tus armas
TUS armas son mucho más poderosas.
Tienes la belleza, tienes la juventud,
tiene ese aura de fruta al sol,
esa intuición de algo perfecto, incólume, libre,
contra la que nada puede esta espada de madera
forjada con palabras de insatisfacción.
Empiezo a cansarme de luchar por ti,
no me lo reproches,
porque es como caminar hacia una montaña nevada
que a cada paso se aleja.
De repente un gesto tuyo,
lleno de gracia, lleno de luz, lleno de vida,
me derriba de una lanzada del caballo de mi soberbia
y me hace rodar herido por el polvo
mezclándose mi sangre con la tierra.
A tu lado me siento mudo y ciego,
y hasta el agua fresca que me das de beber
me hierve en la garganta, me arde, me abrasa,
me ahoga y me quema.
sed de fuego
SED DE FUEGO
Resplandeces como el sol
rompiendo la oscuridad de la noche.
Te viertes en una lluvia de luz
que inunda todos los rincones.
Se hincha la fruta en los árboles
y el polen fecunda las flores.
Mis raíces resecas buscan tu sangre con demencia,
con sed de vida, con sed de luz,
con sed de tu fuego.
La vida necesita tu calor
para seguir viviendo.
UN PASEO POR PARLA
Cómo ha cambiado todo esto desde entonces, aunque probablemente en el fondo todo sigue siendo igual mientras no cambie el corazón humano. Un alcalde populista les puso un tranvía que inundó el pueblo de semáforos y calles prohibidas, provocando constantes atascos y despistes en los conductores, pero no importa, ellos están contentos y agradecidos porque tienen su tranvía, su símbolo de distinción.
También han construido un hospital, un centro comercial y un gigantesco desguace donde los cetrinos maridos pasan los domingos buscando piezas entre las interminables filas de cadáveres metálicos en descomposición.
De aquel gueto extremeño que abarrotaba los mesones, los bancos de los parques y las verbenas en las fiestas populares, sobrevive una tercera generación de muchachas núbiles que estudian en el instituto o trabajan de cajeras en el Carrefour, y que los domingos patinan por el bulevar, los ojos vivos concentrados en el tramo que hay delante, la piel un poco oscura, hurdana, porque es difícil perder del todo las raíces. En cuanto a los chicos, casi ninguno continuó con los estudios, un módulo de carrocería el más aventajado, y el resto se dedica a robar ruedas de bicicletas, manchar los muros del cementerio y tunear sus coches de segunda o tercera mano.
Hay muchos emigrantes extranjeros: chinos, rumanos, árabes, sudamericanos, negros...En fin, la misma historia de siempre.
De aquel viejo mundo que yo viví, apenas sobrevive el puticlub de la Lola, lleno ahora de mugre y marginalidad, y la biblioteca de la Caja Madrid a donde yo acudía para escribir con fe sectaria, bajo su fría luz fluorescente, mis ingenuos artículos marxistas. Aunque he de reconocer que pasaba más tiempo con las putas de la Lola, que me enriquecían, intuía yo ya entonces, mucho más que los libros. También subsiste a duras penas, en un local angosto y paupérrimo, el gimnasio de Tristán donde empecé a hacerme boxeador para huir de la mugre de mi mísera realidad, si bien es cierto que jamás llegué a ser boxeador del todo, igual que nunca llegué a ser nada en la vida.
Por la calle donde viví, he decidido olvidarme de pasar, no vaya a ser que resuciten aquellos dolorosos fantasmas de antaño que llenaron de tristeza mi juventud y la vida de otros seres.
El sol confiere a las plazas una plácida paz de domingo. Esa misma pequeña plaza donde mi hija se cayó de cabeza de la silla y donde yo pasaba las tardes sin trabajo, sin dinero, con mucho miedo a todo y también con mucha esperanza.
Nunca fue Parla un lugar para mí, ni siquiera su nombre me gusta, y sin embargo, ahora que vuelvo a pisar sus calles, siento que algo de mí se quedó aquí para siempre. Eso me infunde respeto, porque es algo que no me ocurre con otros lugares más propicios.
flores de pecado
Y DE repente vuelve la vida,
como la lluvia a un árbol a punto de secarse.
Se llenan de oxígeno las venas,
reverdecen las cenizas,
saltan los ríos sobre las piedras,
y con apósitos de besos
se van curando las heridas.
Ya sé que estos milagros son breves,
pero cuando te alejas por ese bulevar de panteones,
un trozo de ti, de tu carne viva
se queda conmigo para siempre.
