se muere tantas veces...
Así que ya lo sabes.
Nunca volverás a Ítaca.
Hasta que mueras de una vez por todas
vagarás por esos ignotos mares,
náufrago y apátrida, enfermo y solo,
pasando terribles calamidades.
Te fuiste en pos de la gloria
y después de tantos años
tienes las manos vacías.
El tiempo ha borrado el camino de regreso.
Allí ya nadie te llora ni te necesita.
¿Todavía no sabes que perdiste la guerra?
Se muere tantas veces, viejo guerrero,
en una sola vida…
escalones de arena
ESCALONES DE ARENA
“Tenemos razones para pensar que todo lo que vemos es un engaño de nuestros sentidos” Descartes. Discurso del Método.
Como todas las mañanas, el despertador sonó a las seis menos cuarto. Tras la ventana, un manto de niebla ahogaba la luz de las farolas.
Salió de la cama. Su mujer todavía dormía. Ya no era joven, su cara se había arrugado como una pasa y la firmeza de su cuerpo se había ido derritiendo como un helado de cucurucho. Roncaba un poco, y el aliento le olía a café agrio. Él tampoco era ya joven, tenía el pelo blanco y fosco, la nariz muy grande y los ojos muy pequeños, parecía una caricatura del Loco de la Colina.
Se puso las zapatillas y entró al baño, donde permaneció más de media hora. Cuando salió fue dejando una estela de colonia por el pasillo. Como cada mañana, el olor despertó a su mujer.
- Tienes la camisa nueva colgada de la silla, cariño-
- Hoy es la entrevista con la ministra de sanidad, a ver si nos da por fin la dichosa subvención-
- ¿De cuánto dinero se trata ahora?-
- Cuatro millones de euros, llevamos ya tres años detrás de ella-
- Ven, cariño, dame un beso antes de irte-
Acabó de ponerse el traje. Impecable, como correspondía a uno de los oncólogos más prestigiosos del país. Don Ramón Arroyo Zarzosa, doctor en medicina, especialidad oncología. Jefe del gabinete médico de investigaciones oncológicas del CSIC. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Castilla La Mancha. Hijo predilecto de Hontanaya de Santiago, pregonero de las últimas fiestas patronales. Amigo personal del Rey. Socio del club de golf. Había alcanzado todas sus metas en lo social, en lo profesional y en lo personal. Su mujer, su madre, sus dos hijas, sus amigos, su perro, todos se sentían orgullosos de él, si bien es cierto que estar en tan alta estima le azoraba un poco.
Desayunó copiosamente, café con leche, bollos, polen de abeja y zumo de naranja.
Abrió con cuidado las habitaciones de sus hijas para verlas dormir. Lo hacía siempre antes de irse, le producía una sensación de felicidad.
Bajó al garaje y se acomodó en su BMW de gama alta. Asientos de cuero, equipo de alta fidelidad, gps, ordenador de a bordo. ¿Qué más se le podía pedir a la vida?
Cuando salió a la calle ya estaba clareando. Unos inmigrantes caminaban por la acera, con sus raídas bolsas en la mano, de camino a la obra.
Se incorporó a la carretera de Toledo. Como todas las mañanas estaba colapsada por el tráfico. Pacientemente siguió la lenta caravana en dirección a Madrid. Iba escuchando la cadena COPE. Empezaba a amanecer.
Pasando Getafe, tomó a la derecha el desvío hacia Perales del Río, señalado con un mustio cartel ennegrecido por la polución. Al cabo de unos kilómetros abandonó la carretera secundaria y se adentró por un camino de tierra. Antes comprobó, como siempre, que nadie le seguía. Circunvaló un gran puente de hormigón armado en construcción y tras un trecho de baches y piedras, desembocó en una explanada que se extendía en un altozano.
A cierta distancia, las máquinas excavadoras mordían la tierra polvorienta, y los camiones, como pesados mastodontes, con un bufido asfixiante subían las cuestas, levantando nubes de polvo.
Paró el motor y se quedó mirando el paisaje. Hacía dieciocho años que acudía allí todos los días laborables. Cómo había cambiado aquel entorno desde entonces. Los poblados de chavolas habían sido trasladados a otra parte, y a las putas heroinómanas, que antes pululaban por las escombreras, las había exterminado el sida. Ahora todo eran carreteras de trazos dementes, urbanizaciones colmeneras, y un bosque de grúas que se perdía en el horizonte.
