacías sentir tan vivo...
Nunca me reconocí
en el bruñido espejo de la sensatez.
¿EXISTIÓ alguna vez aquella Itaca que tanto añoras?
Eres rey de un sueño, de un pueblo de sombras,
de volutas de humo, de corrientes de aire,
de castillos de arena que se tragan las olas.
Te sientas al atardecer en las rocas del acantilado
vencido por el peso de tu soledad.
Nunca volverás a Itaca ni por tierra ni por mar.
Jamás construiste aquel caballo de Troya
capaz de atravesar los corazones acorazados.
Héroe de un cuento de páginas amarillentas,
en un rincón de un polvoriento anaquel olvidado.
Es de tu talla ese disfraz de mendigo
bajo el que deambulas perdido
a las puertas de la locura.
un merecido descanso
UN MERECIDO DESCANSO
Le faltaban siete meses para jubilarse. Cuarenta años de cartero, se dice pronto, clasificando, repartiendo cartas, impresos, notificaciones. Antes se escribía más, cartas de amor, sobres con letra de añoranza, cartas del militar a la novia, del temporero en la vendimia de Francia a la familia de Jaén, del estudiante a los padres que estaban en el pueblo. Ahora todo eran panfletos publicitarios, extractos de bancos y reclamos de deudas. La vida cambiaba de costumbres, imperceptiblemente, de un año a otro. Se volvía más fría, cruelmente impersonal.
Al principio, al poco de aprobar la oposición, soñaba con cartas, una lluvia de cartas imposible de clasificar que lo iba sepultando. Ahora ya casi nunca soñaba, de vez en cuando con cosas remotas y absurdas.
Olía a cartas, eso sí, a ese olor rancio y sucio que desprende el papel mezclado con la tinta de imprenta y el tacto sudoroso de muchas manos, así huele también el dinero, a sudor humano, un poco a desesperación. Un olor que se mete en la piel como un polvillo mugriento que no se quita ni duchándote.
Estaba engordando. Los músculos se le iban convirtiendo en grasa y empezaba a cansarse cuando tiraba del carro subiendo una cuesta empinada.
- Las cuestas son cuestas porque cuestan-
Le dijo una vez su mujer, que tenía esas cosas, riendo con aquella risa de luz hacía ya muchos años, cuando todavía eran novios y estaban inocentemente enamorados. Ahora su mujer también se había marchitado, incluso empezaban a salirle algunas calvas en la cabeza. ¡Pobre cari! Los hijos ya eran mayores y vivían lejos de casa. Aunque para un padre nunca dejan de ser criaturas indefensas. Pensó que se estaba distanciando de sus hijos, o más bien sus hijos de él, bueno, también a los elefantes los abandona la manada para que mueran solos cuando se hacen viejos.
Tenía miedo. Miedo a la vejez. Miedo al cambio. Miedo a la muerte. ¡Qué calor!, qué verano más caluroso. El calor, no sé porqué, le hace sentir a uno más miedo. Cualquier cambio, aunque sea para bien, es siempre doloroso. ¿Y qué iba a hacer en adelante? ¿En qué trascendentales tareas ocuparía su tiempo, esos posos de tiempo que aún le sobraban? Cuarenta años de servicio y de repente se acabó, ya está, a jubilarse, a pudrirse en la intemperie de las horas muertas. Un merecido descanso, más bien una inmerecida estafa. El trabajo te vacía por dentro, te seca la esperanza, el ímpetu, te mata el espíritu de libertad, te devora por dentro como un cáncer subrepticio. Bueno, se dedicaría a cuidar su huerto en la parcela y a criar pájaros y canarios. Saldría al monte con Apu, su perrillo, en busca de pájaros raros y los estudiaría y clasificaría meticulosamente como un ornitólogo aficionado, como el hombre de Alcatraz, siempre le había gustado mucho esa película.
En fin, ¡qué calor! Cruzó la calle bajo un sol que era como un perro rabioso que le mordía los hombros con dentelladas de fuego.
Llamó a un portal.
- ¡Cartero!, ¿me abre?- “cartero me abre, cartero me abre”, siempre lo mismo, día tras día, año tras años, menudo tostón, pero era lo que tenía, era...lo que él era.
Desde el piso tercero, un taller de costura, se asomó una muchacha muy gorda con gafas de aumento que parecía que iba a arrojarse al vacío. Recordó una noticia de un periódico de hacía muchos años. Un cura se tiró desde la torre de una iglesia y mató a un panadero que pasaba por la calle con un cesto de pasteles sobre la cabeza. Una de esas escenas absurdas e increíbles que sólo la realidad es capaz de concebir.
Se sentía cansado. Moralmente cansado, interiormente rendido, exhausto. Sin poder explicárselo del todo, sentía que la vida no le había dado casi nada de lo que le había prometido en su juventud. ¡Menuda puta barata es la vida! Estaba su cari, es cierto, y los hijos, y su primera nieta con esa carita rechoncha y sonrosada que daban ganas de comérsela. Pero...
¡A ver, centrémonos, joder!: Celso Martínez al tercero C, Bernardina Carnicero al primero A, Brenda Seisdedos al bajo Derecha.
UN AMOR PARA TODA LA HORA
¿Cuánto tiempo ha pasado?, ¿diez, cien años?
Entonces la vida parecía aún posible
y nosotros inocentes de cualquier pecado.
Seguramente ya todo lo habrás olvidado.
El tiempo es esa vieja que espera la muerte
sentada a la sombra en un banco.
¡Me hiciste vivir tantas vidas,
tantas eternidades en cada segundo!
Yo te hablaba de no sé que cosas
y tú me escuchabas con esos ojos grandes y cálidos.
Fuiste ese amor para toda la hora
que durante toda la vida anduve buscando.
¿dónde esáis?
¿DÓNDE ESTÁIS?
Del bolso que llevaba cruzado a un costado, sacó el móvil y marcó un número:
- Vane, ¿dónde estáis?-
Alguien le respondió algo desde el otro lado de la línea.
- Pero si llevo media hora aquí en la puerta del Beska y os he visto por ninguna parte, vale, vale, voy ahora mismo, esperadme ahí Vane, no os mováis por favor-
Con sus andares de marioneta descoyuntada se apresuró en dirección a las escaleras mecánicas. Mientras subía, contempló el techo abovedado donde en un firmamento artificial giraban las estrellas y los planetas describiendo efímeras espirales de luz.
Desde el muro de cristal de la planta segunda el sol se ponía tras la torre de la iglesia de un pueblo cercano, mientras una pareja se besaba, ajena al mundo, apoyada en la barandilla color butano que custodiaba a un coche de exposición envuelto en cinta de regalo dorada.
Tampoco las vio en el Burger. Esperó un rato y volvió a marcar el número:
- No os veo, ¿dónde estáis?...pero si he venido deprisa, ¿eh?, todo lo deprisa que he podido- Añadió con tono cansado.
Con sus grotescos andares de pingüino y su bolso de tela cruzado a un costado, bajó de nuevo las escaleras mecánicas.
Llegó a la entrada del Eroski y buscó a sus amigas entre la multitud. Voces estólidas, risas histéricas, caras plácidas de encajar en la feria de la vida. Y en la otra orilla ella, sola, poliomielítica, con su carita de demonio manga, asustada como un insecto rastrero sorprendido por la luz. La gente iba y venía en corrientes discontinuas, caóticas y absurdas, como cortinas de lluvia bailando al otro lado de la ventana.
Tras un cuarto de hora más o menos, volvió a llamarlas. Esta vez nadie respondía. Marco una y otra vez, diez, veinte, cuarenta veces, hasta que por fin contestaron.
- Vane, estoy esperando en la puerta del Eroski, ¿cómo?, me dijiste a la entrada del Eroski, ¿el Mercadona? pero... aquí no hay ningún Mercadona y lo sabes, el Mercadona está más abajo, ya casi en el polígono, (al otro lado de la línea se oyeron risitas mal reprimidas) me parece muy mal que me estéis vacilando de esta manera tan ruin ¿sabes?-
Colgó. Triste, confusa y desangelada, como un payaso que ha sido silbado por el público, abandonó el centro comercial en dirección a la parada del autobús.
Fuera, en el aparcamiento, habían plantado unos árboles de hojalata que el viento no podía mecer. Recordó su infancia, cuando su abuela la mecía y se quedaba dormida en su regazo con ese confiado abandono de los niños, mientras el mundo giraba a su alrededor como un tiovivo de caballitos de cartón. Todo resultaba fácil entonces, fácil y seguro. A nadie parecía importarle que fuera coja o fea, todos parecían más inteligentes.
¡Qué sola se sentía ahora!, siempre rezagada, a la cola, jadeando por el esfuerzo de intentar merecer el amor y la amistad de los demás.
Sonó su móvil. Esta vez, cosa rara, la llamaban a ella.
- ¿Vane?, sí sí, dónde, ¡ah! vale, voy, pero esta vez esperadme, por favor, no me gusta que todo el mundo se ría de mí-
Volvió sobre sus pasos, sobre las inermes huellas de su soledad. Ya era de noche. Los coches formaban una larga caravana desde el aparcamiento hasta la rotonda que embocaba la autovía de Toledo. En la tele había empezado el fútbol. Era sábado, día de salir con las amigas, de divertirse, de reír, de ilusionarse. Con dieciséis años recién cumplidos, en su casa no pintaba ya nada. Buscó el monedero en su bolso. Tenía seis euros. Justo para una hamburguesa y un par de refrescos de las máquinas expendedoras.
hoy no sé lo que me pasa
HOY NO SÉ LO QUE ME PASA
El sol era una llama que se iba apagando, dejando un rescoldo melancólico en lo alto de las estanterías de madera pintadas de un verde mohoso, donde se alineaban por marcas los cartones de tabaco.
Un olor seco, adusto, agradable, como a leña quemada, anegaba el estanco.
El estanquero, un viejecillo canoso con aire derrotado y una mueca de amargura en los labios finos, repasaba una y otra vez los números de una libreta sin que las cuentas le cuadraran.
- Le hemos cobrao doscientos euros de menos al bar de la piscina, a ver quién lo demuestra ahora, ¡joder!, ¡y así siempre!, yo ya no tengo cabeza pa esto-
Dejó el lápiz y el papel, y sacando un trapo de un cajón, se puso a limpiar maquinalmente el cristal del mostrador y la vieja máquina registradora.
De repente advirtió la presencia de su hija, una presencia silenciosa como la de un santo en una capilla oscura, sentada en un taburete junto a la puerta, con la mirada perdida y las manos cruzadas sobre el regazo. Más que una presencia, su hija Diana era casi siempre una ausencia, como un mueble inerte que de verlo a diario se olvida pero que se echa en falta si no está.
