Sé que eres fuego
FUEGO
Sé que eres fuego, y sin embargo me atraes
como una estrella a un trozo de materia errante.
Y cuanto más intento alejarme de ti más me quemas.
Sé que moriré abrasado en el infierno de tu mirada,
en el hielo de tu indiferencia.
Si pongo mi mano en la hoguera de tu piel
me brotan yagas de lujuria,
heridas que se me infectan por la sed caníbal de tu cuerpo.
Ardes con altas llamas que arrasan las copas de mi orgullo.
Los húmedos labios de tu boca,
febriles de amor, hinchados de besos,
son dos brasas rojas que incendian mi corazón
en tu carne ardiente prisionero.
corazón roto
CORAZÓN ROTO
El viento del sur agostaba las hojas de los árboles con su aliento de fuego. Eran casi las nueve de la tarde y el aire ardía. Ardía el cemento de las aceras y los bancos de la plaza que habían sido lamidos por la lengua abrasadora del sol.
Estaban en la plaza sentados en un banco, a la sombra, junto a la oficina de la Caixa.
Los niños jugaban alrededor de la fuente y el chino del todo a cien permanecía parado en la puerta mirando los coches que pasaban por la calle Mayor.
- ¿Qué te pasa, Rubén?- le preguntó ella apremiante- ¿porqué no hablas?, estás raro últimamente, ¿te pasa algo conmigo?-
Él se quedó pensativo un momento. De repente contestó:
- Pues sí, Laura, ya no me hace ilusión como antes quedar contigo, tengo que pensarlo-
Ella se quedó paralizada como una liebre delante de los faros de un coche. Por lo general Rubén era amable y correcto, y nunca se hubiera esperado de él una respuesta así. El día anterior habían ido juntos al Retiro, a pasear y a comer un bocadillo y un refresco tumbados en el césped. A ella le gustaban esas cosas, cosas sencillas, sin aventuras arriesgadas, sin malicia ni intenciones ocultas. Jamás hubiera esperado de él una traición. Lo miró con la esperanza de que bromeara, pero al ver la expresión de su cara, una expresión de extraño que nunca antes le había visto, tuvo la certeza de que hablaba en serio.
- Me tengo que ir - Añadió él levantándose de repente del banco- mañana te llamaré-
Ella sintió que algo se desmoronaba dentro de su cuerpo. Le faltaba el aire, como a un boxeador que ya no puede más y por vergüenza no se tira al suelo. Intuía que aquel momento de pesadilla condicionaría el resto de su vida. Tal vez no se equivocara, aunque con sólo quince años la vida le guardaba aún muchos y muy dolorosos golpes. Algunas vidas, incluso, se forjan a golpes.
- ¿Entonces ya no me quieres...?- Preguntó ella en un tono fatalista.
Mientras con angustia esperaba la respuesta, el viento del sur golpeó su cara con su tralla de arena ardiente.
el sol luce también para ti
EL SOL LUCE TAMBIÉN PARA TI
Salió del portal y bajó la calle con sus andares fatigados y bamboleantes de paquidermo. Iba a comprar el pan. Cada pocos pasos tenía que detenerse porque se quedaba sin resuello. Se agarraba a una farola o se apoyaba en el respaldo de un banco a coger aire.
La gente la miraba con descaro, pero ella estaba tan acostumbrada que ya no se daba ni cuenta.
Pesaba ciento cuarenta kilos y su obesidad condicionaba su vida. Por ejemplo: suspendió las oposiciones a maestra de infantil por gorda. Cuando al exponer la unidad didáctica se puso a cantar dando palmas una cancioncilla de Rosa León, tuvo la sensación de que los miembros del tribunal se aguantaban la risa, bien es cierto que con los nervios y la habitual inseguridad en sí misma, la voz le salió quebrada, como si no fuera suya, con groseros ronquidos de ventrílocuo seguidos de gallos chillones, y un andante tremolar de llanto entre los graves y los agudos.
Vivía con sus padres. Su padre era camarero en el restaurante Sal Gorda y su madre cajera en el Eroski.
No tenía amigos. ¿Quién iba a querer salir con una gorda tan grotesca que llamaba la atención en todas partes? Se pasaba los fines de semana enclaustrada en su habitación, comiendo chocolate, acariciando a su gato y viendo películas truculentas que se bajaba del Emule.