Se bajó del coche a estirar las piernas. Últimamente estaba preocupado. Tenía la sensación de que su mundo empezaba a derrumbarse como un castillo de arena. Había acabado con el gran capital de su madre y ya no sabía a quien recurrir. ¿Cómo mantendría su nivel de vida, sus sueños, sus gigantescas mentiras?, pensó ajustándose el nudo de la corbata. Se sentía uno tan bien siendo valorado por los demás. Todos aplaudían sus imaginarios éxitos. Era dulce saborear la miel de la adulación. Pero su vida, en realidad, había sido una gran mentira desde el principio.
- He sacado matricula de honor en el último examen-
- Enhorabuena, cariño- le decía en la Sirenita la que después sería su mujer-, lo celebraremos con una buena cena, y luego te tengo una sorpresita…-
Pero en realidad nunca pudo pasar del primer curso de medicina. No era lo suyo. Suspendía todos los exámenes, aunque los que le rodeaban confiaban tanto en él, todos habían puesto en él tantas expectativas, que desde un principio le dio vergüenza confesar la verdad.
- ¿Has sacado otro sobresaliente, cariño?
- …Sí-
- ¡Qué inteligente eres, cariño, tiene razón tu madre!-
Y una mentira lleva a otra más grande. Y cada mentira traía consigo admiración y respeto. Había construido una escalera de arena en el aire, tan seductora como peligrosa.
- Me han ascendido a jefe de laboratorio-
- ¡No me lo puedo creer, cariño!-
La verdad es que no era médico, ni jefe, ni nada. Jamás había tenido un trabajo, ni oficio, ni beneficio. Al principio, sinceramente preocupado por el cariz fantasioso que estaba tomando su vida, buscaba a escondidas entre los anuncios de los periódicos. Llegó incluso a intentar vender cursos del Magic English.
- Y si compra nuestro curso le regalamos esta enciclopedia de animales exóticos-
No consiguió vender ni uno. A las dos semanas lo dejó.
Todos creían que era uno de los mejores especialistas médicos de España, y por qué no, de Europa, cuando en realidad no sabía ni tomar el pulso.
Un día que circulaba con su mujer y las niñas en el coche de camino a un centro comercial, presenciaron un accidente de tráfico. Alguien pidió un médico.
- ¡Mi marido, mi marido es médico!- Exclamó con indisimulado orgullo la pobre señora Arroyo-
- Mi papá es doctor e investigador secreto- Corroboró la menor de las niñas.
Así que, aunque a regañadientes, se vio obligado a representar otra farsa.
- Este hombre está muerto- Sentenció con gesto solemne tras cogerle la muñeca durante unos segundos.
- ¿Muerto?, pero si el golpe no ha sido para tanto, además parece que respira-
- Pues si mi marido dice que está muerto es que está muerto-
¿Por qué lo habían obligado siempre a ser perfecto?, ¿por qué coño todos esperaban tanto de él?, se preguntó volviendo a entrar en el coche, después de mear en un árbol seco y polvoriento.
Cogió su maletín profesional de cuero, que le había regalado su madre el día en que ficticiamente se doctoró, y lo abrió con la combinación secreta que sólo él conocía. Entre cartones rotos y papeles que se había encontrado por la calle, había una novela del oeste: “Escalones de arena”. Se sentó cómodamente y se puso a leerla.
- Canastos, me sorprendes- exclamó Merryvale, mirándola,- esperaba que estuvieses hasta el mediodía en la cama, y aquí estás, todavía cojeando un poco.
- Merryvale, hoy podría correr por las rocas y los cactus.
- Seguro, Ruth; jamás te había visto tan bonita.
En dieciocho años le había dado tiempo a leerse y releerse las dos mil setecientas novelas de Zane Grey.
Resultaba un poco surrealista ver a un hombre perfectamente trajeado, metido en un coche de lujo, en medio de la nada, leyendo novelas del oeste. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer el hombre?
Mientras tanto, su mujer, sus hijas, sus vecinos, sus amigos, lo creían luchando heroicamente, entre probetas humeantes y niquelados microscopios, en pos del remedio contra el cáncer. Alguna vez , incluso, alguien entendido en la materia había comentado de muy buena fuente que el premio Nóbel no andaba ya lejos. Así se había atrevido a anunciarlo también el alcalde de Hontanaya, su pueblo natal, asomado al balcón del ayuntamiento sobre la plaza repleta, cuando presentó al doctor Arroyo como pregonero de las fiestas.
- ¡Ruth! ¡Oh, Ruth!- Comentó él, como si soñara.
