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la distancia más larga
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Sindicación
 
cáliz

HE apurado hasta la última gota
el cáliz del placer.
A través de tu belleza
he encontrado la verdad, la bondad y la sabiduría.
Déjame contemplar un poco más
tu preciosa desnudad,
enervado de éxtasis, ebrio y atónito,
sin rendir cuentas por nada,
respirándote, bebiéndote,
antes de que mañana vuelva a estar solo
frente a la mueca grotesca y macabra
de la realidad.



 
témpanos de ausencia

TÉMPANOS DE AUSENCIA
¿Y qué me importa a mí esta guerra,
este país lejano, estas extrañas banderas?
Nunca descansará mi corazón lejos de Itaca,
por más que con tu cuerpo me abrigues
y prodigues sobre mis noches tu clara belleza.
Témpanos de ausencia me trae cada amanecer
y caminos que se borran en la niebla.
 
el último día

EL ÚLTIMO DÍA

El padre y su hija entraron al bar. Se quedaron de pie entre las mesas, un poco perdidos, aturdidos, desorientados en un lugar extraño, esperando a que el camarero acudiera a rescatarlos. No había mucha gente. Dos viejos habituales en una esquina de la barra: uno con muletas y una pata de hajalata, el otro con huellas de viruela en el rostro y una colilla en la comisura de los labios; una familia comiendo cerca de la ventana, y un comercial de papelería sentado solo a la mesa mirando la televisión.
El camarero les preparó una mesa. El padre dejó sus gafas de sol encima del mantel y la niña se sentó a su derecha.
- ¿Qué les apetecería comer?- Preguntó el camarero con un extraño acento entre gallego y francés.
- ¿Tienen pasta?- Preguntó a su vez la niña con un timbre de voz límpido y despierto.
- Pasta no, pero tenemos lasaña, también tenemos revuelto de champi con jamón o espárragos blancos de primero, de segundo alitas de pollo, huevos fritos con chorizo o san jacobo- Contestó el camarero robóticamente.
La niña pidió lasaña y san jacobo, de beber una cocacola. El padre champiñones y alitas, de beber un botellín de mahou.
- A este siempre lo invitan,- comentó riendo el camarero, andando con grandes zancadas hacia la barra, señalando al viejo de la colilla en la comisura de los labios- si viene siete veces siete veces que lo invitan, siempre hay alguien por aquí que lo invita, es un tío con suerte, je, je, je, qué jodío el Anastasio-
El aludido tenía un rostro curtido, rústico, con largas patillas canosas, parecía un torero retirado. El otro viejo, el de las muletas, pagó los vinos.
El padre y su hija apenas hablaron durante la comida. La niña se aburría con su padre, en el fondo estaba deseando que se acabaran las vacaciones para volver con su madre, con sus amigas, a su colegio. Con su padre no tenía nunca nada de qué hablar, era soso y serio, totalmente adulto, extraño. Con su madre, por el contrario, podía hablar de casi todo. Pero bueno, por fin era el último día. Suspiró aliviada. El padre la miró, como adivinando lo que pensaba. El padre también se sentía cohibido, un poco acongojado incluso, inerme, el mundo de la infancia le parecía un mundo difícil, delicado, incomprensible. La niña tendría unos diez años, el pelo rizado, largo y rubicundo, los ojos vivaces, la nariz y el mentón como los de su padre. La niña se puso a mirar a la familia que comía junto a la ventana: el padre, con gafas de aumento y el pelo engominado; la madre, una guapa y jovial morena con una cara y unos ojos que se iluminaban cuando reía; las niñas, revoltosas y alegres, de su misma edad; todos juntos, hablando alto, moviéndose desinhibidamente, riendo y comiendo como si estuvieran en casa.
- Come- dijo el padre.
La niña destripó la lasaña con el tenedor y sopló para que no quemara. El padre se miró las manos mientras comía, pensó que eran manos de viejo, de esas que ya no atraen la atención de las mujeres.
El viejo de las muletas se incorporó renqueante del taburete y se arrastró chirriando hasta la máquina tragaperras para jugar las monedas del cambio. La máquina se puso a tocar una musiquilla alegre mientras se tragaba las monedas.
- ¡César, pon otra ronda!-
El torero retirado dijo por educación que no, que tenía que irse, pero finalmente aceptó otro vino y otro platillo de aceitunas, en realidad no tenía ningún sitio a donde ir, era pobre. ¿A dónde voy a ir que más valga? El comercial miró su reloj.
Por la calle pasó con gran estruendo el camión del butano. Un negro con cara de boxeador que iba subido en el remolque, se quedó mirando a dos pajarillos que picoteaban un trozo de pan en el suelo. De repente se levantó una seca polvareda que arremolinó el detritus.
El padre miró a su hija con contenida ternura, la niña hizo como que no se daba cuenta y bebió un último sorbo de cocacola.
El camarero se apoyó en la barra y cerró los ojos como un pollo adormilado.
La cocinera salió de la cocina y se dirigió al arcón de los congelados, llevaba unos pantalones largos muy cortos, dejando ver un calcetín azul y otro rosa, el padre observó ese detalle y pensó absurdamente que la vida es una especie de trampa, de enfermedad, de estafa, de callejón sin salida.
-¿Van a querer postre, café?-
- Yo quiero un helado de vainilla, si tienen- Pidió la niña.
- Nada- dijo el padre.
El comercial de papelería se rascó la calva.
La cocinera, de vuelta a la cocina, sonrió beatíficamente, como si llevara encendida sobre su estúpida cabeza la llamita del espíritu santo.


