el arpa
EL ARPA DEL APOCALIPSIS
Las enfermeras miraban expectantes al enfermo terminal, como cazadores en sus puestos, esperando a que éste se decidiera a tocar las cuerdas del arpa. El enfermo terminal tenía una sonda en la nariz, parecía una especie de oso hormiguero con aquella trompa larga y delgada saliendo de las fosas nasales, enredándose entre las mangas de la bata y trepando por la cabecera de la cama hasta el soporte niquelado donde reposaba una botella con un líquido verdoso que parecía vómito de bilis.
El enfermo estaba sentado en la cama y miraba el arpa con una sonrisa bobalicona, deseando tocarla pero sin atreverse a hacerlo, como un gato que no se decide a comer de la mano de un humano. Era un septuagenario que tenía cara de monaguillo, bastante lustroso para estar muriéndose, rasgos suaves y aniñados, barbilla contraída, manos de contable, gafas ahumadas de aumento y una sonrisa beatífica en sus labios mujeriles.
Las enfermeras eran jóvenes y guapas, enfundadas en sus batas blancas y ceñidas, morenas de piel clara, una más alta que otra y con una barriguita un poco colgandera, las dos rollizas, risueñas, de ojos grandes bañados en sensualidad. Practicaban la musicoterapia, la risoterapia, y otras psicodelicoterapias vanguardistas creadas para paliar el dolor y la angustia de los enfermos terminales. Cuando un enfermo estaba a punto de morir, acudían diligentes con el arpa como ericnias cantarinas, lo saludaban riendo, lo tuteaban llamándolo constantemente por su nombre, lo mareaban hablándole sin ton ni son, lo camelaban hasta conseguir que tocara el arpa, aunque sólo fuera un instante, con mano trémula, con un dedito y desafinando, el caso es que tocara, aunque fuera con los dientes, para tener la satisfacción de que la terapia había funcionado. A veces los enfermos comenzaban a temblar cuando se abría la puerta y aparecía la siniestra arpa como un símbolo de la muerte.
- Vamos don Alfonso, no te reprimas, toca, toca –
El moribundo extendió la mano pero finalmente la retiró.
- Es que me da un poco de vergüenza-
- No seas tonto, don Alfonso, toca, toca, toca, verás como te sientes mucho mejor-
Tumbado en la cama de al lado, otro enfermo terminal, de apenas cincuenta años, muy delgado, con los pelos de punta, desdentado y con una nariz muy larga, observaba la escena con gesto hosco. De vez en cuando bajaba la mirada hacia los muslos de una de las enfermeras y entonces su expresión asesina parecía suavizarse un poco.
De repente don Alfonso dio el paso decisivo.
- Porque desde que empieza la vida…- cliiiiimmm…(tocó la cuerda más aguda)- hasta que acaba- ….cloooommm….(accionó la más grave)- hay muchas cuerdas en medio…- cliiiimmclammmcloooommm…
Las enfermeras, triunfantes, asintieron al unísono con la cabeza. Una de ellas, que se llamaba Belén y que era la que más hablaba y hablaba sin parar, se puso a reír y aplaudir con la cara desencajada como si le hubiera dado un ataque de histeria.
Don Alfonso se animó tanto que acabó cantando un corrido de Rocío Durcal, acompasado por las palmas de las paliativas enfermeras. Aquello parecía más una fiesta estudiantil que la antesala de la muerte. Al final don Alfonso no quería soltar el arpa, se agarraba a ella como un náufrago a un tronco de madera.
- Un ratito más, por favor- Suplicaba con voz plañidera.
- Venga, don Alfonso, no seas malo, hay que aprender a compartir las cosas, hay que ser solidario-
Don Alfonso se quedó mirando el arpa con pena, como si fuera una novia que se iba para siempre.
- Ahora te toca a ti, don Zacarías-
Cuando el otro enfermo, que estaba muriéndose de leucemia sangrante, vio acercarse la maligna arpa, comenzó a rechinar los dientes.
- ¡Largo de aquí con ese cacharro,- aulló con un último vivor- si me queréis ayudar de verdad desconectadme de esta puta máquina de los cojones y ponedme una inyección letal!-
- Pero don Zacarías… –
- ¡Ni don Zacarías ni hostias!-
Las enfermeras, desconcertadas, se quedaron de pie junto al enfermo gruñón. Era la primera vez que les ocurría algo así. Por regla general los enfermos, muy vulnerables debido a su precario e hipersensible estado emocional, accedían sumisos y hasta esperanzados a cualquier terapia paliativa.
Tras la ventana, un árbol gigante vomitaba sus hojas sobre el coso de una fuente.
- ¡No te jodes!-
Don Alfonso, desde la otra cama, movió la cabeza con desaprobación y con cierto aire de superioridad, como el que muestra un cura hacia un pecador irredimible.
- ¡A tomar por culo!- siguió gruñendo don Zacarías, con la voz ronca, mientras las enfermeras abandonaban la habitación con su arpa apocalíptica.
- ¡Me cago en el puta!-