- Sí, soy yo, abuelito,- repuso ella alegremente- en casa, a salvo y feliz, pero muy cansada-
- ¿Quién te ha traído, chiquilla, mi lluvia de oro?-
- ¿Quién sino Adam y Merryvale?-
Dejó el libro y se puso a mirar al cielo. ¿De dónde sacaría ahora el dinero? A su madre ya no le quedaba nada. La pobre había vendido todo, las tierras, las casas, las acciones, para costear los quiméricos proyectos de su único hijo. Incluso había empeñado las joyas e hipotecado la casa solariega donde vivía. Ahora estaba vieja y un poco senil. ¿Qué haría con ella? Tendría que internarla en una residencia de la beneficencia pública. No quería pensar en ello. Sintió que la verdad se aproximaba como el fantasma de una pesadilla, como un alud de mierda contenida que al final le caería inexorablemente encima. No soportaría la vergüenza de la verdad. Antes prefería matarse y matar después a todos.
Tras doce horas de releer novelas del oeste, mirar los caminos que las laboriosas hormigas trazaban en la tierra, dormitar un poco con la boca abierta apoyado en el reposacabezas, hurgarse la nariz y mear varias veces más en el árbol seco y polvoriento, cerca del anochecer arrancó el coche y se dispuso a regresar al hogar tras otra dura jornada de no trabajo.
- ¿Qué tal la reunión, cariño?, he apuntado a las niñas a clase de equitación, ¿qué te parece?-
- Muy bien, vengo reventado, pero creo que la subvención nos será asignada por fin-
- Ay, cariño, me alegro mucho por ti, anda, cari, vamos a cenar, te quiero, te quiero mucho, cari –
Sin dejar de darle vueltas a la cabeza, se fue a acostar pronto. ¿Quién sabe? Tal vez los problemas acabasen resolviéndose solos, pensó activando el despertador, como siempre, a las seis menos cuarto. Aunque era mucho madrugar, tal vez solicitara pronto un cambio de horario.
Las niñas correteaban por el pasillo y su mujer trajinaba en la cocina. Rodeado de aquel ajetreo se sintió a salvo, en su mundo. En fin, mañana sería otro día.
ha merecido la pena
Ha merecido la pena.
Cada segundo que he pensado en ti,
cada palabra que te he escrito,
cada beso que te he dado.
Mereció la pena condenarme por un ángel como tú.
No hay mucho amor en esta tierra ruin y baldía,
pero en tus ojos siempre lo he encontrado.
Y si mereció la pena arriesgar toda mi vida
por un solo día a tu lado,
¿qué importa entonces el precio que tenga que pagar
por estos fértiles siete años?
foráneas banderas
Pon rumbo al futuro,
cada día que amanece vuelves a nacer.
En el pasado sólo quedan tumbas y tierra calcinada.
Diez años luchaste en una guerra que no era la tuya,
bajo foráneas banderas, por ajenas causas.
Otros a tu costa se llevaron los laureles,
mientras en tu pecho todavía las heridas sangran.
Ahora deambulas solo en medio de un mar inmenso,
a la deriva, roto y apátrida.
Guerrero de agudo ingenio
temido en todas las batallas,
despliega tus velas en pos del futuro,
que aún hay viento y esperanza.
Si has perdido el pasado tienes a cambio el presente,
y quién sabe lo que el mañana te guarda.
cada día que amanece vuelves a nacer.
En el pasado sólo quedan tumbas y tierra calcinada.
Diez años luchaste en una guerra que no era la tuya,
bajo foráneas banderas, por ajenas causas.
Otros a tu costa se llevaron los laureles,
mientras en tu pecho todavía las heridas sangran.
Ahora deambulas solo en medio de un mar inmenso,
a la deriva, roto y apátrida.
Guerrero de agudo ingenio
temido en todas las batallas,
despliega tus velas en pos del futuro,
que aún hay viento y esperanza.
Si has perdido el pasado tienes a cambio el presente,
y quién sabe lo que el mañana te guarda.
lujuria
Lujuria, una llama que no cesa.
Renace de sus rescoldos,
crece, me abrasa, me hierve, me quema.
Me devora por las noches,
no me deja hacerme viejo,
crepita, estalla, deflagra, deslumbra, ciega.
Todo en ella me enciende,
todo en ella me incendia.
Los óvalos de sus ojos,
el fuego de sus labios,
la hoguera de sus caderas.
Me reencarno en antorcha humana
cada vez que ella se acerca.
una mañana de febrero
UNA MAÑANA DE FEBRERO
El viudo entró en la papelería. Era una fría mañana de febrero. El viudo llevaba levantado el cuello de la pelliza. Gafas de aumento ahumadas y una gruesa nariz que parecía un churro.
Sacó de la cartera una tira de fotomatón, compuesta por dos fotos de carné superpuestas, donde sonreía una rubia marchita que conservaba vagos fulgores de belleza, en medio de una expresión demente y senil.