 
el último día

EL ÚLTIMO DÍA

El padre y su hija entraron al bar. Se quedaron de pie entre las mesas, un poco perdidos, aturdidos, desorientados en un lugar extraño, esperando a que el camarero acudiera a rescatarlos. No había mucha gente. Dos viejos habituales en una esquina de la barra: uno con muletas y una pata de hajalata, el otro con huellas de viruela en el rostro y una colilla en la comisura de los labios; una familia comiendo cerca de la ventana, y un comercial de papelería sentado solo a la mesa mirando la televisión.
El camarero les preparó una mesa. El padre dejó sus gafas de sol encima del mantel y la niña se sentó a su derecha.
- ¿Qué les apetecería comer?- Preguntó el camarero con un extraño acento entre gallego y francés.
- ¿Tienen pasta?- Preguntó a su vez la niña con un timbre de voz límpido y despierto.
- Pasta no, pero tenemos lasaña, también tenemos revuelto de champi con jamón o espárragos blancos de primero, de segundo alitas de pollo, huevos fritos con chorizo o san jacobo- Contestó el camarero robóticamente.
La niña pidió lasaña y san jacobo, de beber una cocacola. El padre champiñones y alitas, de beber un botellín de mahou.
- A este siempre lo invitan,- comentó riendo el camarero, andando con grandes zancadas hacia la barra, señalando al viejo de la colilla en la comisura de los labios- si viene siete veces siete veces que lo invitan, siempre hay alguien por aquí que lo invita, es un tío con suerte, je, je, je, qué jodío el Anastasio-
El aludido tenía un rostro curtido, rústico, con largas patillas canosas, parecía un torero retirado. El otro viejo, el de las muletas, pagó los vinos.
El padre y su hija apenas hablaron durante la comida. La niña se aburría con su padre, en el fondo estaba deseando que se acabaran las vacaciones para volver con su madre, con sus amigas, a su colegio. Con su padre no tenía nunca nada de qué hablar, era soso y serio, totalmente adulto, extraño. Con su madre, por el contrario, podía hablar de casi todo. Pero bueno, por fin era el último día. Suspiró aliviada. El padre la miró, como adivinando lo que pensaba. El padre también se sentía cohibido, un poco acongojado incluso, inerme, el mundo de la infancia le parecía un mundo difícil, delicado, incomprensible. La niña tendría unos diez años, el pelo rizado, largo y rubicundo, los ojos vivaces, la nariz y el mentón como los de su padre. La niña se puso a mirar a la familia que comía junto a la ventana: el padre, con gafas de aumento y el pelo engominado; la madre, una guapa y jovial morena con una cara y unos ojos que se iluminaban cuando reía; las niñas, revoltosas y alegres, de su misma edad; todos juntos, hablando alto, moviéndose desinhibidamente, riendo y comiendo como si estuvieran en casa.
- Come- dijo el padre.
La niña destripó la lasaña con el tenedor y sopló para que no quemara. El padre se miró las manos mientras comía, pensó que eran manos de viejo, de esas que ya no atraen la atención de las mujeres.
El viejo de las muletas se incorporó renqueante del taburete y se arrastró chirriando hasta la máquina tragaperras para jugar las monedas del cambio. La máquina se puso a tocar una musiquilla alegre mientras se tragaba las monedas.
- ¡César, pon otra ronda!-
El torero retirado dijo por educación que no, que tenía que irse, pero finalmente aceptó otro vino y otro platillo de aceitunas, en realidad no tenía ningún sitio a donde ir, era pobre. ¿A dónde voy a ir que más valga? El comercial miró su reloj.
Por la calle pasó con gran estruendo el camión del butano. Un negro con cara de boxeador que iba subido en el remolque, se quedó mirando a dos pajarillos que picoteaban un trozo de pan en el suelo. De repente se levantó una seca polvareda que arremolinó el detritus.
El padre miró a su hija con contenida ternura, la niña hizo como que no se daba cuenta y bebió un último sorbo de cocacola.
El camarero se apoyó en la barra y cerró los ojos como un pollo adormilado.
La cocinera salió de la cocina y se dirigió al arcón de los congelados, llevaba unos pantalones largos muy cortos, dejando ver un calcetín azul y otro rosa, el padre observó ese detalle y pensó absurdamente que la vida es una especie de trampa, de enfermedad, de estafa, de callejón sin salida.
-¿Van a querer postre, café?-
- Yo quiero un helado de vainilla, si tienen- Pidió la niña.
- Nada- dijo el padre.
El comercial de papelería se rascó la calva.
La cocinera, de vuelta a la cocina, sonrió beatíficamente, como si llevara encendida sobre su estúpida cabeza la llamita del espíritu santo.


