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las gafas de rayos x

LAS GAFAS DE RAYOS X
Salvador Ronquillo fue siempre un muchacho raro. Mientras los demás muchachos pensaban en el fútbol o en ligar con las chicas en la discoteca, él permanecía encerrado en su cuarto, en otra dimensión, a salvo en su mundo, perfeccionando sus inventos. Un día se presentó en el colegio con un extraño artilugio cubriéndole la mano derecha, una especie de garra de metal que se activaba mediante un interruptor conectado a una batería que llevaba atada al pecho, imitando la garra de algún superhéroe de los cómics que leía. Todos se rieron de él, pero no le importó mucho, estaba acostumbrado. Inventó también unos zancos psicodélicos con unos botes de tomate, una máquina de pinball con gomas y pinzas de la ropa, una bicicleta autopropulsada con el motor de una lavadora, extraños instrumentos musicales, una línea telefónica con unos envases de yogures, etc, etc. Para algunos era un genio, para la mayoría, por el contrario, se trataba simplemente de un imbécil.
Pero nadie podía sospechar la trascendencia del último invento que se traía entre manos. Un invento a la altura de la bicicleta, del internet o de la viagra.
Dominado por su obsesión, trabajaba día y noche sin descanso. Su madre llegó a sospechar que se había vuelto loco. Pasaba todo el tiempo encerrado, sin comer, sin dormir, pálido, febril, desencajado. ¡Hasta que por fin lo consiguió!: Había inventado unas gafas de rayos x para ver a las chicas desnudas a través de la ropa.
Temblando de emoción y de ansiedad, salió a la terraza para probar su invento. Se fijó en la dependienta de la tienda de ropa de niños que había en la esquina, una muchacha morena y voluptuosa, de rasgos infantiles, ojos grandes, nariz pequeña y labios carnosos, de piel blanca y pelo largo, que le gustaba desde hacía tiempo. Estaba cambiando el escaparate, a gatas, intentando alcanzar un vestido rojo para sustituirlo por otro de color verde. Salvador se puso sus gafas de ver desnuda y la cazó de lleno en aquella postura felina y seductora, con la grupa ondulada, aquellas formas rotundas, henchidas, tremendas, la sombreada herida del sexo adivinándose entre las nalgas ofrecidas, los pechos duros y grandes cuyos pezones rosas y erectos rozaban una cabeza de maniquí, el pelo derramándose por la espalda. Tuvo que masturbarse cinco veces seguidas para poder soportar aquella visión lujuriosa, imposible, espasmódica, divina.
A partir de entonces, todos los días se echaba a la calle con su bicicleta y sus gafas indiscretas en busca de mujeres guapas a las que desnudar con la mirada. Con aquellas gafas estrafalarias de grandes cristales ahumados y redondos, parecía una especie de mosca humana sobre ruedas. Todo el mundo se reía de él, aunque era él quien en realidad tenía motivos para reírse de todo el mundo.
- ¡Qué miras, payaso!,- lo increpaba un grupo de chicas que hacían el botellón en el parque- ¡de qué coño te ríes, subnormal!-
Pero en esta vida todo acaba por saberse. Primero fueron sospechas, rumores, hasta que por fin alguien, no se sabe cómo ni como no, adivinó lo que se traía entre manos el loco de Salva.
Los demás chicos empezaron a pedirle prestadas las gafas, incluso le ofrecían dinero, los que siempre lo habían tratado con crueldad o con desprecio empezaron a hacerse amigos de él, todo en vano, Salva no se desprendía de sus gafas ni para dormir.
Sólo miraba a las guapas, cuando se topaba con alguna fea, desviaba la mirada hacia otro lado.
- ¡Me ha mirado, ay mi madre, me ha visto desnuda!-
- No, no te preocupes, Rocío, yo creo que me ha mirado a mí-
Cuando, al caer la tarde, los grupos de adolescentes tomaban el bulevar, en medio del bienestar vivificante que traía la brisa de la primavera, de repente alguien daba la voz de alarma:
-¡Que viene, que viene el mirón!-
Las chicas empezaban a gritar y, tapándose con las manos sus partes erógenas, corrían despavoridas hacia los portales, como si huyeran de la vaquilla en los encierros de las fiestas. Entonces aparecía Salvador como una centella, bajando la calle con su bicicleta a toda velocidad, para aprovechar el factor sorpresa, girando la cabeza a un lado y a otro en busca de alguna víctima rezagada.
Una vieja que no podía correr se puso a insultarle:
- ¡Sinvergüenza, asqueroso, zángano!-
Tal vez indignada porque había pasado a su lado sin fijarse en ella.
Mientras en el parque las parejas se besaban junto al estanque, bajo los sauces, besos húmedos, concretos, reales, Salva regresaba a su casa con la retina llena de tetas, culos, coños, muslos, cuerpos esculturales y maravillosos, carne joven y fresca, excitante, subyugante, platónica. El sol se ponía tras las tapias del cementerio, y Salvador pedaleaba subiendo las cuestas, sintiéndose, sin saber porqué, un poco triste, un poco solo, un poco irreal con toda aquella aventura. Tal vez la mayoría de la gente tuviera en el fondo razón con respecto a él.