Al atardecer, cerca de la hora de cierre, se materializaba sentaba en su taburete dejando que la penumbra la fuera envolviendo, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada extraviada en un mundo de matemáticas simples y geometría unidimensional. Otras veces aparecía de súbito detrás de unos cajones de tabaco, seguida de un susto, como una araña de rincón, de pie, con una bolsa abierta entre las manos, esperando eternamente que su padre le concretara el último encargo del que se olvidó cuando entró un cliente. O se apoyaba en las estanterías con la cabeza entre los brazos, como si durmiera de pie, o llorara, o contara la cuenta del escondite inglés, o pensara en un amor platónico, o tan solo pensara.
Casi nunca hablaba, simplemente permanecía allí, como una pelusa de polvo, de imaginaria, esperando órdenes como un perro con las orejas levantadas. Órdenes sencillas, precisas, concisas, que por unos momentos la hacían sentirse útil y casi humana.
- Diana, dame una bolsa-
- Diana, sal a tirar la basura-
- Diana, pon esta caja aquí y esta allí, ¡no, no!, así no, al revés, esta aquí y esta allí-
Aquí y allí eran conceptos todavía difíciles para ella.
Una vez, hacía ya años, su padre quiso enseñarla a hacer fotocopias, pero, como un fenómeno paranormal, en el papel aparecía siempre la sombra blanca de una mano sobre el fondo negro que producía el hollín del tóner cuando no se bajaba la tapa de la fotocopiadora.
Aunque ella quería ser útil, resultaba más bien un estorbo. Llegaba puntual, andando de prisa, echando el cuerpo hacia delante, como si el trabajo dependiera de ella para comenzar, y tras dejar el bolso en un extremo del mostrador, (el bolso donde sólo llevaba el móvil y una rebeca por si por la noche refrescaba), corría hacia el taburete donde se sentaba con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada fija en ninguna parte, mientras pasaban las horas, los días, la vida, como una violenta corriente de acontecimientos extraños a ella.
- Diana, apártate un poco de la puerta, anda bonita, que no dejas pasar a esa señora-
Y Diana, diligente y atribulada, se apartaba con tanta prisa y torpeza que en vez de retirarse se ponía justo delante de la persona que pugnaba por entrar.
Su padre, cuando la miraba, a veces sentía que el corazón y las vísceras se le caían a los pies, que Diana era una cadena perpetua sin posibilidad de redención. Otras veces, por el contrario, sobre todo cuando, rara vez, le cuadraban las cuentas, se sentía decididamente orgulloso de ella, de una criatura tan pura como un manto de nieve virgen en lo alto de una montaña.
- Diana, tráeme esos cartones de ducados-
Diana, con sus manos torpes y sus movimientos atrofiados fue a coger los cartones, con tan mala pata que derribó una caja de puros Montecristo que salieron rodando como ratones por el suelo.
- ¡Uy!, no sé que me pasa hoy- Se justificó la pobre como hablando consigo misma, con su voz casi inaudible, como una voz interior.
Su padre la miró, y de repente, con una tristeza inefable, pensó que Diana nunca había estado en una discoteca, ni había ido a un colegio normal, ni había compartido secretos con otras chicas de su edad, ni iba jamás al cine porque, como si fuera ciega y sorda, no entendía las películas.
- Cuando cumplas dieciocho años te vas a sacar el carné de conducir- Le dijo en broma su padre, retomando el lápiz y la ardua libreta.
- Vale padre- Contestó Diana con una voz que parecía un suspiro, olvidando que ya pasaba de los treinta.
Mientras tanto, tras la ventana, un día más el sol ya se había apagado y se habían encendido las farolas.
la galerna
LA GALERNA
Una mujercilla rechoncha, con una expresión de placidez estólida en el rostro y un bigotito incipiente y marcial sobre los labios revesados, sujetó la puerta para que pudieran entrar.
El rumor de la marea de las conversaciones inertes se apagó por un momento para contemplar a los recién llegados.
Un hombre que se parecía a don Quijote cuando penaba haciendo cabriolas en la Peña Pobre, alto, desaliñado y con cara de loco, empujaba la silla de ruedas donde permanecía postrado una especie de niño escuálido, retorcido, babeante y ausente, que olía a colonia de muerto, con una galleta maría en la mano y la cabeza vencida sobre un mugriento pupitre de metacrilato adaptado a la parte delantera de la silla. Un perro al que le faltaba una pata trasera, se quedó en la puerta observando con mirada triste y anhelante a su amo y al niño.
- Ahora parece más grande la carnicería, ¿no, Agapito?- Reanudó con voz gangosa el rumor de la marea la mujercilla rechoncha.
- ¡Es que han venio los albañiles esta noche y han ensanchao las paredes, Encarnita!- Bromeó el carnicero, que se parecía a Popeye el Marino.
- Je je je je- rió la mujercilla rechoncha, sin saber a ciencia cierta si Popeye hablaba en serio o no.
La carnicera ayudante, una mujeruca que no tenia rostro porque se lo había quemado de niña en la lumbre, diezmaba un costillar sobre un tronco de madera ensangrentado, con tal fuerza y pasión que un trozo de casquería salió disparado por el aire y fue a caer sobre el pupitre del niño, que abrió la boca y se tragó el deshecho de carne cruda sin que nadie pareciera percatarse.
El hombre esperaba su turno, con el niño desfallecido y descoyuntado en la silla como un muñeco roto, cuando entró en la carnicería una muchacha morena de juvenil voluptuosidad y rotunda belleza, que con voz melosa y musical pidió su turno.
De repente el niño empezó a agitarse como si cobrara vida, y balanceando el tronco se puso a emitir gruñidos animales que reverberaron por encima del rumor de la marea.
- ¡¡¡Uhhhhghgggg.....aggggggggggggghhhh....agggggggghhh....!!!-
- ¡Vale, vale ya César, que vas a asustar a la gente!- Le riñó el padre, sujetándolo con firmeza por los hombros.
El niño pareció calmarse un instante, para acto seguido volver a agitarse con mayor virulencia, intentando liberar los pies, que los llevaba aprisionados dentro de unas botas rígidas de inválido atadas a las patas de la silla con unas correas de cuero.
-¡¡¡¡Ahhhhhhgggg.....Uuuuhhhhhgggggg....!!!-
- Es que está en la preadolescencia – explicó el padre a los boquiabiertos presentes- y en cuanto huele a una chica guapa se vuelve loco perdío, ¡César, César, vale ya!-
La muchacha voluptuosa rió nerviosa con sus labios carnosos y sus dulces y grandes ojos asustados.
- Hasta le dan ataques epilépticos, cualquier día se nos va en uno, ¡ya, César, para ya, ostris!-
El hombre contempló a su hijo, cuyos rasgos faciales eran una caricatura de los suyos, y sintió que a pesar de los trabajos hercúleos y del trágico sufrimiento, lo quería con un amor profundo que iba más allá de la anestésica resignación que le proporcionaba su fe religiosa, y pese a tratarse de una vida deforme, deleznable y paupérrima, como la de un pequeño árbol enfermo, retorcido y estéril, era para él la vida más importante, necesaria y hermosa sobre la tierra.
- ¡A ver si alguien tiene por ahí algo para que muerda, por favor!-
- ¿Le echo un hueso?- Preguntó Popeye el Marino con cerril e ingenua brutalidad.
La mujeruca sin rostro le dio un dinosaurio de goma que andaba por allí, con el que a veces jugaba el gato, pero el niño, tras mordisquearlo un par de veces, compuso una mueca de asco y arrojándolo con fuerza contra el suelo, comenzó a prodigarse sonoras bofetadas en el rostro, bofetadas de odio, de rabia, de frustración, por verse condenado con aquel cruel estigma de Prometeo, mientras los demás muchachos de su edad se echaban novia, conducían sus ciclomotores y daban patadas a un balón.
- ¡¡¡Ahhhgggg....uhhhhgggg....!!-
- ¡Vale, vale ya, César, tranquilízate o no te saco más!, es este calor también, tantísimo calor le afecta mucho-
Los demás clientes cedieron su turno para que el padre comprara su pollo, y sin esperar siquiera a que el carnicero le quitara la cabeza y las patas, salió de nuevo a la calle empujando la silla de su hijo, que al recibir la luz del sol dejó de gritar y de llorar y se fue paralizando como un lagarto sobre la tapia de un cementerio.
En verdad que formaban una grotesca coreografía subiendo la calle, la cabeza del pollo asomando por un lado de la bolsa, la del niño por el otro mirando los insectos del suelo, el hombre desgarbado y cojeando ligeramente de la pierna izquierda, y el perro, a la cola del grupo, cojeando con el muñón de la pata trasera derecha.
- Hoy es veinticinco, ¿no?- Se reanudó tras un impás el rumor inerte dentro de la carnicería.
- Sí, sí, veinticinco- Confirmó con convicción la mujercilla rechoncha.
- No, no, es veintisiete- Rectificó el carnicero, señalando con el hacha un calendario de pared de una ONG de pobres del mundo vinculada a un banco.
- Sí, sí, veintisiete- Volvió a confirmar con convicción la mujercilla rechoncha, que, ya ves, se adaptaba con facilidad a todo.
- ¡Otro día más de calor!-
- ¿No te has ido de vacaciones, Agapito?-
- ¿Quién yo?, a donde voy a ir si no tengo un puto duro, Encarnita, hija!- Se quejó el carnicero con sorna estridente.
- ¡Uy!, pos nadie tiene dinero y to el mundo se va de vacaciones, Agapito, el bueno, el malo, el tuerto y el jorobado, je je je je je-
En la calle, a lo lejos, el perro se iba quedando un poco rezagado del grotesco grupo.
un amor para toda la hora
MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES
Vieja Castilla, se desliza el atardecer por tus piedras carcomidas,
por las tumbas de tu historia con sus leyendas ya ilegibles.
La línea negra de una carretera atraviesa los campos
donde se apagaron los ecos de aquel heroico fervor místico y guerrero.
Ruinosa Castilla, seca, herrumbrosa, cretina, embrutecida,
altas torres con mudos campanarios
y relojes parados que señalan la hora en que la fe y la vida se acaban.
LA GUADAÑA
Es tan pálida la verdad, que tiene cara de cadáver.
Triste, taciturna, amarga como la quinina.
Es tan seria, tan seca, tan lúgubre y solitaria,
que casi nunca la dejan entrar en las fiestas de la vida.
La muerte es sólo un romántico disfraz de carnaval,
una loca más en la comparsa de mentiras.
Es la verdad quien de verdad lleva la guadaña.
Título del próximo libro: UN AMOR PARA TODA LA HORA
todos los muertos
TODOS LOS MUERTOS DEL MUNDO
Hacía mucho calor allí dentro. Los feriantes que acampaban en la explanada de atrás habían estropeado el aire acondicionar al engancharse en el cuadro de luces del edificio.
