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un vaso de vino
UN VASO DE VINO
El abuelo entró con su nieto al bar. La navidad estaba cerca. Olía a panchitos y a fritangas. Una camarera rumana con una cara irreal, como si los rasgos estuvieran dibujados sobre la piel tersa y anodina, ni fea ni guapa sino todo lo contrario, con una ristra de luminiscentes bolas de navidad en la mano, le preguntó a la dueña:
- ¿Merche, estas bolas van arriba o abajo?-
- Abajo, Alina, las bolas siempre van abajo, mujer- Respondió la dueña con voz hombruna.
Un parroquiano andrajoso, con unas gafas sucísimas remendadas con celofán, rió estridentemente con su botellín en la mano:
- ¡Ja, ja, ja, ja….!-
Otro parroquiano muy gordo, que estaba sentado en su taburete en un extremo de la barra, se despertó sobresaltado.
El abuelo se acercó a la barra. A su lado, su nieto, se entretenía reventando las pompas de un plástico de embalar.
-Anda, ponme un vino, y una cocacola para Angelín –
El abuelo no solía frecuentar los bares, así que no encontraba la posición en la barra. Se apoyaba con un codo, luego con otro, flexionaba inquieto una pierna, luego la otra, finalmente se puso a mirar la televisión.
- ¿blanco o tinto?-
- tinto, mejor tinto-
La dueña, con sus manos de cartón mojado, sirvió la cocacola al niño, puso un pincho de cortezas de cerdo, y en un vaso un poco nebuloso vertió el culo de una frasca. Fue a coger otra frasca de debajo del mostrador pero el abuelo la detuvo con un gesto de su mano.
- Vale, vale así-
Era un vino malo, garrafón, aguado, de los que servían a los albañiles con el menú diario. Pero al abuelo le supo a gloria. Hizo un buche saboreando el trago y chasqueó la lengua. Miró a su nieto, que ahora estaba fascinado con los dibujos animados de la tele. Era un niño un poco mohíno, grande, torpón, el hijo de su única hija. Su hija, Juani, era madre soltera, así que el abuelo habitualmente hacía de padre.
No podía explicárselo, pero por unos instantes se sintió en paz, como un soldado que vuelve de la guerra, como un boxeador que, al margen de ganar o perder, sigue en pie tras quince asaltos. Su vida había sido un largo vía crucis: cuarenta años en la imprenta para acabar siendo despedido, las penurias económicas, el cáncer de su mujer, los problemas con su hija… Pero ahora estaba allí, con su nieto, bebiendo un vaso de vino. Era algo que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que naciera el niño. Entrar con su nieto a un bar cualquiera y tomarse un chato de vino, sin prisas, sin que la vida le apremiara, sin más horizonte que una muerte próxima, al final de todo, de los trabajos y los días, de los golpes y los desengaños, un viejo al que ya no se le exige nada, un viejo que, como todo el mundo, ha hecho lo que ha podido con su vida.
- ¡Felices fiestas!- se despidió de la camarera, dejándole una propina en el platillo- ¡vamos Angelete!-
Una adolescente, rubia y delgada, hablaba por su móvil en la puerta del bar.

No