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te jodes

¡TE JODES!

No eran todavía las diez de la mañana y ya estaba borracho como una cuba. Caminaba por la acera haciendo eses, el cuerpo inclinado hacia delante, como Groucho Marx, las piernas de trapo, los movimientos incontrolables, grotescos, parecía que iba a caerse a cada paso, pero milagrosamente se mantenía en pie.
Una jardinera municipal, de grandes ojos marrones y un poco oblicuos, se le quedó mirando.
La niebla se había disipado y la luz del sol hacía resplandecer la hierba mojada de rocío.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó las llaves, pero cada vez que intentaba abrir la puerta la cerradura se alejaba. De repente, como si una cuerda invisible tirara de él, comenzó a trotar hacia delante alejándose de la casa.
Se detuvo apoyándose en la marquesina de una parada de autobús. Sacó un cigarrillo e intentó encenderlo. El mechero daba la chispa pero la llama no prendía. Al final logró encenderlo, aunque por la boquilla. Dio una calada que le supo a plástico quemado y arrojó el cigarrillo al suelo, al hacerlo tiró también el manojo de llaves, que fue a caer junto a una mierda de perro. Se agachó para recogerlo, era imposible, parecía que había caído en un abismo.
Los personajes de la parada, apiñados y ateridos, lo miraban con desaprobación y desprecio.
Trató de concentrarse. Respiró profundamente e intentó flexionar las rodillas. Cuando parecía que por fin iba a conseguirlo, de repente las piernas se pusieron a moverse solas frenéticamente en círculo, como si bailaran el “Aserejé”.
Decidió ralentizar sus movimientos. Fue agachándose poco a poco, alargando la mano lentamente, con cuidado, con sigilo, como si se dispusiera a cazar un pajarillo. Por fin logró atrapar las malditas llaves sin mancharse de mierda. Volvió sobre sus pasos dando tumbos.
Allí estaba de nuevo, ante la ardua tarea de abrir una puerta. Sintió miedo, no iba a conseguirlo, le parecía imposible, pesado, tortuoso, como escalar una montaña. Parecía que tenía muñones en vez de manos. No tenía fe en sí mismo. Siempre igual. Ya estaba harto, en todos los acontecimientos de su vida le ocurría lo mismo. Necesitaba otra copa para darse valor.
Un perro pasó a su lado y se le quedó mirando. Tuvo la sensación de que lo miraba con superioridad. ¿Es que hasta un perro era más que él?
Herido en su orgullo extendió la mano con decisión hacia la minúscula ranura. Falló el intento. Empujó con la llave la puerta y entonces ésta se abrió. Se la había dejado abierta cuando salió temprano, todavía sereno.
Entró a la casa dando un traspié. Siempre se le olvidaba que había un desnivel. Se quedó mirando su rostro reflejado en el polvoriento espejo del recibidor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un ser? ¿Una nada? Tenía la cara amarilla, enjuta, la calva de calavera, la barba gris como la ceniza de un cadáver incinerado.
Recordó aquella ocasión perdida que pudo cambiar su vida. Tuvo en su mano un décimo que después salió premiado con el gordo de navidad, pero finalmente lo rechazó sin saber porqué.
- Mira que va a tocar, Pascual, no seas tonto- Le advirtió el camarero con su cara de neandertal.
- Pues si toca me jodo-
- Pues te jodes-
Ya habían pasado más de veinte años.
Pascual Capilla, un hombre sin suerte. Todos los trabajos perdidos, un trágico divorcio, dos hijos por ahí, Rocío y Javi, que era un poco disminuido, muchas putas, toneladas de alcohol, una úlcera sangrante, una nube constante en su cerebro…
De repente, mirando su demacrada imagen en el espejo, se sintió lúcido por unos instantes, aunque no sabía con respecto a qué. Su vida era la que era.
-¡Pues te jodes!- Exclamó con voz firme y gangosa.
Sacando pecho, consiguió llegar a la salita y encender la televisión.



 
muchas vidas


ME quedaría siempre aquí,
junto a la hoguera de tu sexo,
al calor de tu aliento,
a salvo de las tormentas.
Una mísera balsa a la deriva
me depara el mañana,
en un mar tempestuoso e inmenso.
Pero han sido tantos años viviendo en tu cuerpo,
y son tan suaves tus caricias,
tan vivas tus miradas
y la voz de la lujuria tan fuerte,
que ya he vivido muchas vidas,
por una sola muerte.