El ventilador apenas movía el aire. Un aire caliente, pesado, angustioso y pobre como el monóxido de carbono de un tubo de escape.
La muerta estaba expuesta tras un cristal. Ella no parecía tener calor, su rostro céreo, sabio, sereno, como a punto de despertar, había perdido el dolor y la maldad de la condición humana. Parecía el cadáver de un dios, el embalsamador había hecho un buen trabajo, una obra de arte efímera y absurda como un castillo de arena en la orilla del mar.
El tanatorio parecía por fuera un viejo barco varado en medio de la noche. Ningún cartel anunciaba lo que era, como si se tratara de un lugar vergonzoso y maldito. Si se hubiera tratado de un puticlub, por ejemplo, habría ostentado su luminoso neón con el orgullo de un faro en lo alto de un acantilado, pero la muerte prefiere el anonimato y el olvido.
- Voy a llamar a la Primi- Dijo una mujeruca desgreñada con gafas de culo de vaso, sacando un móvil de su barato bolso de plástico.
- ¿Pa qué?- Le preguntó un hombre cetrino, acartonado, con bigote y patillas de bandolero.
- Pa esto...- titubeó la mujeruca señalando al cristal con el móvil- pa decirle que se ha muerto ésta-
- Dile que coja un taxi-
Volvió el silencio. Todos se miraban las manos o permanecían con la mirada perdida como si pensaran en algo, incluso en algo profundo.
Un feriante, negro y roñoso como si acabara de caer por una chimenea, apareció en el umbral de la puerta. Llevaba una revista pornográfica medio escondida en el bolsillo de atrás del pantalón. Se asomó un instante y continuó su camino hacia los servicios. Los feriantes usaban los servicios del tanatorio, y cuando se marchaban los dejaban literalmente llenos de mierda.
-¿Quieres una cocacola, Eugenio?- Preguntó una mujer que no tenía nariz a un hombre que parecía el pálido santo de una estampita.
-No, no quiero-
- Pues vete a comer aunque sea un bocadillo, anda-
- Irme y dejar aquí solo el cadáver de mi madre...- Respondió Eugenio con la voz rota de emoción, extendiendo las manos en un gesto teatral y un poco ridículo.
- Nos quedamos nosotros, Eugenio, que aunque no nos hayas avisado también somos familia, así es la vida, hijo,- intentó consolarlo la mujer sin nariz- es como una espiral, como la torva de un río que gira y gira y gira y nos va atrapando hasta que caemos dentro, en una profundidad sin fondo, todos tenemos que morir, Eugenio-
Entonces, de repente, se apoderó de los presentes un mismo pensamiento, una evidencia deslumbrante como una linterna que enfoca directamente a los ojos. Se sintieron como si estuvieran en una sala de espera, haciendo tiempo, amando, odiando, temiendo, deseando, mintiendo, hasta que les tocara el turno de ser expuestos tras el cristal. Todos iban a morir, y debía de existir alguna razón para eso, algún sentido inescrutable en aquel evidente sinsentido. La muerta, ahora, parecía tener la respuesta. O tal vez tampoco. Era un cadáver impoluto y respetable que dentro de poco empezaría a descomponerse. Nada más y nada menos. ¿Quedaba algún rescoldo de vida, de pensamiento, de algo, en algún lugar recóndito de aquellos rasgos únicos y a la vez tan familiares? ¿Qué es eso del alma?
El ventilador giraba a uno y otro lado con un zumbido monótono, de letanía, como una cabeza ciega buscando inútilmente en la oscuridad.
no esperaba
NO esperaba yo esto de ti,
te juro que no lo esperaba.
Cómo podía sospechar que eras capaz
de provocar la lluvia, de levantar las mareas,
de cambiar el curso de los ríos, de mover la montañas.
Suavemente, casi un fantasma,
con un dulce rumor de seda y terciopelo
te deslizas hasta mi lecho y me susurras levántate y anda.
La luna en el cielo pendiendo de ti,
las flores abiertas, la hierba mojada,
y un fértil hervor de savia en los tallos,
y el milagro del amor ardiendo en tu cara.
No esperaba tanto de ti.
Había decidido no esperar ya nada.
te juro que no lo esperaba.
Cómo podía sospechar que eras capaz
de provocar la lluvia, de levantar las mareas,
de cambiar el curso de los ríos, de mover la montañas.
Suavemente, casi un fantasma,
con un dulce rumor de seda y terciopelo
te deslizas hasta mi lecho y me susurras levántate y anda.
La luna en el cielo pendiendo de ti,
las flores abiertas, la hierba mojada,
y un fértil hervor de savia en los tallos,
y el milagro del amor ardiendo en tu cara.
No esperaba tanto de ti.
Había decidido no esperar ya nada.
bueno, yo ya me voy
BUENO, YO YA ME VOY
La vieja descorrió las cortinas y el sol de la mañana derramó su polvo de luz por los rincones.
En la cómoda del salón, junto a una fotografía de Adolfo Suárez, había un retrato familiar con el padre, la madre, los hijos, las nueras, los yernos y los nietos. Desde que el padre murió de cáncer de pulmón, con apenas sesenta años, la familia se había ido desintegrando. Los hijos hacían su vida lejos, y la madre, convertida ahora en una vieja renqueante, se había quedado sola en la casa grande del pueblo, la casa solariega que en otra época bullía de animación y prosperidad, sobre todo en las fiestas.
La casa también había envejecido, el silencio y la soledad la habían mustiado como a una flor olvidada en la hornacina de una lápida. El tejado se estaba hundiendo, la humedad manchaba las paredes y las piedras de la fachada se desprendían como si fueran dientes podridos.
La vieja, encorvada y arrastrando los pies, se dirigió a la cocina, de un cesto junto a la lavadora cogió un ato de ropa y volvió al salón. Puso la ropa encima de una mesa grande, junto a la plancha que estaba apoyada en un paño salpicado de quemaduras. La vieja jadeaba estertóreamente por el esfuerzo.
Sobre el velador, al lado de la tele, yacía un teléfono decimonónico. Ya casi nunca sonaba, algún teleoperador agresivo y charlatán a la hora de la siesta intentando vender sus productos psicodélicos, y en fechas señaladas algún hijo, o alguna nieta que de repente se acuerda de que tiene una abuela en el pueblo que vive sola con su gato y sus fantasmas.
La vieja decidió dejar la plancha para más tarde. Nadie la apremiaba. Se sentó con dificultad en una mecedora de mimbre y con el mando encendió la televisión para ver la telenovela. Todavía no había empezado. Estaban echando un reportaje sobre un matrimonio muy enamorado que veraneaba en Benidorm: Mientras ella se arreglaba frente al espejo para bajar a cenar, la piel algo arrugada, la nariz gorda como la de un borracho y algunas calvas entre el pelo estropajoso, el marido, un taxista de Móstoles, calvo, oscuro, grasiento y con una barriga prominente, miraba a la cámara y, con voz honda y áspera, exclamaba con irreprimido deseo:
-¡Es que la miro y brrrr....!-
La vieja cruzó las manos sobre el regazo, manos consumidas, marchitas, exhaustas.
La vieja ya apenas comía, algún vaso de leche a deshoras o alguna lata de cocacola. Tenía la sensación de que su tiempo había acabado, de que ya no pintaba nada en el mundo, de que cualquier noche, al acostarse, se despediría de la vida con indolencia química, como la batería de un coche cuando se agota, diciendo bueno, yo ya me voy, se acabó el dolor, la soledad, la tristeza, la resignación forzosa. Me voy sin haber encontrado sentido a esta vejez.
Pasó por la acera una muchacha muy guapa, blanca, rellena y tierna como un bollo de leche, como una belleza efímera repartiendo publicidad de un nuevo supermercado.
La vieja miró a su alrededor, el salón era muy grande, grande y silencioso como un panteón. En la tele los personajes se movían sin sentido, como bichos zancudos en una charca llena de cieno.
En el alfeizar de la ventana, el gato dormitaba al sol.
La vieja descorrió las cortinas y el sol de la mañana derramó su polvo de luz por los rincones.
En la cómoda del salón, junto a una fotografía de Adolfo Suárez, había un retrato familiar con el padre, la madre, los hijos, las nueras, los yernos y los nietos. Desde que el padre murió de cáncer de pulmón, con apenas sesenta años, la familia se había ido desintegrando. Los hijos hacían su vida lejos, y la madre, convertida ahora en una vieja renqueante, se había quedado sola en la casa grande del pueblo, la casa solariega que en otra época bullía de animación y prosperidad, sobre todo en las fiestas.
La casa también había envejecido, el silencio y la soledad la habían mustiado como a una flor olvidada en la hornacina de una lápida. El tejado se estaba hundiendo, la humedad manchaba las paredes y las piedras de la fachada se desprendían como si fueran dientes podridos.
La vieja, encorvada y arrastrando los pies, se dirigió a la cocina, de un cesto junto a la lavadora cogió un ato de ropa y volvió al salón. Puso la ropa encima de una mesa grande, junto a la plancha que estaba apoyada en un paño salpicado de quemaduras. La vieja jadeaba estertóreamente por el esfuerzo.
Sobre el velador, al lado de la tele, yacía un teléfono decimonónico. Ya casi nunca sonaba, algún teleoperador agresivo y charlatán a la hora de la siesta intentando vender sus productos psicodélicos, y en fechas señaladas algún hijo, o alguna nieta que de repente se acuerda de que tiene una abuela en el pueblo que vive sola con su gato y sus fantasmas.
La vieja decidió dejar la plancha para más tarde. Nadie la apremiaba. Se sentó con dificultad en una mecedora de mimbre y con el mando encendió la televisión para ver la telenovela. Todavía no había empezado. Estaban echando un reportaje sobre un matrimonio muy enamorado que veraneaba en Benidorm: Mientras ella se arreglaba frente al espejo para bajar a cenar, la piel algo arrugada, la nariz gorda como la de un borracho y algunas calvas entre el pelo estropajoso, el marido, un taxista de Móstoles, calvo, oscuro, grasiento y con una barriga prominente, miraba a la cámara y, con voz honda y áspera, exclamaba con irreprimido deseo:
-¡Es que la miro y brrrr....!-
La vieja cruzó las manos sobre el regazo, manos consumidas, marchitas, exhaustas.
La vieja ya apenas comía, algún vaso de leche a deshoras o alguna lata de cocacola. Tenía la sensación de que su tiempo había acabado, de que ya no pintaba nada en el mundo, de que cualquier noche, al acostarse, se despediría de la vida con indolencia química, como la batería de un coche cuando se agota, diciendo bueno, yo ya me voy, se acabó el dolor, la soledad, la tristeza, la resignación forzosa. Me voy sin haber encontrado sentido a esta vejez.