Había cumplido ya treinta y un años y nunca jamás había estado con ningún chico. Ni siquiera se le pasaba por la mente la idea de tener novio. Así que no tenía novio, ni amigas, ni trabajo, ni carné de conducir, como si una criatura tan gorda no cupiera en el mundo, no tuviera derecho a sueños ni a realidades.
Sin embargo, curiosamente, carecía de maldad. Hubiera tenido derecho a ella, por rencor, por envidia, por complejo de inferioridad, por odio, por venganza, por cualquier otro legítimo sentimiento humano, pero ¡qué le iba a hacer! no la tenía. Era de temperamento flemático y aceptaba con tristeza y resignación los sádicos decretos y estigmas del destino.
Tomó aire apoyada en el banco, y siguió andando por la acera, con su cabeza voluminosa, redonda, descomunal, con su cara aniñada de monja, con sus cejas pobladas y erectas como el lomo de un gato excitado, con sus gafas de aumento y sus ropas tan anchas que parecía que arrastraba un paracaídas.
De repente, al torcer la esquina y recibir los rayos del sol, tuvo una sensación nueva y vivificante. Aquel sol estaba allí también para ella, no supo cómo explicárselo, pero aquella sensación le abrió una ancha sonrisa, como una flor que abre valiente al mundo sus pétalos delicados y vulnerables.
- ¿Me da una barra sin sal?- Le dijo a la panadera. La panadera tenía un ojo mirando al norte y otro al suroeste, la boca leporina con una expresión avinagrada, como si acabara de beber aceite de ricino, era tan fea que casi daba miedo, pero era delgada, y seguro que tenía marido, hijos, sueños...
Volvió a salir a la calle con su barra de pan envuelta en un papel, y volvió a torcer la esquina regresando a la sombra.
Una vieja, esperpénticamente pintarrajeada, pasó a su lado paseando a un perrito, que se puso a ladrarle como si se hubiera topado de bruces con un monstruo de la naturaleza.
Salió del portal y bajó la calle con sus andares fatigados y bamboleantes de paquidermo. Iba a comprar el pan. Cada pocos pasos tenía que detenerse porque se quedaba sin resuello. Se agarraba a una farola o se apoyaba en el respaldo de un banco a coger aire.
La gente la miraba con descaro, pero ella estaba tan acostumbrada que ya no se daba ni cuenta.
Pesaba ciento cuarenta kilos y su obesidad condicionaba su vida. Por ejemplo: suspendió las oposiciones a maestra de infantil por gorda. Cuando al exponer la unidad didáctica se puso a cantar dando palmas una cancioncilla de Rosa León, tuvo la sensación de que los miembros del tribunal se aguantaban la risa, bien es cierto que con los nervios y la habitual inseguridad en sí misma, la voz le salió quebrada, como si no fuera suya, con groseros ronquidos de ventrílocuo seguidos de gallos chillones, y un andante tremolar de llanto entre los graves y los agudos.
Vivía con sus padres. Su padre era camarero en el restaurante Sal Gorda y su madre cajera en el Eroski.
No tenía amigos. ¿Quién iba a querer salir con una gorda tan grotesca que llamaba la atención en todas partes? Se pasaba los fines de semana enclaustrada en su habitación, comiendo chocolate, acariciando a su gato y viendo películas truculentas que se bajaba del Emule.
Había cumplido ya treinta y un años y nunca jamás había estado con ningún chico. Ni siquiera se le pasaba por la mente la idea de tener novio. Así que no tenía novio, ni amigas, ni trabajo, ni carné de conducir, como si una criatura tan gorda no cupiera en el mundo, no tuviera derecho a sueños ni a realidades.
Sin embargo, curiosamente, carecía de maldad. Hubiera tenido derecho a ella, por rencor, por envidia, por complejo de inferioridad, por odio, por venganza, por cualquier otro legítimo sentimiento humano, pero ¡qué le iba a hacer! no la tenía. Era de temperamento flemático y aceptaba con tristeza y resignación los sádicos decretos y estigmas del destino.
Tomó aire apoyada en el banco, y siguió andando por la acera, con su cabeza voluminosa, redonda, descomunal, con su cara aniñada de monja, con sus cejas pobladas y erectas como el lomo de un gato excitado, con sus gafas de aumento y sus ropas tan anchas que parecía que arrastraba un paracaídas.