EL MATÓN



 
la otra orilla


LA OTRA ORILLA
El viento empujó las velas
y la tierra se fue quedando atrás:
los caminos, los tejados,
las calles por las que había andado,
los labios que había besado,
el barro al que había dado forma con sus manos.
Los brotes rompían la piel de la tierra
y en el cielo las estrellas
seguían su curso inescrutable.
Lo fue envolviendo un atronador silencio
y el vértigo de la inmensidad.
Quedaron tantas cosas por hacer,
tantas cosas por olvidar...
En la playa desierta, impasibles, obsesivas,
iban y venían las olas del mar.

 
no te vayas



¡NO te vayas!,
me pides tendiendo hacia mí tus manos infantiles.
Siento que bajo mis pies la tierra me falta,
que pierdo ese rincón de sol
que hasta los perros tienen,
que el viento arranca de cuajo
las velas de mi barca,
que no soy yo sino el devenir
quien mis pasos arrastra,
que viéndote llorar
mi corazón se muere.


 
el beso

EL BESO

Se había levantado para ir al servicio. Ella se quedó mirándolo, con esa nuca ancha y peluda, los andares de hipopótamo, la calva brillante, la barriga prominente, el olor a sudor rancio y el aliento a alioli. ¡Qué asco!, pensó componiendo un rictus agrio con sus labios dulces y carnosos. Y además de un guarro era un tacaño, dijo que la invitaba a cenar y la había traído a un macdonal, ¿Para eso la pobre había recorrido miles de kilómetros desde Ecuador hasta España, para acabar cenando en un macdonal? Representante artístico, representante artístico de su padre, que hombre tan raro. Ella era una joven muy guapa, muy atractiva, en su país la pretendió hasta un licenciado, se merecía algo mejor que aquella especie de orangután cursi, pero en fin, tampoco estaba la vida como para andar eligiendo, y a puta, por un prejuicio absurdo, no quería meterse, al menos mientras pudiese evitarlo, todo fuera por su niña, la miseria tiene garras que te destrozan de un zarpazo. Cómo son estos españoles, pensó con una sonrisa maternal y un poquito irónica en sus ojos francos, torpes, feos, cerriles, pero tienen dinero, mijita, y sin dinero nadie puede vivir.
En la mesa de la izquierda una vieja muy gorda con los ojos desorbitados, estaba diciéndole a otra vieja arrugada de pelo plateado que chupaba un helado de leche merengada:
-Me levanté de la siesta a las cuatro, como todas las tardes, y cuando salí al porche para ponerla a andar un poco, porque la doctora le dijo que tenía que hacer ejercicio por el corazón, vi que no estaba, me dijo Pilar se la han llevado en una ambulancia, digo ¿en una ambulancia?, dice sí, luego ya me enteré de que se había muerto y la habían enterrado, pero a ver, hija, así es la vida, todos nos tenemos que morir algún día queramos o no, unos antes, otros después, pero todos, los gatos, los perros, los lagartos, las culebras, las mulas, el papa, todos, y también otros nacen, por eso la vida nunca se puede acabar por muchas epidemias que haya-
El orangután volvió del servicio con una sonrisa estúpida en su rostro abotargado. De repente, cuando estaba junto a la mesa, cayó de rodillas al suelo. Ella pensó que se había tropezado.
- ¡Uy, papito, cuidado, ¿te has hecho daño?!-
Pero no, en realidad se había arrodillado en un arrebato novelesco, como un caballero andante ante su dama. Ay estos españoles, pensó la instintiva muchacha, cuando están con una sudamericana, a poco linda que sea, ya están recurriendo al tópico del noble caballero, como si nosotras no supiéramos de qué va la vaina, porque de nobles, por lo general, con esos rostros plebeyos, esa mirada pícara y oblicua, y esa educación de establo, estos sólo tienen la soberbia.
- ¡Soledad!,- le pidió con voz tierna y emocionada, un poco chillona y de falsete, por cierto (“este ya ha caído”, pensó entonces la chica con premonitoria intuición femenina)- ¿quieres casarte conmigo y estar juntos el resto de nuestras vidas, juntos en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe?-
Soledad se quedó paralizada, hechizada como una liebre delante de los faros de un coche, cohibida, no sabía a ciencia cierta si aquel chalado huevón le hablaba en serio o estaba representando una comedia. De repente, el caballero, no se sabe de donde, sacó una biblia de Jerusalen en una mano y una cajita aterciopelada en la otra. Abrió la cajita y extrajo una alianza, que parecía usada porque brillaba poco y hasta tenía pegotes de mugre. En la mesa de al lado, un individuo con gafas remendadas con papel celofán y los cristales turbios a través de los cuales parecía imposible ver nada, se quedó mirando la escena boquiabierto.