Pasó por la acera una muchacha muy guapa, blanca, rellena y tierna como un bollo de leche, como una belleza efímera repartiendo publicidad de un nuevo supermercado.
La vieja miró a su alrededor, el salón era muy grande, grande y silencioso como un panteón. En la tele los personajes se movían sin sentido, como bichos zancudos en una charca llena de cieno.
En el alfeizar de la ventana, el gato dormitaba al sol.
veneno
VENENO
Veneno. Rezumas veneno.
Cuando besas, cuando miras, cuando te dejas tomar.
Un veneno que hincha el corazón,
que enloda de raíces el cerebro.
Veneno de medusa, veneno de serpiente,
veneno de seducción.
Todo en ti es veneno,
tu savia, tus gestos, tus palabras, tu tacto, tu olor.
Veneno que se mete en las venas,
veneno que se mete en los huesos,
veneno que envenena el sentimiento,
veneno que enloquece la razón.
Veneno, veneno, veneno,
dulce veneno con sabor a olvido y absolución.
golpe de piedra
CUANDO te miro,
cuando contemplo tu belleza delicada y voluptuosa,
esos manantiales de luz brotando de tu carne dulce,
presiento que esta guerra está perdida,
que soy un suicida con una espada de madera
frente al ejército de tus seducciones.
Siento un golpe de piedra en las sienes
y una oscuridad de tumba enterrándome vivo.
Pinto con sangre en las paredes de mi cueva,
mientras tiembla la tierra, arden los bosques
y las montañas se hunden en el mar.
Eres, niña, otra herida abierta
que tarde o temprano me tendrá que matar.
Sé que eres fuego
FUEGO
Sé que eres fuego, y sin embargo me atraes
como una estrella a un trozo de materia errante.
Y cuanto más intento alejarme de ti más me quemas.
Sé que moriré abrasado en el infierno de tu mirada,
en el hielo de tu indiferencia.
Si pongo mi mano en la hoguera de tu piel
me brotan yagas de lujuria,
heridas que se me infectan por la sed caníbal de tu cuerpo.
Ardes con altas llamas que arrasan las copas de mi orgullo.
Los húmedos labios de tu boca,
febriles de amor, hinchados de besos,
son dos brasas rojas que incendian mi corazón
en tu carne ardiente prisionero.
corazón roto
CORAZÓN ROTO
El viento del sur agostaba las hojas de los árboles con su aliento de fuego. Eran casi las nueve de la tarde y el aire ardía. Ardía el cemento de las aceras y los bancos de la plaza que habían sido lamidos por la lengua abrasadora del sol.
Estaban en la plaza sentados en un banco, a la sombra, junto a la oficina de la Caixa.
Los niños jugaban alrededor de la fuente y el chino del todo a cien permanecía parado en la puerta mirando los coches que pasaban por la calle Mayor.
- ¿Qué te pasa, Rubén?- le preguntó ella apremiante- ¿porqué no hablas?, estás raro últimamente, ¿te pasa algo conmigo?-
Él se quedó pensativo un momento. De repente contestó:
- Pues sí, Laura, ya no me hace ilusión como antes quedar contigo, tengo que pensarlo-
Ella se quedó paralizada como una liebre delante de los faros de un coche. Por lo general Rubén era amable y correcto, y nunca se hubiera esperado de él una respuesta así. El día anterior habían ido juntos al Retiro, a pasear y a comer un bocadillo y un refresco tumbados en el césped. A ella le gustaban esas cosas, cosas sencillas, sin aventuras arriesgadas, sin malicia ni intenciones ocultas. Jamás hubiera esperado de él una traición. Lo miró con la esperanza de que bromeara, pero al ver la expresión de su cara, una expresión de extraño que nunca antes le había visto, tuvo la certeza de que hablaba en serio.
- Me tengo que ir - Añadió él levantándose de repente del banco- mañana te llamaré-
Ella sintió que algo se desmoronaba dentro de su cuerpo. Le faltaba el aire, como a un boxeador que ya no puede más y por vergüenza no se tira al suelo. Intuía que aquel momento de pesadilla condicionaría el resto de su vida. Tal vez no se equivocara, aunque con sólo quince años la vida le guardaba aún muchos y muy dolorosos golpes. Algunas vidas, incluso, se forjan a golpes.
- ¿Entonces ya no me quieres...?- Preguntó ella en un tono fatalista.
Mientras con angustia esperaba la respuesta, el viento del sur golpeó su cara con su tralla de arena ardiente.
el sol luce también para ti
EL SOL LUCE TAMBIÉN PARA TI
Salió del portal y bajó la calle con sus andares fatigados y bamboleantes de paquidermo. Iba a comprar el pan. Cada pocos pasos tenía que detenerse porque se quedaba sin resuello. Se agarraba a una farola o se apoyaba en el respaldo de un banco a coger aire.
La gente la miraba con descaro, pero ella estaba tan acostumbrada que ya no se daba ni cuenta.
Pesaba ciento cuarenta kilos y su obesidad condicionaba su vida. Por ejemplo: suspendió las oposiciones a maestra de infantil por gorda. Cuando al exponer la unidad didáctica se puso a cantar dando palmas una cancioncilla de Rosa León, tuvo la sensación de que los miembros del tribunal se aguantaban la risa, bien es cierto que con los nervios y la habitual inseguridad en sí misma, la voz le salió quebrada, como si no fuera suya, con groseros ronquidos de ventrílocuo seguidos de gallos chillones, y un andante tremolar de llanto entre los graves y los agudos.
Vivía con sus padres. Su padre era camarero en el restaurante Sal Gorda y su madre cajera en el Eroski.
No tenía amigos. ¿Quién iba a querer salir con una gorda tan grotesca que llamaba la atención en todas partes? Se pasaba los fines de semana enclaustrada en su habitación, comiendo chocolate, acariciando a su gato y viendo películas truculentas que se bajaba del Emule.
Había cumplido ya treinta y un años y nunca jamás había estado con ningún chico. Ni siquiera se le pasaba por la mente la idea de tener novio. Así que no tenía novio, ni amigas, ni trabajo, ni carné de conducir, como si una criatura tan gorda no cupiera en el mundo, no tuviera derecho a sueños ni a realidades.
Sin embargo, curiosamente, carecía de maldad. Hubiera tenido derecho a ella, por rencor, por envidia, por complejo de inferioridad, por odio, por venganza, por cualquier otro legítimo sentimiento humano, pero ¡qué le iba a hacer! no la tenía. Era de temperamento flemático y aceptaba con tristeza y resignación los sádicos decretos y estigmas del destino.
Tomó aire apoyada en el banco, y siguió andando por la acera, con su cabeza voluminosa, redonda, descomunal, con su cara aniñada de monja, con sus cejas pobladas y erectas como el lomo de un gato excitado, con sus gafas de aumento y sus ropas tan anchas que parecía que arrastraba un paracaídas.
De repente, al torcer la esquina y recibir los rayos del sol, tuvo una sensación nueva y vivificante. Aquel sol estaba allí también para ella, no supo cómo explicárselo, pero aquella sensación le abrió una ancha sonrisa, como una flor que abre valiente al mundo sus pétalos delicados y vulnerables.
- ¿Me da una barra sin sal?- Le dijo a la panadera. La panadera tenía un ojo mirando al norte y otro al suroeste, la boca leporina con una expresión avinagrada, como si acabara de beber aceite de ricino, era tan fea que casi daba miedo, pero era delgada, y seguro que tenía marido, hijos, sueños...
Volvió a salir a la calle con su barra de pan envuelta en un papel, y volvió a torcer la esquina regresando a la sombra.
Una vieja, esperpénticamente pintarrajeada, pasó a su lado paseando a un perrito, que se puso a ladrarle como si se hubiera topado de bruces con un monstruo de la naturaleza.
Salió del portal y bajó la calle con sus andares fatigados y bamboleantes de paquidermo. Iba a comprar el pan. Cada pocos pasos tenía que detenerse porque se quedaba sin resuello. Se agarraba a una farola o se apoyaba en el respaldo de un banco a coger aire.
La gente la miraba con descaro, pero ella estaba tan acostumbrada que ya no se daba ni cuenta.
Pesaba ciento cuarenta kilos y su obesidad condicionaba su vida. Por ejemplo: suspendió las oposiciones a maestra de infantil por gorda. Cuando al exponer la unidad didáctica se puso a cantar dando palmas una cancioncilla de Rosa León, tuvo la sensación de que los miembros del tribunal se aguantaban la risa, bien es cierto que con los nervios y la habitual inseguridad en sí misma, la voz le salió quebrada, como si no fuera suya, con groseros ronquidos de ventrílocuo seguidos de gallos chillones, y un andante tremolar de llanto entre los graves y los agudos.
Vivía con sus padres. Su padre era camarero en el restaurante Sal Gorda y su madre cajera en el Eroski.
No tenía amigos. ¿Quién iba a querer salir con una gorda tan grotesca que llamaba la atención en todas partes? Se pasaba los fines de semana enclaustrada en su habitación, comiendo chocolate, acariciando a su gato y viendo películas truculentas que se bajaba del Emule.
Había cumplido ya treinta y un años y nunca jamás había estado con ningún chico. Ni siquiera se le pasaba por la mente la idea de tener novio. Así que no tenía novio, ni amigas, ni trabajo, ni carné de conducir, como si una criatura tan gorda no cupiera en el mundo, no tuviera derecho a sueños ni a realidades.
Sin embargo, curiosamente, carecía de maldad. Hubiera tenido derecho a ella, por rencor, por envidia, por complejo de inferioridad, por odio, por venganza, por cualquier otro legítimo sentimiento humano, pero ¡qué le iba a hacer! no la tenía. Era de temperamento flemático y aceptaba con tristeza y resignación los sádicos decretos y estigmas del destino.
Tomó aire apoyada en el banco, y siguió andando por la acera, con su cabeza voluminosa, redonda, descomunal, con su cara aniñada de monja, con sus cejas pobladas y erectas como el lomo de un gato excitado, con sus gafas de aumento y sus ropas tan anchas que parecía que arrastraba un paracaídas.
De repente, al torcer la esquina y recibir los rayos del sol, tuvo una sensación nueva y vivificante. Aquel sol estaba allí también para ella, no supo cómo explicárselo, pero aquella sensación le abrió una ancha sonrisa, como una flor que abre valiente al mundo sus pétalos delicados y vulnerables.
- ¿Me da una barra sin sal?- Le dijo a la panadera. La panadera tenía un ojo mirando al norte y otro al suroeste, la boca leporina con una expresión avinagrada, como si acabara de beber aceite de ricino, era tan fea que casi daba miedo, pero era delgada, y seguro que tenía marido, hijos, sueños...
