un amor para toda la hora
MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES
Vieja Castilla, se desliza el atardecer por tus piedras carcomidas,
por las tumbas de tu historia con sus leyendas ya ilegibles.
La línea negra de una carretera atraviesa los campos
donde se apagaron los ecos de aquel heroico fervor místico y guerrero.
Ruinosa Castilla, seca, herrumbrosa, cretina, embrutecida,
altas torres con mudos campanarios
y relojes parados que señalan la hora en que la fe y la vida se acaban.
LA GUADAÑA
Es tan pálida la verdad, que tiene cara de cadáver.
Triste, taciturna, amarga como la quinina.
Es tan seria, tan seca, tan lúgubre y solitaria,
que casi nunca la dejan entrar en las fiestas de la vida.
La muerte es sólo un romántico disfraz de carnaval,
una loca más en la comparsa de mentiras.
Es la verdad quien de verdad lleva la guadaña.
Título del próximo libro: UN AMOR PARA TODA LA HORA
todos los muertos
TODOS LOS MUERTOS DEL MUNDO
Hacía mucho calor allí dentro. Los feriantes que acampaban en la explanada de atrás habían estropeado el aire acondicionar al engancharse en el cuadro de luces del edificio.
El ventilador apenas movía el aire. Un aire caliente, pesado, angustioso y pobre como el monóxido de carbono de un tubo de escape.
La muerta estaba expuesta tras un cristal. Ella no parecía tener calor, su rostro céreo, sabio, sereno, como a punto de despertar, había perdido el dolor y la maldad de la condición humana. Parecía el cadáver de un dios, el embalsamador había hecho un buen trabajo, una obra de arte efímera y absurda como un castillo de arena en la orilla del mar.
El tanatorio parecía por fuera un viejo barco varado en medio de la noche. Ningún cartel anunciaba lo que era, como si se tratara de un lugar vergonzoso y maldito. Si se hubiera tratado de un puticlub, por ejemplo, habría ostentado su luminoso neón con el orgullo de un faro en lo alto de un acantilado, pero la muerte prefiere el anonimato y el olvido.
- Voy a llamar a la Primi- Dijo una mujeruca desgreñada con gafas de culo de vaso, sacando un móvil de su barato bolso de plástico.
- ¿Pa qué?- Le preguntó un hombre cetrino, acartonado, con bigote y patillas de bandolero.
- Pa esto...- titubeó la mujeruca señalando al cristal con el móvil- pa decirle que se ha muerto ésta-
- Dile que coja un taxi-
Volvió el silencio. Todos se miraban las manos o permanecían con la mirada perdida como si pensaran en algo, incluso en algo profundo.
Un feriante, negro y roñoso como si acabara de caer por una chimenea, apareció en el umbral de la puerta. Llevaba una revista pornográfica medio escondida en el bolsillo de atrás del pantalón. Se asomó un instante y continuó su camino hacia los servicios. Los feriantes usaban los servicios del tanatorio, y cuando se marchaban los dejaban literalmente llenos de mierda.
-¿Quieres una cocacola, Eugenio?- Preguntó una mujer que no tenía nariz a un hombre que parecía el pálido santo de una estampita.
-No, no quiero-
- Pues vete a comer aunque sea un bocadillo, anda-
- Irme y dejar aquí solo el cadáver de mi madre...- Respondió Eugenio con la voz rota de emoción, extendiendo las manos en un gesto teatral y un poco ridículo.
- Nos quedamos nosotros, Eugenio, que aunque no nos hayas avisado también somos familia, así es la vida, hijo,- intentó consolarlo la mujer sin nariz- es como una espiral, como la torva de un río que gira y gira y gira y nos va atrapando hasta que caemos dentro, en una profundidad sin fondo, todos tenemos que morir, Eugenio-
Entonces, de repente, se apoderó de los presentes un mismo pensamiento, una evidencia deslumbrante como una linterna que enfoca directamente a los ojos. Se sintieron como si estuvieran en una sala de espera, haciendo tiempo, amando, odiando, temiendo, deseando, mintiendo, hasta que les tocara el turno de ser expuestos tras el cristal. Todos iban a morir, y debía de existir alguna razón para eso, algún sentido inescrutable en aquel evidente sinsentido. La muerta, ahora, parecía tener la respuesta. O tal vez tampoco. Era un cadáver impoluto y respetable que dentro de poco empezaría a descomponerse. Nada más y nada menos. ¿Quedaba algún rescoldo de vida, de pensamiento, de algo, en algún lugar recóndito de aquellos rasgos únicos y a la vez tan familiares? ¿Qué es eso del alma?