 
vía crucis
ÚLTIMA ESTACIÓN

- No, no le doy torrija señora Perpetua, que me se atraganta otra vez como en Nochevieja con el langostino y no quiero ir de entierro, prefiero que viva usted todavía muchos años- Riñó una auxiliar con el pelo teñido de color paja y un ojo más bajo que otro, desnivelado, caído y algo siniestro, como la rueda pinchada de un coche, a una vieja alta y delgada, con los pelos de punta como un gallo de pelea, y con una expresión de sobresalto en el rostro, como si estuviera a punto de gritar.
- Pues para acabar así...-
- Tenemos que vivir todo lo que Dios quiera, doña Perpetua, ¡Pilar, Pilar, ven a ayudarme con las meriendas!-
- ¡Voooyy!- Gritó desde el pasillo una voz con cierto tono de fatiga y resignación.
La voz entró por la puerta. Pertenecía a una auxiliar con gafas de aumento y la cara como un balón sobre el que se ha sentado un gordo.
Como era festivo, los ancianos esperaban visita. Cuando alguien se asomaba por el umbral, todos los ojos estaban mirando expectantes, luego volvían de nuevo a sus ilusiones perdidas.
- Llévale el café a Agrícola, Pili, le gusta con dos sacarinas, creo que con él ya están todos, sólo falta la de la sonda-
´ - Ésta leche está agria- Se quejó una vieja muy gorda con unos ojos que parecía que iban a saltar desde las órbitas al vacío.
- ¿Agria?, pero si está muy rica, Macarena, tú el caso es quejarte, cariño-
En la tele echaban un reportaje sobre un negro albino que había huido de su tribu en patera porque lo querían quemar vivo.
- ¡Ahhaay!- suspiró una vieja marchita que andaba con una bolsa de orines en un costado- si yo tuviera hijas en vez de hijos no estaría aquí presa-
- Pues yo tengo dos hijas y mira, corazón, aquí me tienes- Le respondió otra vieja que permanecía postrada en una silla de ruedas tapada con un montón de cojines.
- Mi Santitos era ludópata y lo perdió todo en las máquinas tragaperras, el trabajo, la casa, la mujer, los hijos, luego se ahorcó de una viga- Confesó crudamente una viejecilla que parecía una mona, seca como un sarmiento.
En la pared había un reloj con forma de coche antiguo, con una manecilla que se movía lenta pero inexorablemente, haciendo un ruido silencioso, como de agua que se evapora.
En la tele ahora había anuncios. Una mujer con cara de niña estaba apoyada con voluptuosa feminidad en el alfeizar de una ventana mirando a la lejanía, tal vez al mar, y de repente su rostro se iluminaba como el de una virgen lozana y blanquísima.
Un viejecillo con cara de monaguillo, que se hacía llamar Santos España, sonriente, bien vestido, con la corbata anudada perfectamente sobre la nuez, se puso a cantar con aspavientos de divo:
- ¡Piiiintor, que pintas igleeeesias, cooon el pincel extranjeeeeroooo!-
- Paciencia, Señor, paciencia, dicen que con la paciencia se gana el cielo- Rezó con voz de bruja desdentada una vieja que empujaba un andador de camino a alguna parte, deteniéndose al cabo de unos pasos entre resuellos, como en las estaciones de un Vía Crucis.










