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HERMOSA COMO UN CADÁVER

Se dio la vuelta. Ahí estaba ella, desnuda, resplandeciente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, con el pelo extendido sobre la almohada, bellísima, preciosa como siempre. Sin embargo notó de repente que algo raro pasaba. No sentía el calor de su aliento. Se fijó en sus pechos, aunque firmes estaban quietos, no respiraba.
-¡Maca, Maca!- le gritó zarandeándola violentamente. Ella se dejaba hacer, inerte y laxa como una muñeca de goma. Estaba muerta. ¿Muerta? ¿Cómo era posible? Hacía un instante que habían hecho el amor, ella estuvo maravillosa como siempre, vital, apasionada, emitiendo gemidos abandonados y prodigando besos densos y jugosos. Después se durmieron oyendo el ruido del calefactor y bañados por la luz de la luna. Pero no había pasado ni una hora desde entonces. Las últimas palabras que ella le dijo fueron:
- uhhh, te huele el aliento a cebolla-
Y ahora estaba ahí, quieta, inerme, muerta. Muerta para siempre. No para unas horas o para unos años, sino para siempre jamás. Tuvo una sensación de vértigo, de curiosidad mezclada con pánico, como la que debieron sentir los hombres primitivos ante el poder destructor del fuego. Ya nunca más hablaría, ni reiría, ni haría el amor, ni pensaría, ni acabaría las cosas pendientes. Su fascinante belleza se convertiría, mediante un inexorable proceso químico, en carne pútrida y pestilente con olor a muerte y amoniaco. Y a pesar de eso, apenas cambiaría nada, apenas se notaría su ausencia en el mundo, el sol seguiría saliendo y calentando la incipiente fruta de los árboles, y la gente seguiría poblando los pueblos y las ciudades con sus pequeñas miserias, sus mezquindades y sus encarnizadas luchas microbianas.
¿Era real aquello? “Tenemos razones para pensar que todo lo que vemos es un engaño de nuestros sentidos” Dedujo Descartes, según cuenta en su Discurso del Método, mientras sorteaba cadáveres durante la guerra de los Treinta Años. ¿La había matado él?
Se levantó de la cama y se puso a dar vueltas en calzoncillos por la habitación. ¿Qué haría con el cadáver? Si llamaba a la policía tendría problemas, no sólo por las extrañas circunstancias de su muerte, sino sobre todo porque se trataba de una menor. Mientras él paseaba como un tigre enjaulado, ella seguía allí, rendida sobre las sábanas, enervada, absolutamente inmóvil. Hubo un momento en que, debido quizás al juego de luz de los rayos de luna, pareció que sonreía. La verdad es que seguía siendo muy hermosa. Sintió el impulso de montarla de nuevo, de realizar todas esas fantasías morbosas que nunca se atrevió a pedirle cuando estaba viva, pero pudo más el miedo que la lujuria.
Decidió enterrarla en la parcela, junto a la valla que daba al campo. Puso el cadáver sobre una manta y lo sacó de la casa arrastras. A veces se quedaba enganchado en algún matorral y tenía que tirar con todas sus fuerza para desengancharlo. Los perros aullaban. Tras la valla, en el valle, se levantaba una tétrica neblina.
Recordó la historia del doctor Velasco, un científico loco que embalsamó a su hija muerta y, con ayuda de un criado gigante y acromegálico, la sentaba a la mesa y la sacaba a pasear en un coche de caballos. Más de un siglo después, durante una clase de anatomía en la facultad de medicina, por detrás de un encerado asomó de repente la cara ya momificada de la hija del doctor Velasco, ante la mirada atónita de los alumnos.
La tierra estaba húmeda, por lo que no le resultó difícil cavar la fosa. En el silencio de la noche sólo se oía la percusión de la pala sobre la tierra, mientras a lo lejos la niebla se espesaba y la luna iluminaba el hermoso rostro de la muerta.
Envolvió el cadáver en un plástico y lo arrojó al hoyo. Toda aquella belleza malograda, toda aquella juventud cercenada de repente. Sintió pena. Tuvo incluso la tentación de rezarle un padrenuestro. En los momentos de mayor sensibilidad, es cuando el ser humano se comporta, por lo general, de forma más ridícula. Puso unas piedras sobre la tumba para que no la profanasen las alimañas del monte, y volvió a la casa con la pala bajo el brazo. Se oyó un búho entre las ramas de un árbol. Antes de entrar a la casa se limpió el barro en un bordillo. Se miró las suelas de los zapatos. Necesitaban unos filis nuevos, mañana sin falta se los pondría.




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