El ventilador giraba a uno y otro lado con un zumbido monótono, de letanía, como una cabeza ciega buscando inútilmente en la oscuridad.
no esperaba
NO esperaba yo esto de ti,
te juro que no lo esperaba.
Cómo podía sospechar que eras capaz
de provocar la lluvia, de levantar las mareas,
de cambiar el curso de los ríos, de mover la montañas.
Suavemente, casi un fantasma,
con un dulce rumor de seda y terciopelo
te deslizas hasta mi lecho y me susurras levántate y anda.
La luna en el cielo pendiendo de ti,
las flores abiertas, la hierba mojada,
y un fértil hervor de savia en los tallos,
y el milagro del amor ardiendo en tu cara.
No esperaba tanto de ti.
Había decidido no esperar ya nada.
te juro que no lo esperaba.
Cómo podía sospechar que eras capaz
de provocar la lluvia, de levantar las mareas,
de cambiar el curso de los ríos, de mover la montañas.
Suavemente, casi un fantasma,
con un dulce rumor de seda y terciopelo
te deslizas hasta mi lecho y me susurras levántate y anda.
La luna en el cielo pendiendo de ti,
las flores abiertas, la hierba mojada,
y un fértil hervor de savia en los tallos,
y el milagro del amor ardiendo en tu cara.
No esperaba tanto de ti.
Había decidido no esperar ya nada.
bueno, yo ya me voy
BUENO, YO YA ME VOY
La vieja descorrió las cortinas y el sol de la mañana derramó su polvo de luz por los rincones.
En la cómoda del salón, junto a una fotografía de Adolfo Suárez, había un retrato familiar con el padre, la madre, los hijos, las nueras, los yernos y los nietos. Desde que el padre murió de cáncer de pulmón, con apenas sesenta años, la familia se había ido desintegrando. Los hijos hacían su vida lejos, y la madre, convertida ahora en una vieja renqueante, se había quedado sola en la casa grande del pueblo, la casa solariega que en otra época bullía de animación y prosperidad, sobre todo en las fiestas.
La casa también había envejecido, el silencio y la soledad la habían mustiado como a una flor olvidada en la hornacina de una lápida. El tejado se estaba hundiendo, la humedad manchaba las paredes y las piedras de la fachada se desprendían como si fueran dientes podridos.
La vieja, encorvada y arrastrando los pies, se dirigió a la cocina, de un cesto junto a la lavadora cogió un ato de ropa y volvió al salón. Puso la ropa encima de una mesa grande, junto a la plancha que estaba apoyada en un paño salpicado de quemaduras. La vieja jadeaba estertóreamente por el esfuerzo.
Sobre el velador, al lado de la tele, yacía un teléfono decimonónico. Ya casi nunca sonaba, algún teleoperador agresivo y charlatán a la hora de la siesta intentando vender sus productos psicodélicos, y en fechas señaladas algún hijo, o alguna nieta que de repente se acuerda de que tiene una abuela en el pueblo que vive sola con su gato y sus fantasmas.
La vieja decidió dejar la plancha para más tarde. Nadie la apremiaba. Se sentó con dificultad en una mecedora de mimbre y con el mando encendió la televisión para ver la telenovela. Todavía no había empezado. Estaban echando un reportaje sobre un matrimonio muy enamorado que veraneaba en Benidorm: Mientras ella se arreglaba frente al espejo para bajar a cenar, la piel algo arrugada, la nariz gorda como la de un borracho y algunas calvas entre el pelo estropajoso, el marido, un taxista de Móstoles, calvo, oscuro, grasiento y con una barriga prominente, miraba a la cámara y, con voz honda y áspera, exclamaba con irreprimido deseo:
-¡Es que la miro y brrrr....!-
La vieja cruzó las manos sobre el regazo, manos consumidas, marchitas, exhaustas.
La vieja ya apenas comía, algún vaso de leche a deshoras o alguna lata de cocacola. Tenía la sensación de que su tiempo había acabado, de que ya no pintaba nada en el mundo, de que cualquier noche, al acostarse, se despediría de la vida con indolencia química, como la batería de un coche cuando se agota, diciendo bueno, yo ya me voy, se acabó el dolor, la soledad, la tristeza, la resignación forzosa. Me voy sin haber encontrado sentido a esta vejez.
Pasó por la acera una muchacha muy guapa, blanca, rellena y tierna como un bollo de leche, como una belleza efímera repartiendo publicidad de un nuevo supermercado.
La vieja miró a su alrededor, el salón era muy grande, grande y silencioso como un panteón. En la tele los personajes se movían sin sentido, como bichos zancudos en una charca llena de cieno.