- Soledad, mi vida, yo cuidaré de ti y de tu hija que ya es como si fuera mía, aunque quiero tener mis propios hijos contigo, pon la mano sobre esta biblia y júrame amor y fidelidad y acepta a cambio esta alianza que nos unirá para siempre-
El rostro sensual de la muchacha estaba embellecido por un rubor voluptuoso, cuyo calor podía sentir su amante arrodillado.
- Ay, papito, júreme que habla en serio-
Entonces el papito se incorporó como una mole animada, (“qué va hacer ahora”, se preguntó la muchacha con sus grandes ojos asustados y una risa nerviosa iluminando su cara) y abrazando a su amada con fuerza, pegó sus labios con los de ella, en un beso de pasión que sellaba aquel trascendental compromiso de amor eterno.
Ella volvió a poner aquel rictus de desagrado, como si estuviera chupando un limón, como si estuviera tomando una medicina amarga pero necesaria. Sentía asco, repugnancia ante aquellos obscenos lamidos, hubiera preferido que la besara un puercoespín, pero pensando en su hija, en la comida, en los vestidos, en esos caprichos de los que habitualmente tenía que privarse al pasar frente a un escaparate, adquirió el valor necesario y cerrando los ojos abrió sus carnosos labios en un abandono de mártir, para zambullirse en aquella boca sucia, como quien se zambulle en una ciénaga. Para completar el gesto heroico, hasta le dio un poco de lengua. Él entonces la apretó más contra su cuerpo de primate y, reprimiendo un eructo, mordió aquellos labios jóvenes, húmedos, frescos, densos, fértiles, aquella boca cálida y excitante.












CIERRAS los abismos, desatas los nudos,
descargas las pistolas, coses las heridas.
Eres aire y espacio en mi cerebro
y en mis venas transfusiones de vida.






 
viejo



VIEJO
Estaba sentado al sol, pálido, mirando al vacío, tal vez hurgando en el caos de su memoria en busca de trocitos de recuerdos, como si tratara de recomponer papeles rotos e ilegibles que ha dispersado el viento del olvido.
Era una tarde de un día cualquiera, quizás martes, o jueves, de otro día sin sentido, sin amor, sin humor, en un lugar extraño que olía a saumerio, frío, sin intimidad, en una cárcel de la que ya nunca saldría.
El vividor, el rey de la noche, el animador de todas las fiestas, el gran seductor. En otro tiempo hubo mujeres que habrían dado la vida por él.
“Que los hombres me teman y que las mujeres me amen” Había sido su lema de juventud.
Había visto tanto, vivido tanto... Pero ¿para qué?, se preguntaba ahora con la quijada trémula y las manos vacías.
La vejez llegó de forma subrepticia y traicionera, por las noches, mientras dormía, le fue robando el vigor, el encanto, el respeto, hasta que un buen día se miró al espejo y no se reconoció, la soledad rodeándole como un desierto de hielo y oscuridad donde no podía orientarse. Todo había ocurrido tan deprisa, quedaban aún tantos sueños irrealizados....Necesitaba más tiempo, tiempo que ya jamás tendría.
En los últimos días, antes de que sus parientes lo ingresaran para quitárselo de encima, se le había visto deambulando sin rumbo por las calles, encorvado, ridículo, apoyado en dos palos rugosos y deformes que usaba de muletas. Su casa llena de basura, su mente extraviada, rota, siniestrada, como un coche que se ha despeñado por un precipicio. Y en el horizonte sólo quedaba la muerte, como un pelotón de fusilamiento frente a él esperando la voz de fuego.
¡Qué pobre es la vida, paupérrima!, cualquier vida...
- ¡ Benavides, vamos, cariño, pasa a merendar!- Lo llamó desde la puerta una auxiliar, joven , voluptuosa y llena de vida, que olía a polen.
Benavides Trinitario Rufilanchas, setenta y cuatro años, domicilio Residencia Las Mimosas, tapicero jubilado, torero frustrado, una vida a medias como un círculo imperfecto, un infarto, dos ictus, desorientado, demente, dependiente, inútil total,...viejo.
Se incorporó con dificultad de la silla, y arrastrando los pies como un pato cojo, se dirigió al comedor.