 
incienso


QUE venga a nosotros tu cuerpo.
Que tus ojos iluminen los rincones cerrados,
que el aire de tu risa, que el viento de tu pelo
se lleven esta densa vaharada de peste,
que baile sobre las tumbas tu carne rosada y desnuda,
que los mil fotogramas de tus obscenas posturas
remplacen a los pálidos rostros de las hornacinas,
que tu juventud de hembra henchida, tu palpitante hermosura,
tu voluptuosidad milagrosa y tu amor entregado
inunden de verdor los campos cenicientos,
que el divino olor de tu sexo inciense los velatorios,
que tus firmes pechos nos amamanten de esperanza,
que tus besos, tus espasmos, tus éxtasis delicados
colmen de riquezas nuestra miserable existencia,
que tus perfectos encantos nos devuelvan la fe en una vida
más apasionada y menos eterna.




 
miserable


LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, por la rampa que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, reina, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en cosas del pasado: sus hijos, sus nietas, el novio que, cuando se quedó viuda, la pretendió hasta que le dio el ictus. Apretó los ojos para no llorar, mientras tanteaba por debajo de la almohada el mendrugo de pan que había robado en la cena. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.







MISERIA.
De día y de noche.
Para siempre. Hasta que muera.
Hasta que la entierre la tierra.
Una miseria dura, rancia, absoluta.
Respira miseria.
Come miseria.
Llora miseria.
Caga miseria.
Una miseria oscura, solitaria, polvorienta.
Mientras las luces de navidad
ostentan una falsa alegría,
ella vuelve a su miseria,
a su lecho de miseria,
a su puré de miseria,
a su vejez de miseria,
a su celda de miseria,
a su olvido de miseria…
Hay perros cuya vida
es menos miserable.




 
la senda

LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, lo que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en sus nietas. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.


 
un vaso de vino
UN VASO DE VINO
El abuelo entró con su nieto al bar. La navidad estaba cerca. Olía a panchitos y a fritangas. Una camarera rumana con una cara irreal, como si los rasgos estuvieran dibujados sobre la piel tersa y anodina, ni fea ni guapa sino todo lo contrario, con una ristra de luminiscentes bolas de navidad en la mano, le preguntó a la dueña:
- ¿Merche, estas bolas van arriba o abajo?-
- Abajo, Alina, las bolas siempre van abajo, mujer- Respondió la dueña con voz hombruna.
Un parroquiano andrajoso, con unas gafas sucísimas remendadas con celofán, rió estridentemente con su botellín en la mano:
- ¡Ja, ja, ja, ja….!-
Otro parroquiano muy gordo, que estaba sentado en su taburete en un extremo de la barra, se despertó sobresaltado.
El abuelo se acercó a la barra. A su lado, su nieto, se entretenía reventando las pompas de un plástico de embalar.
-Anda, ponme un vino, y una cocacola para Angelín –
El abuelo no solía frecuentar los bares, así que no encontraba la posición en la barra. Se apoyaba con un codo, luego con otro, flexionaba inquieto una pierna, luego la otra, finalmente se puso a mirar la televisión.
- ¿blanco o tinto?-
- tinto, mejor tinto-
La dueña, con sus manos de cartón mojado, sirvió la cocacola al niño, puso un pincho de cortezas de cerdo, y en un vaso un poco nebuloso vertió el culo de una frasca. Fue a coger otra frasca de debajo del mostrador pero el abuelo la detuvo con un gesto de su mano.
- Vale, vale así-
Era un vino malo, garrafón, aguado, de los que servían a los albañiles con el menú diario. Pero al abuelo le supo a gloria. Hizo un buche saboreando el trago y chasqueó la lengua. Miró a su nieto, que ahora estaba fascinado con los dibujos animados de la tele. Era un niño un poco mohíno, grande, torpón, el hijo de su única hija. Su hija, Juani, era madre soltera, así que el abuelo habitualmente hacía de padre.
No podía explicárselo, pero por unos instantes se sintió en paz, como un soldado que vuelve de la guerra, como un boxeador que, al margen de ganar o perder, sigue en pie tras quince asaltos. Su vida había sido un largo vía crucis: cuarenta años en la imprenta para acabar siendo despedido, las penurias económicas, el cáncer de su mujer, los problemas con su hija… Pero ahora estaba allí, con su nieto, bebiendo un vaso de vino. Era algo que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que naciera el niño. Entrar con su nieto a un bar cualquiera y tomarse un chato de vino, sin prisas, sin que la vida le apremiara, sin más horizonte que una muerte próxima, al final de todo, de los trabajos y los días, de los golpes y los desengaños, un viejo al que ya no se le exige nada, un viejo que, como todo el mundo, ha hecho lo que ha podido con su vida.
- ¡Felices fiestas!- se despidió de la camarera, dejándole una propina en el platillo- ¡vamos Angelete!-
Una adolescente, rubia y delgada, hablaba por su móvil en la puerta del bar.

