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aquí no vive ninguna Paloma





AQUÍ NO VIVE NINGUNA PALOMA

Era un calor metálico, seco, opaco, que ralentizaba los movimientos, como si la tierra agarrara los pies, como si tirara de ellos hacia dentro, hacia la sepultura. A lo lejos los camiones rugían subiendo y bajando la cuesta de una cantera de arena, como laboriosas hormigas bajo un sol cegador, bajo un cielo sucio y polvoriento. En la explanada del castillo, un grupo de viejos estaban sentados a la sombra de un árbol. El castillo había sido reconstruido, ahora parecía más bien una estación de autobuses abandonada. Revoloteaban las moscas en el foso reseco, anegado de mierda y basura.
Sintió en los labios el sabor salado del sudor. ¿Dónde estaba? ¿Quién era? Provocaba una impresión absurda con aquel ramo de rosas en la mano, con el rumbo perdido, en medio de un erial, bajo un sol abrasador, sin saber qué hacer ni a donde ir.
Una mujer que parecía hecha de plastilina le había abierto la puerta.
- Aquí no vive ninguna Paloma, no se referirá usted a Paloma la de la farmacia- Le dijo sacando al hablar una rauda lengua de reptil.
Pero era aquella calle, aquella casa, estaba seguro, cómo olvidarlo si la había rondado tantas noches cuando todavía eran novios. ¿Cuántos años habían pasado desde entonces, sesenta, setenta? El tiempo es una plaga que agosta todo lo vivo y todo lo bello.
Deambuló por esas calles tan conocidas que ahora sin embargo le resultaban ajenas, extrañas, hostiles, observando esas caras monstruosas, respirando ese hedor de muerte.
De repente la vio allí sentada, en un extremo de la pedriza que rodeaba la explanada, con su rostro blanco y bellísimo, aquel cuerpo firme y voluptuoso como un árbol ahogado de verdor. Hizo ademán de caminar hacia ella, pero se detuvo por miedo a espantar a aquel hermoso y delicado fantasma del pasado.
Un perro pasó a su lado con la lengua fuera jadeando estertóreamente.
Sintió que todos los fracasos de su vida le empujaban por los hombros hacia abajo, hacia la tierra profunda y ciega.
- ¡Mira, allí está el abuelo!- Se oyó en el calor de la siesta la vocecilla de una niña que subía la cuesta acompañada por dos mujeres y un hombre robusto.
- El niño perdido y hallado en el huerto- Dijo socarronamente el hombre con voz de barítono.
La cigarra interrumpió su canto, expectante.


 
detenía el tiempo
NADA en el mundo tenía su tacto.
Cuando la tocaba, cuando la abrazaba,
tocaba la vida, la belleza y la juventud.
Estaba hecha de luz y de alma,
de nieve que hervía,
de fuego que abrasaba sin quemar.
Germinaban las piedras que pisaba al pasar
y brotaba la vida en el aire
que rozaba con su aliento.
Extendía el espacio hasta el infinito
y en cada instante de amor
detenía el tiempo.


 
setenta veces siete



SI me falta tu aliento me derrumbo como una marioneta,
me muero por dentro, me oscurezco, me hielo, me seco,
si me falta el fruto de tu belleza, el cobijo de tu cuerpo.
Cada noche me conecto a la savia de tus venas
para seguir viviendo.
Meto mi mano en tu carne y saco cosas vivas,
caleidoscopios de luz, manantiales de fuego.
Te acercas, me miras, me rozas, te huelo,
y sin saber cómo vuelvo a estar de pie,
y ardo, y vivo, y puedo, y crezco, y creo.





MIRO a la gente a mi alrededor
y todos parecen tener algo que yo no tengo,
como si hubieran llegado antes,
como si hubiesen entendido mejor las lecciones de la vida.
Después me miro en el espejo
y veo a un ser desgraciado y harapiento,
y la silueta de un monstruo
incrustada como un hacha en lo más profundo del cerebro.
Tropiezo en cada sombra del camino
y se me caen todas las cosas de las manos.
Para seguir adelante necesito perdonar siete veces
y setenta veces siete ser perdonado.


 
contra las cuerdas
CONTRA LAS CUERDAS
No voy a negar que me has herido,
son afilados los dientes de tu belleza.
Hay veces que al andar pierdo un pie por el camino,
es difícil sonreír con las tripas fuera.
Pero no me des por muerto aunque no oigas mis latidos,
estoy acostumbrado a pelear contra las cuerdas