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mariposas en el estómago

MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO
El ciego entró al bar.
- ¡Ehh buenos días, rubia, guapa!-
Dando golpecitos con su bastón (que él llamaba gps) en las patas de las mesas y arrastrando los pies, avanzó hasta la barra.
- ¡Buenos días, señor ciego!- Le respondió con voz reverberante y hombruna una camarera morena y muy fea, con la cara congestionada, como si le hubieran dado vuelta y vuelta en una sartén, y con una calva en la coronilla.
- ¡Rocío, guapa!- gritó el ciego sacando su ristra de cupones de una especie de morral que llevaba colgado al hombro.
Por el ventanuco de la cocina asomó la cabeza, entre el humo de las frituras, una muchacha muy gorda, cejijunta, con los ojos saltones y con los dientes muy separados.
- Hola ciego, ¿qué número salió ayer?-
- Ehhh, hola Rocío, guapísima, empieza en seis y acaba en nueve, ven a tocarme para que te traiga suerte hoy-
La muchacha abrió la puerta de la cocina y se acercó al ciego, oliendo a boquerones fritos y lentejas estofadas.
El ciego estaba enamorado de Rocío. No podía ni quería disimularlo. Las camareras bromeaban con eso.
- ¡Cómo se nota que eres ciego, con lo fea que es Rocío!-
Pero para el ciego Rocío era una princesa. Con sus manos de Maritornes tocó las manos del ciego y éste aprovechó para hacer manitas.
- Ehhh ¿quieres ser mi novia, Rocío, guapa?-
- Por qué no, si me tocan cien mil euros hasta me voy contigo y to, fíjate lo que te digo, ciego.-
- Pues esta noche te vengo a buscar con mi limusina, Rocío-
- No, esta noche no, esta noche he quedao con Bekan-
- Pero que mala eres Rocío-
- Uhhh, no lo sabes tú bien, he sacao to lo malo de mi madre y to lo malo de mi padre, cuando alguien me tira los tejos le digo, ¡qué pasa!, así, plantándome, en plan duro, y se va cortao, ¡qué pasa ciego!-
- je, je, je, qué mala eres Rocío-
- Ven, acércate a la estufilla que hace un frío que pela, pijo-
El ciego, con las manos desolladas de su amada entre las suyas, sentía mariposas en el estómago, mariposas que le hacían cosquillas, cosquillas que le daban risa, una risilla floja que no podía controlar.
- je, je, je, qué cosas tienes Rocío, je, je je-
El ciego tenía los ojos saltones y hueros, como dos cáscaras de huevo. La risa le congestionaba el rostro. Parecía que iba a vomitar de un momento a otro.
La tele hablaba de la muerte de un chico a las puertas de una discoteca.
Entró un vejete canijo con una gorra de la NBA en la cabeza. Se acercó al extremo de la barra donde estaban Rocío y el ciego.
- ¿Ha venido el electricista?-
Miró para un lado y para otro, y sin esperar respuesta se marchó.
Rocío puso una mueca de asombro.
El ciego seguía riendo.
- Je, je, je, je…ehhh…je, je je je…-



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