Y DE repente ardes, con llamas de luz,
con ardor de savia.
Mientras todo a tu alrededor son cenizas,
tú creces con voluptuosidad de selva,
hierves, lates, enrojeces, te dilatas,
y aunque esté lejos de ti
me alumbras, me nublas, me enciendes, me incendias,
me quemas, me avivas, me abrasas, me prendes
de lujuria, de locura, de demencia, de hambre, de ansia.
Tu belleza hinchada de oscura claridad,
de misterio, de peligros, de milagros.
Ardes como la lava sobre el agua.
Bajo la tierra germina la semilla
y en tu carne el amor abre flores de pecado.
a las puertas de la locura
DEJAN un regusto de distancia tus besos,
como si tus labios fueran de cartón piedra,
de corteza muerta, de adiós, de silencio, de acero.
Navegamos en un barco de papel a la deriva,
a merced de una lucha de corrientes
que nos traen, nos llevan, nos aplastan, nos alejan, nos zarandean.
Y tú cada día más lejos,
como un árbol que tras la ventanilla del tren
se va volviendo más y más pequeño.
Ya no nos queda tiempo para nosotros,
nos da vergüenza hablar de aquellos sueños
que nos unían y nos redimían de la miseria.
Corremos a nuestras obligaciones,
giramos en la noria hueca de la rutina,
y nos negamos tres veces
antes de que cante el gallo del amanecer.
Éramos un par de tontos
paseando de la mano por las vías del tren,
pero me hacías sentir tan vivo...
Nunca me reconocí
en el bruñido espejo de la sensatez.
¿EXISTIÓ alguna vez aquella Itaca que tanto añoras?
Eres rey de un sueño, de un pueblo de sombras,
de volutas de humo, de corrientes de aire,
de castillos de arena que se tragan las olas.
Te sientas al atardecer en las rocas del acantilado
vencido por el peso de tu soledad.
Nunca volverás a Itaca ni por tierra ni por mar.
Jamás construiste aquel caballo de Troya
capaz de atravesar los corazones acorazados.
Héroe de un cuento de páginas amarillentas,
en un rincón de un polvoriento anaquel olvidado.
Es de tu talla ese disfraz de mendigo
bajo el que deambulas perdido
a las puertas de la locura.
un merecido descanso
UN MERECIDO DESCANSO
Le faltaban siete meses para jubilarse. Cuarenta años de cartero, se dice pronto, clasificando, repartiendo cartas, impresos, notificaciones. Antes se escribía más, cartas de amor, sobres con letra de añoranza, cartas del militar a la novia, del temporero en la vendimia de Francia a la familia de Jaén, del estudiante a los padres que estaban en el pueblo. Ahora todo eran panfletos publicitarios, extractos de bancos y reclamos de deudas. La vida cambiaba de costumbres, imperceptiblemente, de un año a otro. Se volvía más fría, cruelmente impersonal.
Al principio, al poco de aprobar la oposición, soñaba con cartas, una lluvia de cartas imposible de clasificar que lo iba sepultando. Ahora ya casi nunca soñaba, de vez en cuando con cosas remotas y absurdas.
Olía a cartas, eso sí, a ese olor rancio y sucio que desprende el papel mezclado con la tinta de imprenta y el tacto sudoroso de muchas manos, así huele también el dinero, a sudor humano, un poco a desesperación. Un olor que se mete en la piel como un polvillo mugriento que no se quita ni duchándote.
Estaba engordando. Los músculos se le iban convirtiendo en grasa y empezaba a cansarse cuando tiraba del carro subiendo una cuesta empinada.
- Las cuestas son cuestas porque cuestan-
Le dijo una vez su mujer, que tenía esas cosas, riendo con aquella risa de luz hacía ya muchos años, cuando todavía eran novios y estaban inocentemente enamorados. Ahora su mujer también se había marchitado, incluso empezaban a salirle algunas calvas en la cabeza. ¡Pobre cari! Los hijos ya eran mayores y vivían lejos de casa. Aunque para un padre nunca dejan de ser criaturas indefensas. Pensó que se estaba distanciando de sus hijos, o más bien sus hijos de él, bueno, también a los elefantes los abandona la manada para que mueran solos cuando se hacen viejos.