- Se está estropeando de tanto sacarla de la cartera- explicó el viudo a la chica de la papelería, una morena muy guapa de rostro aniñado- a ver si se puede plastificar-
- Sí, pero la máquina tarda un cuarto de hora en calentarse-
- Bueno, entonces me voy mientras al cementerio y ahora vuelvo-
El viudo volvió antes de que la máquina se hubiese calentado. Esperó mirando los anuncios del tablón.
- Un coche así, pequeño, que gaste poco, me haría falta a mí para ir a la playa- dijo el viudo.
La chica acabó el plastificado y con sus manos pequeñas recortó los picos para que no pincharan.
El viudo tomó la foto, la contempló asintiendo con la cabeza, la besó con suave devoción y volvió a guardársela en la cartera.
Levantándose más el cuello de la pelliza, salió de nuevo a la calle.
Una adolescente que había hecho novillos en el instituto, hablaba por el móvil sentada en los escalones de un portal.
- a ver que me vas a regalar, mañana es San Valentín-
El viudo miró a derecha y a izquierda. No tenía a donde ir, ni qué hacer, se sentía como un planeta muerto que seguía girando por inercia alrededor del sol. Tenía la sensación de que, desde que ella murió, sobraba en el mundo, como un árbol seco que se empeña en seguir de pie. Pronto sería primavera, pero el ya no tenía ilusiones con las que engañarse.
Con paso renqueante, se dirigió a la tienda de los chinos a comprar el pan.
autorretrato
AUTORRETRATO
Vivo en el mundo de Lovecraft, donde no entra ningún bípedo vil y miserable.
Es cierto que alguna puta viene de vez en cuando a visitarme,
pero la pongo a cuatro patas.
Las casas son muy antiguas, derruidas, como panteones abandonados.
La vegetación crece salvaje, sobreviviendo sólo las plantas más fuertes.
Troncos podridos cubiertos de hiedra, sin flores, sin sol y sin frutos.
Grandes perros de fauces rabiosas guardan las fronteras,
aun así duermo con un gran cuchillo debajo de la cama.
Como raíces alucinógenas y bebo el agua de los charcos.
Del mundo de fuera me separan abismos cada día más pronunciados.
Y así se suceden las noches y los inviernos,
en medio del Universo negro, silencioso y solitario.
Nada echo de menos de mi antigua vida social,
donde cada trato humano era una muerte.
De suerte que me parece un milagro
que por encima de mi profesa misantropía,
haya podido amar dos veces.
helada
HELADA
No recuerdo su nombre. La encontré acurrucada en mi portal, aterida de frío. Dejé que esa noche durmiera en mi casa. Tendría de trece a quince años, perdida, confundida, vulnerable.
A la mañana siguiente se marchó, prometiéndome que volvería para enseñarme su gato.
Nunca volvió. Se la tragaron las calles voraces de la ciudad.
¿Qué habrá sido de ella? Es poco probable que encontrara un lugar cálido y seguro en el mundo, un futuro con esperanzas. Lo más seguro es que acabara en las garras de algún chulo sin escrúpulos, del alcohol, de la heroína, en la cárcel, en el manicomio, o asesinada en una cuneta.
En la televisión, mientras tanto, filántropos de barriga satisfecha, hablaban, con cadencia de falsete, de salvar el mundo, de erradicar el hambre, el sufrimiento y la miseria.
Pero la vida es demasiado complicada en su simplicidad, demasiado innoble y traicionera, es mucho más tortuosa que un problema de conciencia.
¿Dónde estaban sus padres, sus amigos, sus maestros? Sólo era una niña y ya andaba por ahí como un perro abandonado, a pesar de las ongs, de los curas, de los políticos, del Estado protector.
Aquella chica era un fracaso más de la condición humana. Todos tenían la culpa, menos ella. Todas las puertas cerradas, todos los abismos abiertos. Inútiles todos los consejos.
¿En qué momento de su corta vida cayó aquel ángel? Quizás fue cayendo poco a poco, como un pájaro con las alas llenas de barro.
Ojalá acabara encontrando, como un fanal entre la niebla, el sagrado instinto de supervivencia.
árboles sin pájaros
Recuerdo, cuando niño, la tristeza que me producía el día de los muertos.
Tardes grises, frías, desangeladas, camino del cementerio con mi madre.
Las bolas amargas que caían de los cipreses como almas de difuntos.
La misa entre las tumbas derruidas
alumbrados por tétricos farolillos,
el olor de la cera, de la tierra, del olvido.
Los árboles sin pájaros,
las fotos serias y cenicientas de las hornacinas,
los epitafios como sentencias inconcebibles y rotundas.
No entendía por qué la gente se moría:
niños, guapas adolescentes, seres amados…
Quería huir de allí corriendo,
sin poder saber entonces que, al llegar a adulto,
todos los días de mi vida serían de difunto.