 
el arpa


EL ARPA DEL APOCALIPSIS

Las enfermeras miraban expectantes al enfermo terminal, como cazadores en sus puestos, esperando a que éste se decidiera a tocar las cuerdas del arpa. El enfermo terminal tenía una sonda en la nariz, parecía una especie de oso hormiguero con aquella trompa larga y delgada saliendo de las fosas nasales, enredándose entre las mangas de la bata y trepando por la cabecera de la cama hasta el soporte niquelado donde reposaba una botella con un líquido verdoso que parecía vómito de bilis.
El enfermo estaba sentado en la cama y miraba el arpa con una sonrisa bobalicona, deseando tocarla pero sin atreverse a hacerlo, como un gato que no se decide a comer de la mano de un humano. Era un septuagenario que tenía cara de monaguillo, bastante lustroso para estar muriéndose, rasgos suaves y aniñados, barbilla contraída, manos de contable, gafas ahumadas de aumento y una sonrisa beatífica en sus labios mujeriles.
Las enfermeras eran jóvenes y guapas, enfundadas en sus batas blancas y ceñidas, morenas de piel clara, una más alta que otra y con una barriguita un poco colgandera, las dos rollizas, risueñas, de ojos grandes bañados en sensualidad. Practicaban la musicoterapia, la risoterapia, y otras psicodelicoterapias vanguardistas creadas para paliar el dolor y la angustia de los enfermos terminales. Cuando un enfermo estaba a punto de morir, acudían diligentes con el arpa como ericnias cantarinas, lo saludaban riendo, lo tuteaban llamándolo constantemente por su nombre, lo mareaban hablándole sin ton ni son, lo camelaban hasta conseguir que tocara el arpa, aunque sólo fuera un instante, con mano trémula, con un dedito y desafinando, el caso es que tocara, aunque fuera con los dientes, para tener la satisfacción de que la terapia había funcionado. A veces los enfermos comenzaban a temblar cuando se abría la puerta y aparecía la siniestra arpa como un símbolo de la muerte.
- Vamos don Alfonso, no te reprimas, toca, toca –
El moribundo extendió la mano pero finalmente la retiró.
- Es que me da un poco de vergüenza-
- No seas tonto, don Alfonso, toca, toca, toca, verás como te sientes mucho mejor-
Tumbado en la cama de al lado, otro enfermo terminal, de apenas cincuenta años, muy delgado, con los pelos de punta, desdentado y con una nariz muy larga, observaba la escena con gesto hosco. De vez en cuando bajaba la mirada hacia los muslos de una de las enfermeras y entonces su expresión asesina parecía suavizarse un poco.
De repente don Alfonso dio el paso decisivo.
- Porque desde que empieza la vida…- cliiiiimmm…(tocó la cuerda más aguda)- hasta que acaba- ….cloooommm….(accionó la más grave)- hay muchas cuerdas en medio…- cliiiimmclammmcloooommm…
Las enfermeras, triunfantes, asintieron al unísono con la cabeza. Una de ellas, que se llamaba Belén y que era la que más hablaba y hablaba sin parar, se puso a reír y aplaudir con la cara desencajada como si le hubiera dado un ataque de histeria.
Don Alfonso se animó tanto que acabó cantando un corrido de Rocío Durcal, acompasado por las palmas de las paliativas enfermeras. Aquello parecía más una fiesta estudiantil que la antesala de la muerte. Al final don Alfonso no quería soltar el arpa, se agarraba a ella como un náufrago a un tronco de madera.
- Un ratito más, por favor- Suplicaba con voz plañidera.
- Venga, don Alfonso, no seas malo, hay que aprender a compartir las cosas, hay que ser solidario-
Don Alfonso se quedó mirando el arpa con pena, como si fuera una novia que se iba para siempre.
- Ahora te toca a ti, don Zacarías-
Cuando el otro enfermo, que estaba muriéndose de leucemia sangrante, vio acercarse la maligna arpa, comenzó a rechinar los dientes.
- ¡Largo de aquí con ese cacharro,- aulló con un último vivor- si me queréis ayudar de verdad desconectadme de esta puta máquina de los cojones y ponedme una inyección letal!-
- Pero don Zacarías… –
- ¡Ni don Zacarías ni hostias!-
Las enfermeras, desconcertadas, se quedaron de pie junto al enfermo gruñón. Era la primera vez que les ocurría algo así. Por regla general los enfermos, muy vulnerables debido a su precario e hipersensible estado emocional, accedían sumisos y hasta esperanzados a cualquier terapia paliativa.
Tras la ventana, un árbol gigante vomitaba sus hojas sobre el coso de una fuente.
- ¡No te jodes!-
Don Alfonso, desde la otra cama, movió la cabeza con desaprobación y con cierto aire de superioridad, como el que muestra un cura hacia un pecador irredimible.
- ¡A tomar por culo!- siguió gruñendo don Zacarías, con la voz ronca, mientras las enfermeras abandonaban la habitación con su arpa apocalíptica.
- ¡Me cago en el puta!-



