antes me pego un tiro
ANTES ME PEGO UN TIRO
Olía a mierda. Una vieja desgreñada salió desnuda al pasillo y se puso a cantar con voz de falsete.
- ¡Que alegría cuando me dijerooon vamos a la casa del señoooor!-
- ¡¡Señorita, señorita, ya estoy!!- Gritó otra vieja que acababa de defecar en el suelo de su habitación. Su compañera estaba tendida en la cama, los pies forrados con goma espuma, el cuerpo inmóvil, la boca abierta, los ojos, cubiertos de legañas, mirando al techo.
Al fondo del pasillo había una claraboya que daba a un sótano tenebroso, donde una vieja desahuciada, recluida en una especie de zulo, permanecía conectada a una botella de suero.
Bajo el porche del patio, un viejo con pantalones raídos echaba migas a los inexistentes pájaros.
Era domingo. Día de visitas. Pero a Dionisio Zapaterillo nadie iba a visitarlo. Sentado en una silla de ruedas con sus iniciales, miraba por la ventana de su habitación en penumbra. Sus hijos lo habían abandonado hacía ya muchos años. A veces trataba de evocar sus rostros, pero ya apenas los recordaba, sólo retazos curiosamente indelebles de cuando eran niños. La sensación de cogerlos cuando ellos le tendían los brazos. No hablaba con nadie, se había replegado a su mundo interior, un mundo de decepción, de sabiduría, de resignación. Las auxiliares pensaban que era mudo, y por eso le gritaban al oído gesticulando grotescamente frente a su cara.
- ¡¡Está lloviendo a base de bien, verdá Donisio!!- le gritó una auxiliar de ojos saltones como los de un sapo - ¡¡qué hermosas se pondrán las viñas allá en tu pueblo, verdá, en mi pueblo es que no llueve nunca, sabes!!...Nada hija – continuó la auxiliar dirigiéndose a una compañera muy guapa que había entrado nueva – aquí lo tenemos como un muerto viviente, se queda ido como si le hubiese dado un aire y así se pasa los días y las noches, salgo y lo dejo en su silla como está ahora mismo, y ya sabes, Pili, que sales y no sabes cuando vuelves, bueno, pues si tardo cuatro o cinco horas, vuelvo y ahí sigue sin pestañear, igualito que lo dejé, ¡¡ay Donisio, con lo que tú has debido bullir de joven!!-
Era verdad. Había sido un vividor. Inquieto, mujeriego, aventurero. Si le hubieran dicho entonces que acabaría en un geriátrico de la beneficencia, solo y físicamente arruinado, como un vegetal esperando la muerte, habría respondido: “Antes me pego un tiro”. Pero no sé que tiene la vida que cuesta tanto desprenderse de ella. “Ay, señor, si me dejaras vivir por lo menos veinte años más – solía pedir en la capilla una vieja nonagenaria conectada a una maquina psicodélica– no otros noventa, ni cincuenta siquiera, con veinte me conformo, veinte añitos nada más, señor, eso es calderilla para ti”
Se quedó mirando a un pájaro mojado y desorientado sobre la alambrada del muro. ¿Dónde estarían ahora sus hijos? ¿Dónde se fueron aquellos amores, aquella obsesiva lujuria de su juventud? Nunca pudo entender ese alocado y vertiginoso proceso de nacer, crecer, quedarse solo, degenerar y morir. El tiempo como un cáncer devorándolo todo. Trató de imaginarse la nada.
- Estaba bueno el puré de los cojones, Juani- comentaba una vieja desdentada a su compañera de celda- me comí dos platos, y la ensalada, yo el tomate lo aparto, es que de nunca me ha gustao, de nunca, lo echaba al guiso para que le diera sabor y luego se lo quitaba…-
Había dejado de llover. Un gato se acercó sigilosamente al pájaro de la alambrada.
El verde rodapié de la habitación, rezumaba tristeza y humedad.
Olía a mierda. Una vieja desgreñada salió desnuda al pasillo y se puso a cantar con voz de falsete.
- ¡Que alegría cuando me dijerooon vamos a la casa del señoooor!-
- ¡¡Señorita, señorita, ya estoy!!- Gritó otra vieja que acababa de defecar en el suelo de su habitación. Su compañera estaba tendida en la cama, los pies forrados con goma espuma, el cuerpo inmóvil, la boca abierta, los ojos, cubiertos de legañas, mirando al techo.
Al fondo del pasillo había una claraboya que daba a un sótano tenebroso, donde una vieja desahuciada, recluida en una especie de zulo, permanecía conectada a una botella de suero.
Bajo el porche del patio, un viejo con pantalones raídos echaba migas a los inexistentes pájaros.
Era domingo. Día de visitas. Pero a Dionisio Zapaterillo nadie iba a visitarlo. Sentado en una silla de ruedas con sus iniciales, miraba por la ventana de su habitación en penumbra. Sus hijos lo habían abandonado hacía ya muchos años. A veces trataba de evocar sus rostros, pero ya apenas los recordaba, sólo retazos curiosamente indelebles de cuando eran niños. La sensación de cogerlos cuando ellos le tendían los brazos. No hablaba con nadie, se había replegado a su mundo interior, un mundo de decepción, de sabiduría, de resignación. Las auxiliares pensaban que era mudo, y por eso le gritaban al oído gesticulando grotescamente frente a su cara.
- ¡¡Está lloviendo a base de bien, verdá Donisio!!- le gritó una auxiliar de ojos saltones como los de un sapo - ¡¡qué hermosas se pondrán las viñas allá en tu pueblo, verdá, en mi pueblo es que no llueve nunca, sabes!!...Nada hija – continuó la auxiliar dirigiéndose a una compañera muy guapa que había entrado nueva – aquí lo tenemos como un muerto viviente, se queda ido como si le hubiese dado un aire y así se pasa los días y las noches, salgo y lo dejo en su silla como está ahora mismo, y ya sabes, Pili, que sales y no sabes cuando vuelves, bueno, pues si tardo cuatro o cinco horas, vuelvo y ahí sigue sin pestañear, igualito que lo dejé, ¡¡ay Donisio, con lo que tú has debido bullir de joven!!-
Era verdad. Había sido un vividor. Inquieto, mujeriego, aventurero. Si le hubieran dicho entonces que acabaría en un geriátrico de la beneficencia, solo y físicamente arruinado, como un vegetal esperando la muerte, habría respondido: “Antes me pego un tiro”. Pero no sé que tiene la vida que cuesta tanto desprenderse de ella. “Ay, señor, si me dejaras vivir por lo menos veinte años más – solía pedir en la capilla una vieja nonagenaria conectada a una maquina psicodélica– no otros noventa, ni cincuenta siquiera, con veinte me conformo, veinte añitos nada más, señor, eso es calderilla para ti”
Se quedó mirando a un pájaro mojado y desorientado sobre la alambrada del muro. ¿Dónde estarían ahora sus hijos? ¿Dónde se fueron aquellos amores, aquella obsesiva lujuria de su juventud? Nunca pudo entender ese alocado y vertiginoso proceso de nacer, crecer, quedarse solo, degenerar y morir. El tiempo como un cáncer devorándolo todo. Trató de imaginarse la nada.
- Estaba bueno el puré de los cojones, Juani- comentaba una vieja desdentada a su compañera de celda- me comí dos platos, y la ensalada, yo el tomate lo aparto, es que de nunca me ha gustao, de nunca, lo echaba al guiso para que le diera sabor y luego se lo quitaba…-
Había dejado de llover. Un gato se acercó sigilosamente al pájaro de la alambrada.
El verde rodapié de la habitación, rezumaba tristeza y humedad.