Tenía miedo. Miedo a la vejez. Miedo al cambio. Miedo a la muerte. ¡Qué calor!, qué verano más caluroso. El calor, no sé porqué, le hace sentir a uno más miedo. Cualquier cambio, aunque sea para bien, es siempre doloroso. ¿Y qué iba a hacer en adelante? ¿En qué trascendentales tareas ocuparía su tiempo, esos posos de tiempo que aún le sobraban? Cuarenta años de servicio y de repente se acabó, ya está, a jubilarse, a pudrirse en la intemperie de las horas muertas. Un merecido descanso, más bien una inmerecida estafa. El trabajo te vacía por dentro, te seca la esperanza, el ímpetu, te mata el espíritu de libertad, te devora por dentro como un cáncer subrepticio. Bueno, se dedicaría a cuidar su huerto en la parcela y a criar pájaros y canarios. Saldría al monte con Apu, su perrillo, en busca de pájaros raros y los estudiaría y clasificaría meticulosamente como un ornitólogo aficionado, como el hombre de Alcatraz, siempre le había gustado mucho esa película.
En fin, ¡qué calor! Cruzó la calle bajo un sol que era como un perro rabioso que le mordía los hombros con dentelladas de fuego.
Llamó a un portal.
- ¡Cartero!, ¿me abre?- “cartero me abre, cartero me abre”, siempre lo mismo, día tras día, año tras años, menudo tostón, pero era lo que tenía, era...lo que él era.
Desde el piso tercero, un taller de costura, se asomó una muchacha muy gorda con gafas de aumento que parecía que iba a arrojarse al vacío. Recordó una noticia de un periódico de hacía muchos años. Un cura se tiró desde la torre de una iglesia y mató a un panadero que pasaba por la calle con un cesto de pasteles sobre la cabeza. Una de esas escenas absurdas e increíbles que sólo la realidad es capaz de concebir.
Se sentía cansado. Moralmente cansado, interiormente rendido, exhausto. Sin poder explicárselo del todo, sentía que la vida no le había dado casi nada de lo que le había prometido en su juventud. ¡Menuda puta barata es la vida! Estaba su cari, es cierto, y los hijos, y su primera nieta con esa carita rechoncha y sonrosada que daban ganas de comérsela. Pero...
¡A ver, centrémonos, joder!: Celso Martínez al tercero C, Bernardina Carnicero al primero A, Brenda Seisdedos al bajo Derecha.
UN AMOR PARA TODA LA HORA
¿Cuánto tiempo ha pasado?, ¿diez, cien años?
Entonces la vida parecía aún posible
y nosotros inocentes de cualquier pecado.
Seguramente ya todo lo habrás olvidado.
El tiempo es esa vieja que espera la muerte
sentada a la sombra en un banco.
¡Me hiciste vivir tantas vidas,
tantas eternidades en cada segundo!
Yo te hablaba de no sé que cosas
y tú me escuchabas con esos ojos grandes y cálidos.
Fuiste ese amor para toda la hora
que durante toda la vida anduve buscando.
¿dónde esáis?
¿DÓNDE ESTÁIS?
Del bolso que llevaba cruzado a un costado, sacó el móvil y marcó un número:
- Vane, ¿dónde estáis?-
Alguien le respondió algo desde el otro lado de la línea.
- Pero si llevo media hora aquí en la puerta del Beska y os he visto por ninguna parte, vale, vale, voy ahora mismo, esperadme ahí Vane, no os mováis por favor-
Con sus andares de marioneta descoyuntada se apresuró en dirección a las escaleras mecánicas. Mientras subía, contempló el techo abovedado donde en un firmamento artificial giraban las estrellas y los planetas describiendo efímeras espirales de luz.
Desde el muro de cristal de la planta segunda el sol se ponía tras la torre de la iglesia de un pueblo cercano, mientras una pareja se besaba, ajena al mundo, apoyada en la barandilla color butano que custodiaba a un coche de exposición envuelto en cinta de regalo dorada.
Tampoco las vio en el Burger. Esperó un rato y volvió a marcar el número:
- No os veo, ¿dónde estáis?...pero si he venido deprisa, ¿eh?, todo lo deprisa que he podido- Añadió con tono cansado.
Con sus grotescos andares de pingüino y su bolso de tela cruzado a un costado, bajó de nuevo las escaleras mecánicas.
Llegó a la entrada del Eroski y buscó a sus amigas entre la multitud. Voces estólidas, risas histéricas, caras plácidas de encajar en la feria de la vida. Y en la otra orilla ella, sola, poliomielítica, con su carita de demonio manga, asustada como un insecto rastrero sorprendido por la luz. La gente iba y venía en corrientes discontinuas, caóticas y absurdas, como cortinas de lluvia bailando al otro lado de la ventana.
