vejez
CINCO MIL PUTAS
Por más que llevara toda su vida frecuentando casas de putas, putas callejeras y puticlubs de carretera, y a pesar de haber mantenido relaciones sexuales con más de cinco mil putas, no acababa de acostumbrarse a esos lugares. Se sentía inquieto como un animal que presiente una tormenta. A sus setenta y cuatro años, seguía comportándose como un colegial que espía a las chicas en el baño.
Con su cubalibre garrafón en la mano, deambulaba para arriba y para abajo, solo, bajo el neón camaleónico, observando culos, tetas, y caras de rasgos extranjeros embadurnadas de maquillaje.
Las putas tenían un aire aburrido. Chupando una pajita o fumando un cigarrillo, se apoyaban en la barra o en la máquina tragaperras, tarareando las canciones estridentes del hilo musical. Alguna atravesaba el local, con el culo erguido y la cabeza alta, como una reina de concurso de carnaval.
Todas eran jóvenes, algunas, incluso, menores de edad. Habían tomado el camino de la prostitución sin ser del todo conscientes de ello, como si el cuerpo fuera una prótesis ajena al alma, como si en realidad no fueran ellas las que se abrían de piernas en la cama ocho o diez veces por noche. Les ayudaba la droga y esa fortaleza interior innata a casi todas las mujeres.
Eran hermosas, voluptuosas, deseables. Hacía más de cincuenta años que iba de putas y siempre las encontraba frescas y nuevas. ¿Qué pasaba con las putas cuando se hacían viejas?
Se vio reflejado en el espejo que había junto a la puerta de los servicios: viejo y polvoriento como una momia, encorvado, encogido, arrugado, desgraciado en el amor, sin esperanzas, los ojos muertos, la boca desdentada, las manos trémulas, ¡la vejez del putero!
Se fijó en una muchacha de rostro blanco y aniñado, y un cuerpo voluptuoso y excitante bajo fina lencería negra, que iba camino de las habitaciones, seguida por un enano que sonreía beatíficamente con su rostro de buldog.
De pronto, una negraza enorme de voz reverberante y risa animal, se le acercó sigilosamente por detrás, y de un rápido zarpazo le quitó alevosamente de la cabeza la gorra de jubilado, para colgársela en lo alto de la puerta de los servicios.
- ¡Hola papaíto, invítame a una copita o no te alcanso la gorra!-
Viéndolo dar saltos en precario equilibrio, intentando en vano alcanzar su gorra, las putas y los puteros reían a carcajadas, ante el ridículo espectáculo de aquel viejo verde, que parecía que se iba a quebrar cada vez que saltaba como un insecto herido y humillado. Hasta la striper de la pasarela rió con su boca de carmín, mientras se acariciaba el coño florido.