De repente, al torcer la esquina y recibir los rayos del sol, tuvo una sensación nueva y vivificante. Aquel sol estaba allí también para ella, no supo cómo explicárselo, pero aquella sensación le abrió una ancha sonrisa, como una flor que abre valiente al mundo sus pétalos delicados y vulnerables.
- ¿Me da una barra sin sal?- Le dijo a la panadera. La panadera tenía un ojo mirando al norte y otro al suroeste, la boca leporina con una expresión avinagrada, como si acabara de beber aceite de ricino, era tan fea que casi daba miedo, pero era delgada, y seguro que tenía marido, hijos, sueños...
Volvió a salir a la calle con su barra de pan envuelta en un papel, y volvió a torcer la esquina regresando a la sombra.
Una vieja, esperpénticamente pintarrajeada, pasó a su lado paseando a un perrito, que se puso a ladrarle como si se hubiera topado de bruces con un monstruo de la naturaleza.
anuncios de amor y amistad
AL final, un buen día descubres
que no queda nadie a tu lado.
Que se ha levantado un muro de hormigón
entre tú y los demás.
Que los tuyos han muerto
o que nunca vivieron para ti,
que te dejaron en la cruz
sin esperar tu resurrección.
Que tu vida se ha despoblado
como un árbol que ha ido perdiendo las hojas,
como un pueblo abandonado
en lo alto de una montaña.
Que llegaste siempre tarde
a las citas con el amor.
Te adormeces en el metro
sin un hombro donde apoyarte,
y escarbas en los recuerdos como un perro hambriento
buscando un hueso descarnado.
Te miras en el espejo
y ves de repente a un extraño.
Mendigas calor humano
en los anuncios de amor y amistad.
Y no hablas por no oír el eco
lúgubre y extenso de tu soledad.
miedo
MIEDO
Estaba sentado en la oscuridad, con los ojos desorbitados, con el corazón encogido, conteniendo la respiración, con el aliento cortado. Los ruidos que hacían los muebles de madera, como pequeños estallidos en medio del silencio premonitorio, le producían terror y sobresalto.
Comenzó a balancear el cuerpo, las manos agarrando con fuerza el asiento de la silla, los pies encogidos, la piel erizada, mirando fijamente a la ventana esperando el milagro del amanecer.
Todo a su alrededor era grande, extraño, amenazador. Los fantasmas de los muertos le rozaban la nuca con sus alientos nauseabundos.
Intentó pensar en algo bueno, en algo gracioso, en algo cálido. Por ejemplo en Pilarín, la hija del médico, con su vestido de flores, su amplia sonrisa y su denso aroma sensual, pero no podía mantener viva su imagen, el pánico obstruía todos los caminos de su imaginación.
Ya era casi un hombre, había cumplido nueve años y le daba vergüenza tener miedo a dormir solo, le daba vergüenza sentir tanto miedo siempre a todo. Se sentía solo, solo y pequeño en un mundo extraño y gigante. Frágil como el cristal, trémulo, tímido, desorientado, tanteando a ciegas en la oscuridad en busca de algo familiar a lo que abrazarse, pero era un náufrago a la deriva en medio de un mar negro y rugiente.
Parecía que no iba a amanecer nunca. Oía susurros en la oscuridad, risas de hiena, sombras que se ocultaban detrás de las puertas, que danzaban macabramente en la pared, que se arrastraban debajo de la cama, que acechaban dentro del armario.
Estaba indefenso, ni siquiera tenía una espada de madera para luchar contra tantos monstruos horribles, contra esas manos céreas y frías que a veces, cuando se estaba quedando dormido, le arañaban los pies.
En esta nueva casa huele a muertos, a saumerio de muertos. Él ya era mayor y tenía que ser fuerte y valiente para enfrentarse al mundo y a la vida como quien se enfrenta a un toro en medio de un ruedo sin salida. Pero no encontraba la fuerza por ningún sitio. Sólo encontraba miedo, siempre más miedo, un miedo febril que lo llenaba de odio, de rabia y de violencia contra todo y contra sí mismo, un terror descomunal que lo atolondraba, que lo paralizaba como a un catalépsico, que le helaba la sangre, un miedo frío y acerado que lo atenazaba como un constante dolor de muelas. Miedo en la casa, miedo en la calle, miedo despierto, miedo dormido, miedo, miedo, miedo, siempre miedo, sólo miedo, miedo a la gente, miedo al amor, miedo a la soledad, miedo al orbitar desmesurado de los planetas.