Tras un cuarto de hora más o menos, volvió a llamarlas. Esta vez nadie respondía. Marco una y otra vez, diez, veinte, cuarenta veces, hasta que por fin contestaron.
- Vane, estoy esperando en la puerta del Eroski, ¿cómo?, me dijiste a la entrada del Eroski, ¿el Mercadona? pero... aquí no hay ningún Mercadona y lo sabes, el Mercadona está más abajo, ya casi en el polígono, (al otro lado de la línea se oyeron risitas mal reprimidas) me parece muy mal que me estéis vacilando de esta manera tan ruin ¿sabes?-
Colgó. Triste, confusa y desangelada, como un payaso que ha sido silbado por el público, abandonó el centro comercial en dirección a la parada del autobús.
Fuera, en el aparcamiento, habían plantado unos árboles de hojalata que el viento no podía mecer. Recordó su infancia, cuando su abuela la mecía y se quedaba dormida en su regazo con ese confiado abandono de los niños, mientras el mundo giraba a su alrededor como un tiovivo de caballitos de cartón. Todo resultaba fácil entonces, fácil y seguro. A nadie parecía importarle que fuera coja o fea, todos parecían más inteligentes.
¡Qué sola se sentía ahora!, siempre rezagada, a la cola, jadeando por el esfuerzo de intentar merecer el amor y la amistad de los demás.
Sonó su móvil. Esta vez, cosa rara, la llamaban a ella.
- ¿Vane?, sí sí, dónde, ¡ah! vale, voy, pero esta vez esperadme, por favor, no me gusta que todo el mundo se ría de mí-
Volvió sobre sus pasos, sobre las inermes huellas de su soledad. Ya era de noche. Los coches formaban una larga caravana desde el aparcamiento hasta la rotonda que embocaba la autovía de Toledo. En la tele había empezado el fútbol. Era sábado, día de salir con las amigas, de divertirse, de reír, de ilusionarse. Con dieciséis años recién cumplidos, en su casa no pintaba ya nada. Buscó el monedero en su bolso. Tenía seis euros. Justo para una hamburguesa y un par de refrescos de las máquinas expendedoras.
hoy no sé lo que me pasa
HOY NO SÉ LO QUE ME PASA
El sol era una llama que se iba apagando, dejando un rescoldo melancólico en lo alto de las estanterías de madera pintadas de un verde mohoso, donde se alineaban por marcas los cartones de tabaco.
Un olor seco, adusto, agradable, como a leña quemada, anegaba el estanco.
El estanquero, un viejecillo canoso con aire derrotado y una mueca de amargura en los labios finos, repasaba una y otra vez los números de una libreta sin que las cuentas le cuadraran.
- Le hemos cobrao doscientos euros de menos al bar de la piscina, a ver quién lo demuestra ahora, ¡joder!, ¡y así siempre!, yo ya no tengo cabeza pa esto-
Dejó el lápiz y el papel, y sacando un trapo de un cajón, se puso a limpiar maquinalmente el cristal del mostrador y la vieja máquina registradora.
De repente advirtió la presencia de su hija, una presencia silenciosa como la de un santo en una capilla oscura, sentada en un taburete junto a la puerta, con la mirada perdida y las manos cruzadas sobre el regazo. Más que una presencia, su hija Diana era casi siempre una ausencia, como un mueble inerte que de verlo a diario se olvida pero que se echa en falta si no está.
Al atardecer, cerca de la hora de cierre, se materializaba sentaba en su taburete dejando que la penumbra la fuera envolviendo, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada extraviada en un mundo de matemáticas simples y geometría unidimensional. Otras veces aparecía de súbito detrás de unos cajones de tabaco, seguida de un susto, como una araña de rincón, de pie, con una bolsa abierta entre las manos, esperando eternamente que su padre le concretara el último encargo del que se olvidó cuando entró un cliente. O se apoyaba en las estanterías con la cabeza entre los brazos, como si durmiera de pie, o llorara, o contara la cuenta del escondite inglés, o pensara en un amor platónico, o tan solo pensara.
Casi nunca hablaba, simplemente permanecía allí, como una pelusa de polvo, de imaginaria, esperando órdenes como un perro con las orejas levantadas. Órdenes sencillas, precisas, concisas, que por unos momentos la hacían sentirse útil y casi humana.