SOLEDAD
Puso los pies en alto, sobre dos cojines encima del sofá. Todo el día de pie en la peluquería... Menos mal que ya era viernes, tenía todo el fin de semana para descansar.
Encendió la televisión:
“¡Un tratamiento único que rejuvenece tu silueta en pocos días!”
Ella no tenía una buena silueta. Demasiado alta, demasiado delgada, con los pies y las manos demasiado grandes, cargada de hombros, los pechos pequeños, la cintura ancha, el culo aplastado, y un antojo sanguinolento en la mejilla izquierda. Era fea, para qué engañarse. La vida pasaba, tenía ya treinta y un años y nunca había tenido novio. Una vez salió con un chico que estudiaba arquitectura. Conducía un deportivo negro y vivía en un ático en Argüelles. Parecía el chico perfecto, algo calvo y un poco gordo, es verdad, aunque para ella estaba muy bien. Pero después de dos meses de relación ambigua, acabó esfumándose como el fantasma de un sueño.
Al final se había resignado. Era una buena chica, con un trabajo fijo y un piso propio en las Américas de Parla, pero no bastaba con eso.
En la tele sólo había anuncios estúpidos. La apagó.
En el silencio, ahora, sólo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que le había regalado su hermana Noelia. Su hermana sí que era guapa, estaba llena de vida, como un almendro en flor, desprendía un halo de voluptuosidad que atraía a los hombres. Josito estaba loco por ella, hacía dos años que se habían casado y ahora querían tener un niño.
Ella nunca tendría hijos, lo sabía. Su vida se reducía al trabajo de tinturista en la peluquería y algún viaje organizado por vacaciones, sola, entre gente desconocida. Bueno, una vez en Burgos hizo amistad con una maestra muy gorda que también viajaba sola. Visitaron juntas la catedral, la iglesia de Lermes, e hicieron fotos a la fachada de la Casa del Cordón, y como hacía mucho frío, buscaron una cafetería y se tomaron un café con leche.
Se sentía inerte, como una planta de interior. Cogió el móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Hola cielo- Escuchó al otro lado la voz de un hombre, una voz comprimida, como si estuviera metida en una caja de zapatos.
Dudó un momento. Luego dijo de repente:
- Te quiero, papa, te quiero mucho-
- Yo también te quiero mucho, hija- Respondió la voz de la caja, algo quebrada por la emoción.
Hablaron un rato de nimiedades y luego colgaron.
Volvió el silencio, el tic tac del reloj. El salón era muy grande, pensó, demasiado grande para una persona sola, grande como un desierto, grande como un mundo, casi tan grande como su soledad.









