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DIÓGENES

Apoyado en el contenedor de basura había un cuadro sin cristal y con el marco roto, que representaba unos girasoles sobre fondo azul. Era un cuadro muy bonito, con mucho colorido, enseguida lo atrajo como la luz a una polilla. Se bajó del coche y lo recogió.
Antes, al principio, miraba siempre alrededor, cohibido por si alguien lo estaba observando, pero con el tiempo había perdido el pudor a rebuscar en la basura.
Se sintió feliz con su cuadro nuevo. Era su trofeo. Hasta se puso a silbar y todo. ¿Dónde lo pondría? En su casa ya no quedaba ningún hueco libre. Con su manía de acopiar cosas la había convertido en un almacén carnavalesco de cachivaches inservibles. Cajas y cajas apiladas en las paredes, cuyo contenido ya había olvidado.
Electrodomésticos averiados, ruedas desinfladas, botellas vacías, juguetes rotos, ferralla, relojes parados, latas vacías de conserva, papeles, cartones, libros viejos, un trozo de saxofón, sillas desvencijadas, perchas descoyuntadas, unas radiografías de un tuberculoso, figuras de escayola decapitadas, trastos oxidados, una momia reseca que había robado en el museo Antropológico, y hasta un gato que debía estar ya muerto en algún rincón oculto de aquella babel demente…
Apenas le quedaba el hueco de la cama, aunque tenía que dormir encogido porque un ventilador con una sola aspa ocupaba el fondo del colchón sin sábanas.
Era domingo. Hacía un calor sofocante, el aire era espeso, de arena caliente. Por las rendijas de la persiana mellada entraban los rayos del sol.
Se tumbó en calzoncillos, mirando al techo.
Desde que su mujer lo abandonó por un perito industrial vivía solo. Sus hijos tampoco querían verlo, se avergonzaban de él.
La verdad es que no había conseguido nada en la vida. Sus sueños se habían ido derrumbando como altas torres de ceniza.
Había vuelto a buscar mujer por internet: carpintero ebanista, maduro, deportista, sincero, cariñoso, extrovertido…
Pero cuando milagrosamente conseguía una cita, acababa siempre en fracaso, “¡bueno, nos llamamos”!, tal vez por sus dientes mellados, por su barriga cervecera, por su timidez, por su ansiedad o por su desesperación. Las mujeres huelen el fracaso igual que los animales el miedo.
Ya no exigía mucho, sólo una compañera que compartiera su miedo, su pobreza y su soledad, le daba igual la edad, las características físicas o la nacionalidad.
Una vez estuvo a punto de arrejuntarse con una recepcionista muy gorda, tan gorda que no cabía por las puertas, pero al final aquella relación tampoco cuajó, ella le dejó un mensaje en el contestador, llorando con gangosidad de borracha, en el que le decía que no podía soportar más esa laxitud de perdedor, esa incapacidad de reacción ante el siguiente momento de la vida, esa mirada deprimida de boxeador vencido, de perro apaleado.
En fin, estaban las putas, pero no tenía dinero para pagarse una.
Se rascó la cabeza. En el silencio sólo se escuchaba el ruido de sus uñas hurgando en su cuero cabelludo.
Su madre, que en paz descanse, también era así, acoquinada, débil, insegura, pusilánime, inerme y desconcertada ante la dureza de la vida, como un gusano que ha desenterrado la lluvia. Cuando le dio el ictus se quedó sentada en una silla de ruedas, como un vegetal sin voluntad, hasta que murió.
Su padre era distinto, había sido banderillero, Platanito Villarroel, un crápula, él apenas lo conoció, se fue a América hacía ya muchos años, lo más seguro es que ahora estuviera muerto.
Por la calle pasó el camión de la chatarra:
-¡ Chaaatarrerooo, chaaatarrerooo- pregonaba con voz monótona y sonámbula- se recoge el hierro viejo, los muebles viejos, los trastos viejos!-
Domingo. Sentía miedo. Miedo a la soledad, a la pobreza, a la realidad de su vida.
Para aliviarse un poco decidió salir al atardecer a rebuscar tesoros en la basura, (el domingo era el día que más repletos y hermosos aparecían los contenedores), antes de que los basureros se le adelantaran por la mano.
Todavía era pronto.
Sintió ese angustioso nudo en el estómago, pero miró su cuadro nuevo y se encontró un poco más seguro, como si, por un instante, un ángel de la guarda desplegara sus alas protectoras sobre su miseria.




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