- Diana, dame una bolsa-
- Diana, sal a tirar la basura-
- Diana, pon esta caja aquí y esta allí, ¡no, no!, así no, al revés, esta aquí y esta allí-
Aquí y allí eran conceptos todavía difíciles para ella.
Una vez, hacía ya años, su padre quiso enseñarla a hacer fotocopias, pero, como un fenómeno paranormal, en el papel aparecía siempre la sombra blanca de una mano sobre el fondo negro que producía el hollín del tóner cuando no se bajaba la tapa de la fotocopiadora.
Aunque ella quería ser útil, resultaba más bien un estorbo. Llegaba puntual, andando de prisa, echando el cuerpo hacia delante, como si el trabajo dependiera de ella para comenzar, y tras dejar el bolso en un extremo del mostrador, (el bolso donde sólo llevaba el móvil y una rebeca por si por la noche refrescaba), corría hacia el taburete donde se sentaba con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada fija en ninguna parte, mientras pasaban las horas, los días, la vida, como una violenta corriente de acontecimientos extraños a ella.
- Diana, apártate un poco de la puerta, anda bonita, que no dejas pasar a esa señora-
Y Diana, diligente y atribulada, se apartaba con tanta prisa y torpeza que en vez de retirarse se ponía justo delante de la persona que pugnaba por entrar.
Su padre, cuando la miraba, a veces sentía que el corazón y las vísceras se le caían a los pies, que Diana era una cadena perpetua sin posibilidad de redención. Otras veces, por el contrario, sobre todo cuando, rara vez, le cuadraban las cuentas, se sentía decididamente orgulloso de ella, de una criatura tan pura como un manto de nieve virgen en lo alto de una montaña.
- Diana, tráeme esos cartones de ducados-
Diana, con sus manos torpes y sus movimientos atrofiados fue a coger los cartones, con tan mala pata que derribó una caja de puros Montecristo que salieron rodando como ratones por el suelo.
- ¡Uy!, no sé que me pasa hoy- Se justificó la pobre como hablando consigo misma, con su voz casi inaudible, como una voz interior.
Su padre la miró, y de repente, con una tristeza inefable, pensó que Diana nunca había estado en una discoteca, ni había ido a un colegio normal, ni había compartido secretos con otras chicas de su edad, ni iba jamás al cine porque, como si fuera ciega y sorda, no entendía las películas.
- Cuando cumplas dieciocho años te vas a sacar el carné de conducir- Le dijo en broma su padre, retomando el lápiz y la ardua libreta.
- Vale padre- Contestó Diana con una voz que parecía un suspiro, olvidando que ya pasaba de los treinta.
Mientras tanto, tras la ventana, un día más el sol ya se había apagado y se habían encendido las farolas.
la galerna
LA GALERNA
Una mujercilla rechoncha, con una expresión de placidez estólida en el rostro y un bigotito incipiente y marcial sobre los labios revesados, sujetó la puerta para que pudieran entrar.
El rumor de la marea de las conversaciones inertes se apagó por un momento para contemplar a los recién llegados.
Un hombre que se parecía a don Quijote cuando penaba haciendo cabriolas en la Peña Pobre, alto, desaliñado y con cara de loco, empujaba la silla de ruedas donde permanecía postrado una especie de niño escuálido, retorcido, babeante y ausente, que olía a colonia de muerto, con una galleta maría en la mano y la cabeza vencida sobre un mugriento pupitre de metacrilato adaptado a la parte delantera de la silla. Un perro al que le faltaba una pata trasera, se quedó en la puerta observando con mirada triste y anhelante a su amo y al niño.
- Ahora parece más grande la carnicería, ¿no, Agapito?- Reanudó con voz gangosa el rumor de la marea la mujercilla rechoncha.
- ¡Es que han venio los albañiles esta noche y han ensanchao las paredes, Encarnita!- Bromeó el carnicero, que se parecía a Popeye el Marino.
- Je je je je- rió la mujercilla rechoncha, sin saber a ciencia cierta si Popeye hablaba en serio o no.
La carnicera ayudante, una mujeruca que no tenia rostro porque se lo había quemado de niña en la lumbre, diezmaba un costillar sobre un tronco de madera ensangrentado, con tal fuerza y pasión que un trozo de casquería salió disparado por el aire y fue a caer sobre el pupitre del niño, que abrió la boca y se tragó el deshecho de carne cruda sin que nadie pareciera percatarse.