Tenía un pronto muy fuerte y peleando era capaz de vencer a chicos más grandes que él, pero ni siquiera cuando ganaba se le iba el miedo, un miedo trágico que le quitaba el hambre y el sueño, que le secaba la boca, que le aceleraba el corazón, que le enervaba los músculos, que le hacía temblar de pies a cabeza con un sabor a cobre en la boca y una sensación de profunda angustia que no desaparecería ni con la muerte.
No existía ningún antídoto contra su miedo, era un fuego exterminador que se alimentaba de todo lo que devastaba a su paso.
Sabía que había algo terrorífico dentro de su cabeza, algo que lo torturaría mientras viviese, un tumor lleno de pus y coágulos negruzcos, un gigantesco tumor de pánico.
¿Qué podía hacer con tanto miedo? Le hubiera gustado arrancárselo de cuajo como si se arrancara una espina de una herida infectada, meterlo en un saco y tirarlo a un estercolero. ¿Cómo se viviría sin miedo? ¿Qué sentía esa gente que no tenía miedo, que reía, que lloraba, que hablaba alto, que vivía en paz consigo misma, que caminaba con la cabeza erguida bebiendo los rayos del sol?
De repente le pareció oír a un pajarillo. Suspiró destrabando su respiración comprimida. Pronto amanecería y, como cada día, tendría que ir al colegio, a sentir otro matiz más del miedo.
Había que ser un héroe para soportar tanta cobardía.
la secta
LA SECTA
Se detuvo en un semáforo. Era un caluroso domingo de Julio. Una rata salió de debajo de un coche aparcado y, atolondrada y oronda, se dirigió lentamente hacia los repletos contenedores de basura.
Eran menos de las diez de la mañana y ya hacía calor, iba a ser otro día duro. Los árboles parecían sedientos, polvorientos, descoloridos. El cielo, de un desvaído gris perla, constreñía el aire que olía a basura y a plástico derretido.
No había casi nadie por la calle, sólo un grupo de fieles a las puertas de una especie de iglesia, en los bajos de un bloque de pisos, con un cartel que anunciaba: “Comunidad Cristiana La Vida Abundante”.
De repente la vio entre la gente de aquel grupo, pequeña, delgada, con su aire desvalido, cargada de hombros como él, el flequillo cortado al ras y la expresión boquiabierta, un poco bobalicona. Era su hija. Iba de la mano de su madre y de un individuo rubicundo con el hocico prominente como si acabara de vomitar. La niña lo miró también, inerte, inexpresiva, como quien mira al pasado que ya no puede volver. La madre, que llevaba el pelo teñido y esperpénticamente abultado, como si en vez de pelo llevara una nube de algodón dulce sobre la cabeza, al ver al padre se agachó sobre la niña y empujándola un poco por la espalda la apremió para que pasara al templo:
- Vamos, vamos, Sarita- Le dijo nerviosa, con los ojos desorbitados y un rictus malévolo en la boca.
- Sí sí si- Contestó la niña con voz grotescamente infantil, como la de un personaje de dibujos animados.
El padre sintió que unas manos férreas y gigantes lo empujaban por los hombros hasta enterrarlo en el centro de la tierra. Sintió que sus vísceras se derramaban sobre el asiento, que se desangraba de tristeza.
El semáforo se había puesto en verde y los coches de atrás se pusieron a tocar el claxon frenéticamente.
- ¡Tira, tonto los cojones!-
Enervado, vencido, casi sin poder respirar, como si tuviera el pecho aplastado por un gran peso, pisó el embrague, metió la primera, la segunda, y tomó el desvío hacia la base aérea de Getafe. Delante de él tremolaba el asfalto, el sol cegaba y el aire ardía.
el flechazo
EL FLECHAZO
El coche bajó la estrecha y serpenteante carretera.
Venían de visitar a un familiar que era misionero idente en el convento-ermita de San Antonio. De esos de id y predicad la palabra de Dios, id y tocad el corazón de la gente con la verdad de Cristo. Aunque este misionero, después de quemar su vida tratando en vano de redimir negritos en África, (una vez estuvieron a punto de comérselo vivo unos caníbales), ahora permanecía encerrado en su celda, descalzo, senil, leyendo novelillas del oeste.