 
epitafio
EPITAFIO
La verdad es que nunca regresó a Ítaca,
que perdió la guerra,
que no volvió de entre los muertos,
que sucumbió al canto de las sirenas,
que Calipso dejó de amarlo,
que Penélope lo olvidó,
que Telémaco se cansó de buscarlo,
que fue sólo un hombre más,
lleno de miedos,
lleno de dudas,
que mendigó en la tierra,
y naufragó en la mar.



 
sigues ahí

¡AH, ¿pero todavía sigues ahí?
Pero si ya todos te dieron por muerta.
Hace tiempo que dejaste de servir
ni siquiera para hacer cosquillas a la conciencia.
Pareces un coche abandonado en un desguace,
con las ruedas pinchadas y las lunas polvorientas.
Por haberte enterrado viva
disculpas a tus hijos, a tus nietos y a tus nueras.
¡Ah, de la vida!, gritas en la oscuridad,
ni tu propio eco te contesta.
Al arrullo de la tele, con el corazón resquebrajado,
conduces la papilla a la boca con mano trémula.
Es tan perra la vida, pobre vieja, tan falsa, tan mísera, tan indigna,
que menos mal que no es eterna.


 
ardes

ARDES inflamada de juventud.
Tienes forma de llama,
que prende, que enciende, que incendia, que baila,
que se hace pequeña entre mis manos,
que brota, que crece, que gime, crepita y estalla.
que todo lo incendia, que todo lo inciensa,
que todo lo alumbra, que todo lo abraza.
Llama desnuda y hermosa, rosa, roja, blanca,
que se deshace, que se dispersa, que se sucede,
que se concentra, que se vierte, que se agranda.
Llama con cara de nieve y cuerpo de fuego,
que ondula, que hierve, que arde, que envuelve,
que hiere, que besa, que ciega y que abrasa.