Volvió a salir a la calle con su barra de pan envuelta en un papel, y volvió a torcer la esquina regresando a la sombra.
Una vieja, esperpénticamente pintarrajeada, pasó a su lado paseando a un perrito, que se puso a ladrarle como si se hubiera topado de bruces con un monstruo de la naturaleza.
anuncios de amor y amistad
AL final, un buen día descubres
que no queda nadie a tu lado.
Que se ha levantado un muro de hormigón
entre tú y los demás.
Que los tuyos han muerto
o que nunca vivieron para ti,
que te dejaron en la cruz
sin esperar tu resurrección.
Que tu vida se ha despoblado
como un árbol que ha ido perdiendo las hojas,
como un pueblo abandonado
en lo alto de una montaña.
Que llegaste siempre tarde
a las citas con el amor.
Te adormeces en el metro
sin un hombro donde apoyarte,
y escarbas en los recuerdos como un perro hambriento
buscando un hueso descarnado.
Te miras en el espejo
y ves de repente a un extraño.
Mendigas calor humano
en los anuncios de amor y amistad.
Y no hablas por no oír el eco
lúgubre y extenso de tu soledad.
miedo
MIEDO
Estaba sentado en la oscuridad, con los ojos desorbitados, con el corazón encogido, conteniendo la respiración, con el aliento cortado. Los ruidos que hacían los muebles de madera, como pequeños estallidos en medio del silencio premonitorio, le producían terror y sobresalto.
Comenzó a balancear el cuerpo, las manos agarrando con fuerza el asiento de la silla, los pies encogidos, la piel erizada, mirando fijamente a la ventana esperando el milagro del amanecer.
Todo a su alrededor era grande, extraño, amenazador. Los fantasmas de los muertos le rozaban la nuca con sus alientos nauseabundos.
Intentó pensar en algo bueno, en algo gracioso, en algo cálido. Por ejemplo en Pilarín, la hija del médico, con su vestido de flores, su amplia sonrisa y su denso aroma sensual, pero no podía mantener viva su imagen, el pánico obstruía todos los caminos de su imaginación.
Ya era casi un hombre, había cumplido nueve años y le daba vergüenza tener miedo a dormir solo, le daba vergüenza sentir tanto miedo siempre a todo. Se sentía solo, solo y pequeño en un mundo extraño y gigante. Frágil como el cristal, trémulo, tímido, desorientado, tanteando a ciegas en la oscuridad en busca de algo familiar a lo que abrazarse, pero era un náufrago a la deriva en medio de un mar negro y rugiente.
Parecía que no iba a amanecer nunca. Oía susurros en la oscuridad, risas de hiena, sombras que se ocultaban detrás de las puertas, que danzaban macabramente en la pared, que se arrastraban debajo de la cama, que acechaban dentro del armario.
Estaba indefenso, ni siquiera tenía una espada de madera para luchar contra tantos monstruos horribles, contra esas manos céreas y frías que a veces, cuando se estaba quedando dormido, le arañaban los pies.
En esta nueva casa huele a muertos, a saumerio de muertos. Él ya era mayor y tenía que ser fuerte y valiente para enfrentarse al mundo y a la vida como quien se enfrenta a un toro en medio de un ruedo sin salida. Pero no encontraba la fuerza por ningún sitio. Sólo encontraba miedo, siempre más miedo, un miedo febril que lo llenaba de odio, de rabia y de violencia contra todo y contra sí mismo, un terror descomunal que lo atolondraba, que lo paralizaba como a un catalépsico, que le helaba la sangre, un miedo frío y acerado que lo atenazaba como un constante dolor de muelas. Miedo en la casa, miedo en la calle, miedo despierto, miedo dormido, miedo, miedo, miedo, siempre miedo, sólo miedo, miedo a la gente, miedo al amor, miedo a la soledad, miedo al orbitar desmesurado de los planetas.
Tenía un pronto muy fuerte y peleando era capaz de vencer a chicos más grandes que él, pero ni siquiera cuando ganaba se le iba el miedo, un miedo trágico que le quitaba el hambre y el sueño, que le secaba la boca, que le aceleraba el corazón, que le enervaba los músculos, que le hacía temblar de pies a cabeza con un sabor a cobre en la boca y una sensación de profunda angustia que no desaparecería ni con la muerte.
No existía ningún antídoto contra su miedo, era un fuego exterminador que se alimentaba de todo lo que devastaba a su paso.
Sabía que había algo terrorífico dentro de su cabeza, algo que lo torturaría mientras viviese, un tumor lleno de pus y coágulos negruzcos, un gigantesco tumor de pánico.
¿Qué podía hacer con tanto miedo? Le hubiera gustado arrancárselo de cuajo como si se arrancara una espina de una herida infectada, meterlo en un saco y tirarlo a un estercolero. ¿Cómo se viviría sin miedo? ¿Qué sentía esa gente que no tenía miedo, que reía, que lloraba, que hablaba alto, que vivía en paz consigo misma, que caminaba con la cabeza erguida bebiendo los rayos del sol?
De repente le pareció oír a un pajarillo. Suspiró destrabando su respiración comprimida. Pronto amanecería y, como cada día, tendría que ir al colegio, a sentir otro matiz más del miedo.
Había que ser un héroe para soportar tanta cobardía.
la secta
LA SECTA
Se detuvo en un semáforo. Era un caluroso domingo de Julio. Una rata salió de debajo de un coche aparcado y, atolondrada y oronda, se dirigió lentamente hacia los repletos contenedores de basura.
Eran menos de las diez de la mañana y ya hacía calor, iba a ser otro día duro. Los árboles parecían sedientos, polvorientos, descoloridos. El cielo, de un desvaído gris perla, constreñía el aire que olía a basura y a plástico derretido.
No había casi nadie por la calle, sólo un grupo de fieles a las puertas de una especie de iglesia, en los bajos de un bloque de pisos, con un cartel que anunciaba: “Comunidad Cristiana La Vida Abundante”.
De repente la vio entre la gente de aquel grupo, pequeña, delgada, con su aire desvalido, cargada de hombros como él, el flequillo cortado al ras y la expresión boquiabierta, un poco bobalicona. Era su hija. Iba de la mano de su madre y de un individuo rubicundo con el hocico prominente como si acabara de vomitar. La niña lo miró también, inerte, inexpresiva, como quien mira al pasado que ya no puede volver. La madre, que llevaba el pelo teñido y esperpénticamente abultado, como si en vez de pelo llevara una nube de algodón dulce sobre la cabeza, al ver al padre se agachó sobre la niña y empujándola un poco por la espalda la apremió para que pasara al templo:
- Vamos, vamos, Sarita- Le dijo nerviosa, con los ojos desorbitados y un rictus malévolo en la boca.
- Sí sí si- Contestó la niña con voz grotescamente infantil, como la de un personaje de dibujos animados.
El padre sintió que unas manos férreas y gigantes lo empujaban por los hombros hasta enterrarlo en el centro de la tierra. Sintió que sus vísceras se derramaban sobre el asiento, que se desangraba de tristeza.
El semáforo se había puesto en verde y los coches de atrás se pusieron a tocar el claxon frenéticamente.
- ¡Tira, tonto los cojones!-
Enervado, vencido, casi sin poder respirar, como si tuviera el pecho aplastado por un gran peso, pisó el embrague, metió la primera, la segunda, y tomó el desvío hacia la base aérea de Getafe. Delante de él tremolaba el asfalto, el sol cegaba y el aire ardía.
el flechazo
EL FLECHAZO
El coche bajó la estrecha y serpenteante carretera.
Venían de visitar a un familiar que era misionero idente en el convento-ermita de San Antonio. De esos de id y predicad la palabra de Dios, id y tocad el corazón de la gente con la verdad de Cristo. Aunque este misionero, después de quemar su vida tratando en vano de redimir negritos en África, (una vez estuvieron a punto de comérselo vivo unos caníbales), ahora permanecía encerrado en su celda, descalzo, senil, leyendo novelillas del oeste.
Desde lo alto de la montaña el paisaje se extendía, majestuoso y lleno de colores, hasta el fin del mundo.
Pastaban las vacas en los prados y las abejas libaban el tomillo, la manzanilla, el pino y la lavanda.
Tras una curva apareció un grupo de excursionistas guiados por dos monitoras jóvenes. Eran varones con síndrome de Douw, había incluso uno negro. Con sus viseras, sus manos y pies torpes y sus expresiones boquiabiertas y alucinadas, habían sido alineados contra la pared de roca para que el coche pudiera pasar.
- Ten cuidado,- avisó a su novio la chica que viajaba de copiloto- estas personas son imprevisibles, pobrecitos, ve despacio-
La chica era una morena muy blanca y sensual, de rostro aniñado, ojos grandes y larga melena, más bien gordita pero muy bien formada. Un poco por jugar, miró seductoramente a uno de los excursionistas: la mirada de soslayo, las pestañas parpadeando ingenuamente, y una sonrisa desmayada en sus labios carnosos.
Tras un impás, el excursionista que había sido bendecido con aquella mirada angelical, rompió de repente la fila y gritando con voz ronca y apasionada:
- ¡¡¡Guapaaaaa!!!- se puso a correr cuesta abajo detrás del coche.
- ¡Eugenio, Eugenio!- Le gritó con severidad la monitora, corriendo a su vez tras el hechizado. Pero Eugenio ya no oía nada. Su único propósito en la vida era alcanzar el coche de su hermosa amada, que aceleró levantando una nube de polvo.
-¡Corre, Mario, corre!- Exclamó la chica apremiando al conductor.
-¿Pero qué le has hecho?- Preguntó el novio, derrapando un poco en las curvas.
- Nada- Mintió la novia.
- ¡¡¡Guapaaaaa!!! ¡¡¡guapaaaaaaaaa...!!!- Seguía gritando Eugenio, bajando la cuesta con su cromosoma de más y sus orejas de soplillo, en pos de aquella mirada que le había tocado el corazón.
- Como haya caravana a la salida me va a pillar- Vaticinó la chica con un hormigueo en el estómago.
- ¡¡¡Guapaaaaaa....!!!!- seguía gritando por el retrovisor el poseído enamorado, que cada vez parecía estar más cerca- ¡¡¡ven aquí, guapaaaa, que vamo a tener un hijooooo!!!!-
“¡¡Hijoooooo...!!” Repitió la montaña con un eco lúgubre.
lo que he ganado
Y al final, es dolor lo que he ganado.
Un dolor fiel que me sigue a todas partes como un perro.
Un dolor gigante que resplandece por las noches como un cometa.
Un dolor duro y limpio como un diamante.
Un dolor silencioso que se vierte gota a gota en mis venas.
Un dolor de piedra que me aplasta, que me vence.