Desde lo alto de la montaña el paisaje se extendía, majestuoso y lleno de colores, hasta el fin del mundo.
Pastaban las vacas en los prados y las abejas libaban el tomillo, la manzanilla, el pino y la lavanda.
Tras una curva apareció un grupo de excursionistas guiados por dos monitoras jóvenes. Eran varones con síndrome de Douw, había incluso uno negro. Con sus viseras, sus manos y pies torpes y sus expresiones boquiabiertas y alucinadas, habían sido alineados contra la pared de roca para que el coche pudiera pasar.
- Ten cuidado,- avisó a su novio la chica que viajaba de copiloto- estas personas son imprevisibles, pobrecitos, ve despacio-
La chica era una morena muy blanca y sensual, de rostro aniñado, ojos grandes y larga melena, más bien gordita pero muy bien formada. Un poco por jugar, miró seductoramente a uno de los excursionistas: la mirada de soslayo, las pestañas parpadeando ingenuamente, y una sonrisa desmayada en sus labios carnosos.
Tras un impás, el excursionista que había sido bendecido con aquella mirada angelical, rompió de repente la fila y gritando con voz ronca y apasionada:
- ¡¡¡Guapaaaaa!!!- se puso a correr cuesta abajo detrás del coche.
- ¡Eugenio, Eugenio!- Le gritó con severidad la monitora, corriendo a su vez tras el hechizado. Pero Eugenio ya no oía nada. Su único propósito en la vida era alcanzar el coche de su hermosa amada, que aceleró levantando una nube de polvo.
-¡Corre, Mario, corre!- Exclamó la chica apremiando al conductor.
-¿Pero qué le has hecho?- Preguntó el novio, derrapando un poco en las curvas.
- Nada- Mintió la novia.
- ¡¡¡Guapaaaaa!!! ¡¡¡guapaaaaaaaaa...!!!- Seguía gritando Eugenio, bajando la cuesta con su cromosoma de más y sus orejas de soplillo, en pos de aquella mirada que le había tocado el corazón.
- Como haya caravana a la salida me va a pillar- Vaticinó la chica con un hormigueo en el estómago.
- ¡¡¡Guapaaaaaa....!!!!- seguía gritando por el retrovisor el poseído enamorado, que cada vez parecía estar más cerca- ¡¡¡ven aquí, guapaaaa, que vamo a tener un hijooooo!!!!-
“¡¡Hijoooooo...!!” Repitió la montaña con un eco lúgubre.
lo que he ganado
Y al final, es dolor lo que he ganado.
Un dolor fiel que me sigue a todas partes como un perro.
Un dolor gigante que resplandece por las noches como un cometa.
Un dolor duro y limpio como un diamante.
Un dolor silencioso que se vierte gota a gota en mis venas.
Un dolor de piedra que me aplasta, que me vence.
Un dolor de amor que me alimenta.
a la guerra con una espada de madera
A LA GUERRA CON UNA ESPADA DE MADERA
CAMPO DE MINAS
Bajo un sol metálico el campo hervía. Un amarillento erial descendía por el barranco hasta la carretera polvorienta que serpenteaba entre granjas y colinas cenicientas. A lo lejos, la silueta imponente, psicodélica, fuera de lugar, de la cementera.
En las afueras del pueblo, a la sombra de una casucha derruida, un perro cagaba mirando nervioso a uno y otro lado. Cerca unos niños jugaban con una pelota, y una vieja y un viejo ceniciento, sentados a la puerta de una casa, con las manos de visera, observaban a aquel extraño que se había detenido con el coche al borde del camino a la entrada de las urbanizaciones nuevas.
El extraño paró el motor y esperó unos cinco minutos. Las gotas de sudor le caían por las mejillas hasta la comisura de los labios, sabían saladas, como lágrimas.
Arrancó de nuevo el coche y dando marcha atrás buscó la delgada sombra de una pared con un portón de chapa renegrida en medio. Se bajó del coche y se pegó a la pared, esquivando las fieras dentelladas del sol de mediodía. El suelo estaba sembrado de cagarrutas de oveja.
Los viejos seguían mirándolo fijamente, como si contemplaran un eclipse de sol o el paso de un cometa. Sólo era un hombre esperando.
