miserable
LA SENDA DE LOS ELEFANTES
Tras cuatro días de agonía, la vieja murió de madrugada. Era el veintiuno de diciembre de no sé que año. En la radio de recepción cantaba Camarón de la Isla: “¡Vola volando voy, volando vengo vengo…!”
Al cabo de un par de horas, con sigilo, amparándose en las sombras, llegaron los de la funeraria y se llevaron el cadáver, por los pasillos solitarios, por la parte de atrás de la residencia, por la rampa que los viejos llamaban “la senda de los elefantes.”
La vieja de la cama de al lado tenía los ojos muy abiertos. No podía dormir. Con voz deprimida le preguntó a una auxiliar que trajinaba por allí:
- Oye, Pilar, guapa, ¿vais a pintar la habitación?-
Pilar tenía cara de buldog, el mentón prominente, los ojos extraviados, el pelo como si se lo hubiera aplastado con saliva. Resopló y dijo:
- ¿Pintar la habitación?, ¿para qué, mujer?-
- En mi pueblo cuando alguien se muere se tira todo y se pinta la habitación-
- ¡Va!, eso son costumbres antiguas, reina, eso se hace en tu pueblo, Piedad, que todavía estáis muy atrasaos-
- ¿No me vais a cambiar tampoco de habitación?-
- Pero ¿para qué, mujer, si ya doña Concha no te va a molestar más?-
La vieja medrosa pareció resignarse.
- Es verdad, mejor que se haya muerto, ¿verdad, Pilar, cariño?-
- ¡Pero oye, Piedad, no digas eso, mujer!-
- Me refiero a que así ya no sufre-
Tras la ventana, el amanecer empezó a clarear con su fría luz.
La auxiliar salió de la habitación.
- No me cierres la puerta, por favor, Pilar, cariño-
Sobre la mesita de la cama vacía, se habían dejado olvidada una foto de la difunta, de cuando era joven. Morena, ojos grandes y sensuales, la piel tersa y blanca, la cara aniñada y llena de luz, los labios carnosos en forma de corazón, de un rojo irreal, el pelo largo, oscuro y brillante. Una joven verdaderamente hermosa.
Se oyó cantar tímidamente a un pajarillo. Luego a otro.
La vieja medrosa, con los ojos muy abiertos mirando al techo, se puso a pensar en cosas del pasado: sus hijos, sus nietas, el novio que, cuando se quedó viuda, la pretendió hasta que le dio el ictus. Apretó los ojos para no llorar, mientras tanteaba por debajo de la almohada el mendrugo de pan que había robado en la cena. De repente, oyendo a los pajarillos, sintió un vahído de soledad.
MISERIA.
De día y de noche.
Para siempre. Hasta que muera.
Hasta que la entierre la tierra.
Una miseria dura, rancia, absoluta.
Respira miseria.
Come miseria.
Llora miseria.
Caga miseria.
Una miseria oscura, solitaria, polvorienta.
Mientras las luces de navidad
ostentan una falsa alegría,
ella vuelve a su miseria,
a su lecho de miseria,
a su puré de miseria,
a su vejez de miseria,
a su celda de miseria,
a su olvido de miseria…
Hay perros cuya vida
es menos miserable.





