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ardes

ARDES inflamada de juventud.
Tienes forma de llama,
que prende, que enciende, que incendia, que baila,
que se hace pequeña entre mis manos,
que brota, que crece, que gime, crepita y estalla.
que todo lo incendia, que todo lo inciensa,
que todo lo alumbra, que todo lo abraza.
Llama desnuda y hermosa, rosa, roja, blanca,
que se deshace, que se dispersa, que se sucede,
que se concentra, que se vierte, que se agranda.
Llama con cara de nieve y cuerpo de fuego,
que ondula, que hierve, que arde, que envuelve,
que hiere, que besa, que ciega y que abrasa.










SAPO INMUNDO
Se sentó en un taburete al fondo de la barra. No llegaba con los pies al suelo. Estaba solo, como siempre. Nunca le había gustado estar solo, pero qué le iba a hacer, era un apestado, un paria, un monstruo al que todos odiaban y despreciaban. Y pasaran los años que pasaran siempre sería así. No era como esos malos de las películas que tanta fascinación causan en las mujeres. Él era un ser asqueroso, vomitivo y despreciable, un sapo inmundo. Lo sabía y lo asumía. Si por lo menos hubiese sido guapo, o alto, o inteligente. Tenía la impresión de que lo odiaban más debido a su decepcionante constitución física: achaparrado, más ancho que alto, patizambo, chato, con aire vulgar, con voz chillona, con cara de paleto, como si un individuo así no mereciera ser un famoso asesino psicópata.
Había pasado dieciocho años en la cárcel, más de media vida. También allí había estado solo. Nadie fue nunca a visitarlo. Le habían pegado, lo habían violado y humillado, y a veces tuvo la sensación de que lo dejaban vivir sólo para torturarlo, por pura crueldad.
No sentía remordimientos. Le hubiera gustado sentirlos porque era lo único que se podía esperar de un monstruo como él, pero qué le iba a hacer, jamás los sintió. Aunque la cara de aquella chica nunca se le quitaba de la cabeza. Aquellos ojos tan sensuales, aquel cuerpo joven y henchido que parecía brillar, resplandecer, como si tuviera luces por dentro, aquel olor dulce y salado a sangre y lágrimas.
Por cierto, ¿qué habría sido de su hija? ¿Sería tan fea y tan mala como él? Llevaba dieciocho años sin verla, ya sería una mujer, a lo mejor anda ahora por algún lugar como éste. Al principio la echaba de menos, al fin y al cabo tampoco era un animal desnaturalizado. Hasta pensó en ir a buscarla a Zorita cuando obtuviera la condicional. Pero después, ya libre, sin saber porqué de repente se le pasaron las ganas. Tal vez le daba miedo. Ahora ya casi no sentía nada, sólo reacciones reflejas, como un perro apaleado y rabioso.
Las putas, con sus culos redondos y sus tetas altas, revoloteaban entorno a los clientes, pero ninguna se acercaba a él, no porque lo conocieran, sino porque, como leonas que eran de fino olfato, olían su fracaso, su ruina de vida, su aureola de odio. Además no tenía dinero para acostarse con una. ¿Qué se sentiría al volver a estar con una mujer? Debía ser algo milagroso, curativo, un sueño inefable, algo que él no se merecía.
El camarero, con además neutro, le puso una cerveza. No es que fuera muy cervecero que digamos, pero no le alcanzaba para un wisky.
En la pasarela, entre oleadas de humo fluorescente, una rubia voluptuosa bailaba con insinuante obscenidad agarrada a la reminiscente barra de acero. Tenía unas tetas enormes y un gran culo blanco y trémulo. Parecía una escultura viva. Después, cuando acabó la música estridente, se cubrió con una bata vaporosa y se puso a limpiar la barra con ginebra. En un momento dado, estando en cuclillas, la bata se le abrió dejando ver los muslos gordos y torneados. Era más excitante así, con la bata puesta.
Bebió un trago de cerveza. Tenía los dientes podridos por tantos años de droga y pésima alimentación. Le olía mal el aliento. Su piel parecía quemada por radiactividad. Aunque se duchara cien veces, seguiría apestando a yonki.
Sin saber porqué pensó en su padre, otro desgraciado, otro deshecho humano. Pero su padre por lo menos luchó. Cuando estaba convaleciente después de la quimioterapia, su obsesión era poder subir las escaleras. Un día subía dos escalones, al siguiente tres, hasta que por fin, tras dolorosos e infructuosos intentos, consiguió llegar a la cima.
-¡Lo he conseguido, Lucianete!-
Se emocionó tanto que se puso a llorar, y en un descuido perdió el equilibrio rodando otra vez escaleras abajo. Se rompió una pierna y varias costillas. ¡Menudo capullo!
- ¡Hola, cómo te llamas, de dónde eres, es la primera vez que vienes?-
No podía creérselo. Aquella puta se estaba dirigiendo a él. La verdad es que tenía una expresión bobalicona y la cara llena de granos, rojeces y salpullidos, pero era la primera mujer que le hablaba en dieciocho años, aparte de su abogada. Ya era algo.
Le entró un tic en un ojo. Para calmarse bebió otro largo trago de cerveza. La puta se sintió ignorada y se fue. Él, en un gesto instintivo, se rascó los testículos por encima del pantalón.



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