Al cabo de un cuarto de hora más o menos, la niña bajó por el camino de las urbanizaciones nuevas. Era alta y desgarbada como él. Llevaba en la mano una mochila con sus cosas. El padre metió medio cuerpo por la ventanilla abierta del coche y tocó el claxon apremiándola. La hija siguió andando lentamente. Cuando por fin llegó a su altura lo escrutó con una mirada cansada y de reproche. Él le dijo malhumorado:
- Es que no piensas en nadie, me podía haber dao un golpe de calor y haberme muerto-
“Ojalá- pensó la niña con fruición- así no tendría que pasar más fines de semana contigo”
Abandonaron el pueblo y se incorporaron a la carretera general. Hicieron el viaje en silencio. El padre con el ceño fruncido, la hija adormilada, aburrida, resignada. Se interponía entre los dos un abrasador campo de fuego, un campo de fuego helado donde sólo crecía el silencio, una infranqueable tierra de nadie sembrada de alambradas de desconfianza y minas de reproche. Él, sin embargo, hubiera querido decirle tantas cosas...
- ¿Tienes sueño?- Le preguntó al fin con gran esfuerzo, con la voz rota, con las cuerdas vocales destensadas, deprimidas.
- No- Contestó la niña secamente, y siguió mirando por la ventanilla el paisaje hirsuto de polígonos industriales y rastrojos.
Delante se extendía el asfalto, denso, blando, ardiente. A la derecha, pasando una gasolinera, el esqueleto de un abandonado puticlub de carretera, con un ingenuo sol amarillo y una gran nube blanca pintados en un muro que había sobrevivido entre los escombros a la ruina del tiempo.
CAMPO DE MINAS
Bajo un sol metálico el campo hervía. Un amarillento erial descendía por el barranco hasta la carretera polvorienta que serpenteaba entre granjas y colinas cenicientas. A lo lejos, la silueta imponente, psicodélica, fuera de lugar, de la cementera.
En las afueras del pueblo, a la sombra de una casucha derruida, un perro cagaba mirando nervioso a uno y otro lado. Cerca unos niños jugaban con una pelota, y una vieja y un viejo ceniciento, sentados a la puerta de una casa, con las manos de visera, observaban a aquel extraño que se había detenido con el coche al borde del camino a la entrada de las urbanizaciones nuevas.
El extraño paró el motor y esperó unos cinco minutos. Las gotas de sudor le caían por las mejillas hasta la comisura de los labios, sabían saladas, como lágrimas.
Arrancó de nuevo el coche y dando marcha atrás buscó la delgada sombra de una pared con un portón de chapa renegrida en medio. Se bajó del coche y se pegó a la pared, esquivando las fieras dentelladas del sol de mediodía. El suelo estaba sembrado de cagarrutas de oveja.
Los viejos seguían mirándolo fijamente, como si contemplaran un eclipse de sol o el paso de un cometa. Sólo era un hombre esperando.
Al cabo de un cuarto de hora más o menos, la niña bajó por el camino de las urbanizaciones nuevas. Era alta y desgarbada como él. Llevaba en la mano una mochila con sus cosas. El padre metió medio cuerpo por la ventanilla abierta del coche y tocó el claxon apremiándola. La hija siguió andando lentamente. Cuando por fin llegó a su altura lo escrutó con una mirada cansada y de reproche. Él le dijo malhumorado:
- Es que no piensas en nadie, me podía haber dao un golpe de calor y haberme muerto-
“Ojalá- pensó la niña con fruición- así no tendría que pasar más fines de semana contigo”
Abandonaron el pueblo y se incorporaron a la carretera general. Hicieron el viaje en silencio. El padre con el ceño fruncido, la hija adormilada, aburrida, resignada. Se interponía entre los dos un abrasador campo de fuego, un campo de fuego helado donde sólo crecía el silencio, una infranqueable tierra de nadie sembrada de alambradas de desconfianza y minas de reproche. Él, sin embargo, hubiera querido decirle tantas cosas...
- ¿Tienes sueño?- Le preguntó al fin con gran esfuerzo, con la voz rota, con las cuerdas vocales destensadas, deprimidas.
- No- Contestó la niña secamente, y siguió mirando por la ventanilla el paisaje hirsuto de polígonos industriales y rastrojos.