CARNE VIVA
Desnuda, henchida de savia, de frutas, de flores, de miradas,
vas dejando un aroma de vida por donde tu cuerpo brota,
vuela, se arruma, se frota, se desliza, se desmaya,
encendiendo hogueras, iluminando sombras,
consagrando el presente, pariendo multitudes.
Donde quiera que en adelante estés,
tus labios se abrirán al beso
y tu joven vientre dará calor y abrigo
a la semilla del amor.
Ahora quiero amortajarme con estas sábanas
donde, a oleadas, has vertido tu olor.
Quiero morir ahogado en tu carne viva,
y arrodillado desde la otra orilla,
adorar tu caudaloso recuerdo,
como se adora a un único Dios.


 
soledad
ÚLTIMA ESTACIÓN

- No, no le doy torrija señora Perpetua, que me se atraganta otra vez como en Nochevieja con el langostino y no quiero ir de entierro, prefiero que viva usted todavía muchos años- Riñó una auxiliar con el pelo teñido de color paja y un ojo más bajo que otro, desnivelado, caído y algo siniestro, como la rueda pinchada de un coche, a una vieja alta y delgada, con los pelos de punta como un gallo de pelea, y con una expresión de sobresalto en el rostro, como si estuviera a punto de gritar.
- Pues para acabar así...-
- Tenemos que vivir todo lo que Dios quiera, doña Perpetua, ¡Pilar, Pilar, ven a ayudarme con las meriendas!-
- ¡Voooyy!- Gritó desde el pasillo una voz con cierto tono de fatiga y resignación.
La voz entró por la puerta. Pertenecía a una auxiliar con gafas de aumento y la cara como un balón sobre el que se ha sentado un gordo.
Como era festivo, los ancianos esperaban visita. Cuando alguien se asomaba por el umbral de la puerta, todos los ojos estaban mirando expectantes, luego volvían de nuevo a sus ilusiones perdidas.
- Llévale el café a Agrícola, Pili, le gusta con dos sacarinas, creo que con él ya están todos, sólo falta la de la sonda-
´ - Ésta leche está agria- Se quejó una vieja muy gorda con unos ojos que parecía que iban a saltar desde las órbitas al vacío.
- ¿Agria?, pero si está muy rica, Macarena, tú el caso es quejarte, cariño-
En la tele echaban un reportaje sobre un negro albino que había huido de su tribu en patera porque lo querían quemar vivo.
- ¡Aaaay!- suspiró una vieja marchita que andaba con una bolsa de orines en un costado- si yo tuviera hijas en vez de hijos no estaría aquí presa-
- Pues yo tengo dos hijas y mira, corazón, aquí me tienes- Le respondió otra vieja que permanecía postrada en una silla de ruedas tapada con un montón de cojines.
- Mi Santitos era ludópata y lo perdió todo en las máquinas tragaperras, el trabajo, la casa, la mujer, los hijos, luego se ahorcó de una viga- Confesó crudamente una viejecilla que parecía una mona seca como un sarmiento.
En la pared había un reloj con forma de coche antiguo, con una manecilla que se movía lenta pero inexorablemente, haciendo un ruido silencioso, como de agua que se evapora.
En la tele ahora había anuncios. Una mujer con cara de niña estaba apoyada con voluptuosa feminidad en el alfeizar de una ventana mirando a la lejanía, tal vez al mar, y de repente su rostro se iluminaba como el de una virgen lozana y blanquísima.
Un viejecillo con cara de monaguillo, que se hacía llamar Santos España, sonriente, bien vestido, con la corbata anudada perfectamente sobre la nuez, se puso a cantar con aspavientos de divo:
- ¡Piiiintor, que pintas igleeeesias, cooon el pincel extranjeeeeroooo!-
- Paciencia, Señor, paciencia, dicen que con la paciencia se gana el cielo- Rezó con voz de bruja desdentada una vieja que empujaba un andador de camino a alguna parte, deteniéndose al cabo de unos pasos entre resuellos, como en las estaciones de un Vía Crucis.