Un dolor de amor que me alimenta.
a la guerra con una espada de madera
A LA GUERRA CON UNA ESPADA DE MADERA
CAMPO DE MINAS
Bajo un sol metálico el campo hervía. Un amarillento erial descendía por el barranco hasta la carretera polvorienta que serpenteaba entre granjas y colinas cenicientas. A lo lejos, la silueta imponente, psicodélica, fuera de lugar, de la cementera.
En las afueras del pueblo, a la sombra de una casucha derruida, un perro cagaba mirando nervioso a uno y otro lado. Cerca unos niños jugaban con una pelota, y una vieja y un viejo ceniciento, sentados a la puerta de una casa, con las manos de visera, observaban a aquel extraño que se había detenido con el coche al borde del camino a la entrada de las urbanizaciones nuevas.
El extraño paró el motor y esperó unos cinco minutos. Las gotas de sudor le caían por las mejillas hasta la comisura de los labios, sabían saladas, como lágrimas.
Arrancó de nuevo el coche y dando marcha atrás buscó la delgada sombra de una pared con un portón de chapa renegrida en medio. Se bajó del coche y se pegó a la pared, esquivando las fieras dentelladas del sol de mediodía. El suelo estaba sembrado de cagarrutas de oveja.
Los viejos seguían mirándolo fijamente, como si contemplaran un eclipse de sol o el paso de un cometa. Sólo era un hombre esperando.
Al cabo de un cuarto de hora más o menos, la niña bajó por el camino de las urbanizaciones nuevas. Era alta y desgarbada como él. Llevaba en la mano una mochila con sus cosas. El padre metió medio cuerpo por la ventanilla abierta del coche y tocó el claxon apremiándola. La hija siguió andando lentamente. Cuando por fin llegó a su altura lo escrutó con una mirada cansada y de reproche. Él le dijo malhumorado:
- Es que no piensas en nadie, me podía haber dao un golpe de calor y haberme muerto-
“Ojalá- pensó la niña con fruición- así no tendría que pasar más fines de semana contigo”
Abandonaron el pueblo y se incorporaron a la carretera general. Hicieron el viaje en silencio. El padre con el ceño fruncido, la hija adormilada, aburrida, resignada. Se interponía entre los dos un abrasador campo de fuego, un campo de fuego helado donde sólo crecía el silencio, una infranqueable tierra de nadie sembrada de alambradas de desconfianza y minas de reproche. Él, sin embargo, hubiera querido decirle tantas cosas...
- ¿Tienes sueño?- Le preguntó al fin con gran esfuerzo, con la voz rota, con las cuerdas vocales destensadas, deprimidas.
- No- Contestó la niña secamente, y siguió mirando por la ventanilla el paisaje hirsuto de polígonos industriales y rastrojos.
Delante se extendía el asfalto, denso, blando, ardiente. A la derecha, pasando una gasolinera, el esqueleto de un abandonado puticlub de carretera, con un ingenuo sol amarillo y una gran nube blanca pintados en un muro que había sobrevivido entre los escombros a la ruina del tiempo.
CAMPO DE MINAS
Bajo un sol metálico el campo hervía. Un amarillento erial descendía por el barranco hasta la carretera polvorienta que serpenteaba entre granjas y colinas cenicientas. A lo lejos, la silueta imponente, psicodélica, fuera de lugar, de la cementera.
En las afueras del pueblo, a la sombra de una casucha derruida, un perro cagaba mirando nervioso a uno y otro lado. Cerca unos niños jugaban con una pelota, y una vieja y un viejo ceniciento, sentados a la puerta de una casa, con las manos de visera, observaban a aquel extraño que se había detenido con el coche al borde del camino a la entrada de las urbanizaciones nuevas.
El extraño paró el motor y esperó unos cinco minutos. Las gotas de sudor le caían por las mejillas hasta la comisura de los labios, sabían saladas, como lágrimas.
Arrancó de nuevo el coche y dando marcha atrás buscó la delgada sombra de una pared con un portón de chapa renegrida en medio. Se bajó del coche y se pegó a la pared, esquivando las fieras dentelladas del sol de mediodía. El suelo estaba sembrado de cagarrutas de oveja.
Los viejos seguían mirándolo fijamente, como si contemplaran un eclipse de sol o el paso de un cometa. Sólo era un hombre esperando.
Al cabo de un cuarto de hora más o menos, la niña bajó por el camino de las urbanizaciones nuevas. Era alta y desgarbada como él. Llevaba en la mano una mochila con sus cosas. El padre metió medio cuerpo por la ventanilla abierta del coche y tocó el claxon apremiándola. La hija siguió andando lentamente. Cuando por fin llegó a su altura lo escrutó con una mirada cansada y de reproche. Él le dijo malhumorado:
- Es que no piensas en nadie, me podía haber dao un golpe de calor y haberme muerto-
“Ojalá- pensó la niña con fruición- así no tendría que pasar más fines de semana contigo”
Abandonaron el pueblo y se incorporaron a la carretera general. Hicieron el viaje en silencio. El padre con el ceño fruncido, la hija adormilada, aburrida, resignada. Se interponía entre los dos un abrasador campo de fuego, un campo de fuego helado donde sólo crecía el silencio, una infranqueable tierra de nadie sembrada de alambradas de desconfianza y minas de reproche. Él, sin embargo, hubiera querido decirle tantas cosas...
- ¿Tienes sueño?- Le preguntó al fin con gran esfuerzo, con la voz rota, con las cuerdas vocales destensadas, deprimidas.
- No- Contestó la niña secamente, y siguió mirando por la ventanilla el paisaje hirsuto de polígonos industriales y rastrojos.
Delante se extendía el asfalto, denso, blando, ardiente. A la derecha, pasando una gasolinera, el esqueleto de un abandonado puticlub de carretera, con un ingenuo sol amarillo y una gran nube blanca pintados en un muro que había sobrevivido entre los escombros a la ruina del tiempo.
un trato es un trato
UN TRATO ES UN TRATO
Mindolo Pintilla era un pastor de un lugar de la Mancha, de esos a la antigua usanza, capaz de matar de una pedrada a un pájaro posado en lo alto de la torre de la iglesia. Alto, cargado de hombros, con una nariz muy larga y con una cabeza muy pequeña que parecía un pepino combro. Tenía un lado de la cara completamente quemado, de suerte que si lo mirabas por el perfil izquierdo, con todas aquellas arrugas y pliegues grotescos, parecía que estaba llorando con un puchero de pena, pero si lo mirabas por el perfil derecho, debido a que la piel se había tensado en esa parte, parecía que estaba riendo con una mueca de payaso.
Unos dicen que era natural de Villanueva de Alcardete, otros que de Quintanar de la Orden, sobre este punto no se ponen de acuerdo los cronistas de esta increíble historia, aunque por la idiosincrasia del personaje podría encajar perfectamente en cualquiera de estos dos lugares.
Su vida transcurría en paz, lejos del mundo malvado, rodeado de sus ovejas, retirado en su quintería, tumbado a la sombra de una encina escuchando la radio, pastoreando, ordeñando, esquilando, y acercándose al pueblo con su mobilete una vez a la semana para abastecerse de provisiones.
Como era un hombre solitario, ya entrado en años, y jamás se le había pasado por la cabeza pretender a alguna moza del pueblo, para satisfacer sus necesidades sexuales, cuando se cansaba de las ovejas, recurría a las putas, que al fin y al cabo son mujeres y no sólo chivos que balan.
Con la cartera abultada en un bolsillo de su pelliza, cogía su mobilete y viajaba a Tomelloso, que no estaba lejos de su pueblo, a los arrabales junto al río donde se ubicaba el barrio de las putas. Unas veces iba al Castillo, otras veces a Casa de la Petra.
Ese día eligió para satisfacer sus ansias la Casa de la Petra.
- ¡Hola, cariño, cuánto tiempo!- lo saludó en el recibidor la madame, una lesbiana gorda y vieja con el pelo corto teñido de azul y una sonrisa hipócrita en su boca cruel- ¡Chicas, presentaros!-
Semidesnudas, en lencería insinuante, las chicas empezaron a desfilar ante el nervioso gañán, que con una risilla tonta en su boca leporina, les tocaba el culo o les apretaba una teta con sus grandes zarpas como si quisiera ordeñarlas, cuando se acercaban para darle dos besos.
- Hola, cariño, soy Patricia, mua, mua-
-Hola, cariño, soy Estela, mua, mua-
-Hola, cariño, soy Lorena, mua, mua-
Y cuando se daban la vuelta para alejarse, él se quedaba mirando boquiabierto aquellos culos obscenos.
- ¡Vaya culo que tienes, niña!-
Eligió a una morenita de rostro aniñado, muy blanca, muy delicada y muy voluptuosa, con anchas caderas, culo grande y grandes tetas firmes y redondas.
Entraron a la habitación atravesando el salón, donde las putas no elegidas se habían tumbado en el sofá a ver la tele, a bostezar o a repintarse las uñas de los pies.
Tras cambiar las sábanas, y después del habitual protocolo del bidé, la bella muchacha se recogió el pelo en un moño alto, se desabrochó el picardías y se tumbó boca arriba en la cama abierta de piernas.
-veennn...- Susurró con densa sensualidad, llamando a su amante con un dedito.
No tuvo que decírselo dos veces. Cuando la pobre muchacha quiso darse cuenta, ya estaba atrapada entre los brazos y el miembro de aquella especie de orangután, que profiriendo gruñidos animales y exclamaciones ininteligibles, como si le hablara a sus ovejas, incluso emitiendo silbidos de vez en cuando, sintiendo el calor húmedo de aquel sexo prieto y profundo sacudía las caderas como si quisiera atravesarla y partirla en dos.
Hasta ahí, todo normal, más o menos. Pero lo que desesperó a la muchacha provocando el conflicto, fue aquel hedor insoportable y nauseabundo, a una mezcla de sudor, mierda, requesón y leche agria.
Sin aguantar ya más, al borde de la asfixia, la muchacha puso sus pequeñas manos contra el pecho peludo de su nauseabundo amante, empujándolo con todas sus fuerzas para que se retirara.
-¡No, no, quita, déjame, no puedo más, por favor!-
A duras penas la chica consiguió zafarse de las garras de aquel kinkon apestoso, deslizándose por abajo hasta escapar de la cama. Presa del pánico, desnuda como estaba abrió la puerta y se puso a llamar a gritos a la madame.
- ¡Petra, Petra, Petra!-
- ¡Qué cojones pasa aquí!- Dijo la madame acudiendo desafiante con los brazos en jarra.
La chica, entre sollozos y balbuceos, le explicó lo que ocurría. La madame al principio la escuchó escéptica, pero ante la insistencia de la pobre puta, que suplicaba de rodillas con las mejillas inundadas de lágrimas, decidió arreglar aquel asusto como buenamente pudiera.