En el alfeizar de la ventana, el gato dormitaba al sol.
La vieja descorrió las cortinas y el sol de la mañana derramó su polvo de luz por los rincones.
En la cómoda del salón, junto a una fotografía de Adolfo Suárez, había un retrato familiar con el padre, la madre, los hijos, las nueras, los yernos y los nietos. Desde que el padre murió de cáncer de pulmón, con apenas sesenta años, la familia se había ido desintegrando. Los hijos hacían su vida lejos, y la madre, convertida ahora en una vieja renqueante, se había quedado sola en la casa grande del pueblo, la casa solariega que en otra época bullía de animación y prosperidad, sobre todo en las fiestas.
La casa también había envejecido, el silencio y la soledad la habían mustiado como a una flor olvidada en la hornacina de una lápida. El tejado se estaba hundiendo, la humedad manchaba las paredes y las piedras de la fachada se desprendían como si fueran dientes podridos.
La vieja, encorvada y arrastrando los pies, se dirigió a la cocina, de un cesto junto a la lavadora cogió un ato de ropa y volvió al salón. Puso la ropa encima de una mesa grande, junto a la plancha que estaba apoyada en un paño salpicado de quemaduras. La vieja jadeaba estertóreamente por el esfuerzo.
Sobre el velador, al lado de la tele, yacía un teléfono decimonónico. Ya casi nunca sonaba, algún teleoperador agresivo y charlatán a la hora de la siesta intentando vender sus productos psicodélicos, y en fechas señaladas algún hijo, o alguna nieta que de repente se acuerda de que tiene una abuela en el pueblo que vive sola con su gato y sus fantasmas.
La vieja decidió dejar la plancha para más tarde. Nadie la apremiaba. Se sentó con dificultad en una mecedora de mimbre y con el mando encendió la televisión para ver la telenovela. Todavía no había empezado. Estaban echando un reportaje sobre un matrimonio muy enamorado que veraneaba en Benidorm: Mientras ella se arreglaba frente al espejo para bajar a cenar, la piel algo arrugada, la nariz gorda como la de un borracho y algunas calvas entre el pelo estropajoso, el marido, un taxista de Móstoles, calvo, oscuro, grasiento y con una barriga prominente, miraba a la cámara y, con voz honda y áspera, exclamaba con irreprimido deseo:
-¡Es que la miro y brrrr....!-
La vieja cruzó las manos sobre el regazo, manos consumidas, marchitas, exhaustas.
La vieja ya apenas comía, algún vaso de leche a deshoras o alguna lata de cocacola. Tenía la sensación de que su tiempo había acabado, de que ya no pintaba nada en el mundo, de que cualquier noche, al acostarse, se despediría de la vida con indolencia química, como la batería de un coche cuando se agota, diciendo bueno, yo ya me voy, se acabó el dolor, la soledad, la tristeza, la resignación forzosa. Me voy sin haber encontrado sentido a esta vejez.
Pasó por la acera una muchacha muy guapa, blanca, rellena y tierna como un bollo de leche, como una belleza efímera repartiendo publicidad de un nuevo supermercado.
La vieja miró a su alrededor, el salón era muy grande, grande y silencioso como un panteón. En la tele los personajes se movían sin sentido, como bichos zancudos en una charca llena de cieno.
En el alfeizar de la ventana, el gato dormitaba al sol.
veneno
VENENO
Veneno. Rezumas veneno.
Cuando besas, cuando miras, cuando te dejas tomar.
Un veneno que hincha el corazón,
que enloda de raíces el cerebro.
Veneno de medusa, veneno de serpiente,
veneno de seducción.
Todo en ti es veneno,
tu savia, tus gestos, tus palabras, tu tacto, tu olor.
Veneno que se mete en las venas,
veneno que se mete en los huesos,
veneno que envenena el sentimiento,
veneno que enloquece la razón.
Veneno, veneno, veneno,
dulce veneno con sabor a olvido y absolución.
golpe de piedra
CUANDO te miro,
cuando contemplo tu belleza delicada y voluptuosa,
esos manantiales de luz brotando de tu carne dulce,
presiento que esta guerra está perdida,
que soy un suicida con una espada de madera
frente al ejército de tus seducciones.
Siento un golpe de piedra en las sienes
y una oscuridad de tumba enterrándome vivo.
Pinto con sangre en las paredes de mi cueva,
mientras tiembla la tierra, arden los bosques
y las montañas se hunden en el mar.
Eres, niña, otra herida abierta
que tarde o temprano me tendrá que matar.