 
náufrago


ES tan grande la oscuridad del mar,
que desde lejos la luz de tus ojos parece pequeña.
A la deriva en una balsa rota,
basta para naufragar el agua de una botella.
Siempre remando a contracorriente,
sueño con tu carne firme,
mientras las olas me traen y las olas me llevan.
¡Pero hay también tantas tempestades
dentro de tu serena belleza!
Quien ha nacido para ahogado,
se ahoga en la mar y se ahoga en la tierra.




 
voces en el desierto


VOCES EN EL DESIERTO
La tarde estaba muriendo. El resplandor del fuego alargaba las sombras en la penumbra de la habitación.
Se puso a balancear el tronco, encogida sobre el serijo, como si le doliera la tripa. El pelo lacio, el rostro de vieja, el mentón de bruja desdentada, los rasgos mongólicos, con un ojo torcido y el otro en blanco, como los de una muñeca rota y ciega.
Se oía el crepitar de la leña en el fuego, el tic tac del reloj de pared, midiendo el tiempo sobrante, no el tiempo de la vida, sino el de la descomposición y la nada.
Sonó el móvil. Se incorporó torpemente para cogerlo.
- Sí, soy yo,- contestó con voz gangosa y estólida, deslucida- bien, sí, también, no, no voy a ir a sevillanas, porque no, porque me dio el pronto, sí, está bien también, en su habitación, durmiendo, sí, voy a cumplir cuarenta, sí, sí, cuarenta ya, aunque dicen que no los aparento, adiós, un besito-
Permaneció en el aire el solitario eco de su propia voz.
Con movimientos enervados guardó el móvil en el bolsillo del plumas. Tenía las manos torpes, frágiles, delicadas, como si fueran de barro.
Se sentó de nuevo en el serijo y siguió balanceando el cuerpo, encogida, aterida.
Miró por la ventana. A lo lejos se oían voces, voces sin sentido, sin mensaje, huecas, extrañas, voces en medio de un desierto.
El fuego se estaba apagando. No podía dejar que se apagara el fuego, si se apagaba el fuego se moriría de frío. Es peor el frío que el hambre. Decidió quemar otra silla.
En el dormitorio se oyeron ruidos, como de caballos galopando.
-¿Madre?, ¿madre?- Llamó con voz desamparada.
Sobre la cama, el cadáver de la madre se había hinchado monstruosamente. Las hormigas habían empezado a devorarlo. Olía a amoniaco y a leche agria en toda la casa.
Ya era de noche. En el silencio, como las otras noches, los fantasmas de los muebles, de las paredes y del techo, empezaron a hacer ruidos siniestros, como de huesos que se rompen. Menos mal que el fuego los ahuyentaba.
Encogida en postura fetal, se apretó los ojos con las manos, le escocían. Después suspiró y se quedó quieta, mirando al vacío. Bostezó, se abrazó a sí misma y siguió balanceando el cuerpo, como cuando era pequeña y su madre la mecía en la cuna.

 
estalla la vida



APARECES por la esquina
y los árboles se hinchan y revientan de savia.
Me trae tantas promesas tu cuerpo, tantas esperanzas...
La luz de tus ojos desgarra las nubes
y los pájaros enloquecen en las ramas.
Te acercas cargada de amor,
anunciando la alegría,
y de repente el aire se prende a tu alrededor,
arde la lluvia y estalla la vida.