Delante se extendía el asfalto, denso, blando, ardiente. A la derecha, pasando una gasolinera, el esqueleto de un abandonado puticlub de carretera, con un ingenuo sol amarillo y una gran nube blanca pintados en un muro que había sobrevivido entre los escombros a la ruina del tiempo.
un trato es un trato
UN TRATO ES UN TRATO
Mindolo Pintilla era un pastor de un lugar de la Mancha, de esos a la antigua usanza, capaz de matar de una pedrada a un pájaro posado en lo alto de la torre de la iglesia. Alto, cargado de hombros, con una nariz muy larga y con una cabeza muy pequeña que parecía un pepino combro. Tenía un lado de la cara completamente quemado, de suerte que si lo mirabas por el perfil izquierdo, con todas aquellas arrugas y pliegues grotescos, parecía que estaba llorando con un puchero de pena, pero si lo mirabas por el perfil derecho, debido a que la piel se había tensado en esa parte, parecía que estaba riendo con una mueca de payaso.
Unos dicen que era natural de Villanueva de Alcardete, otros que de Quintanar de la Orden, sobre este punto no se ponen de acuerdo los cronistas de esta increíble historia, aunque por la idiosincrasia del personaje podría encajar perfectamente en cualquiera de estos dos lugares.
Su vida transcurría en paz, lejos del mundo malvado, rodeado de sus ovejas, retirado en su quintería, tumbado a la sombra de una encina escuchando la radio, pastoreando, ordeñando, esquilando, y acercándose al pueblo con su mobilete una vez a la semana para abastecerse de provisiones.
Como era un hombre solitario, ya entrado en años, y jamás se le había pasado por la cabeza pretender a alguna moza del pueblo, para satisfacer sus necesidades sexuales, cuando se cansaba de las ovejas, recurría a las putas, que al fin y al cabo son mujeres y no sólo chivos que balan.
Con la cartera abultada en un bolsillo de su pelliza, cogía su mobilete y viajaba a Tomelloso, que no estaba lejos de su pueblo, a los arrabales junto al río donde se ubicaba el barrio de las putas. Unas veces iba al Castillo, otras veces a Casa de la Petra.
Ese día eligió para satisfacer sus ansias la Casa de la Petra.
- ¡Hola, cariño, cuánto tiempo!- lo saludó en el recibidor la madame, una lesbiana gorda y vieja con el pelo corto teñido de azul y una sonrisa hipócrita en su boca cruel- ¡Chicas, presentaros!-
Semidesnudas, en lencería insinuante, las chicas empezaron a desfilar ante el nervioso gañán, que con una risilla tonta en su boca leporina, les tocaba el culo o les apretaba una teta con sus grandes zarpas como si quisiera ordeñarlas, cuando se acercaban para darle dos besos.
- Hola, cariño, soy Patricia, mua, mua-
-Hola, cariño, soy Estela, mua, mua-
-Hola, cariño, soy Lorena, mua, mua-
Y cuando se daban la vuelta para alejarse, él se quedaba mirando boquiabierto aquellos culos obscenos.
- ¡Vaya culo que tienes, niña!-
Eligió a una morenita de rostro aniñado, muy blanca, muy delicada y muy voluptuosa, con anchas caderas, culo grande y grandes tetas firmes y redondas.
Entraron a la habitación atravesando el salón, donde las putas no elegidas se habían tumbado en el sofá a ver la tele, a bostezar o a repintarse las uñas de los pies.
Tras cambiar las sábanas, y después del habitual protocolo del bidé, la bella muchacha se recogió el pelo en un moño alto, se desabrochó el picardías y se tumbó boca arriba en la cama abierta de piernas.
-veennn...- Susurró con densa sensualidad, llamando a su amante con un dedito.
No tuvo que decírselo dos veces. Cuando la pobre muchacha quiso darse cuenta, ya estaba atrapada entre los brazos y el miembro de aquella especie de orangután, que profiriendo gruñidos animales y exclamaciones ininteligibles, como si le hablara a sus ovejas, incluso emitiendo silbidos de vez en cuando, sintiendo el calor húmedo de aquel sexo prieto y profundo sacudía las caderas como si quisiera atravesarla y partirla en dos.
Hasta ahí, todo normal, más o menos. Pero lo que desesperó a la muchacha provocando el conflicto, fue aquel hedor insoportable y nauseabundo, a una mezcla de sudor, mierda, requesón y leche agria.