SAPO INMUNDO
Se sentó en un taburete al fondo de la barra. No llegaba con los pies al suelo. Estaba solo, como siempre. Nunca le había gustado estar solo, pero qué le iba a hacer, era un apestado, un paria, un monstruo al que todos odiaban y despreciaban. Y pasaran los años que pasaran siempre sería así. No era como esos malos de las películas que tanta fascinación causan en las mujeres. Él era un ser asqueroso, vomitivo y despreciable, un sapo inmundo. Lo sabía y lo asumía. Si por lo menos hubiese sido guapo, o alto, o inteligente. Tenía la impresión de que lo odiaban más debido a su decepcionante constitución física: achaparrado, más ancho que alto, patizambo, chato, con aire vulgar, con voz chillona, con cara de paleto, como si un individuo así no mereciera ser un famoso asesino psicópata.
Había pasado dieciocho años en la cárcel, más de media vida. También allí había estado solo. Nadie fue nunca a visitarlo. Le habían pegado, lo habían violado y humillado, y a veces tuvo la sensación de que lo dejaban vivir sólo para torturarlo, por pura crueldad.
No sentía remordimientos. Le hubiera gustado sentirlos porque era lo único que se podía esperar de un monstruo como él, pero qué le iba a hacer, jamás los sintió. Aunque la cara de aquella chica nunca se le quitaba de la cabeza. Aquellos ojos tan sensuales, aquel cuerpo joven y henchido que parecía brillar, resplandecer, como si tuviera luces por dentro, aquel olor dulce y salado a sangre y lágrimas.
Por cierto, ¿qué habría sido de su hija? ¿Sería tan fea y tan mala como él? Llevaba dieciocho años sin verla, ya sería una mujer, a lo mejor anda ahora por algún lugar como éste. Al principio la echaba de menos, al fin y al cabo tampoco era un animal desnaturalizado. Hasta pensó en ir a buscarla a Zorita cuando obtuviera la condicional. Pero después, ya libre, sin saber porqué de repente se le pasaron las ganas. Tal vez le daba miedo. Ahora ya casi no sentía nada, sólo reacciones reflejas, como un perro apaleado y rabioso.
Las putas, con sus culos redondos y sus tetas altas, revoloteaban entorno a los clientes, pero ninguna se acercaba a él, no porque lo conocieran, sino porque, como leonas que eran de fino olfato, olían su fracaso, su ruina de vida, su aureola de odio. Además no tenía dinero para acostarse con una. ¿Qué se sentiría al volver a estar con una mujer? Debía ser algo milagroso, curativo, un sueño inefable, algo que él no se merecía.
El camarero, con además neutro, le puso una cerveza. No es que fuera muy cervecero que digamos, pero no le alcanzaba para un wisky.
En la pasarela, entre oleadas de humo fluorescente, una rubia voluptuosa bailaba con insinuante obscenidad agarrada a la reminiscente barra de acero. Tenía unas tetas enormes y un gran culo blanco y trémulo. Parecía una escultura viva. Después, cuando acabó la música estridente, se cubrió con una bata vaporosa y se puso a limpiar la barra con ginebra. En un momento dado, estando en cuclillas, la bata se le abrió dejando ver los muslos gordos y torneados. Era más excitante así, con la bata puesta.
Bebió un trago de cerveza. Tenía los dientes podridos por tantos años de droga y pésima alimentación. Le olía mal el aliento. Su piel parecía quemada por radiactividad. Aunque se duchara cien veces, seguiría apestando a yonki.
Sin saber porqué pensó en su padre, otro desgraciado, otro deshecho humano. Pero su padre por lo menos luchó. Cuando estaba convaleciente después de la quimioterapia, su obsesión era poder subir las escaleras. Un día subía dos escalones, al siguiente tres, hasta que por fin, tras dolorosos e infructuosos intentos, consiguió llegar a la cima.
-¡Lo he conseguido, Lucianete!-
Se emocionó tanto que se puso a llorar, y en un descuido perdió el equilibrio rodando otra vez escaleras abajo. Se rompió una pierna y varias costillas. ¡Menudo capullo!
- ¡Hola, cómo te llamas, de dónde eres, es la primera vez que vienes?-
No podía creérselo. Aquella puta se estaba dirigiendo a él. La verdad es que tenía una expresión bobalicona y la cara llena de granos, rojeces y salpullidos, pero era la primera mujer que le hablaba en dieciocho años, aparte de su abogada. Ya era algo.
Le entró un tic en un ojo. Para calmarse bebió otro largo trago de cerveza. La puta se sintió ignorada y se fue. Él, en un gesto instintivo, se rascó los testículos por encima del pantalón.



 
fuego
ERES fuego. Te delata tu calor, tu forma de moverte,
de abrazarme, de consumirme, de mirarme.
Creces y quemas como el fuego, crepitas de gozo
como el fuego devorando una rama seca.
Te has propuesto seguir ardiendo
hasta haberme reducido a cenizas.
Nada te detendrá.
Tus llamas derriban muros, escalan montañas,
calcinan pastos, bailan sobre el agua.
A veces pareces apunto de apagarte
como el sol al atardecer,
y de repente estallas en lenguas que ciegan,
que envuelven, que abrasan, que besan, que muerden,
que dan la vida y que matan.






TÚ y yo sabemos que ya nada es lo mismo.
De repente te alejas dejando tu mano en mi mano
como quien deja un guante vacío.
De poco sirven las promesas, las posturas perversas
y los besos fetiches contra el olvido.
Nunca me negaste el pan y la sal de tu cuerpo,
durante muchos años no he buscado ni querido
ningún otro alimento,
pero llega un momento en que la belleza y el deseo no bastan,
no es culpa tuya ni mía,
es que la vida es así de puta, de absurda y de extraña.
Doy patadas a la puerta por donde te has marchado,
mientras entre las sábanas revueltas
los rescoldos de tu amor se van apagando.