- Mira, cariño, te devolvemos el dinero y en paz, la chica no puede, es que es un poco lerda y melindrosa, ¿sabes?-
Mindolo permanecía tumbado en la cama, con el miembro en ristre, esperando a la puta para acabar la faena.
- ¡Nada, nada, un trato es un trato!- gruñó nuestro héroe con el lado izquierdo de su boca, agitando la verga con la mano- si yo hago un trato contigo y te compro un choto, ya no te puedes echar atrás, el choto es mío, así que que vuelva aquí ahora mismo la niña, me cago en su puta madre!-
La madame, vencida, miró a la chica, que no paraba de llorar con sus hermosos y dulces ojos.
- Bueno, hombre, pero por lo menos dúchate primero, pobrecilla, ¿no te da pena?-
- ¡Un pijo!, ni hablar, yo no me ducho, un hombre tiene que oler a sudor, a vino, a tabaco y a mierda, un trato es un trato, cuantas veces te lo tengo que decir, hostias-
Entonces la madame tuvo una idea brillante.
- ¡Chicas, venir!-
Las putas acudieron presurosas meneando sus culos y enarbolando sus tetas.
- Mira, cariño, elige otra, mira esta rubia que tetazas tiene la jodía, y no es escrupulosa, es colombiana, mi amor, la que la chupa con más ganas- Dijo sopesando una teta gigante de la aludida.
- Mientras no tenga ladillas...- Se aventuró a decir la rubia con resignación.
- ¡Las ladillas las tendrá tu puta madre en el chocho, me cago en dios, las ladillas se cogen aquí, no con las ovejas!, ni hablar, hostias, que no, que he dicho que quiero a la morena y quiero a la morena, un trato es un trato-
- Verás, es que es su primer día y la pobre está un poco asustada, hace poco que ha roto con su novio y es virgen todavía, te lo juro por mi madre, cariño, es virgen en este mundillo nuestro me refiero, ya sé lo que vamos a hacer, verás, cariño, elige a dos si quieres, a las dos que más te gusten, dos por el precio de una, un detalle de la casa-
-¡Que no, hostias, que no, que un trato es un trato!- Insistía el empecinado manchegazo, sin dejar de agitar la minga.
Hasta que por fin, tras largas horas de tensas deliberaciones, y ante las amenazas ya serias de la lesbiana, la pobre muchacha accedió a volver a la cama con aquel somarro, con la condición de que él se pusiera abajo y ella arriba, o a cuatro patas en el peor de los casos.
- Venga- asintió el bruto, preparado para recibir de nuevo a su deseada ninfa- pero me tienes que dejar que te arree en el culo-
- Vale, pero no muy fuerte, por favor- Susurró, llorosa aún, la dulce muchachita, inmolando su rotunda belleza, toda aquella explosiva hermosura, como una mártir cristiana que se resigna a ser devorada por un león pagano.
- Una oveja no da tanta guerra, joder- Gruñó todavía el macho ibérico, con voz ronca, mientras agarraba por el culo a la hermosa muchacha.
Y así el mundo continuó girando, siguiendo su órbita plácida y maquinalmente, como un dominguero en una caravana, porque con paciencia, voluntad, y cediendo todos un poco, no hay problema que no acabe resolviéndose de una u otra forma.
Tras la ventana, ¡hay que ver cómo pasa el tiempo!, ya se había hecho de noche y brillaba la luna llena.
al borde del acantilado
LA copa de vino, en tu mano delicada,
irradiaba destellos bajo la tenue luz,
como tu cara, mientras me hablabas de no sé qué cosas.
Yo te miraba con una oscura inquietud metafísica,
sintiendo que todas las cosas de la vida son efímeras,
como un desmontable escenario de cartón piedra.
Llegará un día, nadie podrá evitarlo,
en que entre nosotros se interpondrá
un cementerio de silencio y distancia.
¿Qué significado tienen estos momentos cómplices,
esta avaricia de amor,
esta profusa lujuria que me ata a ti
como si fueras el aire que necesito respirar?
El camarero trajo la cuenta,
y volvimos al irracional mundo de las sombras,
yo de tu mano, intentando como siempre,
orientarme con el fanal de tus ojos sensuales.
AL BORDE DEL ACANTILADO
- Dicen que es bueno llegar a viejo- dijo una vieja con una nube en un ojo y la boca medio desdentada- pero yo creo que no, hermosa, los viejos no tenemos más que achaques y dolores, y recuerdos que no te dejan vivir, yo ya he enterrao a un hijo con cuarenta y cuatro años, murió de cáncer de pulmón, el pobre mío, tenía ya la metástasis en la cabeza, era ingeniero aeronáutico, el más impotente de Construcciones Aeronáuticas, ¿sabes hermosa?, entró en la empresa con dieciocho años hasta que se murió, los jefes lo querían mucho, uuuuy, a su entierro vinieron todos, era mu listo y mu bueno mi Venancio, ojalá hubiera muerto yo en vez de él, desde que se conciben, los hijos son lo más importante, el amor a los hijos es la mayor verdá, encima la puta de su mujer, porque no tiene otro nombre, que Dios me perdone, se volvió a casar enseguida, con lo que lloraba en el entierro y los besos que le daba a la caja...-
- ¡Cierra la puerta, hostias, que hay corriente!- Gruñó un viejo, con raídas zapatillas de paño, desde su silla de ruedas.
Los viejos estaban expuestos en el porche, a la sombra, en grupo. Todos trémulos y tristes, sin nada que hacer salvo esperar morirse, débiles, frágiles, vulnerables, como figuras de cristal en el borde de una mesa.
- Ahora te encuentro mucho mejor, doña Sarita, je, je, je, porque estos días de atrás estabas ahí que te ibas que no te ibas-
- Yo me voy a ir con mi hijo unos días a Cáceres, yo todavía puedo apañarme, puedo barrer, si tengo que guisar guiso, voy a comprar, me apaño sola, pero usted doña Piedad, tiene que tener siempre una persona encima-
Doña Piedad estaba deprimida porque le habían cortado el pelo como a una presa y porque nadie de su familia venía nunca a verla. Siempre le prometían por teléfono que vendrían para llevársela y siempre la engañaban. Y así pasaba los días, entre la esperanza y la desilusión.
A un viejo con dodotis se le empezó a caer la baba, a su lado pasó una rolliza auxiliar, joven y hermosa, como una corriente de aire fresco atravesando aquella atmósfera enfermiza y decadente.
- Tómese el zumo, don Manuel, que se le va a calentar de tanto menearlo en la mano-
Don Manuel permanecía apartado del grupo, sentado en una silla, apoyado en su andador. Nunca hablaba con nadie. La gente, por lo general, le parecía estúpida y malvada, una especie inferior.
- En eso somos iguales, don Manuel, todos tenemos que morirnos algún día, je, je, je, es la única verdá en esta vida, todo lo demás es mentira, hasta que todo es mentira es mentira, je, je, je - Le dijo una vez riendo un imbécil leporino al que le faltaba un diente. Don Manuel sintió un escalofrío, le repugnaba ser como los demás. Aunque por un lado deseaba morirse, por otro tenía un miedo insuperable a la muerte, a dejar de existir, a dejar de ser Don Manuel López, con toda su vida a cuestas, con todas sus aventuras pasadas, con su yo superlativo, un superyo con incontinencia urinaria y párkinson. Así que permanecía sentado al borde del acantilado, esperando acontecimientos. Mientras tanto malcomía, maldormía, se cagaba, y rechinaba los dientes sin comprender para qué había nacido y porqué tenía que morirse y perderlo todo.
- Este tiempo es bueno para segar garbanzos, como el aire está húmedo los garbanzos no se desgranan- Dijo un viejo renegrido y cejijunto.
- Mira, esa que viene por allí es la Aguedita, su madre, doña Esperanza, siempre la está llamando, se despierta a las cuatro de la mañana y se pone a llamarla a gritos ¡Aguedita! ¡Aguedita!, no hay quien duerma con ella, josus, pues ala, ahí la tienes, a ver si te saca de aquí y nos dejas en paz a todos de una vez.-
La auxiliar rolliza pasó entre los viejos meneando su voluptuoso culo. También ella, probablemente, algún día se haría vieja, aunque ahora todavía no tuviera conciencia de ello, los hijos se le harían mayores, de manera imperceptible empezaría a abandonarla la belleza, la salud, y cuando quisiera darse cuenta el tiempo la habría secado como a una rosa en un jarrón sobre el alfeizar de una ventana. Después, un buen día, de madrugada seguramente, moriría, porque a todo el mundo le toca morir, es un proceso natural, cuando a los chicos les empieza a salir el bigote y a las chicas a crecer las tetas, la muerte ya va implícita. Ningún sabio ha sabido jamás explicar convincentemente porqué las cosas son así.
- ¿Ya ha acabado la misa?- Preguntó la vieja a la que se le había muerto el hijo aeronáutico.
- Si, si, si- contestó doña Sarita maquinalmente, mirándose las uñas pintadas de los pies- ahora hay anuncios otra vez.
ESTARÍA siempre así, dentro de ti,
en comunión perfecta con tu divino cuerpo.
Generando vida, jugando con la muerte,
fundidos en un mismo fuego.
Sin más conciencia que la de tu honda belleza,
que la de tu frágil abandono,
que la de los húmedos gemidos de tu corazón abierto.
inframundo
INFRAMUNDO
No había árboles, ni plantas, ni pájaros, sólo tierra seca que ardía bajo el sol. Tierra estéril, dura, áspera, sobre la que se alzaba una paupérrima choza de adobe, como un forúnculo de miseria en la costra agrietada de un estercolero.
Un hombre escuálido, sucio, desarrapado, con unos ojos de animal asustado en un rostro que parecía también de tierra seca y yerma, se asomó entre unas desgarradas cortinas de esparto a contemplar las polvaredas que el viento ululante levantaba en el desierto.
En lo alto el sol, inmutable, implacable como una sentencia de muerte, rabiosamente abrasador, deteniendo el tiempo, estrangulando el espacio, desecando el aire.
Se oyó el deprimido ladrido de un perro famélico que roía un hueso fosilizado, junto a la cruz vencida de una tumba.
Tras un tiempo que contenía varias eternidades, el hombre, el infrahombre, volvió a replegarse al fondo de la oscuridad, como un insecto que se esconde del mundo en un angosto agujero excavado en un montón de estiércol.
Había perdido la esperanza. Seguía asomándose todos los días por absurda inercia, pero en el fondo de su corazón disecado sabía que aquella brisa que un día sintió, como un milagro, como un aroma vivificante, como una presencia de mujer, jamás volvería a pasar por su puerta.
