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LA PARTIDA

Miró por el retrovisor. La niña aún lo seguía con sus zancadas torpes y desgarbadas.
Las hojas caían de los árboles como una lenta y constante lluvia de tristeza. Se alejó venciendo la tentación de detenerse. Ni lamentos ni arrepentimientos, se repitió a sí mismo apretando los dientes. La fue perdiendo de vista. Para siempre.
En el asiento de atrás llevaba una maleta con sus pertenencias. Ropa y libros. Libros con las páginas amarillentas de tristeza, pensó.
Se incorporó a la autovía.
Una nueva vida empezaba para él. Otra mujer, joven, hermosa, fértil, lo estaba esperando con los ojos y el cuerpo llenos de amor. Se merecía otra oportunidad. Sonrió. Pero, no sé por qué, su sonrisa parecía más bien la mueca rota de un payaso o el rictus rígido de un cadáver.
Los coches ya habían encendido las luces. Pasó junto a un geriátrico adornado con luminiscentes guirnaldas navideñas.
Se negaba a reconocerlo, pero en el fondo se sentía asustado e indefenso como un reo. Tenía la sospecha de que una vez más se estaba equivocando, aunque esta enésima equivocación era ya irreversible, como los estragos que el tiempo causa en todas las cosas.
Se levantó la niebla. Una niebla que olía a tristeza. Una niebla donde se ahogaba su pasado tormentoso. Una tristeza donde se ahogaba su vida. Una tristeza como un fluido que lo inundaba todo, la música de la radio, el neón del salpicadero, los furtivos reflejos de la ventanilla… Una tristeza que era mucho más fuerte que él.
Volvió la cabeza para mirar la maleta. Tenía la sensación de que se había olvidado algo.
Entró en un túnel. Ahora sólo se oía el persistente ruido del motor.


No