SOLEDAD
Puso los pies en alto, sobre dos cojines encima del sofá. Todo el día de pie en la peluquería... Menos mal que ya era viernes, tenía todo el fin de semana para descansar.
Encendió la televisión:
“¡Un tratamiento único que rejuvenece tu silueta en pocos días!”
Ella no tenía una buena silueta. Demasiado alta, demasiado delgada, con los pies y las manos demasiado grandes, cargada de hombros, los pechos pequeños, la cintura ancha, el culo aplastado, y un antojo sanguinolento en la mejilla izquierda. Era fea, para qué engañarse. La vida pasaba, tenía ya treinta y un años y nunca había tenido novio. Una vez salió con un chico que estudiaba arquitectura. Poseía un deportivo negro y un ático en Argüelles. Parecía el chico perfecto, algo calvo y un poco gordo, es verdad, aunque para ella estaba muy bien. Pero después de dos meses de relación ambigua, acabó esfumándose como el fantasma de un sueño.
Al final se había resignado. Era una buena chica, con un trabajo fijo y un piso propio en las Américas de Parla, pero no bastaba con eso.
En la tele sólo había anuncios estúpidos. La apagó.
En el silencio, ahora, sólo se escuchaba el tic tac del reloj de pared que le había regalado su hermana Noelia. Su hermana sí que era guapa, estaba llena de vida, como un almendro en flor, desprendía un halo de voluptuosidad que atraía a los hombres. Josito estaba loco por ella, hacía dos años que se habían casado y ahora querían tener un niño.
Ella nunca tendría hijos, lo sabía. Su vida se reducía al trabajo de tinturista en la peluquería y algún viaje organizado por vacaciones, sola, entre gente desconocida. Bueno, una vez en Burgos hizo amistad con una maestra muy gorda que también viajaba sola.
Se sentía inerte, como una planta de interior. Cogió el móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Hola cielo- Escuchó al otro lado la voz de un hombre, una voz comprimida, como si estuviera metida en una caja de zapatos.
Dudó un momento. Luego dijo de repente:
- Te quiero, papa, te quiero mucho-
- Yo también te quiero mucho, hija- Respondió la voz de la caja, algo quebrada por la emoción.
Hablaron un rato de nimiedades y luego colgaron.
Volvió el silencio, el tic tac del reloj. El salón era muy grande, pensó, demasiado grande para una persona sola, grande como un desierto, grande como un mundo, casi tan grande como su soledad.









CARNE VIVA
Desnuda, henchida de savia, de frutas, de flores, de miradas,
vas dejando un aroma de vida por donde tu cuerpo brota,
vuela, se arruma, se frota, se desliza, se desmaya,
encendiendo hogueras, iluminando sombras,
consagrando el presente, pariendo multitudes.
Donde quiera que en adelante estés,
tus labios se abrirán al beso
y tu joven vientre dará calor y abrigo
a la semilla del amor.
Ahora quiero amortajarme con estas sábanas
donde, a oleadas, has vertido tu olor.
Quiero morir ahogado en tu carne viva,
y arrodillado en la otra orilla,
adorar tu caudaloso recuerdo,
como se adora a un único Dios.


 
la distancia



NO sabía yo entonces que la Tierra era plana,
que si no te andabas con cuidado
podías caer por el borde
a un abismo de oscuridad y desesperanza.
Creía que el cielo era azul,
que la vida era posible,
que la luz del sol nos cobijaba.
Que los árboles crecían hacia arriba,
que las flores olían,
que tus besos ardían,
que la lluvia mojaba.
Que el futuro venía después del pasado,
que después de la noche venía la mañana,
que no era un error cada certeza,
que la Tierra era redonda y estaba habitada.
Que las palabras no estaban hechas de silencio,
que los muertos vivieron,
que con una línea recta
se podía medir la distancia.