agonía
SIEMPRE enfermo de ti,
siempre infectado de ti,
siempre ardiendo por ti.
Te metes en mi sangre, en mi linfa, en mis sesos, en mi médula,
siento por mis venas tu helada corriente
que de repente empieza a hervir.
Siempre dentro de mí, siempre dentro de ti.
Sobredosis de lujuria me produce el aire
que desplazas al moverte.
Sobredosis de vida cuando de placer te desvaneces.
Siempre hambriento de ti.
Siempre en busca de ti.
Siempre preso de ti.
Y herido, y sediento, y absurdo, y loco por ti.
LA AGONÍA DE LA MOSCA
- ¡Sí, sí, en misa, ya te lo he dicho!, ¿está Rubén con vosotras? ¿Cómo?-
Al otro lado del teléfono se oía una especie de música estridente y reprimidas risitas.
- Bueno, me paso, que aquí hace mucho frío, que no, que no voy, ¿eh?, porque no, pues porque no, Noe, pues porque no quiero que se rían más de mí, ya te lo he dicho muchas veces, Noe, adiós, besitos, muaa-
Se oían campanas. La noche estaba cayendo. Una tenue neblina se levantaba desde el río. La mortecina luz de las farolas apenas iluminaba las estrechas callejuelas.
La muchacha abrió la pesada puerta de madera, cuyos goznes chirriaron lúgubremente. Dentro ardían los cirios y olía a antigüedad. Un cura calvo, con ademanes afeminados, se dirigía a los escasos feligreses desde un altar barrocamente ornamentado:
- ¿Y por qué tenemos que amar a los pobres, queridos hermanos?, porque Jesús también era pobre…-
La muchacha fue a sentarse entre sus padres. Como era muy grande y muy gorda apenas cabía en el hueco que le hicieron. El padre tuvo que hacer equilibrios para no caerse por un extremo del banco. Puso un mohín de desagrado pero no dijo nada. La muchacha siguió oyendo misa, torpe, erguida, estática, parecía un elefante en una silla de anea. Su sombra gigantesca tremulaba grotescamente en la pared de la capilla de Santa Leocadia.
En el suelo, cerca de la puerta, agonizaba una mosca. Boca arriba, agitaba las delgadas patas emitiendo un zumbido desesperado. Era una larga agonía, demasiado larga para una vida tan breve y pobre. Pero así es la vida de una mosca.
El cura se dio la vuelta y con el dedo índice se subió la montura de las gafas, mientras disimuladamente miró su reloj: el Real Madrid jugaba a las ocho.
Era sábado. Noche de difuntos. Se oían campanas por toda la ciudad.
La muchacha pensó en Rubén, y sintió un vahído de tristeza.





