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¡TE JODES!

No eran todavía las diez de la mañana y ya estaba borracho como una cuba. Caminaba por la acera haciendo eses, el cuerpo inclinado hacia delante, como Groucho Marx, las piernas de trapo, los movimientos incontrolables, grotescos, parecía que iba a caerse a cada paso, pero milagrosamente se mantenía en pie.
Una jardinera municipal, de grandes ojos marrones y un poco oblicuos, se le quedó mirando.
La niebla se había disipado y la luz del sol hacía resplandecer la hierba mojada de rocío.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó las llaves, pero cada vez que intentaba abrir la puerta la cerradura se alejaba. De repente, como si una cuerda invisible tirara de él, comenzó a trotar hacia delante alejándose de la casa.
Se detuvo apoyándose en la marquesina de una parada de autobús. Sacó un cigarrillo e intentó encenderlo. El mechero daba la chispa pero la llama no prendía. Al final logró encenderlo, aunque por la boquilla. Dio una calada que le supo a plástico quemado y arrojó el cigarrillo al suelo, al hacerlo tiró también el manojo de llaves, que fue a caer junto a una mierda de perro. Se agachó para recogerlo, era imposible, parecía que había caído en un abismo.
Los personajes de la parada, apiñados y ateridos, lo miraban con desaprobación y desprecio.
Trató de concentrarse. Respiró profundamente e intentó flexionar las rodillas. Cuando parecía que por fin iba a conseguirlo, de repente las piernas se pusieron a moverse solas frenéticamente en círculo, como si bailaran el “Aserejé”.
Decidió ralentizar sus movimientos. Fue agachándose poco a poco, alargando la mano lentamente, con cuidado, con sigilo, como si se dispusiera a cazar un pajarillo. Por fin logró atrapar las malditas llaves sin mancharse de mierda. Volvió sobre sus pasos dando tumbos.
Allí estaba de nuevo, ante la ardua tarea de abrir una puerta. Sintió miedo, no iba a conseguirlo, le parecía imposible, pesado, tortuoso, como escalar una montaña. Parecía que tenía muñones en vez de manos. No tenía fe en sí mismo. Siempre igual. Ya estaba harto, en todos los acontecimientos de su vida le ocurría lo mismo. Necesitaba otra copa para darse valor.
Un perro pasó a su lado y se le quedó mirando. Tuvo la sensación de que lo miraba con superioridad. ¿Es que hasta un perro era más que él?
Herido en su orgullo extendió la mano con decisión hacia la minúscula ranura. Falló el intento. Empujó con la llave la puerta y entonces ésta se abrió. Se la había dejado abierta cuando salió temprano, todavía sereno.
Entró a la casa dando un traspié. Siempre se le olvidaba que había un desnivel. Se quedó mirando su rostro reflejado en el polvoriento espejo del recibidor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un ser? ¿Una nada? Tenía la cara amarilla, enjuta, la calva de calavera, la barba gris como la ceniza de un cadáver incinerado.
Recordó aquella ocasión perdida que pudo cambiar su vida. Tuvo en su mano un décimo que después salió premiado con el gordo de navidad, pero finalmente lo rechazó sin saber porqué.
- Mira que va a tocar, Pascual, no seas tonto- Le advirtió el camarero con su cara de neandertal.
- Pues si toca me jodo-
- Pues te jodes-
Ya habían pasado más de veinte años.
Pascual Capilla, un hombre sin suerte. Todos los trabajos perdidos, un trágico divorcio, dos hijos por ahí, Rocío y Javi, que era un poco disminuido, muchas putas, toneladas de alcohol, una úlcera sangrante, una nube constante en su cerebro…
De repente, mirando su demacrada imagen en el espejo, se sintió lúcido por unos instantes, aunque no sabía con respecto a qué. Su vida era la que era.
-¡Pues te jodes!- Exclamó con voz firme y gangosa.
Sacando pecho, consiguió llegar a la salita y encender la televisión.



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