Sin aguantar ya más, al borde de la asfixia, la muchacha puso sus pequeñas manos contra el pecho peludo de su nauseabundo amante, empujándolo con todas sus fuerzas para que se retirara.
-¡No, no, quita, déjame, no puedo más, por favor!-
A duras penas la chica consiguió zafarse de las garras de aquel kinkon apestoso, deslizándose por abajo hasta escapar de la cama. Presa del pánico, desnuda como estaba abrió la puerta y se puso a llamar a gritos a la madame.
- ¡Petra, Petra, Petra!-
- ¡Qué cojones pasa aquí!- Dijo la madame acudiendo desafiante con los brazos en jarra.
La chica, entre sollozos y balbuceos, le explicó lo que ocurría. La madame al principio la escuchó escéptica, pero ante la insistencia de la pobre puta, que suplicaba de rodillas con las mejillas inundadas de lágrimas, decidió arreglar aquel asusto como buenamente pudiera.
- Mira, cariño, te devolvemos el dinero y en paz, la chica no puede, es que es un poco lerda y melindrosa, ¿sabes?-
Mindolo permanecía tumbado en la cama, con el miembro en ristre, esperando a la puta para acabar la faena.
- ¡Nada, nada, un trato es un trato!- gruñó nuestro héroe con el lado izquierdo de su boca, agitando la verga con la mano- si yo hago un trato contigo y te compro un choto, ya no te puedes echar atrás, el choto es mío, así que que vuelva aquí ahora mismo la niña, me cago en su puta madre!-
La madame, vencida, miró a la chica, que no paraba de llorar con sus hermosos y dulces ojos.
- Bueno, hombre, pero por lo menos dúchate primero, pobrecilla, ¿no te da pena?-
- ¡Un pijo!, ni hablar, yo no me ducho, un hombre tiene que oler a sudor, a vino, a tabaco y a mierda, un trato es un trato, cuantas veces te lo tengo que decir, hostias-
Entonces la madame tuvo una idea brillante.
- ¡Chicas, venir!-
Las putas acudieron presurosas meneando sus culos y enarbolando sus tetas.
- Mira, cariño, elige otra, mira esta rubia que tetazas tiene la jodía, y no es escrupulosa, es colombiana, mi amor, la que la chupa con más ganas- Dijo sopesando una teta gigante de la aludida.
- Mientras no tenga ladillas...- Se aventuró a decir la rubia con resignación.
- ¡Las ladillas las tendrá tu puta madre en el chocho, me cago en dios, las ladillas se cogen aquí, no con las ovejas!, ni hablar, hostias, que no, que he dicho que quiero a la morena y quiero a la morena, un trato es un trato-
- Verás, es que es su primer día y la pobre está un poco asustada, hace poco que ha roto con su novio y es virgen todavía, te lo juro por mi madre, cariño, es virgen en este mundillo nuestro me refiero, ya sé lo que vamos a hacer, verás, cariño, elige a dos si quieres, a las dos que más te gusten, dos por el precio de una, un detalle de la casa-
-¡Que no, hostias, que no, que un trato es un trato!- Insistía el empecinado manchegazo, sin dejar de agitar la minga.
Hasta que por fin, tras largas horas de tensas deliberaciones, y ante las amenazas ya serias de la lesbiana, la pobre muchacha accedió a volver a la cama con aquel somarro, con la condición de que él se pusiera abajo y ella arriba, o a cuatro patas en el peor de los casos.
- Venga- asintió el bruto, preparado para recibir de nuevo a su deseada ninfa- pero me tienes que dejar que te arree en el culo-
- Vale, pero no muy fuerte, por favor- Susurró, llorosa aún, la dulce muchachita, inmolando su rotunda belleza, toda aquella explosiva hermosura, como una mártir cristiana que se resigna a ser devorada por un león pagano.
- Una oveja no da tanta guerra, joder- Gruñó todavía el macho ibérico, con voz ronca, mientras agarraba por el culo a la hermosa muchacha.
Y así el mundo continuó girando, siguiendo su órbita plácida y maquinalmente, como un dominguero en una caravana, porque con paciencia, voluntad, y cediendo todos un poco, no hay problema que no acabe resolviéndose de una u otra forma.
Tras la ventana, ¡hay que ver cómo pasa el tiempo!, ya se había hecho de noche y brillaba la luna llena.