El hombre esperaba su turno, con el niño desfallecido y descoyuntado en la silla como un muñeco roto, cuando entró en la carnicería una muchacha morena de juvenil voluptuosidad y rotunda belleza, que con voz melosa y musical pidió su turno.
De repente el niño empezó a agitarse como si cobrara vida, y balanceando el tronco se puso a emitir gruñidos animales que reverberaron por encima del rumor de la marea.
- ¡¡¡Uhhhhghgggg.....aggggggggggggghhhh....agggggggghhh....!!!-
- ¡Vale, vale ya César, que vas a asustar a la gente!- Le riñó el padre, sujetándolo con firmeza por los hombros.
El niño pareció calmarse un instante, para acto seguido volver a agitarse con mayor virulencia, intentando liberar los pies, que los llevaba aprisionados dentro de unas botas rígidas de inválido atadas a las patas de la silla con unas correas de cuero.
-¡¡¡¡Ahhhhhhgggg.....Uuuuhhhhhgggggg....!!!-
- Es que está en la preadolescencia – explicó el padre a los boquiabiertos presentes- y en cuanto huele a una chica guapa se vuelve loco perdío, ¡César, César, vale ya!-
La muchacha voluptuosa rió nerviosa con sus labios carnosos y sus dulces y grandes ojos asustados.
- Hasta le dan ataques epilépticos, cualquier día se nos va en uno, ¡ya, César, para ya, ostris!-
El hombre contempló a su hijo, cuyos rasgos faciales eran una caricatura de los suyos, y sintió que a pesar de los trabajos hercúleos y del trágico sufrimiento, lo quería con un amor profundo que iba más allá de la anestésica resignación que le proporcionaba su fe religiosa, y pese a tratarse de una vida deforme, deleznable y paupérrima, como la de un pequeño árbol enfermo, retorcido y estéril, era para él la vida más importante, necesaria y hermosa sobre la tierra.
- ¡A ver si alguien tiene por ahí algo para que muerda, por favor!-
- ¿Le echo un hueso?- Preguntó Popeye el Marino con cerril e ingenua brutalidad.
La mujeruca sin rostro le dio un dinosaurio de goma que andaba por allí, con el que a veces jugaba el gato, pero el niño, tras mordisquearlo un par de veces, compuso una mueca de asco y arrojándolo con fuerza contra el suelo, comenzó a prodigarse sonoras bofetadas en el rostro, bofetadas de odio, de rabia, de frustración, por verse condenado con aquel cruel estigma de Prometeo, mientras los demás muchachos de su edad se echaban novia, conducían sus ciclomotores y daban patadas a un balón.
- ¡¡¡Ahhhgggg....uhhhhgggg....!!-
- ¡Vale, vale ya, César, tranquilízate o no te saco más!, es este calor también, tantísimo calor le afecta mucho-
Los demás clientes cedieron su turno para que el padre comprara su pollo, y sin esperar siquiera a que el carnicero le quitara la cabeza y las patas, salió de nuevo a la calle empujando la silla de su hijo, que al recibir la luz del sol dejó de gritar y de llorar y se fue paralizando como un lagarto sobre la tapia de un cementerio.
En verdad que formaban una grotesca coreografía subiendo la calle, la cabeza del pollo asomando por un lado de la bolsa, la del niño por el otro mirando los insectos del suelo, el hombre desgarbado y cojeando ligeramente de la pierna izquierda, y el perro, a la cola del grupo, cojeando con el muñón de la pata trasera derecha.
- Hoy es veinticinco, ¿no?- Se reanudó tras un impás el rumor inerte dentro de la carnicería.
- Sí, sí, veinticinco- Confirmó con convicción la mujercilla rechoncha.
- No, no, es veintisiete- Rectificó el carnicero, señalando con el hacha un calendario de pared de una ONG de pobres del mundo vinculada a un banco.
- Sí, sí, veintisiete- Volvió a confirmar con convicción la mujercilla rechoncha, que, ya ves, se adaptaba con facilidad a todo.
- ¡Otro día más de calor!-
- ¿No te has ido de vacaciones, Agapito?-
- ¿Quién yo?, a donde voy a ir si no tengo un puto duro, Encarnita, hija!- Se quejó el carnicero con sorna estridente.
- ¡Uy!, pos nadie tiene dinero y to el mundo se va de vacaciones, Agapito, el bueno, el malo, el tuerto y el jorobado, je je je je je-
En la calle, a lo lejos, el perro se iba quedando un poco rezagado del grotesco grupo.