A veces la vida es sólo una muerte disfrazada de subsistencia.
matices
VÁMONOS, le dije al taxista con la voz rota,
como si gritara fuego frente a un pelotón de fusilamiento.
Ardiendo de dolor,
callando por orgullo,
me alejé de ti en aquel coche fúnebre
que me alejaba de todo lo vivo.
En el retrovisor estallaban rosetones pirotécnicos,
música y voces de juventud, de vigor, de fiesta.
En contraste mi cara, cetrina, aviejada,
ridículamente inexpresiva como la de un muerto,
como la de un muerto enterrado vivo
que arañaba por dentro mi piel
luchando en vano por salir de nuevo a tu luz.
He conocido a lo largo de mis viajes tantos matices del dolor...
cuentas pendientes
CUENTAS PENDIENTES
“¡Son las nueve cuarenta y cinco de la mañana, las ocho cuarenta y cinco en Canarias. Hablemos ahora de las vacas locas...”
Se situó en el carril derecho, detrás de una furgoneta del Mercadona. Iba demasiado cargado para adelantar, así que, con paciencia, siguió la estela de la furgoneta. Abandonó la M 40 y tomó el desvió a la carretera de Burgos, tenía que estar en el Carrefourd del centro comercial Plaza Norte antes de las diez, por suerte no había demasiado tráfico.
El negocio del papel le iba bien. Le gustaba el olor del papel, el tacto de las resmas retractiladas, el sonido de las cajas apilándose en cúbica arquitectura.
Se miró en el espejo retrovisor. Aniceto Caldetas, cuarenta y nueve años. Casado. Dos hijos, chico y chica. Autónomo. Pequeño empresario del gremio del papel. Dos hipotecas, sobre su piso en Valdemoro y sobre el apartamento de la playa de la Mata en Torrevieja. Abriéndose camino en la vida, tras duros años de trabajos precarios, desde camarero hasta guarda de obra. Sonrió. Parecía que por fin las cosas le empezaban a ir bien. Al sonreír se le veía el hueco de un diente que le faltaba. El sol le daba en la cara. No era guapo, que digamos, pero era fuerte, se parecía vagamente al Algarrobo.
La furgoneta del Mercadona aminoró la marcha. Se disponía a adelantarla, cuando de repente le dio el primer mareo. La vista se le nubló, sintió destellos en la cabeza, hilos que parecían espermatozoides bailando delante de los ojos. Como pudo se echó al arcén. Los coches que venían detrás comenzaron a pitar. Detuvo el camión y se bajó dando tumbos. Estaba perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Los músculos no obedecían sus órdenes. Se apoyó en el quitamiedos e intentó pedir socorro. No podía mover los brazos, no podía gritar. Perdió el conocimiento desplomándose sobre el quitamiedos, medio cuerpo en la cuneta, las piernas y los brazos colgando, parecía un trapo viejo puesto a secar al sol.
Los coches aminoraban la marcha para mirar, aunque nadie se detenía. Al cabo de un tiempo recuperó otra vez la conciencia, pero seguía sin poder moverse. Entonces tuvo la certeza de que se estaba muriendo, una nube negra de muerte invadía su cerebro. Dios mío, pensó lleno de pánico, no puede ser, a mí no, no es justo, no es justo, ahora no, Dios mío, ahora no, no puedo dejar aquí el camión con tanto papel, y qué va a pasar con el negocio, encontrarán las revistas pornográficas que tengo escondidas en la guantera, pensarán que soy un viejo verde, mi mujer y los niños se avergonzarán de mí, además tengo sin pagar el número del camión y mañana se acaba el plazo, joder, le he prometido a mi hermano que comería hoy con él para celebrar lo del embarazo de su mujer, Dios mío, tengo todas las tarjetas de crédito en el bolsillo de atrás, en la cartera, me quedan tantas cosas por hacer, ahora que me empezaba a ir bien el trabajo, y qué va a pasar con las hipotecas, con el viaje de Sonia a Irlanda este verano, no puedo dejar tantas cosas a medias, tantas cuentas pendientes, un año, Dios mío, dame aunque sea un mes para poner mis asuntos en orden, una semana, un día,....la vida... es una estafa.
Volvió a perder el conocimiento, esta vez definitivamente. La ambulancia, como siempre, no llegaría a tiempo.
Un camión cargado de chatarra pasó rugiendo en dirección a San Chinarro. El conductor parecía un simio. En la cabina, por encima del parabrisas, llevaba pegado el poster de una rubia con unas tetas increíbles. Eran las diez y cuarto de la mañana.
MIENTRAS todo se apaga, tu cuerpo se enciende.
Mientras todo se hiela, tu cuerpo arde.
Mientras todo se marchita, tu cuerpo florece.
Mientras todo recela, tu cuerpo ama.
Mientras todo se hunde, tu cuerpo crece.
Mientras todo se acaba, tu belleza vive.
cabos sueltos
CABOS SUELTOS
¿Qué fue de ti? ¿Dónde vives ahora?
De repente lo dejaste todo y te marchaste
por esos mares siguiendo un sueño.
¡Tú siempre con tus locuras!
Dicen que por fin encontraste
el fuego sagrado del amor.
Otros, por el contrario, dicen
que al atardecer te invade la melancolía
y te sientas en el acantilado
añorando tu patria.
¿Recuerdas nuestros paseos entre los olivos?
¿Recuerdas el color de aquellas tardes
cuando soñábamos juntos?
Todavía sigue verde aquel árbol
que planté para que te guiara
en tu camino de regreso.
Aunque, no sé porqué, me dice el corazón
que día tras día te irás alejando más
en tu vieja barca llena de soledad
y de cabos sueltos.
las gafas de rayos x
LAS GAFAS DE RAYOS X
Salvador Ronquillo fue siempre un muchacho raro. Mientras los demás muchachos pensaban en el fútbol o en ligar con las chicas en la discoteca, él permanecía encerrado en su cuarto, en otra dimensión, a salvo en su mundo, perfeccionando sus inventos. Un día se presentó en el colegio con un extraño artilugio cubriéndole la mano derecha, una especie de garra de metal que se activaba mediante un interruptor conectado a una batería que llevaba atada al pecho, imitando la garra de algún superhéroe de los cómics que leía. Todos se rieron de él, pero no le importó mucho, estaba acostumbrado. Inventó también unos zancos psicodélicos con unos botes de tomate, una máquina de pinball con gomas y pinzas de la ropa, una bicicleta autopropulsada con el motor de una lavadora, extraños instrumentos musicales, una línea telefónica con unos envases de yogures, etc, etc. Para algunos era un genio, para la mayoría, por el contrario, se trataba simplemente de un imbécil.
Pero nadie podía sospechar la trascendencia del último invento que se traía entre manos. Un invento a la altura de la bicicleta, del internet o de la viagra.
Dominado por su obsesión, trabajaba día y noche sin descanso. Su madre llegó a sospechar que se había vuelto loco. Pasaba todo el tiempo encerrado, sin comer, sin dormir, pálido, febril, desencajado. ¡Hasta que por fin lo consiguió!: Había inventado unas gafas de rayos x para ver a las chicas desnudas a través de la ropa.
Temblando de emoción y de ansiedad, salió a la terraza para probar su invento. Se fijó en la dependienta de la tienda de ropa de niños que había en la esquina, una muchacha morena y voluptuosa, de rasgos infantiles, ojos grandes, nariz pequeña y labios carnosos, de piel blanca y pelo largo, que le gustaba desde hacía tiempo. Estaba cambiando el escaparate, a gatas, intentando alcanzar un vestido rojo para sustituirlo por otro de color verde. Salvador se puso sus gafas de ver desnuda y la cazó de lleno en aquella postura felina y seductora, con la grupa ondulada, aquellas formas rotundas, henchidas, tremendas, la sombreada herida del sexo adivinándose entre las nalgas ofrecidas, los pechos duros y grandes cuyos pezones rosas y erectos rozaban una cabeza de maniquí, el pelo derramándose por la espalda. Tuvo que masturbarse cinco veces seguidas para poder soportar aquella visión lujuriosa, imposible, espasmódica, divina.
A partir de entonces, todos los días se echaba a la calle con su bicicleta y sus gafas indiscretas en busca de mujeres guapas a las que desnudar con la mirada. Con aquellas gafas estrafalarias de grandes cristales ahumados y redondos, parecía una especie de mosca humana sobre ruedas. Todo el mundo se reía de él, aunque era él quien en realidad tenía motivos para reírse de todo el mundo.
- ¡Qué miras, payaso!,- lo increpaba un grupo de chicas que hacían el botellón en el parque- ¡de qué coño te ríes, subnormal!-
Pero en esta vida todo acaba por saberse. Primero fueron sospechas, rumores, hasta que por fin alguien, no se sabe cómo ni como no, adivinó lo que se traía entre manos el loco de Salva.
Los demás chicos empezaron a pedirle prestadas las gafas, incluso le ofrecían dinero, los que siempre lo habían tratado con crueldad o con desprecio empezaron a hacerse amigos de él, todo en vano, Salva no se desprendía de sus gafas ni para dormir.
Sólo miraba a las guapas, cuando se topaba con alguna fea, desviaba la mirada hacia otro lado.
- ¡Me ha mirado, ay mi madre, me ha visto desnuda!-
- No, no te preocupes, Rocío, yo creo que me ha mirado a mí-
Cuando, al caer la tarde, los grupos de adolescentes tomaban el bulevar, en medio del bienestar vivificante que traía la brisa de la primavera, de repente alguien daba la voz de alarma:
-¡Que viene, que viene el mirón!-
Las chicas empezaban a gritar y, tapándose con las manos sus partes erógenas, corrían despavoridas hacia los portales, como si huyeran de la vaquilla en los encierros de las fiestas. Entonces aparecía Salvador como una centella, bajando la calle con su bicicleta a toda velocidad, para aprovechar el factor sorpresa, girando la cabeza a un lado y a otro en busca de alguna víctima rezagada.
Una vieja que no podía correr se puso a insultarle:
- ¡Sinvergüenza, asqueroso, zángano!-
Tal vez indignada porque había pasado a su lado sin fijarse en ella.
Mientras en el parque las parejas se besaban junto al estanque, bajo los sauces, besos húmedos, concretos, reales, Salva regresaba a su casa con la retina llena de tetas, culos, coños, muslos, cuerpos esculturales y maravillosos, carne joven y fresca, excitante, subyugante, platónica. El sol se ponía tras las tapias del cementerio, y Salvador pedaleaba subiendo las cuestas, sintiéndose, sin saber porqué, un poco triste, un poco solo, un poco irreal con toda aquella aventura. Tal vez la mayoría de la gente tuviera en el fondo razón con respecto a él.
EL MATÓN





